| Perfil
de SALMA HAYEK
por
Manuel Márquez
|
Salma Hayek.
Tremenda chingadera la de tener
que luchar contra un entorno que ya te colocó la etiqueta de bombita
explosiva y no está muy por la labor de dejar que te la sacudas
de encima. No sé si son las palabras que eataría dispuesta
a suscribir Salma Hayek, pero bien que podría hacerlo, si a bien
lo tuviera, porque le resultan perfectamente aplicables.
Iniciada en el medio televisivo
-como tantos y tantos intérpretes que empiezan-, allá en
las postrimerías de los años 80, Salma Hayek obtenía
su primer éxito -al que irían ligados, además, sus
primeros reconocimientos- con su interpretación de Alma en la producción
mexicana El callejón de los milagros (1995): este papel le
iba a reportar, además de una nominación al Ariel de plata,
como mejor actriz, en su país natal, la apertura de las puertas
que daban acceso a su particular Eldorado: Hollywood, la meca.
Salma empieza a desgranar una
serie de papelitos pequeños en producciones de más prestigio
que éxito -y muy vinculadas, por lo demás, al ámbito
latino-, hasta que, al fin, llega el bombazo: su rol de danzarina diabólica
en Abierto hasta el amanecer (1996), encendiendo a un todavía
poco conocido George Clooney (y no sólo a él: a toda la platea
de los cines en que se proyectaba...) con su procacidad satánica,
al lado de una enorme pitón con unas espectaculares vetas amarillas,
la convierten en un auténtico icono sexual, a la vez que nos regala
una estampa cuyo potencial erótico va a trascender los estrictos
límites de lo cinematográfico, para situarse en otros ámbitos
más cercanos al imaginario calenturiento del comic sesentero, como
un nuevo referente.
Ésa fue su bendición
y su condena: desde entonces hasta ahora, toda la carrera de Salma Hayek,
en la que aparece un total de dieciocho títulos de registros muy
variados (desde nuevas incursiones en el género del terror fantástico
-como The faculty (1998)-, hasta dramas con base literaria de lujo
-El coronel no tiene quien le escriba (1999)- o comedias a uno y
otro lado del charco -aquí en España la tuvimos haciendo,
junto a Carmelo Gómez, La gran vida (2000), en la que encarnaba
a una Lola sugerente y tierna a la vez-) ha sido una batalla constante
por deshacerse de ese sambenito. Y habríamos de convenir que los
esfuerzos realizados ya la hacen merecedora de tal logro: Salma Hayek ha
demostrado que, sin ser una grandísima actriz, sí que dispone
de los recursos y los talentos suficientes (y entre ellos destaca, a qué
negarlo, una impresionante y lujuriosa belleza) para no verse confinada
en un injusto encasillamiento.
Cuestión diferente,
aunque también incida en su condición de lastre para sus
aspiraciones, es la de su catalogación y etiquetado como "estrella
latina". Otra difícil tesitura, en la medida en que somete a sus
"víctimas" a un posicionamiento fronterizo que, por lo general,
resulta muy incómodo: los "tuyos" te terminan negando el pan
y la sal, tachándote de traidor o renegado; y los "otros" nunca
terminan de acogerte como uno más entre los suyos, y te condenan
a no traspasar esa línea invisible más allá de la
cual sólo pueden acceder aquellos que son de su estirpe. No ha sido
ajena Salma Hayek a tales avatares: polémicas en su México
de origen, bien a cargo de su proyecto cinematográfico sobre la
vida de Frida Kahlo (casi tan tormentoso y accidentado como la misma trayectoria
vital del personaje biografiado), bien al de las odiosas comparaciones
con la recientemente finada María Félix, diva entre las divas...
En definitiva, chinitas en los zapatos, que a otras hubieran, quizá,
desanimado, pero que a nuestra Salma no le sirven sino de acicate para
seguir en la pugna, en busca de su huequecito en el Olimpo.
Trabajo y más trabajo:
no hay otra clave para el éxito, cuando las circunstancias "empinan
las paredes". Eso, y voluntad férrea, lo pone Salma Hayek: y en
cantidades generosas, tan generosas como su belleza, carnal y exhuberante.
Que la suerte, esa pinche cabrona, te acompañe...
Por Manuel Márquez.
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