Perfil de Icíar Bollaín por Manuel MárquezIcíar Bollaín.
Una batalllita... Allá por el ya algo lejano año de gracia de 1983, este humilde emborronador de pantallas (de ordenador) aún no era un aficionado a esas otras pantallas, las del cine, dignamente calificable como tal; pero gracias a los buenos oficios de un buen amigo (desde aquí, amigo Santi, un abrazo...), que con cada vez mayor frecuencia me empujaba a las salas oscuras (con las mejores intenciones, por supuesto...), ya empezaba a picarme el gusanillo. El día que me llevó a ver El sur, yo no dejé de manifestarle mi cierta extrañeza, ya que él era un combativo militante de las huestes anti-cine español (¿españolas? No, gracias...), pero, tras ver la película, comprendí que la excepción estaba más que justificada. Salí del cine aturdido ante el torrente de belleza visual y sensibilidad narrativa que había inundado la pantalla durante esos noventa mágicos minutos; convencido de que ese invento de las imágenes en celuloide móvil ya me tenía atrapado para cuanto me quedara de existencia; y, sobre todo, brutalmente enamorado de una muchachita desconocida que, con una media sonrisa a caballo entre lo pícaro y lo burlón adornando su cara pecosa y unos bucles pelirrojos primorosamente desplegados, me dejó el corazón en carne viva. No quedaba otra opción que buscar en los créditos: Iciar Bollaín, Iciar Bollaín...
Mucho ha llovido desde entonces, aunque no haya caído tanta agua, y si bien esas fiebres remitieron –como no cabía esperar de otra manera-, mi admiración por esta actriz y directora madrileña (pese a la inequívoca sonoridad vasca de su nombre y apellido, Iiciar nació en el "foro") no ha dejado de crecer al calor de la constatación de su buen hacer en ambas lides cinematográficas, y muy especialmente en la segunda, donde ha sabido aunar una mirada limpia y profunda sobre temas de enorme calado humano con un talento tremendo para la puesta en imágenes de historias sencillas y cálidas que dan acogida y fiel retrato a los mismos.
No ha sido la de Iciar Bollaín una carrera interpretativa que podamos asociar a ideas como la del éxito fulgurante, el glamour esplendoroso o el ritmo trepidante, sino a otros elementos bien diferentes: la fidelidad a su gente (no sólo su familia, con la que ha tenido ocasión de trabajar profusamente) y la pasión por el compromiso y por el riesgo son notas que siempre han caracterizado las elecciones de Iciar, y, sobre tales premisas, ha desplegado una trayectoria que, contemplando tan sólo veintitres títulos en casi veinte años, está plagada de papeles siempre teñidos de un cierto tinte fronterizo, bien por lo modesto de los proyectos en que se desarrollaban, bien por la dureza o dificultad de sus perfiles característicos. Un paréntesis de cuatro años tras lo que no cabe calificar sino como pre-debut adolescente (ese ya mencionado, en El sur), para, a partir de ahí, encadenar su participación en diversas películas en las que se constata la repetición de algunos nombres que constituyen una constante en su carrera (Felipe Vega, a cuyas órdenes ha trabajado hasta en cinco ocasiones; Pablo Llorca o José Luis Borau), y entre las que habría que destacar algunos títulos particularmente señeros: Malaventura, de Gutiérrez Aragón (1988); Sublet, ese curioso divertimento de la debutante Chus Gutiérrez en un Nueva York muy sui géneris (1991); Tierra y libertad (1995), a las órdenes de Ken Loach, dando vida a una miliciana vitalista y rompedora, fácilmente identificable con su perfil personal; o Leo, esa película turbia ydesasosegante de José Luis Borau (otro outsider nato, como ella), en la que cuaja una interpretación espléndida (la única que le valió un reconocimiento formal, como fue el de su nominación al Goya como mejor actriz principal) de un personaje ambiguo, complejo y duro, todo un tour de force no apto para estómagos sensibles o actrices melindrosas. En cualquier caso, una carrera sólida y estimulante, que queda cerrada, hasta la fecha, con su papel de Julia en Nos miran, el sorprendente debut de otro director novel (y van...), Norberto López Amado, que le da ocasión de volver a mostrar unas dotes espléndidas para el ejercicio de la interpretación.
No obstante, el terreno en el que Iciar Bollaín viene brillando con luz propia, desde que firmara su opera prima, Hola, ¿estás sola?, en 1995 –una comedia fresca y divertida, en la que ya se apuntaban unos referentes creativos a los que poco habituados andamos por estos lares cinematográficos-, es el de la dirección, campo de trabajo en el que con sólo tres largometrajes realizados hasta la fecha, Iciar Bollaín ya ha adquirido un prestigio y reconocimiento, tanto a nivel de público como de crítica, que la sitúan, con todo merecimiento, entre los nombres señeros de nuestro cine; pocos directores, incluso entre los más consagrados, pueden ostentar un currículum de premios y galardones (en los más diversos festivales) como el que, con todo orgullo, puede exhibir ella.
Tras esa comedia primeriza, todo un soplo de aire fresco en los algo repetitivos ámbitos de nuestra comedia –muy lastrada por ciertos condicionantes más basados en la tradición que en la eficacia-, sus dos siguientes películas, cuya realización ha alternado con la de diversos cortometrajes –también plenos de imaginación y buen hacer, pese a su reducida escala-, se insertan, por derecho propio, entre las mejores obras de nuestro cine de las últimas decadas, constituyendo una muestra de cómo el cine puede conseguir (siguiendo esa vieja máxima, que siempre se ha aplicado al producto informativo, de informar, formar y entretener), a través de historias cálidas y cercanas, a la par que frescas y divertidas (hasta el límite que su temática impone), un fiel retrato de fenómenos sociales de enorme calado.
Flores de otro mundo –1999- es una auténtica delicatessen fílmica, que parte de una premisa argumental curiosa y divertida (la de la "caravana de mujeres" que recogiera en su película de 1951 William A. Wellman, y que tuvo su trasunto real en la "aventura" del pueblo oscense de Plan, a primeros de los 80), para trazar, sobre el abanico de relaciones que se despliegan a raíz de ese arranque, un dibujo agridulce de fenómenos de tanta diversidad como profundidad: la realidad de la vida cotidiana en la España rural y profunda –en un pueblo mesetario de incierto futuro-, el choque cultural entre los hábitos de vida del campo y la ciudad –esa relación imposible entre Alfonso y Marirrosi, pese al tremendo cariño que se urde entre ambos-, la dificultad de la inmigración para integrarse en un entorno extraño cuando no hóstil –Patricia, Milady y las demás, sufriendo las desconfianzas a su alrededor...-, e incluso algún apunte, siquiera un pequeño esbozo, sobre ese tema recurrente en la filmografía de Bollaín que es el de los malos tratos a la mujer –una vez más, Pepe Sancho dando vida a un maltratador casi prototípico-. Semejante carga temática, que en otra manos podría haber desembocado en un tocho de abrumadora pesadez, se convierte, gracias a los contrapuntos amables y gráciles con que la autora –que contó con la colaboración en el guión de Julio Llamazares- salpica el relato fílmico, en toda una instrucción vía deleite, con el que Iciar Bollaín sorprendió a propios y extraños y consiguió, amén de unos dignos (aunque no espectaculares) resultados de taquilla, el reconocimiento de la crítica, así como numerosos premios en varios festivales (Burdeos, Bogotá, Cannes).
Pero la consagración aún estaba por llegar, y ahí es donde entra en juego su última creación, Te doy mis ojos –2003-. Arrancando de un planteamiento sobre el tema de la violencia de género, en base al cual ya había realizado un cortometraje en el año 2000 (Amores que matan, también protagonizado por el impagable Luis Tosar), Te doy mis ojos hace un retrato desolador y descarnado del fenómeno (tan tristemente en boga en los últimos tiempos en nuestro país), pero en el que Iciar Bollaín evita en todo momento (empeño nada fácil, pero que consigue llevar a buen puerto) cargar las tintas sobre sus aspectos más morbosos y escabrosos, así como demonizar a ninguna de las partes implicadas en el mismo: una vez más, la inmensa habilidad de saber contrabalancear claros y oscuros, acres y dulces, para retratar una realidad que casi nunca es blanca o negra, sino más bien de un gris difuso y confuso. Con el hacer interpretativo majestuoso de dos de los mejores profesionales de nuestro cine, como Luis Tosar y Laia Marull –ya fueron así reconocidos, obteniendo sus correspondientes Conchas de Plata en el pasado Festival de San Sebastián (donde la película ya apuntó que su nivel de reconocimiento iba a ser muy elevado)-, Iciar Bollaín logra cuajar una enorme película, a la cual la magnífica cosecha de premios Goya (hasta un total de siete se eleva la misma), conseguidos hace tan sólo escasos días, no hace sino imprimir el marchamo de una calidad que nadie ha sido capaz de cuestionar.
Luchadora y comprometida, resulta bastante evidente que, salvo sucesos inesperados y fortuitos, Iciar Bollaín aún tiene por delante una amplia y fructifera carrera por desarrollar detrás de las cámaras, y son muchas las historias que aún habrán de salir de sus manos, y que muchos esperamos poder disfrutar, como lo hemos hecho con las que hasta ahora ha culminado. Sólo con ese consuelo, y ante la evidencia de que la renuncia tendrá una justa compensación en contrapartida, algunos asumiremos (no sin una furtiva lágrima...) que sus presencias ante las cámaras se irán espaciando, posiblemente, más de lo que desearíamos. De todos modos, y aún así, felicidades, Iciar...
Por Manuel Márquez.
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