|
|
|
|
A porta inferi
Libera, Domine.
Requiescat in pace.
Domine, exaudi orationem
meam.
Et clamor ad te veniat (1)
Durante estas últimas jornadas hemos asistido, entre abrumados y sorprendidos, a los actos religiosos con motivo de la muerte del Papa Juan Pablo II. No ha sido esta la única muerte, el único funeral de Estado con asistencia de personalidades de mayor y menor rango, pero sí, y esto es lo más significativo, la exposición de su cuerpo y su funeral “corpore insepulto” han contado con la presencia de millones de anónimos peregrinos que, por los motivos que hayan estimado oportunos, han acudido a Roma y al Vaticano. La muerte del Papa ha oscurecido por completo, por ejemplo, a la del Príncipe Rainiero, ocurrida días después.
Abrumados, muchísimos,
por el dolor de la pérdida del Pontífice, sorprendidos, algunos,
por la cobertura mediática que, en un país constitucionalmente
laico, se ha dado al evento por la TV pública y que puede parecer
algo exagerada, todos en general, hemos seguido con atención el
desarrollo de los acontecimientos.
La actitud ante muerte no
es sólo parte de la cultura cristiana. En casi todas las religiones
y tiempos el hecho de la muerte, el tránsito hacia otra vida, o
hacia la nada, ha ocupado un lugar preferente en el pensamiento y la filosofía
y, la música y los compositores, no han sido ajenos tampoco a este
hecho. De ello trata mi artículo de esta semana.
Grandes compositores han utilizado el tema de la muerte para hacer extraordinarios trabajos, magníficas obras que han perdurado más allá de la vida de sus propios creadores, que les han hecho sobrevivir más allá de su muerte terrenal. Han conseguido una especie de inmortalidad que a muchos es tan cara.
De sobra son conocidas la Pasión de San Mateo y San Juan compuestas por Juan Sebastián Bach, los numerosos “Stabat Mater Dolorosa”, en las que los autores usan el hecho de la muerte de Cristo como argumento para componer.
Pero, en muchas ocasiones, estas obras han inmortalizado no sólo figura de su creador, sino que han logrado dar vida eterna a aquellos para quien fue compuesta la obra o bien tuvieron algo que ver en su creación. La reina Maria, inmortalizada por Henry Purcell, el conde Walsegg-Stuppach por Wolfgang Amadeo Mozart, no serían hoy recordados sino fuera por esos dos genios de la música. Y así llegamos a nuestro personaje y a su impresionante Réquiem.
Durante muchos años
el Réquiem de Mozart fue una obra rodeada de
misterio. Incluso la celebrada y premiada película “Amadeus”,
utilizó ese punto de teórica oscuridad, como recordareis
los que hayáis visto la misma. Mozart recibió el encargo
de un personaje misterioso, vestido de negro, tocado con un sombrero de
tres picos, por supuesto también negro, de escribir la partitura
de una misa para difuntos, de un Réquiem. ¿Quién fue
ese personaje? ¿La muerte, que quería que Mozart escribiera
una obra para su propio funeral? ¿Antonio Salieri, el rival
amargado del gran maestro de Salzburgo?
La cuestión se hizo
todavía más misteriosa porque Mozart ni siquiera pudo finalizar
esta inmensa obra pues murió antes y tuvo que ser un alumno de Mozart,
llamado Francisco Javier Süssmayr quien la finalizara. De esta
forma, la joven y bella Constanza, viuda de Mozart pudo cobrar el
trabajo que a su marido había encargado el conde Walsegg-Stuppach.
Así que ni misterio, ni muerte, ni Salieri, sencillamente un encargo
más.
Sin embargo, no fue hasta 1839 en que se descubrió que esto había sido así y no de la forma fantástica y fantasmagórica que se atribuía al encargo. Es decir que la leyenda duró casi 50 años.
Es más el gran poeta ruso Alexander Puschkin compuso un poema sobre Salieri y Mozart que a su vez sirvió como base al músico también ruso, Nikolai Andreievich Rimski-Korsakov para componer una opera en dos actos que sostenía la descabellada idea de que Antonio Salieri envenenó a Mozart.
Mozart murió el cinco de diciembre de 1791, con 35 años, y había recibido el encargo de la misa el verano de ese mismo año. Lo que sí es cierto es que nuestro compositor estaba ya en las últimas y parece, según todos los estudiosos del maestro, que él mismo sabía que era su final. Esto contribuyó enormemente a crear esa leyenda.
Así que Mozart que se ve morir, es capaz de traspasar a la partitura precisamente ese estado de ánimo de quien ve cercana su propia muerte y, además, tiene el talento necesario para poder hacerlo. Algo que está al alcance de muy pocos.
Un réquiem (de latín descanso) es una composición musical que usa el texto latino, o sólo parte de él, de la misa de difuntos, es decir que el réquiem no tiene más letra que la viene dada en el rito de la propia misa. Así pues Misa de Réquiem es Misa de Descanso.
La obra de Mozart es sobrecogedora desde los compases iniciales casi imperceptibles, que dan paso al coro, que suena de forma abrumadora y que supone un preludio de lo que se nos avecina. Es un maravilloso introito.
Le sigue el kirye que también tiene un aire de absoluta solenidad y que precede al Dies Irae, que es recitado en todas sus secuencias: Dies irae, Tuba mirum, Rex tremendae, Recordare, Confutatis y lacrimosa. En esta parte se alternan momentos de descanso espritual con golpes de efecto que ponen en vilo y nos alertan, como es el caso del rex tremendae:
Rex tremendae majestatis,
Qui salvandos salvas gratis
Salvame fons pietatis. (2)
Acaba esta parte con una maravilla que es la lacrimosa:
Lacrimosa dies illa,
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus. (3)
Continua con el ofertorio en el que todos los intérpretes suplican a Jesús que interceda por ellos en el momento del juicio final para continuar, siguiendo el tiro romano con Sanctus, Benedictus y Agnus Dei (cordero de Dios). Finalmente el difunto entre en el reino de los cielos recibe la luz eterna y efectivamente consigue el descanso o la paz verdadera. Evidentemente mientras he escrito este pequeños artículo he estado una estupenda grabación de este Réquiem mozartiano dirigida por Nicolás Harnoncourt y el Concertus Musicus de Viena, grabación que os recomiendo.
Y ahora unos pocos datos sobre el maestro. La verdad es que no tuvo una vida sencilla y aún menos una muerte acorde con su talento, pues para que os hagáis una idea ni siquiera se sabe el sitio exacto donde esté enterrado porque el día de su muerte acabó, víctima de su pobreza en una fosa común.
Por cierto que fue Antonio
Salieri quien dirigió la música que se interpretó
en el funeral de Mozart que se llevó a cabo en un día
tan desapacible que impidió la asistencia incluso a su viuda, la
ya mencionada Constanza Weber.
Otra curiosidad de la vida
de Mozart es que primero tiró los tejos a la hermana mayor de Constanza
que no le hizo ni caso. Después se casó con Constanza para
gran disgusto de Mozart padre (Leopoldo) que consideraba, parece que injustificadamente,
que Constanza no era digna de su hijo, como en general toda la familia
Weber.
Según cuentan los expertos el verdadero problema era que Leopoldo Mozart era una especie de explotador que quería sacar el máximo provecho del talento de su hijo y no quería que nada pudiera apartarle de la música. Es evidente que el joven Mozart se sentía atraído por los encantos de las hermanas Weber, que además eran mujeres de gran talento para la música como ha quedado demostrado.
Sobre la muerte de Mozart además de la absurda teoría que os he contado sobre el envenenamiento de Salieri, circularon otras versiones no menos rocambolescas, tales como que había sido la Logia Masónica a la que pertenecía o incluso que habría ocurrido una incidente de faldas con algún hijo ilegitimo de por medio. Pero en fin, para no extenderme más sobre el gran maestro parece que la realidad es que fueron unas fiebres reumáticas las que acabaron con su vida.
De todas formas os aconsejo
encarecidamente que en cuanto tengáis la oportunidad escuchéis
esta maravillosa obra para lo que no hace falta que se muera nadie. Sólo
una buena grabación, mucho silencio y gran concentración.
Amén
(1)
De la puerta del infierno,
libra Señor su alma,
que descanse en paz.
Señor escucha mi
oración
Y que mi grito llegue hasta
ti.
(2)
Rey de terrible majestad
Que salvas graciosamente,
a quienes deben salvarse
Sálvame, fuente de
piedad.
(3)
Oh, lacrimoso día
aquel
En que el hombre culpable
renacerá
De sus cenizas para ser
juzgado.
Por Capolar
|
|
|
|
|