MAGAZINE ANIKA CINE
 
Perfil de JUAN DIEGO BOTTO
por Manuel Márquez

Juan Diego Botto.

Muchos años antes de que los negros nubarrones que ahora se ciernen sobre Argentina ensombrecieran todos sus cielos, ya hubo quien se vio en la tesitura de tener que "hacer las Españas" debido a la situación política de terror que la dictadura militar de Videla y sus secuaces había extendido a lo largo y ancho del país. Ése fue el caso de la familia de Juan Diego Botto, protagonista de nuestro perfil de hoy.

Hijo de intérprete y profesora de intérpretes, y actor tremendamente precoz –ya en 1982, con sólo 7 años, hacía su debut cinematográfico en una producción casi desconocida, Juegos de guerra-, su carrera se ha caracterizado hasta ahora por un frenesí laboral que le hace acumular ya un total de 27 títulos, tantos como años acredita en su partida de nacimiento. Evidentemente, entre tal cantidad no todos resultan ser títulos memorables, pero estamos ante un hecho sintomático de cual es el impulso que hace laburar sin descanso a Juan Diego, artista que podía haberse ceñido a un rol –cómodo papel- de ser pasto de quinceañeras –que lo es, y de qué tremenda forma...-, y no lo ha sido así porque así no lo ha querido.

¿Cuáles son los hitos que jalonan esa abultada carrera? Particularmente, creo que hay tres puntos claros de referencia, dejando aparte alguna otra interpretación quizá más destacada que destacable (el Calisto de esa deleznable Celestina que perpetrara en 1996 Gerardo Vera; o el Iñaqui de una sorprendentemente exitosa Sobreviviré): el primero es su Carlos de Historias del Kronen, personaje cuyo perfil cuaja con precisión milimétrica y con el que encarna a la perfección a ese símbolo generacional que tanto Mañas en su novela como Armendáriz en el film proclaman como icono de un colectivo vacío y perdido; su siguiente punto estelar es el Martín de Martín (Hache), que vendría a ser una quintaesencia depurada y enriquecida de su personaje anterior, más maduro y más hecho; y el tercero, y último hasta ahora (sin querer privar por ello de sus notables méritos a alguna interpretación posterior, como la del Manuel en Silencio roto, donde reincide con Montxo Armendáriz), con un cambio de registro espectacular, y situándose en las antípodas del chico guapo y descuidado de los dos anteriores, en su asesino de Plenilunio, un "tour de force" a caballo entre la locura y el hastío rayano en el asco, que da buena medida de hasta qué punto ha avanzado y cuajado nuestro artista.

Un hombre al que si un rasgo define de manera concluyente es el de la inquietud. Ésa que la lleva a prestar su colaboración para las más diversas causas cívicas y políticas (no resulta extraño verlo en manifestaciones de apoyo a los más variados movimientos de talante progresista; así, por ejemplo, lo veíamos recientemente prestando su imagen a las protestas de compatriotas suyos también residentes en España...); a hacer sus pinitos teatrales (hasta hace bien poco, representando por buena parte de España Guildenstern y Rosencratz junto a otro actor a caballo entre la condición de joven promesa y concluyente realidad, como es Ernesto Alterio...); a interpretaciones de corte "exótico", como ese papelito de Felipe en Ich bin schön? –producción alemana de 1998, de la directora Doris Dörrie, tan olvidable como prescindible-; o a abordar su "Rain man" particular en la hilarante Novios de Joaquín Oristrell, una incursión en la comedia en la que sería muy de agradecer que se prodigara con más generosidad, vistos los resultados.
 
En definitiva, un actor con vocación todo terreno, y todavía en fase de pleno crecimiento, lo cual nos permite albergar esperanzas bien fundadas de que aún nos debe brindar muchas y muy brillantes páginas tanto interpretativas como -quién sabe (aunque no resultaría nada extraño, dada su voracidad)- de dirección. Tiempo al tiempo, y, mientras tanto, dale, dale, y a disfrutarlo...
 

Por Manuel Márquez.
 


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