Perfil de Victoria Abril por Manuel MárquezVICTORIA ABRIL.
¿Quién hubiera podido pronosticar, allá por mediados de los 70, que aquella chica menuda y pizpireta que, ataviada con los conjuntitos psicodélicos de rigor y equipada con esas enormes gafas mortadelianas, ya despuntaba entre la troupe de azafatas del mítico concurso televisivo 1, 2, 3..., acabaría convirtiéndose en una de las actrices más prestigiosas y respetadas del universo cinematográfico europeo? Posiblemente, salvo algún agorero voluntarioso o un visionario cuyos servicios se rifarían las agencias de casting de medio mundo, nadie...
Pero la vida da muchas vueltas, y nuestra Victoria –gira, girando...- a base de coraje, determinación y talento, ha terminado labrándose, a caballo entre España y Francia –país en el que reside desde hace ya bastantes años, y en el que se ha asentado familiar y profesionalmente- una carrera sólida y amplia, jalonada por multitud de hitos importantes y premiada con éxitos y reconocimientos de toda índole, tanto de crítica como de público.
Además, lo ha hecho jugando con sus armas: un atractivo físico que, aun lejos de la espectacularidad de maggiorate al uso (nuestra chica es más bien menudita), está fuera de toda duda (belleza de cara aniñada y cuerpo bien proporcionado), y con el que no ha tenido problema alguno -a base de mostrarlo generosísimamente, con deliciosa impudicia y total desinhibición-, en llegar a convertirse en musa erótica de toda una generación –eso sí, siempre con ese puntito necesario de clase (la que le confiere su talento natural) que le ha alejado de la zafiedad de que han adolecido tantas compañeras de profesión más o menos coetáneas, perdidas en la vorágine a la que se vieron abocadas por la “dictadura del despelote” (si el guión lo exige...)-; una naturalidad pasmosa y desarmante, rayana a veces en el descaro –cuando no en la pedantería e incluso, a veces, en que la presión mediática la ha desbordado, en el desplante y la grosería: ya lo dijo Billy Wilder, nadie es perfecto...-, que la han rodeado de una aureola de diva no siempre bien entendida, pero con la que ella siempre ha procurado marcar su territorio –especialmente, frente a una prensa que no termina de asimilar con demasiado agrado su radicalismo en el afán de dejar totalmente fuera del juego público su vida personal-; y unas dotes interpretativas que, con más base intuitiva que técnica, la convierten en un auténtico animal de pantalla, capaz de magnetizar el plano en que aparece hasta hacer que todo, absolutamente todo, gire en torno suyo y se mueva al ritmo que marcan sus gestos y palabras.
En cualquier caso, no han sido tales elementos el fruto espontáneo de una eclosión repentina, sino el resultado de un proceso de maduración lento y prolongado –como el de los buenos vinos-: no en balde, estamos ante una trayectoria iniciada treinta años atrás, y con un bagaje cercano a las ochenta películas, lo cual le ha permitido rodar en multitud de lugares (hasta en Islandia llegó a hacerlo, en el año 2000 –101 Reykjiavik-; o incluso en Estados Unidos, donde tuvo ocasión de vivir una horrenda experiencia cinematográfica –al menos, así lo ha considerado siempre ella, que reniega de su episodio hollywoodiense como de la peste-, con la malhadada Jimmy Hollywood, (1994) y conocer a infinidad de directores (en ese aspecto, Victoria Abril nunca ha pecado de conservadora, sino que, más bien al contrario, su inquietud le ha llevado a ponerse a las órdenes tanto de autores consagrados como de noveles sin apenas experiencia, en una demostración de confianza plena en sus posibilidades y su valía), asumiendo riesgos que no toda actriz hubiera estado dispuesta a afrontar: si para muestra bien vale un botón, podríamos hablar de su impresionante trabajo en Mater amatísima (1980), una película de culto en la que una aún bastante inexperta Victoria asumía su rol de madre de un niño autista con una profundidad y un sentimiento sencillamente admirables.
No obstante, si, como en toda carrera amplia, hay que hablar de jalones importantes, o marcar una serie de nombres que han dejado su impronta, debido a la reiteración de su presencia o a la importancia de los films en que la han dirigido, no cabe duda alguna de que tendríamos que mencionar estos tres: Vicente Aranda, Pedro Almodóvar y Agustín Díaz Yanes.
Vicente Aranda fue su auténtico Pigmalión, y la convirtió, cuando aún era apenas una chiquilla, en su musa; una musa con un componente erótico importantísimo, dado que sus papeles siempre conllevaron, a tono con el contenido general de la muy particular propuesta estilística del director catalán, un grado de torridez y exhibicionismo bastante altos. La colaboración se extendió a lo largo de un tiempo prolongado, así como de numerosas películas (un total de nueve, además de dos episodios de series televisivas), desde que arrancara con Cambio de sexo –1977-, hasta culminar en ese auténtico regalo que fue su papel de Luisa en Amantes (1991), una de las cumbres de su carrera (que le hizo merecedora del Oso de Plata del Festival de Berlín), tanto en lo relativo a la calidad de su interpretación como en su contribución a la creación de un auténtico icono sexual para toda una generación.
En cuanto a Pedro Almodóvar, la relación profesional entre ambos (al igual que la personal, llena de los encontronazos predecibles entre dos histriones de su calibre) anduvo por derroteros totalmente diferentes, habida cuenta que, en su inicio, con ¡Átame!, en 1990, tanto uno como otro ya contaban a sus espaldas con una experiencia cinematográfica, y un reconocimiento de público y crítica, bastante amplia. Victoria Abril cuajó en este film, con su Marina Ossorio, uno de sus mejores trabajos, dando excelente réplica al mejor Banderas que se hubiera podido ver hasta ese momento, y consiguió con ello ocupar el trono dejado vacante por Carmen Maura tras la ruptura que, con posterioridad al rodaje de Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), se había producido entre el director manchego y su musa primigenia. Pero el trono le habría de durar poco: tras dos películas más, Tacones lejanos (1991) y Kika (1993) –esta última, probablemente, el fiasco más evidente en la carrera de Almodóvar-, Victoria Abril tenía que ceder su sitio a una nueva “madura divina”, Marisa Paredes (como Saturno, la “madre” terminaba “devorando” a la “hija”: cosas del cine.... y de Almodóvar). Una experiencia corta e intensa, la de chica Almodóvar, de la que, en cualquier caso, consiguió salir indemne, o, al menos, no demasiado lastimada (no todas han podido decir lo mismo, por cierto...).
Por último, lo de Victoria con Agustín Díaz Yanes es algo que no tiene nada que ver con ninguna de las dos relaciones profesionales comentadas en los párrafos precedentes, y que va mucho más allá del hecho concreto de las dos películas que ambos han compartido: la excepcional opera prima del director, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995), en la que Victoria Abril borda su creación de un personaje tan difícil (pese a su apararente simplicidad, todo un caramelo envenenado) como el de Gloria Duque; y la algo decepcionante (sobre todo, a tenor de las enormes expectativas que con su debut había generado) Sin noticias de Dios (2001), en la cual Victoria tiene ocasión de lucir, incluso, ciertas dotes canoras en que no ha tenido oportunidad de prodigarse excesivamente a lo largo de su carrera. La veneración que Tano (como a ella gusta llamarlo cariñosamente) y Victoria se profesan mutuamente, hace que no sea muy arriesgado el augurar futuras colaboraciones en un futuro próximo, a las que habrá que estar muy pendientes.
No sería justo ni lógico poner broche final a esta suerte de perfil o reseña biográfica sin hacer mención a la enorme cantidad de reconocimientos que, en forma de galardones –o nominaciones a los mismos-, ha recibido Victoria Abril a lo largo de su carrera: ya sea en festivales de primer nivel, como en Berlín (una vez, por Amantes) o en San Sebastián (dos veces, por El Lute... y por Nadie hablará...), ya sea en premios, bien de ámbito nacional (como los Goya españoles –8 nominaciones, y un solo premio, el de Nadie hablará...-, o los César franceses, con dos nominaciones como actriz de reparto) o incluso de ámbito internacional, como el premio especial del European Film Awards del año 2002, en atención a toda su carrera interpretativa, la nómina de estatuillas que en sus anaqueles puede exhibir Victoria haría empalidecer de envidia a más de una estrellita de nuevo cuño. No son sino el reconocimiento a un trabajo bien ejecutado, que, además, y por regla general, jamás ha estado reñido con el hecho de participar en producciones de sólidos resultados comerciales, lo cual viene a demostrar, una vez más, que no son ambas cosas (calidad y comercialidad) conceptos incompatibles, y que si algo no podemos considerar a Victoria Abril es “veneno para la taquilla”.
¿Qué será del futuro...? Difícil de predecir: se antoja complicado (el esfuerzo de imaginación, demasiado arduo) el pensar en Victoria Abril como una gran vieja dama del cine europeo, en la línea de una Irene Papas o una Catherine Deneuve, dado que ni su perfil físico ni su carácter están muy en consonancia con tal consideración. Tampoco la veo en el papel de directora, un rol para el cual, si no ha asumido ya el salto, posiblemente carezca de la vocación y la determinación necesarias. En fin, sea cual fuere en ese eventual mañana -que, por cierto, aún se antoja lejano, dada la frenética actividad con la que Victoria se sigue desenvolviendo- el papel que desempeñe nuestra chica (no habría que descartar un retiro dorado, dedicada al dolce far niente de cuyo disfrute tanto le gusta presumir), seguro que lo hará –incluso el no hacer nada, faltaría más...- con esa fuerza de carácter y ese geniecillo indómito con que ha hecho todo hasta ahora: lo lleva en la sangre, y se le nota...
Por Manuel Márquez.
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