| Perfil
de Juanjo Puigcorbé
por
Manuel Márquez
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JUANJO PUIGCORBÉ.
La tradición teatral
de Cataluña es bien conocida por cualquier seguidor medianamente
inquieto de la realidad cultural de nuestro país: la proliferación
de grupos de teatro, tanto aficionado como profesional, que se da en esa
comunidad (apunten sólo unos nombres señeros, así
a vuelapluma: Joglars, Comediants, La
cubana...) genera una ingente cantera
de intérpretes para los cuales el salto a otros ámbitos (cine
y televisión) suele ser una mera cuestión de tiempo y oportunidad.
Uno más de tantos fue, allá a finales de los años
setenta, Juanjo Puigcorbé.
Este barcelonés, nacido
en 1955, se inició en grupos de teatro aficionado y ya a finales
de los 70 hacía sus primeras incursiones en el cine, de la mano
de Francesc Bellmunt,
uno de los directores catalanes más activos y que, al calor de las
eclosiones libertarias de esa coyuntura histórica –tiempos de destetes
generalizados y proclamas políticas incendiarias: el péndulo
que oscilaba al otro lado, tras la larga noche oscura de la dictadura...-,
adquirió cierta notoriedad (y éxito de público: el
oportunismo siempre fue altamente rentable...) con una serie de comedias
a caballo entre lo escatológico y lo desmadrado, bajo el estandarte
del manido tópico del sexo, drogas y rock’n’roll: títulos
como La orgía (1977),
Salut y força al canut
(1979), Cuernos a la catalana
(1979), La quinta del porro
(1980) o La batalla del porro
(1981) –en estos dos últimos, la intervención de Puigcorbé
se ciñó a una colaboración en la confección
del guión-, cuya sola enunciación ya explicita mucho acerca
de sus contenidos, constituyeron los primeros pinitos cinematográficos
de este cómico desgarbado y canallita, y ya empezaron a darle una
cierta proyección que no habría de pasar desapercibida para
la industria de allende sus fronteras catalanas.
El salto a la arena "nacional"
(ese paso de Barcelona a Madrid que no todos alcanzan a dar) no habría
de tardar en llegar, y ya a mediados de los 80, directores como Gutiérrez
Aragón (en La
noche más hermosa –1984-)
o Luis García Berlanga
(en la celebérrima La vaquilla
–1985-) empiezan a darle pequeños
papeles en los que Juanjo Puigcorbé
no termina de despuntar, y con los cuales su carrera parece estancarse,
dando pie a una cadena ininterrumpida de participaciones en películas
menores que pasarían sin pena ni gloria por las pantallas (y no
siempre: más de una quedaría en un cajón pendiente
de estreno en salas comerciales), que va alternando con trabajos televisivos
en diversas series (Mariana Pineda,
Goya,
Réquiem por Granada)
-un filón laboral, por cierto, que Puigcorbé
nunca ha desdeñado hasta el punto de que, incluso en sus momentos
de mayor éxito cinematográfico (que le habría llegar
muy pocos años después), siempre ha reservado un hueco para
participar (o, incluso, protagonizar) en proyectos para ese medio-.
Es el transcurso de la decada
de los 90, con Juanjo
en plena madurez personal y profesional, el momento en que la vis cómica
inmensa de este actor iba a encontrar su caldo de cultivo más idóneo,
en estrecha alianza con una generación de comediantes que, en tareas
de dirección y guión, empezaba a asaltar el trono de los
consagrados, con dos nombre destacando entre los demás de una forma
muy particular, los del tándem creativo formado por Manuel
Gómez Pereira y Joaquín
Oristrell. Títulos como Salsa
rosa (1991), Todos
los hombres sois iguales (1994) y
El amor perjudica seriamente la
salud (1997), que alcanzan un éxito
sonado en la taquilla nacional, convierten a
Juanjo Puigcorbé en una figura
conocida y reconocida, y hacen de su presencia en los repartos de cualquier
comedia una garantía sólida de buen resultado. Algo que no
deja de tener su mérito, teniendo en cuenta que sus registros interpretativos
no son excesivamente amplios, y le confinan de forma casi ineludible en
los márgenes de ese género cinematográfico del cual
ha llegado a convertirse en uno de los más firmes referentes: Puigcorbé
explota muy sabiamente su acento catalán (no excesivamente marcado,
pero tampoco atenuado; al menos, no por su voluntad...), su nariz porretuda,
su mirada de corderito degollado y una vena histriónica que suele
controlar con la debida contención –aunque no siempre los guiones
con que se ha manejado daban buen pie para ello: fiascos como Una
chica entre un millón (1993)
o Gran slalom
(1995) son prueba evidente en ese aspecto-.
Por otro lado, sus limitaciones
no le han privado de realizar incursiones en otros campos genéricos,
entre los cuales cabría destacar dos hitos significativos, y con
signo muy desigual, dentro de esa misma década de referencia, la
de los 90: la de arena la daba con El
diario de Lady M (1993), una especie
de porno-soft rarito, vehículo de lucimiento a la mayor gloria de
la musa y esposa de su prestigioso director, el suizo Alan
Tanner, y en el que Puigcorbé
se movía (desnudos integrales incluidos) con la misma soltura que
un chivo en un garaje; mientras que la de cal venía dada por Mi
hermano del alma (1994), la sorprendente
y magnífica opera prima de Mariano
Barroso (no en balde la habría
de valer un Goya al mejor director novel), solida amalgama de comedia,
drama e intriga, en la que el actor catalán bordaba su interpretación
de Toni, el hermano tarambana y desquiciado, carente del más mínimo
código moral, que aparece y desaparece siempre con alguna vuelta
de tuerca sorprendente en su actuar.
De todos modos, Puigcorbé
es un cómico de pura cepa, y ha sido siempre en ese género
en el que ha dado lo mejor de sí mismo. La guinda de ese sabroso
pastel que constituye su conjunto de colaboraciones con el dúo Pereira-Oristrell
lo ponía con el Arturo de Novios
(1999), un personaje hecho a su justa medida –mujeriego, sinvergüenza,
juerguista, mentiroso: todo un dechado de virtudes...-, y en el que daba
rienda suelta a su vena más canalla –esa interpretación que,
con una cogorza descomunal, hace del Soy tremendo, es realmente antológica...-,
cuajando un trabajo al pleno gusto de sus seguidores más fieles.
Tras ese punto, Juanjo
Puigcorbé hace un pequeño
paréntesis en su trayectoria cinematográfica, centrándose
en dos proyectos televisivos de cierto alcance: en el primero de ellos,
una coproducción auspiciada por la RAI italiana del año 1999,
encarna, como protagonista principal, nada más y nada menos que
al ínclito Pepe Carvalho, el detective ideado por la fértil
imaginación del nunca suficientemente llorado Vázquez
Montalbán, llevándolo
a su terreno con una composición del personaje bastante alejada
de la que, en su día y en una versión televisiva anterior,
hiciera Eusebio Poncela
(pese a los pérfiles físicos similares, sus escuelas interpretativas
se sitúan en polos opuestos); el segundo, como protagonista de la
serie de Antena 3 TV Un chupete
para ella (2000), que le habría
de suponer uno de sus mayores éxitos, al menos, en lo que se refiere
a su popularidad a nivel del gran público –ése que, al fin
y a la postre, termina otorgando y quitando los honores que a un cómico
le cabe esperar-.
El nuevo siglo ha supuesto
el retorno de Puigcorbé
a la pantalla grande, pero los títulos en los que ha aparecido no
han terminado de obtener excesiva resonancia (películas como Amnesia,
2002, de Gabriele Salvatore,
o Besos de gato,
2003, de Rafael Alcázar,
han pasado por la cartelera con más pena que gloria), con lo cual
no cabe sino esperar que el próximo estreno de su nuevo film, Inconsciencia,
de nuevo a las órdenes de Oristrell,
y compartiendo créditos actorales con compañeros que ahora
mismo se encuentran en la cresta de la ola (Leonor
Watling y Luis
Tossar, ahí es nada...), vuelvan
a otorgarle un lugar señero y destacado en nuestro panorama cinematográfico,
ese territorio inestable en el que tan complicado resulta siempre asentarse
y consolidarse.
Personalmente, me proporcionaría
una enorme alegría, porque Puigcorbé
me cae muy simpático y creo que, dentro de sus evidentes limitaciones
–ésas por las cuales, probablemente, le va a resultar muy complicado
que algún día llegue a cuajar un papel dramático de
altura-, se trata de uno de nuestros cómicos más reputados
y eficientes (y tampoco, quede claro, andamos excesivamente sobrados de
ellos), los años le deben ir aportando solera y veteranía,
y, gracias a ello, aún le debe quedar cuerda para rato, para mucho
rato: las risas que nos prorporcionará siempre serán motivo
de agradecimiento.
Por Manuel Márquez.
Foto: (c) Eduardo Parra 'Nividhia'.
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