MAGAZINE ANIKA CINE
 
Perfil de MARTA BELAUSTEGUI
por Manuel Márquez

Marta Belaustegui.

Serenidad. Quizá no haya palabra más exacta para definir qué es lo que trasluce la mirada, qué es lo que transmite la total expresión del rostro de Marta Belaustegui, un rostro que, de haber nacido esta madrileña de apellido tan vasco, no en la España de las postrimerías del siglo XX, sino en la Italia renacentista, posiblemente hubiera hecho rendir pinceles y paletas a un Botticcelli o a un Rafael ávidos por encontrar esa Venus o esa Madonna que les pasaportara al Olimpo de la historia de la pintura.

Una serenidad que no ha confinado a la protagonista de nuestro perfil en personajes tiernos o lánguidos, como esa Marta desorientada y enamoradiza de Marta y alrededores (un film menor, pero digno de las mayores atenciones, sobre todo por la riqueza de su joven elenco de actores) o la Carmen amigable y entregada de Sí, quiero: también hemos podido disfrutar de su vis malévola como Reina, la hermana aviesa y retorcida de Malena es un nombre de tango, en un más que prometedor debut cinematográfico, o apreciar sus dotes para encarnar a esa madre neurótica y enloquecida por los celos de Cuando vuelvas a mi lado, una Adela que no desentona lo más mínimo ante un trío "filial" tan estelar como el que forman Mercedes Sampietro, Adriana Ozores y Rosa Mariscal y que da una réplica de magnífico nivel a un desconcertado y aturdido Jorge Perugorría.

A sus treinta y cinco años, en plena sazón -humana y profesional-, pocos tópicos truecan su condición en la de afirmaciones lógicas como el de decir que para Marta Belaustegui, su mejor papel es el que aún está por llegar. Las diez interpretaciones que, tras una enriquecedora experiencia teatral, acumula ya en su carrera cinematográfica (dejando fuera de esta valoración "deslices" como el de Gitano, un trabajo alimenticio donde nuestra "chica" no podía ensombrecer a las "estrellitas importadas" –verdadero señuelo del producto-, Joaquín Cortés y Laetitia Casta), la avalan para pedir esa gran oportunidad de la que otras ya han disfrutado (y muy bien aprovechado: recuérdense, como casos más recientes, ese "bombón" de Lucía para Paz Vega, o esa brillantísima -y loquísima- reina Juana de Pilar López de Ayala; y sin contar, por lo obvio, con la opción "chica Almodovar"...), que le serviría para asentarse como una presencia, no superestelar –quizá no está Marta fabricada de esa pasta de superestrella que otras exhiben con soltura y naturalidad-, pero sí sólida y estable en los repartos de nuestro cine.

Ese día, el de ese superpapel soñado, constituirá para muchos –una muy buena parte del gran público- una grata e inesperada sorpresa; para otros, en cambio, no será sino la constatación de que lo nuestro no era una sospecha infundada, sino una intuición certera. Y, en cualquier caso, y si no llegara, siempre nos quedará, en lo ya hecho, el regusto de esa belleza reposada y ese gesto gracil poblando la pantalla con una presencia suave y firme al tiempo: puro gozo.
 

 Por Manuel Márquez.
 


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