| Perfil
de Susan Sarandon
por
Manuel Márquez
|
SUSAN SARANDON
El star
system hollywoodiense suele resevar
un escaso hueco para la figura de las que, aquí en la vieja Europa,
solemos denominar grandes damas (de la canción, de la escena...):
siempre ávido de carne fresca y rostros nuevos, las actrices más
relevantes que alcanzan la edad madura tienen serias dificultades para
mantener su status artístico y económico –fenómeno
este que también se produce, pero con menor intensidad, entre el
colectivo masculino; basta traer a colación casos tan significativos
como los de Jack Nicholson,
Sean Connery
o Harrison Ford-,
pero claro está que ésta, como toda regla, tiene sus excepciones
y, si hay una bien clara y significada, es la que representa Susan
Sarandon: próxima ya a ese
referente ominoso que para toda actriz supone la barrera de la sesentena,
sigue luciendo rutilante y esplendorosa y exhibiendo un nivel de actividad,
tanto en cantidad (sobre todo) como en calidad (quizá algo menos),
verdaderamente encomiable.
No parece ser mayor obstáculo
para mantener su condición de megaestrella el hecho de que Susan
Sarandon se haya convertido en estos
últimos años –bien secundada, en ese aspecto, por su actual
compañero sentimental, Tim
Robbins- en todo un icono de las
corrientes más progesistas y contestatarias del mundillo artístico
estadounidense: siempre a la cabeza de cualquier movimiento asociado a
tales tendencias, demuestra con ello que encima de ese cuerpo que aún
mantiene una prestancia física envidiable –la misma que tan generosamente
ha exhibido en infinidad de películas- y detrás de ese rostro
de belleza tan agreste como hipnótica –no hubo ojos tan magnetizantes
desde la desaparición de la legendaria
Bette Davis-, hay una cabeza bien
amueblada y una sensibilidad siempre inclinada hacia las causas más
nobles.
En cualquier caso, hay que
abundar en esa –tan sólo aparente- paradoja: las simpatías
claramente izquierdistas (dentro de la conceptuación que de tal
etiqueta política cabe hacer en el entorno político estadounidense)
de Susan Sarandon
jamás la han empujado a mantener una línea artística
vinculada a producciones marginales o minoritarias; bien al contrario,
nunca ha tenido empacho alguno en implicarse en producciones de corte descaradamente
comercial –en decisiones no siempre afortunadas desde la perspectiva de
la valía artística global del producto: sólo a título
de ejemplo, valga la cita de un film tan mediocre como
El cliente (The client, 1994)-,
aun cuando haya podido alternar las mismas con su participación
en films de corte más intimista o minoritario (aunque no por ello
de menor empaque, ni de vocación pretendidamente outsider).
Tampoco podemos ignorar un
hecho que, a estas alturas, resulta ya incontrovertible: la carrera de
Susan Sarandon
alcanzó su cénit en la primera mitad de los años noventa
del pasado siglo, etapa en la que encadenó una serie de papeles
protagónicos que, coronados por su interpretación dela hermana
Helen Prejean, a la órdenes de su compañero Tim
Robbins, en la ya mítica Pena
de muerte (Dead man walking,
1995), que le valdría su único Oscar –tras haber optado
al mismo con anterioridad en cuatro ocasiones- consagraron su imagen de
mujer indómita y capaz de aunar una fortaleza de carácter
rayana en lo agresivo con una sensualidad desinhibida y montaraz, ésa
que ya había cultivado en papeles anteriores, como los de El
ansia (The hunger, 1983) –ese
dúo lésbico con Catherine Deneuve aún puede derretir
hasta la más gélida de las pantallas-, Las
brujas de Eastwyck (The witches
of Eastwyck, 1987) o Los búfalos
de Durham (Bull durham, 1988),
y que culminó en su Louise, convertida en símbolo de rebeldía
femenina, al lado de una Geena Davis también pletórica, dando
vida a una dupla en estado de gracia, en Thelma
y Louise (1991), de
Ridley Scott –este papel también
le valió una nominación a la estatuilla dorada como mejor
actriz principal-. La nómina de títulos es suficientemente
representativa de hasta qué punto esa chica de ojos saltones que
tan buenas maneras había apuntado ya desde sus inicios en el cine
(basta recordar sus trabajos en títulos como The
rocky horror picture show –1975-
o Atlantic city –1980-,
para corroborarlo) alcanzaba su consagración y, de paso, demostraba
que hay vida después de los 40, incluso para una hermosa estrella
de ese Hollywood tan despiadado.
Cuesta, indudablemente, mucho
más trabajo encontrar títulos de ese nivel (e interpretaciones
a tono con el mismo) en la relación de películas en las que
Susan
ha intervenido en los últimos años (y la lista se haría
tan extensa, y la posibilidad de encontrar títulos "salvables" tan
limitada, que es preferible no entrar en detalles); no obstante lo cual,
y aun asumiendo que esos esplendores difícilmente puedan llegar
a reproducirse de nuevo, la Sarandon
sigue siendo un valor firme y seguro en el plano artístico y comercial
(hay que insistir en que su ritmo de trabajo no decae en lo más
mínimo) y todo un referente moral, en el plano político:
un ejemplo vivo y palpable de coraje, coherencia y determinación
para sostener unas posiciones que no siempre son bien comprendidas –y,
menos aun, admitidas- en su entorno. Esperemos que, por mucho tiempo, ese
faro no deje de esparcir su luz, siempre tan necesaria: la de las grandes
damas, cuyo brillo resplandece más allá de su tiempo y su
espacio.
Por Manuel Márquez.
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