MAGAZINE ANIKA CINE
 
Perfil de Maribel Verdú
por Manuel Márquez

MARIBEL VERDU.

Ay, Maribel, Maribel... Ya me consta cuán poco políticamente correcto ha de resultar (y cuán poco ayudará a mi ya maltrecha reputación cinéfila) que me proclame un fiel devoto de tu carnalidad rotunda (ya extinta) y de tu sensualidad desbocada (que de ésa, aún algo queda, bajo las finuras y delgadeces presentes), pero es que, al igual que sucediera al pérfido vizconde de Valmont cuando fustigaba impíamente a la malhadada madame de Tourvel -en aquellas peligrosas amistades de Frears-: no puedo evitarlo...
 

Esta madrileñita de morenez exultante y ojos deslumbrantemente claros es la víctima de un doble fenómeno tan frecuente como injusto: el del falso envejecimiento que deriva de la precocidad (su presencia permanente en las pantallas desde hace más de quince años quizá nos hace olvidar que apenas si ha superado la barrera de la treintena) y el del cuestionamiento de un talento artístico que se ve sepultado bajo una presencia física posiblemente sobreexplotada en detrimento de otras virtudes menos ponderadas.
 

Y no se trata de pretender ahora que Maribel Verdú haya de ser considerada una actriz de dotes extraordinarias, que tampoco es ése el caso. Pero está claro que a lo largo de sus casi cuarenta películas, y dejando a un lado patinazos tan clamorosos como el de su mera exhibición carnal en El beso del sueño (1992), o sus patétitos pinitos canoros en ese engendro que atendía al título de Tres palabras (1993), nuestra chica ha mostrado una evolución tan despaciosa como firme, desde ese debú protagónico en 1987, a las órdenes de Armendáriz, en 27 horas, hasta papeles tan cuajados y sustanciosos como su Marina de La buena estrella (1997) –todo un alarde, al que sólo lo fastuoso de los trabajos de sus dos partenaires masculinos (Mollá y Resines) hacían algo de sombra- o su chispeante Luisa Cortés de Y tu mamá también (2001), penúltimo peldaño de esa escala que puede proyectarla a dimensiones internacionales con las cuales es posible que ni el más rendido de sus admiradores hubiera podido soñar nunca; pasando por la Trini de Amantes (1991), un auténtico punto de inflexión y un primer toque de atención muy serio que ya nos avisaba de que, además de no dejarse "merendar" tan ricamente por una primadonna del calibre de Victoria Abril, estábamos ante algo más que un cuerpo espectacular.
 

Además de eso, Maribel es arrojada, y no se marca límites ni en cuanto a medios (se mueve tan a gusto en el set televisivo -sus trabajos han sido numerosos, y fue de las primeras en proclamar su falta de remilgos ante esta opción, en una época en que tal postura no era la más común en la profesión- como en las tablas teatrales –donde se prodiga de manera profusa últimamente, por mor de vínculos afectivos muy notorios-), ni en cuanto a géneros (comedia, drama: todo vale) o territorios (ya ha cruzado el charco en tres ocasiones, y aún no ha repetido país: Argentina, Chile y México son los tres hitos que jalonan su carrera latinoamericana, aún en pleno despegue). En definitiva, valentía y confianza, valores sin los cuales se hace muy complicado navegar en las procelosas aguas del artisteo.
 

Para poner una sabrosa guinda a pastel tan apetitoso, Maribel Verdú puede presumir hasta de Oscar: ése que su Rocío de Belle epoque (1992) le proporcionó, en comandita con las otras tres integrantes de un poker con el que Trueba no dio opción a ningún otro jugador. Y aún así, esto, amigos, no ha hecho más que empezar: soy de los que guarda el íntimo convencimiento de que, más allá de derroches carnales (que quizá ya no vuelvan jamás, conforme a una lógica evolutiva elemental), lo mejor de Maribel está aún por llegar. Permanezcan atentos a la pantalla...
 

Por Manuel Márquez.
 
 

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