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Hola queridos vinilazeros
y vinilazeras, espero que el verano os esté siendo propicio para
la audición musical. Ciertamente hay, a lo largo y ancho de país,
una oferta bastante variada y, en general, bastante buena de conciertos,
audiciones y giras para poder elegir. Así que supongo que estaréis
disfrutando a tope.
Vamos a ver: los que sois
aficionados al cine recordareis con toda seguridad la película Casablanca;
esa maravillosa historia de amor por un lado y lealtad por otro, entre
Humphrey Bogart e Ingrid Bergman con el fondo histórico de
la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, seguro que os acordáis de
una escena que a mí me resulta especialmente emocionante: sucede
en el bareto de Rick, cuando unos plúmbeos militares alemanes
están cantando una canción cuartelera y ramplona. En ese
instante algunos franceses se ponen a cantar La Marsellesa.
Cada grupo eleva el tono de voz para salir triunfante, hasta que finalmente
los franceses, con el beneplácito de Rick, se imponen.
Es muy emotivo. Si mal no recuerdo la consecuencia es que le cierran el
local al estadounidense.
En definitiva, al menos así lo percibo yo, es una especie de triunfo de los valores democráticos, que se representan a través del himno francés frente al militarismo de los nazis. Lo más curioso del caso es que por aquella época La Marsellesa no podía ser interpretada en Francia porque estaba prohibida, tanto en la Francia ocupada, como en la del régimen colaboracionista de Vichy, que encabezó el Mariscal Felipe Petain.
Y, si ya sois muy aficionados
al cine, recordareis una excelente película de Jean Renoir que
se llama precisamente “La Marsellesa” y que tiene como argumento
algunos
hechos revolucionarios acaecidos durante el gobierno de Maximiliano Robespierre,
al que por cierto se vitorea repetidamente en el filme.
La verdad es que este himno
ha vivido a lo largo de sus 212 años de historia bastantes vicisitudes
y no siempre favorables. Ha sido olvidado, prohibido, perseguido,
incluso fuera de Francia, y, sólo desde octubre 1958, con la llegada
de la quinta República, es constitucionalmente el himno francés,
aunque en 1795 ya lo fue oficialmente. Luego durante el Imperio y la reinstauración
fue, evidentemente, prohibido.
Así que esta semana
me voy a sumar a una celebración que me es particularmente grata
por muchos motivos y espero que vosotros también. La cuestión
es que cuando este artículo, o lo que sea, llegue a vuestros ojos,
habrán pasado tres días desde la celebración de la
fiesta nacional de Francia, el 14 de julio.
Como seguro que todos sabéis,
nuestros vecinos conmemoran en ese día la toma de la Bastilla, que
era una fortaleza que se usaba como prisión y que representaba a
la tiranía. A raíz de la caída de la Bastilla se inició
un periodo revolucionario que acabó con la monarquía absoluta
de los Borbones.
Así que para celebrar lo que se puede considerar el primer intento democrático serio, dedicaremos nuestros esfuerzos musicales de esta semana a conocer un poco mejor la historia del himno más famoso de aquella época y que hoy, como ya os he comentado, es el de la república gala y que sinceramente creo que sigue siendo en muchos aspectos todo un símbolo.
La realidad es que el himno
en cuestión no nació hasta tres años después
de la toma de la Bastilla y como consecuencia de un hecho bien poco revolucionario,
como es una guerra.
En el año 1792, concretamente
el día 20 de abril, la Francia revolucionaria entró en contienda
con el Imperio austriaco. Por aquellos días el barón Dietrich,
que era el alcalde de Estrasburgo, invitó a cenar -el día
24- a un grupo de oficiales que estaban de guarnición en esa ciudad
alsaciana, sede del actual Parlamento europeo. Entre estos oficiales estaba
un tal Claudio José Rouget de L’isle, algo así como
“salmonete de la Isla”, que era del cuerpo de ingenieros.
Pues bien, ignoro por qué motivo el anfitrión encargó precisamente al oficial Rouget que compusiera una marcha de carácter patriótico a fin de enardecer a los soldados que tendrían que combatir contra los reaccionarios austriacos, pero supongo que tendría, al menos, algún conocimiento musical. El caso es que nuestro amigo Rouget estuvo muy inspirado y, de la noche a la mañana, se sacó de la manga nada menos que la famosa marcha que, evidentemente, no se llamó La Marsellesa. Eso fue algo después.
El nombre original de La Marsellesa fue marcha de los soldados del Rin, cosa mucho más lógica si tenemos en cuanta donde fue compuesta y el motivo. O sea, que ya sabemos que la marcha nació como consecuencia de una cena en casa del alcalde de Estrasburgo, donde beberían buena cerveza sin duda. Rouget de L’isle le dedicó la marcha al mariscal Luckner, jefe de las tropas de la zona y que tenía un evidente apellido alemán, algo muy corriente entre los alsacianos. Ya sabéis que los alemanes y los franceses han estado años a la greña por Alsacia y Lorena.
Pues bien, después, en otro banquete, que se debió celebrar en junio, se repartieron copias de la marcha en cuestión; se la aprendieron todos los soldados de memoria y se lanzaron a cantarla sin más. Fue un éxito. Hoy se la habría incluido en el hit parade.
Y, ahora, seguro que os peguntareis,
pero bueno, ¿por qué se llama Marsellesa a
una marcha militar compuesta en una ciudad fronteriza con Alemania?. Pues
por pura casualidad, como o suele ocurrir siempre en estos casos.
Resulta que como consecuencia
de la guerra contra los austriacos se movilizaron la mayor parte de los
franceses en edad militar y, entre ellos, los de Montpellier, ciudad cercana
a la frontera catalana. El jefe militar de esa zona era el general Francisco
Mireur que se ocupaba de los preparativos concernientes a la marcha
de los soldados. Este general conocía la canción y la dio
a conocer a sus chicos, pero con otro nombre: canto de guerra del ejercito
de las fronteras. Así que como veréis ni el Rin, ni Estrasburgo
ni Marsella aparecen para nada.
La cuestión es que los de Montpellier llegaron a París el 30 de julio de 1972 dispuestos para acudir al frente y entraron en la capital entonando la famosa canción. Y claro para los parisienses los que vienen de aquella zona mediterránea deben de ser todos de Marsella. Algo así como para los españoles eso de que todos los andaluces tienen que ser graciosos y bailar flamenco...
Así que la canción del oficial de ingenieros dedicada a los soldados del Rin acabó por convertirse, gracias a un error geográfico, en la famosa Marsellesa, que todos conocemos.
Actualmente es muy raro que se interprete la letra. La mayor parte de las veces sólo se escucha la música y tampoco toda. Sin embargo, en algunas ocasiones, si se interpreta la letra, aunque sólo la primera estrofa, la séptima y el estribillo. Por supuesto se pueden conseguir grabaciones de la Marsellesa entera y también en versiones orquestales muy interesantes.
En mi caso tengo dos versiones
muy curiosas: una interpretada por una famosa cantante italiana que se
llama Milva, que la interpreta entera y en francés, y otra
grabada por los coros del ejercito de la Unión Soviética.
Ambas me agradan bastante.
Pero, además de ser
el himno de Francia y el título de una película, La
Marsellesa es también un cuadro del pintor parisiense Isidoro
Pils. Este cuadro, que está en el Louvre, según creo,
pasó desapercibido por completo durante muchos años, pero
con motivo de la proclamación de la segunda república (1848)
pues gozó de gran prestigio. En el lienzo, un poco oscuro de colorido,
se ve a nuestro amigo Rouget cantando La Marsellesa
delante del barón Dietrich y otros oficiales. Hoy es un cuadro
muy famoso, del que se han hecho muchas copias y que está reproducido
en tarjetas postales para mandar a los amigos y también en los libros
de historia de los escolares franceses.
Y para finalizar pues una referencia a Alfonso Lamartine. Este conocido político, poeta y escritor romántico francés, escribió una magna obra sobre la revolución francesa. De esa obra, tres tomos, están dedicados a los girondinos, que eran el sector moderado y federalista dentro de la Convención y que se llamaban así porque la mayoría estaban en el departamento de la Gironda, cuya capital es Burdeos. Por eso el equipo de fútbol de esa ciudad se llama Girondins.
Pues bien dice Lamartine:
“Había un oficial del cuerpo de ingenieros en la guarnición
de Estrasburgo... era el invierno de 1792”. Con estas palabras
empieza a contar la historia de la Marsellesa y con ellas acabo yo. Espero
que os haya gustado lo que os he contado, así que enfants de la
patrie, au revoir.
Por Capolar
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