MAGAZINE ANIKA CINE
 
Perfil de Ariadna Gil
por Manuel Márquez

ARIADNA GIL.

Tan enigmática y lejana como la distancia que marcan esos ojos achinados y esos rasgos dulces y exóticos; tan diáfana y cercana como esa sonrisa a veces tímida y escurridiza, a veces franca y abierta, pero siempre arma imposible de resistir. Así de igual y distinta a la vez se nos aparece, sin hilo ni laberinto, nuestra barcelonesa Ariadna, esta chica bien y mal, hija de abogado ilustre y hermana de rockanroleros veteranos (esos legendarios Brighton 64 con los que, en alguna ocasión puntual, ha llegado a hacer pinitos corales... en catalán), pero, por encima de todo, arte y belleza en conjunción y equilibrio.

A sus treinta y pocos años (nacía en enero de 1969), Ariadna Gil ya puede contemplar con una cierta perspectiva la que ha sido hasta ahora una carrera cinematográfica bien medida y calibrada, con las dosis necesarias del riesgo que se requiere para crecer y de la solidez precisa para asentarse. Y una carrera que, aunque algo ralentizada en los últimos años por mor de circunstancia tan determinante como la de su maternidad (es madre de una hija cuyo padre es su compañero sentimental, el director y guionista David Trueba), muestra una progresión imparable, acumulando sin prisa pero sin pausa, una buena colección de títulos señeros.

Su irrupción en la escena cinematográfica nacional con un papel protagonista (dejando aparte, por su condición de mera anécdota, su debut adolescente en la Lola de Bigas Luna (1985), y tras trabajar en varias películas que no trascendieron del ámbito de su Cataluña natal), se producía en 1991, con Amo tu cama rica, de Emilio Martínez Lázaro (director con el que pocos años después, en 1994, habría de repetir en un papel de corte muy similar, en Los peores años de nuestra vida, constituyendo el vértice del triángulo a cuyos lados se situaban Jorge Sanz y Gabino Diego). Su personaje de la fresca y desinhibida Sara, un ángel pícaro de pelo a lo garçon y rostro hipnotizante, la catapultó a la primera línea de presencia y la convirtió en la gran esperanza blanca, la nueva promesa femenina del panorama fílmico de nuestro país.

Una promesa que no iba a tardar en cuajar, y consagrarse como esplendorosa realidad, cuando, sólo un año más tarde, Fernando Trueba le reservaba un hueco en el cuarteto filial de la oscarizada Belle epoque, y, además, le reservaba el que, muy probablemente, y dentro de la ligereza del dibujo de los personajes, constituía el único con alguna arista destacable: el del "chicazo" Violeta, lesbiana machorra e irredenta cuya única "desviación" será la de ese memorable revolcón que tras el baile en las fiestas del pueblo se marcará con un hilarantemente travestido Jorge Sanz. Ariadna solventaba con nota no sólo esa secuencia, sino toda su interpretación –por lo demás, poco compleja-, y accedía, gracias al tremendo éxito de la película, al estatus de primerísima estrella.

Portadas de revistas, reportajes en las primeras publicaciones de la prensa generalista, entrevistas en radio y TV... Un frenesí imparable que, sin embargo, y pese a lo tremendamente desestabilizador que podía resultar, no le iba a hacer perder la cabeza. Huyendo de los encsasillamientos a los que su tan amable perfil físico la podían haber confinado, no quiso convertirse en la gran reina de la comedia romántica (un trono cuya corona podía haberse ceñido, sin excesiva dificultad) y, poco a poco, iría ofreciendo registros más variados y difíciles, con incursiones en aventuras de mayor margen de riesgo: su papel de María, una drogadicta al borde del precipicio en la ópera prima de Manuel Huerga, Antártida (1995) –además, con un look tremendamente agresivo y de un punto premeditadamente feísta-, o su protagonista de Malena es un nombre de tango (1996) –la adaptación que de la novela homónima de Almudena Grandes compusiera Gerardo Herrero-, un personaje cuyo recorrido de edad (no sólo físico, sino, sobre todo, mental) también le exigía un notable esfuerzo de adaptación progresiva, suponen buenas muestras de esa tendencia, que habría de culminar en el que probablemente constituye el punto álgido de su carrera interpretativa, que es su trabajo como la protagonista –Isabel- de Lágrimas negras (1998), la obra póstuma (y testamento fílmico) de Ricardo Franco; ese personaje, con una locura tan particular, capaz de inspirar a un tiempo ternura infinita y repulsión irrefrenable, no era nada fácil de amarrar en todos sus matices, y Ariadna Gil lo bordó gracias a una entrega ilimitada y unas dotes que quizá nunca como hasta ese momento había exhibido (ni había tenido motivo para hacerlo) de forma tan espectacular.

Ciertamente, también hemos de reconocer que, tras Lágrimas negras, sus diversos papeles de protagonista (o, al menos, los de mayor repercusión comercial) no han resultado excesivamente afortunados: ni su Amanda Castro, estrella venida a algo menos que menos, de Obra maestra (2000) –película que contaba con una premisa argumental y unos elementos a su disposición tan estimulantes como fallidos resultaron su desenvolvimiento y desenlace, y en la que Ariadna termina, como todo lo que la rodea, naufragando, pese a los esfuerzos de su David para que así no fuera-, ni su Anita de El embrujo de Shangai (2002) están a una altura acorde con los momentos más estelares de su trayectoria, y no nos hacen sino desear que lleguen para nuestra chica ocasiones más propicias. Llegarán, desde luego, porque cuando no faltan ni talento ni belleza, sólo es cuestión de paciencia y oportunidad, sin necesidad de forzar la máquina ni dar saltos al vacío. Ariadna Gil ya ha demostrado con creces cuales son sus capacidades, y si hay dos elementos que siempre han sobrado en su agenda, ésos son el divismo y las prisas. Piano, piano...
 

Por Manuel Márquez.
 
 

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