MAGAZINE ANIKA CINE
 
Perfil de Antonio Resines
por Manuel Márquez

ANTONIO RESINES.

Los 70 agonizan, y los grandes cómicos del cines español dan carpetazo a una decada ominosa, marcada por el descenso a las cotas más bajas que la comedia española pudiera llegar a exhibir (desde las catetadas propiciadas al calor –nunca mejor dicho- del boom del destape hasta los bodrios perpretados por Pajares y Esteso, todo un amplio abanico de subrproductos del más variopinto pelaje). Era necesario, ineludible, un reciclaje, que iba a permitir a los grandes (Landa, Sacristán, González, Fernán-Gómez, y tantos otros) exhibir sus inmensos talentos en toda suerte de géneros fílmicos (consiguiendo, además, sacudirse de encima un molesto e injusto encasillamiento), pero algo más quedaba claro: la comedia española requería de una profundísima renovación, un "dar la vuelta al calcetín", con la cual poder recuperar las alturas que por tradición cabía exigirle, y eso pasaba por, entre otras cuestiones, encontrar nuevos nombres, nuevos rostros.
 

Y ahí surge él, Antonio Resines. Tras un meritoriaje corto e intenso en películas casi desconocidas (hasta un total de 11 títulos, entre los cuales apenas si cabe recordar el de La colmena, de Camus), su primera gran oportunidad le llega con La línea del cielo (1983), una comedia romántica con la que un Fernando Colomo en plena rampa de lanzamiento sirve a Resines, en auténtica bandeja de plata y poco antes de cumplir los 30, su gran oportunidad. Y no la iba a desaprovechar, vaya que no...
 

A partir de ahí, y a lo largo de toda la decada de los 80, Resines se convierte en santo y seña de lo que se da en denominar la comedia madrileña, un puntal más de ese fenómeno mediático-cultural que vino a ser la legendaria movida, ésa que, con Tierno Galván colocadete y al loro, te permitía ir, si antes te no te mataba, de Madrid al cielo directamente y sin escalas. Pocos fueron los títulos señeros marcados con esa etiqueta que no contaron con su presencia protagónica: Sal gorda, Sé infiel y no mires con quién, La vida alegre, El juego más divertido... No fueron sus únicas interpretaciones (a partir de Sal gorda –1984-, llega a acumular, a lo largo de la década y sólo en trabajos cinematográficos, hasta un total de veinte títulos), pero sí que las que le convirtieron en un auténtico icono, que, con una estampa en la más pura línea del cómico clásico español (bigote rotundo y poblado, calva incipiente, complexión ancha: nada que ver con la imagen del galán glamouroso...), venía a perfilarse como un candidato serio a la sucesión de toda una generación de maestros que le había precedido.
 

Resines va a iniciar la decada de los 90 con un idéntico ritmo de trabajo, constante e incansable, y sigue basando el grueso de sus instrucciones en una continuidad de género, el de la comedia, donde se sigue moviendo como pez en el agua: títulos destacados en ese rubro (Cómo ser mujer y no morir en el intento, Todos los hombres sois iguales; y un largo etcétera) se van acumulando en su currículum, pero sus registros interpretativos empiezan a ampliarse, a medida que su carrera se va viendo trufada por incursiones en otros ámbitos genéricos muy distantes: ya sea el delirio cómico/cósmico de la ópera prima de Alex de la Iglesia, Acción mutante (si hemos de considerarla una comedia, habremos de convenir en que lo es muy sui generis...), o dramas de corte agridulce, como Carreteras secundarias o El tiempo de la felicidad. Películas en las que Resines demuestra que el trabajo acumulado va rindiendo frutos, dotándole de recursos expresivos cada vez más variados y puliendo las carencias y rigideces (sobre todo, declamatorias) que en sus primeros papeles evidenciaba de manera muy fuerte.
 

La consagración definitiva le había de llegar, y no tardaría en hacerlo: ese carnicero triste y bondadoso, Rafael, que se ve zarandeado por la vida y la maldad que se cruzan inexorablemente en su camino, disfrazados de Adán y Eva, era el "bombón" con el que Ricardo Franco le iba a obsequiar en La buena estrella. El Goya que le reportó, como mejor actor protagonista, vino a ser el reconocimiento justo y merecido a sus indudables valores, ya indiscutidos para público, crítica y profesión, y suponía su acceso ya irrestricto a todo tipo de proyectos, con independencia de su corte o género: la nómina de directores (Trueba, Berlanga, Albaladejo, Suárez; entre muchos otros) a cuyas órdenes ha tenido ocasión de trabajar desde ese año de gracia de 1997, así lo atestigua con total rotundidad.
 

En plena madurez personal y profesional, y ya a punto de llegar a ese ecuador vital que marca la cincuentena, este cántabro tan capaz de dar vida (y pálpito de luchador nato) a un minero asturiano (el Fidel de Pídele cuentas al rey) como a un guerrillero catalán antifranquista con un puntito "mangui" y chulapón (el Kim de El embrujo de Shanghai), está plenamente asentado en nuestro cine actual, con una presencia estable y permanente en sus repartos, con la cual, más allá de circunstancias puntuales, se puede proclamar, plena y propiamente, como el más digno sucesor de esa ilustre estirpe de cómicos españoles de los que, en su momento, hubo de tomar el testigo. Y por muchos años, y que lo veamos...
 

Por Manuel Márquez.
 


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