MAGAZINE ANIKA CINE
 
Perfil de ELVIRA MINGUEZ
por Manuel Márquez

Elvira Mínguez.
 

Rostro adusto, expresión sobria: elementos caracterizadores que, generalmente, y más allá de los tópicos, suelen ir asociados y que confluyen, efectivamente y para definirle de una manera muy exacta, en Elvira Mínguez, una actriz cuyo perfil, tanto físico como interpretativo (tan condicionado este segundo por el primero, cómo no...), la convierte en una rara avis dentro del mundillo cinematográfico español, para suerte de aquellos que abominamos de las homogeneidades que este mundo de pensamiento (y casi todo lo demás) único parece querer imponernos.

Su debut fue explosivo (y no pretendo con esto hacer un fácil juego de metáforas, basándome en las bombas a cuya colocación se dedicaba su personaje de la etarra Lourdes, la compañera en el activismo terrorista –y algo más- del callado y metódico Carmelo Gómez, en esa difícil película que fue "Días contados", de Imanol Uribe). Sorprendían su seriedad y su reconcentración, que se adaptaban fabulosamente a la idiosincrasia de su personaje, y, aunque aún se notaban ciertas carencias –cierta falta de soltura-, perfectamente lógicas en el trabajo de una debutante, era un aldabonazo importante, y nos ponía sobre aviso de que a esta mujer habría que seguirle la pista desde este mismo momento con muchísima atención.

En un principio, y dadas sus grandes similitudes físicas, cabía pensar en la posibilidad de que nos encontráramos ante una nueva Charo López, una morena de rompe y rasga con una presencia imponente. Pero la cuestión no era, ni es, tan sencilla, pues no radica sólo en los parecidos corporales –esa morenez intensa o esa rotundidad corporal-, y Elvira Mínguez no ofrece –o, al menos, hasta ahora, a lo largo de sus once trabajos en películas de disímil valoración y fortuna, siempre integrada como sólida actriz secundaria (con una presencia de peso) en sus repartos, no ha ofrecido- esa fogosidad y esa sensualidad tan latinas que la mítica actriz salmantina ("nuestra" Ana Magnani particular...) exhalaba (y aún exhala en las tablas teatrales en que tanto se prodiga últimamente) por todos los poros de su piel.

Son otros los activos, y atractivos, de Elvira Mínguez: su mirada profunda, su voz grave; elementos que la acercan más al arquetipo de "hermana mayor" (que, por cierto, encarnara con innegable acierto y con el aditamento del aderezo estilístico –peinados y vestuarios- que la ambientación temporal decimonónica imponía, en "El invierno de las anjanas", ópera prima de Pedro Tellechea) que al de "tigresa mediterránea". Algo que, en cualquier caso, no debería encasillarla ni limitarla en sus perspectivas de crecimiento, que aún son muy amplias.

Precisamente a ese crecimiento, e incluso a una cierta proyección internacional, debe ayudarle considerablemente su último trabajo, su participación en otra obra primeriza, la de John Malkovich, "Pasos de baile", al lado del monstruo Bardem: una película que, si bien es muy probable que no alcance grandes resultados en taquilla, sí que debe contribuir notablemente a incrementar su prestigio y reputación, no en balde ha disfrutado de una excelente acogida en el pasado Festival de Sundance, donde fue presentada.

Será un motivo de enorme alegría, porque vendrá a demostrar que el talento y el trabajo pueden imponerse, a veces, a los estándares convencionales de la belleza y sus esclavitudes e imposiciones, poniendo las cosas en su sitio: actrices sobre modelos, profesionales sobre intrusos. Como debe ser...
 

Por Manuel Márquez.
 
 

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