Perfil de JAVIER BARDEM por Manuel MárquezJAVIER BARDEM.
Cuando en tu primera aparición cinematográfica, en un papel protagónico, la baza más contundente que pones sobre el tapete consiste en la ostentosa exhibición, vía valla publicitaria con anuncio de calzoncillos, de tu paquete, nunca termina de quedar muy claro si lo que haces es una declaración de principios, o si estás comprando todos los boletos para que se te adjudique un encasillamiento (mejor diríase, para ser más precisos, un "empaquetamiento") en papeles de un corte muy determinado, o si, simplemente, tienes ganas de que tu camino al estrellato transite por vías poco convencionales. Parece ser que esta última es la opción por la que terminó decantándose Javier Bardem.
Ciertamente, su irrupción en Jamón, jamón (1992) -esa apoteosis de los delirios de la carne con la que Bigas Luna iniciaba una trilogía en la que pretendía plasmar los nuevos términos estéticos de ese imaginario rompedor del que ya dio muestras audaces en sus primeras películas-, resultaba explosiva y situaba a Bardem en plena rampa de lanzamiento. Digno heredero de una estirpe artística amplia y más que consagrada, ofrecía un perfil de un erotismo tremendista muy acorde a su poderoso físico, pero también apuntaba ya maneras de buen cómico.
Favor por favor (que de bien nacidos se dice que es ser agradecido), Bardem le devolvería el regalo al bueno de Bigas Luna con una interpretación histriónica y fastuosa de ese saco fatuo de testosterona que atendía al nombre de Benito González en Huevos de oro (1993), enésimo eslabón en la cadena inacabable del esperpento patrio (con un par, por supuesto...). La esplendorosa promesa empezaba a apuntar ya como firme realidad, pero se atisbaban, tras esos brillos, los peligros de un encasillamiento en papeles de excesivo componente físico –la complexión del chaval bien se prestaba a ello, desde luego-.
Para conjurar tal peligro, se imponía un cambio radical de registro, y la oportunidad no tardaría en llegar: su Lisandro de Días contados, un compendio de completa ruina física y moral, al que prestó todo el aire de miseria requerido, le permitía demostrar que, bajo esa recia musculatura y esa tremenda fuerza gestual, también había talento, mucho talento, al que sólo había que darle los cauces expresivos adecuados.
A partir de ese punto de inflexión, Javier Bardem abordaba una secuencia de papeles, a lo largo de cinco años frenéticos (los que van de 1994 a 1999), en la que primaban, por encima de todo, dos elementos básicos: la diversidad y el riesgo. Desde el detective Cornelio de esa tan extraña como inclasificable película de Gonzalo Suárez que fue El detective y la muerte (en cuya primera secuencia, además, se marca un desnudo integral frontal sin el más mínimo tapujo), en la que inaugura la que ya va siendo su larga serie de duelos interpretativos de altísimo nivel con otro monstruo como Carmelo Gómez, hasta el homosexual Diego de Segunda piel, dando la réplica (y algo más...) a Jordi Mollà en un arriesgado papel dentro de la personalísima película de Gerardo Vera, Bardem recorre una amplia galería de tipos, registros y géneros, en la que tiene ocasión de probar una versatilidad más que estimable: pocas similitudes cabría apreciar entre el Víctor Ventura un tanto apajolado de Boca a boca (1995) y el Romeo Dolorosa (un auténtico tour de force en todos los aspectos: desde la caracterización hasta las durísimas condiciones de rodaje –incluidas las veleidades de la señorita Pérez...-) de ese fiasco de Alex de la Iglesia que fue Perdita Durango (1997). Y, como puntal más destacable, su interpretación de David en Carne trémula (1997), la primera ocasión (aunque cabe esperar que no será la última) en que Javier ejercía como "chico Almodóvar", y vaya si estuvo a la altura de la circunstancia. En opinión del que esto escribe, su mejor (aunque no el más celebrado) trabajo hasta la fecha, tan contundente como creíble en cualquiera de las aristas y matices que el personaje presenta (y creanme, que no son pocos ni sencillos).
Y, por fin, llega el 2000, y, con él, el papel que le iba a proporcionar su consagración definitiva y a situar en el mismo umbral de la gloria absoluta, en forma de nominación al Oscar como mejor actor protagonista. Su Reinaldo Arenas de Before night falls (Antes que anochezca), de Julian Schnabel, nos revela un auténtico prodigio de fagocitación y asimilación del personaje, hasta un punto en que su identificación, tanto en lo físico como en lo anímico, con el mismo llega a ocultar los méritos de su trabajo estrictamente interpretativo (que también es muy bueno). Paradojas de la vida: había de ser con el personaje de un cubano con el que Hollywood se rindiera a los pies de este arrollador ciclón español, y le abriera sus puertas, tras las cuales se atisba ese paraíso de oportunidades en pos de las cuales otros (Banderas, Cruz) ya marcharon antes que él.
Pero Javier lo tiene claro, muy claro. Sordo y refractario a los cantos de sirena que de allende los mares le vienen llegando con cada vez mayor frecuencia, es plenamente consciente de que lo que la industria norteamericana puede ofrecerle en términos comerciales no le compensaría del seguro empobrecimiento de su nivel artístico, y, en esa tesitura, prefiere quedarse y seguir creciendo: sin renunciar a nada en un futuro, pero, desde la sencillez y la modestia que le caracterizan, con los pies en el suelo y las ideas básicas muy bien definidas.
Evidentemente, eso que ganamos los que seguiremos disfrutando con su presencia. Pronto tendremos ocasión de verlo (el esperadísimo film de Fernando León se estrenará en el próximo festival de San Sebastián) en Los lunes al sol, película de corte social en la que dará vida a Santa, un parado desencantado (las fotos del rodaje nos han mostrado a un Bardem con un aspecto físico sorprendente, por lo poco habitual, con barba poblada y gordura ex profeso para la ocasión), en lo que, a buen seguro, volverá a suponer un nuevo alarde de sus capacidades actorales.
Pasional, intuitivo, tozudo y sencillo, con talento y valía más que demostrados, el glamour y el brillo los deja para otros. ¿Se necesitan aditamentos de ese u otro tipo cuando se marcha por la vida (cual Sabina predicara en la cancion que le dedicó al Dioni, ínclito choricete patrio) con un buen par...? Creo que no. Como a su Benito González, en lo más alto habremos de verle: tiempo al tiempo...
Por Manuel Márquez.
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