| Perfil
de ANTONIO BANDERAS
por
Manuel Márquez
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ANTONIO BANDERAS.
¿Soñaba este
malagueño, allá por el ya lejano año 82 -cuando debutaba
con un papelito de terrorista islámico en Laberinto
de Pasiones, de Pedro Almodóvar- en convertirse algún
día en una rutilante estrella hollywoodiense? ¿O quizá
comenzó a vislumbrar ese sueño cuando, en el año 92,
debutaba en su primera producción estadounidense, de la mano de
Arne Glimcher, en The kings of mambo –Los reyes del
mambo tocan canciones de amor? Sólo él lo sabe...
Pero de lo que no cabe ninguna duda es de que Antonio Banderas es ya, a
estas alturas de su carrera, casi diez años después de ese
primer paso (no contaremos como tal –al fin y al cabo, se interpretaba
a sí mismo...- su intervención, en el año 91, en Madonna,
truth or dare), un valor firme, una figura consagrada. No sólo
por lo ya realizado, sino por sus perspectivas de futuro: cuatro proyectos
en cartera para el próximo 2002 (dos secuelas -las de Spy
kids y Desperado-, y otros dos proyectos
más: Femme fatale, a las órdenes
de Brian de Palma, con estreno previsto en enero; y la esperadísima
Frida, junto a Salma Hayek) no están
en la agenda de todas las “primadonnas” norteamericanas.
Y no es cuestión fácil,
señoras y señores... Pasen y vean. Basta dar un repaso rápido
a la nómina de ilustres caídos a lo largo de estos diez últimos
años (y los de los diez anteriores; y los de los diez que vendrán...),
e incluso a la de aquéllos que, cual esforzados ciclistas en las
rampas de un duro puerto alpino, van “haciendo la goma”, entrando y saliendo
constantemente del paquete de los elegidos, para constatar que, si duro
es llegar, mucho más difícil aún es mantenerse. Y
Antonio Banderas lo ha conseguido.
Naturalmente, cabe hacer objeciones.
Es cierto que un rápido repaso a la relación de títulos
(que ascienden ya a la veintena) y personajes interpretados no haría
estremecer de gozo a ningún gourmet degustador de exquisiteces cinematográficas.
Los papeles “delicatessen” están reservados allí a actores
muy determinados, con una cierta aureola independiente o maldita (Johnny
Depp, Robert Downey Jr., Sean Penn,...),y Antonio nunca jugó a esa
carta. Y tampoco en la taquilla (con las salvedades de The
mask of zorro y la tremendamente sorprendente –en ese aspecto- Spy
kids) ha sido Banderas un vendaval arrasador. Pero quizá
en su constancia y continuidad, sin excesivos altibajos, radique el secreto
de su éxito: al fin y al cabo, también Di Caprio hizo un
solo Titanic.
Más pegas... Que es
una estrella latina, que sólo puede aspirar al trono de Andy García.
Resulta evidente que el pedestal en que se sitúan estrellas del
calibre de un Tom Hanks, Mel Gibson, George Clooney o Brad Pitt no está
excesivamente abierto a las glorias foráneas: ahí llegarán,
en su momento y si no caen en el camino, Matt Damon, Ben Affleck o Leo
Di Caprio. Pero, ¿estuvo alguna vez ese camino abierto? No pidamos
peras al olmo...
Y aún nos dejaremos
algunos aspectos en los que cabría profundizar, desde la perspectiva
crítica antes apuntada: su tremendo atractivo físico, como
la clave de su éxito, más allá de sus méritos
artísticos; o su matrimonio con Melanie Griffith, como llave que
le ha abierto gran número de puertas en el mundillo. Quizá
no quepa negar ni un aspecto ni otro, ambos ciertos, pero ¿realmente
objetables, o reprochables? ¿Cuántos, antes que él,
basaron gran parte de –si no toda- su carrera en un físico poderoso
o en una estrategia de imagen hábilmente desplegada? ¿Cabe
esperar otra vía en un mundo donde el glamour juega un papel tan
esencial? El hueco que el olimpo de Hollywood reserva a “feos” y “tontos”
es muy, muy pequeñito...
Creo que, incluso para aquéllos
que estamos convencidos de que, desde una perspectiva estrictamente artística,
Antonio Banderas hubiera “crecido” mucho más permaneciendo en el
cine europeo (un hombre que hizo interpretaciones como las del Ricky de
Átame prometía mucho, muchísimo...),
o, en última instancia, alternando (al igual que Depardieu o Reno)
sus trabajos a uno y otro lado del charco, su opción, valiente y
arriesgada, tiene muchísimo mérito, y no nos cabe sino valorarla
en su justa medida: la que marca el triunfo de la determinación
y de la voluntad por encima de cualquier otra consideración. Ni
es poco, ni es fácil...
Por Manuel Márquez.
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