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UNA TARDE DE FIESTA CON LA CANTANTE COUNTRY KIMMIE RHODES
CUANDO LOS ÁNGELES CANTAN EN LA INTIMIDAD
por Jordi Guash
El pasado 13 de mayo fui invitado a una comida-barbacoa en una antigua masía catalana de Girona, restaurada en el siglo XVI. Lo extraordinario del acontecimiento fue que los anfitriones, Sandra y Jordi Colomer, tenían previsto que acudiesen Kimmie Rhodes y su marido, Joe Gracey, entre otros convidados. Pero, ¿qué tenía de especial la presencia de esta pareja?... Inmersos en una sociedad gobernada por el fascismo mediático a nivel musical, donde la mayoría de gente no conoce (ni se interesa ) más allá de Paulina Rubio, Alejandro Sanz, los grupos de moda o los igualmente convencionales productos humanos generados en alienadores concursos, el nombre de Kimmie Rhodes no les sonará de nada. Pues bien, quienes desde que dejamos de mamar el chupete adoramos la música realizada con el corazón, ajena a los dictados del márketing, interpretada con maravillosas voces e instrumentos tradicionales (de los que no llevan teclas de ordenador ni crean sonidos al hacer girar un vinilo) y concretamente, el Country, sabemos que Rhodes es una de las mejores cantautoras tejanas contemporáneas. Desde luego, aún sin perder ni un ápice de su encanto, nunca se ha vendido al mercantilismo del Pop-Country que reina en el mercado de Nashville. Ella nació en Lubbock (hogar de Buddy Holly, Waylon Jennings, Joe Ely, Jimmie Dale Gilmore o Butch Hancock, indiscutibles monstruos contrarios a ese country superficial proyectado para venderse a gente que prefieren la estética y cancioncillas bobas al auténtico espíritu del género). Actualmente, Kimmie Rhodes vive en Austin, una de esas ciudades de Texas nacidas casi exclusivamente para la música. Comenzó su carrera cantando con los Jackalope Brothers y siendo telonera de grandes artistas.
Kimmie Rhodes y Jordi Guasch

La vi por vez primera en uno de los Festivales Country de Wembley, cita anual décadas atrás, para cada forofo europeo de esta variada música norteamericana de raíces folklóricas. Fue en 1989 y presentaba su disco “Man In The Moon” donde hacía gala de su soñador y romántico signo astrológico, Piscis, mostrándose en la portada sentada sobre una melancólica luna. Su debut en aquel macroconcierto de tres días supuso todo un éxito y conseguí que me firmase su reciente obra. Cabe añadir, que esta debutante se rodeó de estrellas como Tammy Wynette, Buck Owens, Waylon Jennings, Bobby Bare, Rosie Flores (otra tejana en pleno proceso de catapultarse a las primeras filas del country de aquellos tiempos), Billy Walker, Keith Whitley (no tardaría en fallecer por sus abusos con el alcohol... cuando estaba en plena cima de su carrera), Lorrie Morgan (todavía no era muy famosa, tan sólo la pareja de Whitley), Asleep at The Wheel (la más celebrada banda “Western Swing” después de los Texas Playboys del inmortal Bob Wills), Suzy Bogguss (tampoco era muy célebre), Billy Joe Shaver, Townes van Zandt, Margo Smith (al verla ensayar quedé asombrado al ver que su  veloz “Yodel”, el típico canto tirolés, salía de sus cuerdas vocales...no era truco) o The Stonemans, una de esas bandas familiares cuyo patriarca triunfó en la década de los 1920’, cuando nacía la industria discográfica del Country. En 1990 volví a gozar con la actuación de Kimmie en Wembley, recitando los temas de su nuevo trabajo “Angels Get The Blues”, producido por ella misma junto a su esposo Joe, quien también tocaba la guitarra rítmica. El álbum, como homenaje a los creadores del Rock ‘N ‘Roll fue registrado en Sun Records, en la misma habitación donde hicieron sus pinitos Elvis Presley, Roy Orbison, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash y Carl Perkins. Tuve la suerte de pasar por allí en 1991 y pese que se me puso la carne de gallina al entrar en ese exiguo edificio, me decepcionó su ubicación, sito en un nada atractivo rincón de Memphis y rodeado de sucios talleres mecánicos... En ese disco colaboraron músicos sobradamente contrastados como Butch Hancock (armónica), Jimmy Day (steel guitar y voces), Joe Ely (acompañamiento vocal), Wes Mc Ghee (guitarra solista y voces) y Johnny Rodríguez cantando en una pieza. ”Los ángeles tienen (o sienten) el Blues” fue un excelente título para que de una vez por todas me diese cuenta de que esa chica cantaba como lo haría un ángel... En aquella masía de Girona, incluso sentí la indescriptible energía que se desprende de una voz tan bien dotada para la lírica y algo más....Pero vayamos por partes.

Acudimos 15 personas, todas aficionadas a la Country Music aunque, lógicamente y más aún refiriéndonos a un género tan ecléctico, cada uno con sus propias preferencias. Kimmie y Joe (me permito la licencia de llamarles así puesto que desde ese día nos unió un fuerte vínculo emocional) asistieron a la barbacoa porque tenían amistad con Lluís Sala, gran entendido en este género musical y locutor de un programa que no hace mucho fue “eliminado” gracias a esa dictadura mediática que censura todo aquello que buscan los melómanos alejados de lo convencional. Su espacio de música Country en cierta emisora local, era un oasis de calidad musical dentro de la jungla de productos que se venden en las ondas. Lluís y su colaborador, ofrecían un infinito catálogo de artistas y estilos country cuyas composiciones podrían elevarse a obras maestras... Pero ya sabemos, y me da igual pecar de arrogante, que lo original, bueno, desconocido y hecho con la plena honestidad del alma, acostumbra a ser apreciado únicamente por una escasa élite de mentalidades culturalmente inquietas.

Pues bien, la parejita tejana acababa de llegar de una gira europea donde compartieron cartel con el mismísimo Jerry Lee Lewis y según me comentó Kimmie, el “Killer” se cabreó en medio de su actuación y dejó a la audiencia plantada....Una fea actitud que yo he padecido en varias ocasiones debido a su imprevisible carácter. Ella y Joe obsequiaron a los anfitriones con unos exquisitos alimentos del sur de Francia que, como no, se añadieron a las viandas de la comida. Sandra y Jordi llenaron la mesa de toda índole de productos catalanes como butifarras, judías, all i oli (una salsita picante deliciosa que no invita a besar a alguien precisamente...), pan con tomate, embutido, etc... sin faltar el vino autóctono. Ya antes de aposentarnos ante semejantes manjares, pude compartir (pese a mi limitado inglés) algunos puntos de vista con los americanos. A partir de esos instantes empecé a vislumbrar una suerte de energía positiva que se iba generando alrededor de toda la sala. Joe y Kimmie eran un matrimonio ejemplar. Joe no podía hablar puesto que durante su juventud fue operado de un cáncer de laringe pero portaba colgado del cuello un block en el cual apuntaba sus preguntas u opiniones sin olvidar en ningún instante un envidiable sentido del humor; un humor directo pero inteligente y respetuoso. Kimmie me confesó cosas como que a su vecino, Willie Nelson (sí, sí, el verdadero, el soberbio cantautor, el inimitable... cuyo único error, aparte de “olvidarse” de pagar a hacienda o abusar de las drogas fue quizás haber hecho un dúo con Julio Iglesias) no le gustaba demasiado recibir visitas pero era un buen tipo...

Debo constatar que los comensales allí presentes preferíamos que Kimmie y Joe disfrutasen de la generosa pitanza que agobiarlos con preguntas. De hecho, cuando mi amiga Gloria profirió una de ellas a la encantadora tejana, ésta apenas prestó atención...¡y es que en aquel momento pasaba delante de sus narices un apetecible plato de butifarras!... los enormes ojos claros de Kimmie se abrieron como dos pantallas parabólicas y su expresión se asemejaba a la del devoto que cree ver la vírgen... No era una grasienta hamburguesa bañada de ketchup, sino ¡butifarras¡ ¡de todos los grosores y tamaños!... y me abstengo de hacer chistes fáciles de cariz “picante”. No pude evitar sacar mi libreta de dibujo y esbozar un retrato de su rostro. Aquí comenzó a intensificarse la química entre ambos pues ella igualmente quiso dibujarme (en su tiempo libre se relajaba pintando cuadros) y de inmediato se puso a plasmar mi cara sobre el mantel de papel. Luego, entre risas y más comentarios sobre el panorama country o cualquier aspecto de la vida cotidiana, me decidí por hacerle la caricatura al simpático Joe. Yo había grabado unos cds con distintas canciones country bajo un criterio que primase la amplia variedad y en cuanto Joe escuchaba algún tema que le impresionaba, hacía curiosas poses con las manos como si tocase una imaginaria guitarra. Lo paradójico, es que algunos de los intérpretes que sonaban en la minicadena, los conocía personalmente....

Así pues, podeis imaginar como entre el pà amb tomàquet y el fuet, entre la butifarra y el pernil serrano, el artista no podía dejar de crear. ¡Estábamos tan a gusto todos!. Era como si un grupo de almas, unidas por el amor a un determinado arte y enlazadas por un mismo nivel de espiritualidad, confluyesen en un contexto concreto. Estábamos en una genuina casa campestre catalana, no muy lejos del aeropuerto pero en plena naturaleza, rodeados de árboles y verdes prados. Una ligera brisa acariciaba nuestras sonrosadas mejillas pinceladas por el irresistible poder de Baco aunque no había signo de ebriedad en ninguno de nosotros. La embriaguez brotaba del espíritu, de esa comunión entre energías positivas lideradas por el aura de aquel ángel que venía de Texas. Muchos pensarán que Texas es sinónimo de “Bush”, “chauvinismo americano”, “fanatismo nacionalista”, “apología de las armas” u otros tópicos salidos de la prensa o las imágenes fílmicas. Sin embargo, y lo afirmo yo que he conocido a las gentes más corrientes en los garitos country de ese Estado, existen muchos tejanos con un arraigado respeto hacia el prójimo, dotados de una honestidad y sensibilidad por el arte que hasta me es difícil ver en mi propio país. Uno puede perderse por algunos honky-tonks (bares donde impera la Country Music), simples cafeterías e incluso tiendecillas de alimentos o enseres y ver a gente cantando, tocando instrumentos, por el mero placer de sentir la magia de la música, de comunicarse sin palabras. He visto cómo por manejar mi lápiz abocetando caricaturas en cualquier antro de vaqueros y vaqueras, camioneros, músicos aficionados, competidores de rodeos, ganaderos, parados, trabajadores del campo, de gasolineras, de colmados, etc... me han invitado a cervezas o incluso me han soltado dólares encima de las hojas. He presenciado cómo en las solitarias noches de lunes a miércoles, sensibles músicos tocaban por pocos dólares temas compuestos por ellos mismos hasta el punto de derramar lágrimas para más tarde acompañarme y hablarme de sus sueños, de sus derrotas, de la dura existencia del trovador de este siglo, resignado a resistir ante tanta música enlatada, tanto desprecio por el arte de tocar un instrumento, por las buenas voces que no necesitan materialistas ardides para sonar mejor, por no necesitar operarse las tetas ni vestir a la moda para intentar triunfar....

Me he relacionado con esos artistas errantes que escriben poemas en servilletas de bar y vagan por Texas con la guitarra al hombro; en solitario haciendo auto-stop, en destartaladas furgonetas con su compañero/a sentimental e hijos, desplazándose en autobuses, deambulando por caminos que en la mayoría de casos, conducen a la frustración, al final de sus aspiraciones. La industria no les quiere porque respiran autenticidad por cada uno de sus poros pero ellos tampoco están a gusto con ese mundo hipócrita que vende canciones frívolas, donde se exige una homogénea apariencia en detrimento de la verdadera poesía que ofrecen estos soñadores. Y Kimmie Rhodes forma parte de este cada vez más inusual conjunto de románticos que prefieren reunirse a cantar entre amigos que prostituirse vendiéndose a los estrictos cánones de la  actual industria musical. En cuanto terminamos de comer, como la pareja tejana no llevaba sus instrumentos (estaban de camino a Irlanda, donde actuarían al cabo de tres días), un previsor Lluís Sala, tras preguntarles si deseaban tocar, se apresuró hacia su coche para prestarles su propia guitarra...

He aquí donde empezaría el período más emocionante de la velada, el que todos anhelábamos en silencio. Tanto Kimmie como su marido habían estado horas antes paseando por la finca e interesándose por cada recoveco de la masía reparando especialmente en una anexa capillita del siglo XI. El interés de los músicos country por la cultura catalana y que han actuado en esta región de cautivantes contrastes no es nuevo. Poco tiempo atrás, el instrumentista y cantautor Tim O’Brian dió un espléndido recital acústico invitado por el dueto “Bandana”, un matrimonio de músicos catalanes aficionados al estilo Country denominado “Bluegrass” que casi cada año viajan a EEUU para disfrutar de algunos festivales relativos a esta rama del género, celebrados en medio de frondosos bosques o hermosos valles y colinas. Resulta que Tim (también me permito llamarle así) se esforzó en conocer la cultura catalana sin que nadie ni tan sólo se lo propusiera.

Habiendo engullido los postres (el pastel traído desde Francia por los americanos se incluía... a mí ya no me cabía nada más en el estómago), nos encaminamos hacia la ermita medieval que formaba parte de la masía. Tranquilamente, nos acomodamos en los bancos de madera, el suelo o en las ventanitas de piedra. Entonces, aquel ángel llamado Kimmie, inició una sucesión de piezas concernientes a su repertorio interpretadas magistralmente. La acústica del recinto y esa angelical voz acompañada de una sencilla guitarra, envolvió el ambiente de un clima, me atrevería a decir, que espiritual. Sí, estábamos en Girona pero podíamos estar en cualquier otro sitio y el más adecuado sería... otra dimensión. No exagero lo más mínimo. Todos escuchábamos en sepulcral silencio cada nota, cada frase, cada suspiro que emitía la tejana.

Anteriormente, una de las chicas presentes me comentó el “mérito” que tenía que una cantante tan bella y con cierto éxito allá por finales de los 80’, se casase con un hombre aquejado de la falta de habla. Pero este liviano comentario no trascendió porque sólo había que observar cómo Kimmie y Joe se miraban a los ojos. Mientras ella cantaba, hubieron tiernas miradas entre los dos; destellos de sincera complicidad; del amor que hay entre una pareja de almas afines que comparten un arte. En ese hechizante entorno nos encontrábamos, oyendo canción tras canción, sintiendo como si una fuerza superior nos arropara a modo de limpieza espiritual. Nos olvidamos de los problemas, ¡del mundo exterior!.... Interpretó numerosas piezas, las que le apetecían o que alguien solicitaba amablemente: Jolie Blonde (un clásico de la simbiosis entre el Country y la música “Cajún” de Louisiana en una versión muy personal), Farther Along (otra célebre pieza tradicional), Just someone I just to Know, Miller’s Cave (otro clásico sobre el caso real de un hombre que quedó encerrado en una cueva), Wild Roses, Lovin´ Happiness, Blue Eyes Crying in The Rain (por cortesía de su amigo Willie Nelson...), etc...

Entre tema y tema ella explicaba los sentimientos inyectados en tal balada o bromeaba con su marido, que se sentó luego a su lado porque ya no podía aguantar más tiempo sin marcarse unos acordes. Le pedí si podía tocar “Contrabandistas”, una de mis canciones favoritas, de aire fronterizo, y antes de interpretarla Joe, jocoso, exclamó: <¡ Sí, también es mi tema preferido!...¡la compuse yo!>.

La química entre ambos y el público se antojaba perfecta, sin el más mínimo atisbo de incomodidad. No queríamos que eso se acabase nunca. Lluís trató de fotografiar a Heri (el banjista de “Bandana”; su mujer, María, toca la mandolina) pero al parecer no le salía la instantánea. De repente, Joe, siguiendo en su tono festivo, esgrimió: <Los banjistas no aparecen en las fotos. Son como fantasmas, ¡los banjistas nunca mueren!>... Esto vino a colofón de cuando dialogaba con Heri en la mesa sobre la técnica de tocar el banjo.... que, cómo no, también Joe admiraba. Entretanto, yo procuraba fijarme en los más insignificantes detalles. Una tenue luz se filtraba por una ventanita erigida sobre el modesto altar, como iluminando el aura de los presentes. Contemplé que todos prestábamos una serena atención al arte de Kimmie. Sí, era decididamente una experiencia mística. La profundidad espiritual de la tejana servía de equilibrado contraste con las improvisadas bromas de su “escorpiniano” esposo. Cuando éste agarró la guitarra a fin de deleitarnos con un Blues, terminó de aclarar la letra de la anterior pieza diciendo sonriente: < La mejor manera de beber es en la cama porque no te caes>... Los minutos previos, encandilado con la voz de su mujer, volvía a hacer extrañas poses con sus extremidades como si tuviese una guitarra invisible pegada al pecho. Era inevitable que concluido un par de instrumentales de Blues (con un tema de Lightnin´Hopkins), Kimmie y Joe uniesen sus talentos para dar el toque de despedida a una tarde que, con toda seguridad, jamás olvidaremos ninguno de los afortunados que la disfrutamos.

Ya oscurecía y nos vimos forzados a abandonar el acogedor oratorio. El cúmulo de emociones acumulado en la pequeña iglesia fue tan intenso que cuando  casi todo el mundo ya se hallaba pisando la hierba, María y Heri permanecieron unos minutos en la capillita entonando una preciosa canción “a capella”, un gospel en estilo “Bluegrass” muy apropiado para el sagrado lugar... Reflexioné sobre aquel hombre que no era capaz de pronunciar palabra alguna pero me alegré de que hubiese superado el cáncer lo que me llevó a pensar en mi madre, que ya estaba restablecida del golpe que le produjo el ser diagnosticada con un cáncer de mama hace cinco años. Tanto mi madre como Joe, seguían afrontando la vida con aplomo y sin perder la ilusión. Joe tenía la tremenda suerte de haber hallado a una mujer que le amase pese a su enfermedad. Lo mismo ocurre con mis padres. En un mundo donde cada jornada recibimos noticias de maltratos, de parejas que conviven juntas y se odian, se traicionan, de matrimonios que ya no se soportan, mienten, son presa de sus miedos, apegos, egoísmos e inseguridades, cuando veía la forma en como Kimmie y Joe se miraban, debía contener la emoción; esa emoción que le golpea a uno cuando contempla frente a sus ojos la evidencia de dos personas que se aman, de dos almas gemelas... Y todo ello vestido de la más alta expresión del arte en toda su sencillez, sin ningún artificio, sin intentar aparentar o exhibir algo distinto de lo que significa la esencia de nuestros sentimientos.

Ese recital propició un estado de profunda calma que incitó a la meditación y donde al menos en mí, afloraron pensamientos positivos. La despedida fue conmovedora. Prueba de ello no es únicamente el hecho de que Kimmie nos diese su e-mail para que nos escribamos sino el intercambio de miradas. Es más, en cuanto me dirigí a Joe para darle un sentido apretón de manos, me abrazó impulsivamente dándome dos besos. No nos habíamos reunido para conseguir ver un “concierto gratis” de aquellos grandes artistas sino para compartir una comida, un atardecer en el campo.

Mi amigo Julià puso el vehículo en marcha para tomar la carretera hacia Barcelona. Yo miré por el cristal y pude comprobar el emocionado semblante del tejano. Poseía un vistoso bulto en el cuello y se nos había presentado con su libretita que nos iba enseñando con sus improvisadas impresiones, muchas de ellas ocurrentes. Al cabo de pocos minutos, ese desconocido se convirtió en un ser entrañable, una de esas almas nobles difíciles de apartar de tus recuerdos quizás porque no estamos habituados a encontrarnos con este tipo de personas... o ángeles, en el caso de Kimmie Rhodes. Un ángel que nos cantó en la intimidad, descubriendo sus sentimientos a un grupo de “elegidos” que tuvimos la suerte de experimentar el encuentro con el ARTE en su expresión más sublime.


Jordi Guasch para VINILO

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