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Beethoven: Música y filosofía
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Bueno,  nos vamos a poner muy serios porque el tema de hoy merece un gran rigor, lo cual no significa en absoluto que los demás que trato en esta sección no lo requieran. Pero hoy es diferente porque voy a escribir, nada menos, que del que es considerado el mayor genio de la música de todos los tiempos: Ludwig Van Beethoven. Y aunque os parezca mentira la idea ha surgido al ver la página de nuestros “eternos rivales”, que no son otros que los chicos y chicas de Anika Entre Libros. Aunque precisamente este mes de marzo se cumplen años de su muerte.

Pues, sí: estaba repasando las entrevistas de esa sección (de vez en cuando hay que cotillear un poco) y me encontré con una muy interesante que han hecho a una escritora argentina llamada Susana Guzner. Por cierto os recomiendo su lectura. El caso es que explica  que el libro que ha escrito, o al menos al que se refiere, tendría que haberse llamado algo así como “el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven”. Curioso –y largo-  título para una novela de amor, pensé. Y recordé (casi me lo sé de memoria) el segundo movimiento de esa sinfonía, que es una verdadera maravilla, como toda ella en general. Si os digo que fue la que me enganchó a la música clásica no estaré exagerando nada. A partir de oír ese fragmento de la séptima de Beethoven ya no puede dejar de escuchar música. Siempre estaré agradecido a don Luis.

Una de las cosas que primer tendríamos que puntualizar es que Beethoven fue mucho más que un compositor de música. Fue un auténtico filósofo de la música. No se limita a expresar, con gran acierto, una mezcla de tonalidades y sonidos sino que a través de la música expresa ideas, ideas sobre él mismo y sobre la humanidad.

Hace poco la “Revista de Occidente” (número 272), que fundó José Ortega y Gasset,  ha publicado un artículo interesantísimo de Volker Lürh, sobre un libro, que jamás se llegó a publicar y que estaba preparando el gran filósofo Teodoro Adorno sobre Beethoven. Finalmente se han publicado por la editorial Suhrkamp de Frankfurt Main, las anotaciones y apuntes de este pensador con el título “Beethoven. Philosophie der Musik. Fragmente und Texte”. (Beethoven. Filosofía de la música. Fragmento y texto)

Obviaré los aspectos que no interesan para nuestro pequeño comentario, pero sí quiero incidir en un aspecto al que parece que no se le ha dado demasiada importancia, o se ha tratado de forma equivocada: la sordera de Beethoven. Para muchos biógrafos del músico de Bonn,  la consecuencia inmediata y más significativa de esta sordera, cuyos primeros síntomas empezaron a ser notables antes de cumplir los 30 años, son el progresivo alejamiento de Beethoven del resto de la humanidad y de provocar un agriamiento de su carácter y dificultar sus relaciones con los demás.

Es posible que esto sea cierto, yo no tengo elementos de juicio para poner en duda esta afirmación, pero estoy de acuerdo con Volker Rühr en que, sin esa sordera, Beethoven no hubiera sido el genio que conocemos. No digo que no hubiera sido igualmente un genio pero, indudablemente, hubiera sido otro.

Según Adorno, tenemos cuatro etapas en Beethoven: der frühe (inicial), mittelere (media), späte mittelere (media tardía) y späte (tardía). Y cada una de ellas expresa, no sólo un tipo de composición distinta, que podría ser efecto de la madurez personal del autor, sino un giro esencial en su obra, como resultado de la observación del exterior y de su propia concentración interior fruto de su sordera. Por eso afirmo que el genio, que estaba dentro del compositor, se habría desarrollado de forma diferente.

Y quiero aquí hacer un inciso que me parece oportuno. Las circunstancias que rodean a los hombres casi siempre determinan su forma de actuar. Pensemos en Beethoven pero también, por ejemplo, en Adolfo Hitler. ¿Si hubiera aprobado su entrada en la Escuela de Bellas Artes de Viena, hubiera sido su vida la misma? Seguramente no. (Anika, tema para tu foro)

Si seguimos a Adorno, vemos que explica que Beethoven no se apartó de los cánones de los clásicos predecesores, como Mozart y Haydn y, tampoco fue un innovador en las formas musicales. Entonces, resulta que su gran aportación es el cambio permanente de contenido y del estilo con el que se llena la forma. Es decir que, efectivamente, podemos considerar con Adorno que Beethoven fue el primer que hizo la música que quiso, la que él quiso.

Y con esto vuelvo a lo de la sordera. Hay que imaginarse el tremendo esfuerzo que tuvo que hacer Beethoven para dar fin, sin más lejos, a la novena sinfonía, cuando ya estaba totalmente sordo. Y me refiero a esfuerzo mental y esfuerzo meramente técnico. Pero lejos de creer que es la obra de un hombre que está profundamente amargado y aislado, es la obra de alguien que está totalmente entregado a la humanidad. No hay, en toda ella, o al menos no soy capaz de encontrar, una sola frase de desesperación. Y para mayor abundamiento no hay más que escuchar el cuarto movimiento, en que se incluye la famosa canción de la alegría de Schiller. Es evidente que Beethoven no es el autor de la letra, pero no es menos cierto que él decidió incluirla en la sinfonía.

Y ese maravilloso tercer movimiento, una de las piezas musicales que contienen más poesía de toda la música clásica. Es un canto al hombre como tal.

El artículo de Rühr es extiende sobre otras consideraciones mucho más filosóficas, que tratan de la relación de Beethoven con la sociedad de su época. El reflejo de lo que llama la complacencia burguesa y el autoengaño. Bien esto supera con creces los propósitos de este breve comentario que trata de dar una visión distinta de lo que se ha dicho hasta ahora sobre la sordera de Beethoven, de forma que quede claro que fue un factor determinante en su forma de ver la vida y de hacer música.

Y tal vez por ello no es ocioso recordar que hace unos años se produjo una polémica “sin acritud” (como decía cierto personaje) sobre si estábamos escuchando la música clásica tal y como se había compuesto originalmente o, en realidad, lo que escuchábamos era una interpretación personal del director de cada momento. Esto dio lugar a que muchos directores estudiaran las partituras originales y decidieran cambiar algunas cosas de las interpretaciones que hasta entonces se habían oído.

Al mismo tiempo, han ido surgiendo multitud de orquestas, más o menos grandes, que ahora tocan con los instrumentos de la época en la que se compuso de la música interpretada. La idea ha sido secundada por muchos y creo que todos hemos salido ganando. Y esto es también valido para Beethoven que posiblemente tendría en su cabeza una idea absolutamente distinta de lo que algunos han interpretado.

Y ya que he hablado de directores, os puedo contar que el día del estreno de la novena Beethoven se empeñó en dirigir la interpretación. Empezó él mismo y fue tal desastre que tuvo que ser reemplazado por otro director. Dramático y, sobre todo, injusto.

Y como me gusta hacer algunas recomendaciones viniláceas pues os aconsejo que escuchéis la versión de la novena de Herbert Von Karajan con la Filarmónica de Berlín,  la de Wilhem Fürtwängler con la misma orquesta, de la Karl Böhm con la Filarmónica de Viena, la de Josef  Krips con la Sinfónica de Londres o la que escucho mientras escribo estas líneas que es la de Leonard Bernstein con la Filarmónica de Viena. Hay muchas más y excelentes, pero estas están, sobre todos las tres primeras, entre las mejores versiones de todos los tiempos.

Por Capolar
 
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