MAGAZINE ANIKA CINE
 
Perfil de Imanola Arias
por Manuel Márquez

IMANOL ARIAS.

¿Cabe la consagración del artista consagrado? A la vista de la situación actual de la carrera de Imanol Arias, parece ser que sí: un actor de trayectoria amplia, diversa y sobradamente reconocida por público y crítica, tras más de veinte años de ejercicio profesional, se encuentra con una explosión de éxito estallándole en pleno rostro, al hilo de su rol protagónico en una serie que, más allá de sus connotaciones sociológicas, políticas o de cualquier otra índole, va camino de convertirse en un verdadero fenómeno de culto: Cuéntame.

¿Es justo, es injusto? Admitiendo que quepa hablar de justicia en un mundo tan convulso y atrabiliario como el del artisteo, donde tan comunes son las exaltaciones injustificadas como los olvidos clamorosos carentes de toda lógica, podría parecer injusto desde una cierta perspectiva: que alguien que ya triunfaba hace 20 años en televisión, con un éxito tan tremendo como el de Anillos de oro; que ha protagonizado más de 30 películas, de todos los géneros, estilos y registros; y que ha paseado sus dotes interpretativas por los escenarios teatrales de buena parte del mundo latinoamericano, a uno y otro lado del charco, termine pasando a la historia como "aquel hombre que hacía de Manuel Alcántara" , puede resultar, hasta cierto punto, casi esperpéntico.

En cualquier caso, si hay unos rasgos, unas notas, que han caracterizado singularmente la carrera artística de este actor vasco, éstos han sido la constancia en el esfuerzo, la libertad en la elección y el amor al riesgo como vía de crecimiento. No se entiende que Imanol Arias haya llegado a la posición que actualmente ocupa en el firmamento artístico si no se consideran esas claves y no se analiza su trayectoria a través del triángulo que las mismas configuran.

Constancia en el esfuerzo: Imanol Arias jamás ha desfallecido, y ha mantenido –más allá de su repercusión pública, o de su presencia en los medios, ahora elevadísima, pero que ha llegado a pasar por momentos de casi ostracismo- un ritmo de trabajo constante y sin apenas altibajos, diversificando, además, su dedicación a los distintos soportes en que pudiera desplegar sus dotes interpretativas (cine, teatro o televisión), sin desdeñar ninguno de ellos, y sin renunciar a las posibilidades que se le brindaban allende nuestras fronteras cuando las circunstancias eran propicias para ello y las opciones de trabajar en España eran más limitadas (es un hombre que, retomando ese terreno en el que iniciara su carrera interpretativa antes de marchar a Madrid desde su País Vasco de origen –donde no nació –lo hizo en Riaño (León)-, pero sí vivió desde su primera infancia- ha hecho mucho teatro en Argentina, por ejemplo)

Ligada a la anterior, su libertad de criterio a la hora de elegir: Imanol Arias siempre ha tenido claro qué es lo que quería hacer y qué es lo que no quería. Y no lo ha tenido fácil para ello: un perfil físico muy acusado le hace ser la antítesis de lo que pudiera considerarse el actor camaleónico –su rostro anguloso, su extrema delgadez y su adustez en el gesto le confieren un corte actoral bastante renuente a diversificaciones muy radicales-, pero no por ello le ha privado de afrontar trabajos de muy diverso género y tendencia, ni le ha hecho rehuir posibilidades de ésas que, a priori, quizá otros en su circunstancia se hubieran pensado muy mucho antes de aceptarlas: series de televisión, en esos momentos en que hacer "caja tonta" no prestigiaba mucho a los miembros del gremio (Brigada Central, en 1991; o Querido maestro, en 1996); o películas (hasta un total de 36, que son las que actualmente completan su filmografía) en las que si cabe apreciar un rasgo distintivo –entre tanta diversidad- es el de lo variopinto de sus propuestas.

Algo, esto último, que entronca directamente con el caminar constante por encima del alambre, bordeando el riesgo al límite. Imanol Arias se ha mojado, y lo ha hecho a conciencia: convertirse en "chico Almodóvar" –el primero de ellos- cuando aún no se habían inventado las "chicas ídem" (en Laberinto de pasiones, 1982, donde daba vida, despelote integral incluido –la locura de los tiempos...-, al desternillante terrorista iraní Riza Niro) –no volvería a repetir con el manchego universal hasta La flor de mi secreto (1995)-; encarnar a todo un icono de la España negra de las postrimerías del franquismo, como El Lute, en las dos (tan excelentes como controvertidas) películas que el siempre polémico Vicente Aranda dedicara a ese personaje a finales de los 80 –unas interpretaciones brillantes, en las que demostró unas dotes para asumir un repertorio gestual complicado, y desplegó un ejercicio de dicción de gran altura (similar al que desarrollaría, años más tarde, dando vida al Faneca de El amante bilingüe (1993), de nuevo con Aranda), que le valieron el debido reconocimiento (Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y nominación al Goya como mejor actor)-; encarnar a un terrorista vasco, en La muerte de Mikel (1984), de Imanol Uribe, con las connotaciones que tal asunción siempre implica (es el tipo de papel en el que el riesgo de quedar "marcado" siempre es demasiado fuerte); o ponerse a las órdenes de un director novel, como Carlos Marinero, en Salvajes (2001), para dar vida a un policía duro como el pedernal y de personalidad tremendamente compleja, todo un tour de force para el que, muy probablemente, su experiencia como comisario Flores en la serie "Brigada central" le debió de ser de gran ayuda. Muestrario suficientemente amplio de opciones de alta dificultad, que dan buena cuenta de un talante impetuoso y poco amigo de la complacencia o el estancamiento.

Hasta la dirección cinematográfica ha sido una tentación a la que Imanol Arias ha sido incapaz de sustraerse: probaría suerte en 1996, con Un asunto privado, un esbozo de thriller de ambiente turbio que devino en experimento fallido, por la inconsistencia de su guión y la falta de pulso en su realización; si del descalabro habrá de derivar una retirada definitiva de Arias de estas tareas, o habrá nuevas tentativas, sólo el tiempo nos podrá dar rendida constancia. Toca, pues, esperar...

A la vista de todo lo expuesto, creo que sólo cabe concluir que nos hallamos ante una de las figuras más importantes del panorama cinematográfico español de los últimos veinte años, cuya presencia e impronta quedan más allá de cualquier cuestionamiento o duda razonable. Y quien siembra, recoge: homenajes en festivales (Málaga, Valladolid), libros dedicados a su figura; hasta la publicidad ha llamado a sus puertas, para, siguiendo la estela de su megaéxito televisivo, convertirlo en la imagen de marca de una conocidísima cadena de establecimientos. Justo fruto para este celoso defensor de su vida privada (casado desde hace casi veinte años con la actriz Pastora Vega, es padre de dos hijos, a los que ha sabido mantener lejos del alcance de los focos a los que su popularidad siempre ha atraído, hasta el punto de haberse convertido en una figura emblemática en este aspecto), estos reconocimientos no hacen más que justicia a este hombre que, al borde ya de la cincuentena, es, por encima de cualquier otra cosa, un actor como la copa de un pino. Felicidades.
 

Por Manuel Márquez.
 


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