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EL PODER TRASCENTAL DE LA COUNTRY MUSIC por Jordi Guasch |
Actualmente, a muchos de nosotros ya no nos sorprende la idea del poder relajante y curativo de la música Clásica. Incluso son habituales las terapias donde piezas de Mozart o Bach se antojan como elementos fundamentales. Indudablemente, seamos melómanos o no, la música ejerce una positiva influencia que va inundando de tonificante energía nuestro interior. Quienes amamos la Country Music, sabemos que debido a su rico eclecticismo, podemos escoger las canciones o melodías que más se ajustan a nuestro estado de ánimo concreto. Cuanto más conozcamos este género, más posibilidades tendremos de elegir el estilo de canción adecuada a un momento concreto. También sabemos, que no todos los aficionados al Country gustan de abarcar todas las facetas de esta música. Es muy habitual que existan determinadas divisiones entre sus devotos. Hay quienes se sienten más cómodos dentro deun estilo o época específicos o los que disfrutan de su extensa globalidad. Conozco forofos del “Bluegrass” que en raras ocasiones se aventuran en otros campos salvo, en general, las otras parcelas acústicas de la Country Music. Los menos “campestres”, sin embargo, se centran en la personalidad más urbana del género abordando desde los clásicos del Honky-Tonk (sin obviar el Bakersfield Sound) y Western-Swing hasta los actuales derroteros del mercado “Nashville”. Existen casos de toda índole al respecto incluyendo los más extremos, como el de entusiasmas cuyo concepto del Country se limita a unos artistas en particular. Al fin y al cabo, no se puede negar que todos compartimos el placer de esta u otras músicas. Nos resultaría terrible concebir un mundo exento de semejante deleite auditivo... y visual, cómo no.
No obstante, en un mundo tan repleto de misterios, ¿acaso la música no representa uno de estos enigmas?...
Ya nos hablaba Platón de la “música de las Esferas”y otros como él se han referido a la armonía musical que emana del espacio o el hecho de que las bases de cada nota provengan de esa suerte de orden cósmico. Pero, centrándonos en nuestro planeta, si aquí conviven los conceptos del “bien “ y el “mal”, el Yin y el Yang; en definitiva, energías positivas y negativas, ¿es probable que la música pueda emanar energías perniciosas para el alma humana?
El compositor y director de orquesta Doménec González, comentando la opinión de la Orden Rosacruz sobre la música, hace alusión a los “Lectorium Rosicrucianum”. Estos esotéricos nos alertan de los inconvenientes de ciertas clases de música para la estabilidad espiritual de las personas. Amparándose en “verdades ocultas”, aseveran que el Jazz, de procedencia Lemur (el supuesto continente perdido de Lemuria, entre los océanos Índico y Pacífico) es obviamente atávico y ya está superado por nuestra conciencia.
Sobre la música New Age, matizan que es tediosa, simple, primitiva e incapaz de ser fiel a la tradición oriental recreando sonidos artificiales carentes de la autenticidad asociada a la verdadera música asiática o la música Clásica de nuestra sociedad occidental. Remarcan que huye del pensamiento racional y se sumerge en la ensoñación y la pasividad.
No menos severos se muestran con la música clásica contemporánea, que la acusan de ser demasiado intelectual, especulativa en exceso y alejada de las leyes concernientes a la naturaleza y los seres humanos.
En cuanto a su parecer sobre la música Pop, es evidente que tampoco iba a ser muy indulgente. Estiman que actúa en los instintos vitales de la gente y que su alto volumen provoca el enquistamiento de la conciencia. En consecuencia, su ritmo altera la sangre agitando el sistema nervioso... Desconozco cómo juzgarán las músicas folklóricas pese a intuir su pronóstico. En este conciso manifiesto de los rosacruces en cuanto a la música, quizás podríamos figurarnos que cualquier música popular estaría en la misma línea de opinión que lo que llaman “Pop”. Entonces, cualquier género de base Folk, incluyendo el Country, estaría englobado en esta calificación.
El término “Música Popular” reune todo estilo de música Folk, el Jazz, el Rock,... Si le otorgan al Jazz una génesis en el continente Lemur, empezamos a cuestionarnos en qué datos se han apoyado los Rosacruces. Este género nació, como sabemos, en el sur de EE.UU fruto de la interpretación que hicieron los afroamericanos de la música Clásica y las orquestas de “Brass Bands” reciclando e innovando los ritmos que ya impregnaban el contexto de la joven nación allá hacia finales del siglo XIX: Blues, ragtime, Gospel, melodías folklóricas anglo-celtas y de otras procedencias europeas, canciones populares, etc... La antesala de los conjuntos jazzísticos está en las jug bands o bandas callejeras de negros que interpretaban todo ese crisol de ritmos utilizando instrumentos rudimentarios como jarras o cucharas así como en las orquestas con músicos negros que tocaban instrumentos de metal.
Uno de los elementos “mágicos” que hicieron de la música propiamente norteamericana algo tan maravilloso y capaz de hechizar al resto del planeta fue la combinación de la inventiva, ritmo (baile, percusión...) e instinto de improvisación africanos con las variopintas músicas venidas de Europa. En un sentido más concluyente, el inminente flechazo entre el aire espontáneo de la música irlandesa con la natural facilidad para improvisar del pueblo afroamericano. ¿Qué tiene qué ver Lemuria con todo esto?... Si el continente perdido hubiese estado situado en el Atlántico la teoría rosacruciana tendría más sentido. Puestos a especular, si el Jazz se cimentó en tierra lemur, ¿no lo sería también la música hawaiana que una vez consolidada en EE.UU, contribuyó al desarrollo del Country?... Remota posibilidad con escasos argumentos creíbles. Basta recurrir a la historia, como en el caso del Jazz, para pedir a la Orden Rosacruz que se informe mejor. Si bien la música primitiva de las islas del Pacífico podría derivar de ese mítico continente, fue gracias a la llegada de misioneros, navegantes, inmigrantes y trabajadores del campo europeos lo que acabó de configurar el concepto de “música hawaiana” tal como la entendemos hoy, alejada de las raíces tribales de antaño. Y muy improbable sería que aquellos portugueses responsables del invento llamado “ukelele” o cualquier nativo hawaiano acostumbrado a bailar según el vaivén de las olas, se planteasen tener un remoto origen Lemur...
La Música “Pop” se define como aquella música popular compuesta explícitamente para un uso comercial siendo bien conocidos sus compositores. Nació como género en EE.UU durante su período decimonónico, cuando una serie de compositores norteamericanos empezaron a crear un tipo de canciones que complaciesen al máximo número de oyentes y se pudiesen ganar la vida con ello. La célebre “Oh, Susanna!” es un claro ejemplo del naciente “Pop” pese a inspirarse en el folklore sureño afroamericano. De hecho, su creador, S. Foster (un melancólico y soñador “Cáncer”), tan solo visitó tierras sureñas en la comodidad de un barco de vapor (salvo quizás un hipotético y muy cuestionado viaje a Kentucky) pero gracias al tratamiento de la comunidad negra en sus letras, ayudó a dignificar al oprimido pueblo afroamericano que era objeto de burlas y menosprecio. Precisamente fue en un templo masón donde tuvo lugar el primer concierto oficial de una de esas bandas “Pop” que solían imitar hasta el ridículo las costumbres de los esclavos negros. Otro asunto es, que con un tratamiento vocal e instrumental “rural”, esas primigenias canciones “Pop” se acomodasen al género Country (por aquella época, una etiqueta inexistente ).
La música “Folk”, consistía en un repertorio de tradición oral, transmitido de boca en boca. Lo paradójico es que ya en el siglo XVII, por las callejuelas de Londres, se vendían canciones (escritas en hojas sueltas) ideadas por unos compositores que a duras penas se ganaban la vida con ello. Esta primigenia “música Pop” cruzaría el océano “convertida” en “Folk” pues viajaría de comarca en comarca con sus debidos cambios y sin conocerse el nombre de los autores; sobretodo porque muchos de ellos ya quedaron en el anonimato en las Islas Británicas... Fue en este proceso de “americanización” donde se formaron los pilares de la Country Music. Ni los rosacruces ni muchos de los norteamericanos de a pié debían conocer el origen “mágico” de esas tonadas “Folk” de procedencia anglo-celta. Tan “mágico” como ese Jazz o cualquier género musical afroamericano cuyas raíces brotan de las tribus africanas. Las baladas y melodías de danza que sirvieron de embrión para el Country, obedecían a las creencias folklóricas de Irlanda, Gales, Escocia e Inglaterra. Si bien la mayoría de ellas se regían por el patrón de asesinatos y toda muestra de hechos luctuosos, se asentaban en la fusión de componentes cristianos y célticos.
Según los antiguos irlandeses, su música estaba conectada con el Reino de Sidhe; un universo feérico (del inglés “fairy” derivado del término gaélico que
define la “raza espiritual”) habitado por seres sobrenaturales: hadas, elfos, gnomos... Una suerte de trovadores itinerantes iban recorriendo los pueblos difundiendo esa amalgama de baladas y músicas bailables “inspiradas” por criaturas de otras dimensiones. Los intransigentes miembros de la Iglesia se encargaron de ir castrando toda esta tradición pero no consiguieron erradicarla pues el pueblo necesitó siempre la música como alimento para su alma. Cuando estas canciones anglo-celtas llegaron a EE.UU, el pragmatismo y la dogmática moralidad religiosa desmitificaron el contenido sobrenatural. Así, clásicos del Country como “Pretty Polly” (cuya primera versión de la etapa comercial del género data de 1925, gracias a John Hammond pese a participar más tarde y con más fecundidad del cancionero “Bluegrass”), pertenecían al linaje de las baladas “mágicas” culturalmente próximas al imaginario celta. “Pretty Polly”, enmarcada en la clasificación de “murder ballad” (sobre asesinatos), tiene su cuna en la curiosa historia de un pérfido Elfo que pretende abusar sexualmente de un jovencita... Recomiendo el film “Songcatcher” dirigido por Maggie Greenwald y protagonizado por Aidan Quinn (en el rol de rudo montañés) cuya trama se centra en el empeño de una musicóloga por adentrarse en las montañas Apalaches a fin de recopilar esa tradición de música folklórica anglo-celta que, en gran parte, ni tan siquiera se podía hallar en su originaria tierra de las Islas Británicas. La protagonista (estupenda Janet Mc Teer) tiene que adaptarse a un entorno muy misterioso para ella, una dama de corte victoriano pero interesada en ese patrimonio musical anclado en los tiempos de los primeros colonos. El poder mágico de esas gentes y sus canciones, ejerce en ella una influencia trascendental. Como sucede en frecuentes baladas Country, la “forastera”no puede evitar alterar de alguna forma la vida de los lugareños. La música actúa aquí como una suerte de energía que está destinada a participar en el nivel evolutivo o “kármico” del individuo.
Nos tendríamos que remontar hasta los albores de nuestra civilización para hallar las raíces de las canciones que narraban sucesos corrientes o legendarios cuyos personajes eran héroes, ingenuas doncellas, amantes deshonrados, etc... Roles humanos que con sus evidentes transformaciones, son protagonistas indiscutibles de muchas canciones Country al igual que cualquier otro género popular. Si viajamos en el tiempo, observamos como los fundamentos de las baladas continúan siendo inmutables. En “La Ilíada” y “La Odisea” aparecen los mismos tipos de héroes que muchos siglos después interpretaran los relatos cantados en la Country Music. La idea original del “Héroe” (del griego “áreioi” que significa “mejores” o “noble”) simboliza el perfil de un individuo que pertenece a una raza de semidioses nacida antes del período arcaico. Las obras homéricas tuvieron su fijación escrita alrededor del 850 a. C aunque fueron narradas bastante antes y algunos historiadores creen que Homero no existió o al menos, no fue un único autor sino que sus escritos son meras recopilaciones de otros poetas. Tales relatos se basaron en las incursiones a Asia Menor efectuadas por los aqueos (pueblo indoeuropeo) a finales del segundo milenio a. C. cuando invadieron el Peloponeso desde el norte de Grecia estableciendo hasta 1200 a. C. una civilización en la cual Micenas desarrolló un papel preponderante. No obstante, el mismo arquetipo de Ulises o al menos muy parecido, ya existía mucho antes en la tradición sumeria personificado en el héroe Gilgamesh.
Astrológicamente, tanto el astuto y viajero personaje de Homero como la relación entre Gilgamesh y Enkidu están vinculados al signo de Géminis. Igualmente, los mitológicos Cástor y Pólux, el Dios Hermes (Mercurio) y el tercer trabajo de Hércules (la búsqueda de un árbol con manzanas de oro situado en un lugar desconocido) corresponden a la idiosincrasia de Géminis. El espíritu nómada y aventurero de Géminis así como su dualidad, definen el rol del músico errante tan recurrente en la Country Music. Incluso Waylon Jennings, nativo de este inquieto signo, escribió una composición titulada “The Gemini Song”. Quienes le conocieron, estaban de acuerdo en que poseía un carácter rebelde y contradictorio. Fue un tipo difícil de domar, que colaboró de forma directa en la revolución de una encorsetada industria Country.
Es oportuno señalar, que grandes revolucionarios como Pancho Villa, Che Guevara o el anarquista Bakunin nacieron bajo la tutela de ese” signo de aire”. Otros muchos geminianos también innovaron o cambiaron lo establecido en otros campos ajenos a la política: Bob Dylan, Walt Whitman, Beau Brummell, Stravinski, Richard Wagner, Harrier Beecher Stowe, Alice Bailey, Isadora Duncan, etc...
Los personajes que ensalza “La Ilíada” son antecesores de aquellos forajidos del Far West, combatientes de la Guerra de Secesión u otros héroes que tanto abundan en el repertorio Country. Sirva como curioso dato anecdótico que tanto el gángster John Dillinger como el pistolero Wild Will Hickok eran Géminis. El aventurero Ulises de “La Odisea” es un antepasado del itinerante “gypsy” o “Ramblin’Man” protagonista de infinidad de canciones del género. Ahí está ese “Lost Highway” de Hank Williams o la pegadiza “On the Road Again” de Willie Nelson donde los héroes son tipos que hacen del vagar su medio de vida pero a la vez, añoran la plácida (también romantizada) vida en el lejano hogar.
El típico concepto dual de tantas piezas Country aunque en muchas de ellas, si el protagonista de la balada logra regresar a su casa, acaba abandonando esa vida tan previsible y sale en busca de nuevas aventuras. Las ansias de curiosidad y aventura del Odiseo perdido en el Mediterráneo están presentes en esos “Drifters” del microcosmos “Country” que van viajando sin rumbo fijo pero sus corazones anhelan el regreso a casa. Aquí tenemos esos tópicos sobre la dualidad humana como “no puedo resistirme al silvido del tren” (la huida ante un conflicto o el deseo de aventura) y el “añoro mi tierra, mi hogar, mi madre, mi pueblo, a mi familia”. En ocasiones, este “conflicto interno” genera problemas con la sociedad encaminando al héroe hacia un destino cruel... como el encarcelamiento o la muerte. Los signos que más están sujetos a las ansias de libertad, que la anteponen a cualquier cosa, son: Aries, Géminis, Sagitario y Acuario por lo cual, el típico personaje desarraigado y difícil de mantenerse quieto en un rincón, tendría en su carta astrológica alguno de los cuatro signos. Billy El Niño era sagitario, por ejemplo, como el irónico escritor y viajero Mark Twain, quien plasmó en un papel su entusiasmo hacia el sonido del banjo. Géminis y Sagitario son los signos que encarnan los viajes. A modo de ejemplo metafórico, el primero estaría personificado en el jóven héroe iniciático que viaja por el simple hecho de buscar sensaciones, culturas, lugares y gentes nuevas, persiguiendo un inocente anhelo de aventura; sin la responsabilidad de conquistar, como correspondería a Aries. Sagitario, representativo de una edad más adulta, utilizaría el viaje para extraer conclusiones éticas o morales, de una forma menos dispersa o superficial, con una motivación más filosófica.
Sin embargo, tanto el astuto “Ulises” Géminis como el más confiado Sagitario, tienen en el viaje su camino para evolucionar existencialmente. El “vagabundo errante” mercurial que viaja por insaciable curiosidad y el “superador de elevadas metas” jupiteriano que otorgará a su viaje de un fin concreto son seres opuestos y complementarios con notables puntos en común. Ambos desean explorar las fuentes del conocimiento para transmitirlo, con total libertad y evitando caer en las trampas de la dispersión, la inconstancia o la superficialidad. De lo contrario, el primero se quedaría apegado a una eterna búsqueda que nunca alcanzaría la meta de la verdad y el segundo caería en la egocentrista trampa del fanatismo o la imposición de una subjetiva moral propia. No obstante, los demás signos más capacitados para desplazarse o viajar son los que completan el grupo de “mutables”: Piscis y Virgo aunque no tanto como Géminis y Sagitario. Simbólicamente, los “héroes” de esta parcela temática del Country que englobaríamos bajo el término de la de los “aventureros”, estarían “protegidos” por el mismísimo Hermes, deidad de los marinos, ladrones y viajeros mientras que Júpiter echaría una mano a quienes se esforzasen por alcanzar propósitos de un alto nivel espiritual y filosófico. La imágen del personaje de balada que no se contenta con seguir habitando en el limitado núcleo de su comunidad y emprende una odisea para conocer otras tierras, obedece a los grupos astrológicos “masculinos”: signos de aire y de fuego pero más corrientemente en los mutables que ya hemos mencionado. Los que salen de su comunidad para fines más prácticos y materiales pertenecerían a los de “tierra” así como los de “agua” viajarían por motivos sentimentales o para ofrecer una ayuda a los más necesitados. El “cáncer” Woody Guthrie se erigió como un trovador itinerante de la Gran Depresión ideando composiciones en favor de los más necesitados hasta instalarse de manera definitiva con su familia. La “balada sentimental” es un género argumental propio de los “signos de agua” pero Guthrie, como buen Cáncer, también cantaba temas alegres y compuso canciones para niños. La infancia es algo que siempre está sujeto al alma de “Cáncer”. El mismo S. Foster incluía hadas y sirenas dentro su repertorio en una época de conflictos bélicos entre Norte y Sur...
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No sé qué opinarían los “Lectorium Rosicrucianum” de la Country Music si supieran de su dualidad. Si entendieran que en su temperamento laten los polos opuestos del ser humano: lo más espiritual y lo mundano. Si bien en la infancia del género, grupos religiosos prohibían la danza, los instrumentos (especialmente el fiddle) y los argumentos profanos de las baladas, el Country se fue desarrollando asimilando lo religioso junto con lo más terrenal. Esto es, la fe en una doctrina y las pasiones o deseos más básicos de unas comunidades que en principio no solían gozar de un grado intelectual como el de las clases acomodadas. También entre los círculos más opulentos se temía el influjo del “diablo” en la música. Mucha gente creía que el genial violinista Nicola Paganini hizo (como el “Fausto” de Goethe) un pacto con el Diablo por tocar tan maravillosamente. Algunos hasta manifestaban haber visto al demonio en sus conciertos ayudándole durante los pasajes más complejos... Cuando el músico falleció, el obispo de Niza le negó la sepultura y tuvo que ser enterrado en el cementerio de un hospital de leprosos hasta que más tarde, su hijo trasladaría su cuerpo a Parma. Siendo los EE.UU una nación aún en proceso de consolidar su definitiva personalidad, los violinistas ambulantes (algunos interpretaban una de las facetas de lo que en el siglo XX se denominaría “Country Music”) tenían fama de borrachos y aliados del Diablo. Claro, pensarán los rosacrucianos, “tocaban música que acelera la sangre y agita el sistema nervioso”; un sonido “superado por nuestra conciencia”, muy mundano...Los “Lectorium Rosicrucianum” declaran: < Sólo cuando el hombre se libere del materialismo podrá empaparse de la armonía de la melodía vital de la eternidad y la música conseguirá elevar las potencialidades espirituales de las personas acercándolas a la divinidad>.
Bueno, esto suena muy bien pero la música popular nos ayuda a canalizar de manera armoniosa nuestras emociones, sentimientos, recuerdos, fantasías, etc... haciéndonos saborear instantes de auténtica felicidad... ¡y más si esas melodías fueron creadas en Sidhe u otras mágicas dimensiones extra-terrenales!... En la Grecia Clásica, se consideraba la música como el mejor símbolo de toda cultura. Educaba el alma y los niños debían aprender canto con un citarista (maestro de música), tocar instrumentos y conocer las danzas. Practicaban de oído, sin partituras... como los primeros cantantes e instrumentistas Country, desde sus hogares en la Norteamérica rural. El instrumento noble por excelencia de los antiguos griegos era la cítara aunque el oboe gozaba de una buena aceptación. Si bien la cítara fue usada en algunas bandas Country de la era “Old-Time” (ciclo que va desde el nacimiento del género a la Gran Depresión, abandonando sus estructuras más arcaicas), los primitivos artífices del género acostumbraban a hacer uso de otros “objetos mágicos” como el fiddle, banjo, mandolina, armónica, guitarra, etc... pero el objetivo era idéntico. La música ha sido desde los inicios de la humanidad, un arte esencial para la evolución de las civilizaciones. En la tradición hindú, el dios Shiva legó el conocimiento de la música (Sangata) a uno de sus discípulos a través de la danza sagrada, o sea, una representación del movimiento del Universo. Las “Ragas” (escalas modales compuestas por varias notas) fueron creadas por la necesidad que tenía Shiva de expresar el sentimiento de amor al contemplar a su amada Parvati. La finalidad de toda música no cambia con el transcurso de los siglos. Para unos servirá como bálsamo a fin de traducir sentimientos y situaciones reales en un arte sonoro; Otras personas verán en ella el vehículo que les traslade a mundos mágicos. Schumann (Géminis, por cierto) estaba convencido de que le transmitían su música desde el Más Allá y no era el único que pensaba de este modo. Su arte colaboró en el revolucionario movimiento Romántico que del siglo XVIII al XIX se expandió por toda Europa como respuesta a la ola de racionalismo que ocasionó la Ilustración.
No vamos ahora a extendernos más yendo a los orígenes de la música, escarbando en la cultura sumeria pero fue en Mesopotamia donde los babilonios idearon la astrología. No es de extrañar que si esta “ciencia” tiene un fundamento, pueda dirigir la psique de cada individuo ayudándole en el creativo proceso musical. Aries es el primer signo zodiacal, un “signo de fuego” que otorga a sus nativos un carácter fuerte, independiente y con instinto pionero. Son valientes y están dotados para abrir caminos, conseguir retos hasta entonces inimaginables. No es raro, pues que el primer disco Country que salió a la luz fue el del “aries” Fiddlin’ John Carson. No fue el primero en grabar (semejante honor recae en Eck Robertson) pero sí el pionero en que el género se difundieses comercialmente (via-gramófono) animando a que otros artistas registrasen sus canciones y se hiciesen profesionales al tiempo que despertaba el interés de productores que verían negocio en esto de divulgar el abanico de estilos (por aquel entonces sin la etiqueta que los reuniese en un término genérico) ejecutado por la gente rural sureña de descendencia anglo-celta. Tampoco es de extrañar, considerando válida la astrología, que el primer gran éxito Country a nivel nacional viniese de la voz de otro “aries”, el tejano Vernon Dalhart. Ambos personajes respondían claramente a la arquetípica personalidad de su signo como lo serían también Merle Haggard o Lefty Frizzell. El Country Music Hall of Fame está igualmente sujeto a la influencia de “aries” pues se inaguró un 1 de abril de 1967...
Resulta fascinante como cada artista country parece ser consecuente con el sello distintivo de su signo o carta astral, si pretendemos ser más precisos. Podemos observar cómo aquellos que nacieron en “signos de Agua” (emocionales, muy sensibles, sentimentales, románticos) han producido mayor índice de baladas románticas o canciones en favor de los más necesitados. Charley Pride, “Piscis”, estaba convencido de cómo le afectaba su signo. Johnny Cash o Woody Guthrie se incluyen en este grupo.
Los “signos de Fuego” (emprendedores, temperamentales, cultivadores de su ego, independientes) se han especializado en canciones con una tremenda fuerza melódica y argumental aunque se destacaría más la propia personalidad arrolladora del artista. A los antes citados “aries” añadiríamos músicos como Carson Robison, Brenda Lee, Loretta Lynn o Webb Pierce.
Los “signos de tierra” (prácticos, materialistas, realistas) tendrían la misión de perpetuar las tradiciones, lo establecido y sacar un buen provecho a la par artístico y económico. Son los más conservadores del género, perfectos para contar hechos cotidianos. Aman las raíces. Aquí encontramos a muchos “clásicos”: Tammy Wynette, Mother Maybelle, George Strait, Hank Thompson, Jimmie Rodgers, Bill Monroe, Hank Williams, Roy Acuff, Patsy Cline, etc...
Por último están los “signos de Aire” ( idealistas, revolucionarios, filósofos, cerebrales) que suelen ser los más innovadores, más dados a componer las piezas menos convencionales. Desconcertantes a menudo, tienen un carácter imprevisible y una desbordante imaginación. Waylon Jennings, Hank Williams jnr., Donna Stoneman, Travis Tritt, Johnny Paycheck, Bob Dylan (no está en el Olimpo “Country” pero es un claro exponente de este concepto), Tom T. Hall, Stringbean, Moe Bandy, Joe Stampley, Uncle Dave Macon, Marty Robbins, Gene Autry o Marty Stuart.
Conjuntamente con los grupos de los cuatro elementos hemos de considerar esta clasificación: signos Cardinales (quienes empiezan los proyectos y sirven para dirigir); Fijos (organizadores; conservan las cosas) y Mutables (comunicadores; dan a conocer los conceptos nuevos a los demás). Esto fortalece la función de cada artista en relación con su talento. Así, por ejemplo, tenemos al “piscis” Johnny Cash, “signo de agua” y “mutable” con una vida llena de altibajos emocionales, el deseo de transmitir un mensaje al máximo número de gente, sentimientos contradictorios y un bagaje de anécdotas impresionantes... Como por lo general, los de “agua” se sienten atraídos por los de “tierra” y los de “aire” por los de “fuego” así como con los de su mismo elemento, es lógico que existan parejas artísticas y/o sentimentales como el mismo Cash y June Carter (cáncer, “agua”), Moe Bandy (acuario) y Joe Stampley (Géminis), Waylon Jennings y Jessi Colter (ambos géminis), etc...
El tema de la Reencarnación no es tampoco ajeno al microcosmos “Country”. Ahí está Loretta Lynn, convencida de haber vivido otras existencias pretéritas. Dos de ellas como princesa india y criada irlandesa que tuvo un lío amoroso con el Rey Jorge... También admitió ver el fantasma de un soldado confederado merodeando su finca. K. D. Lang, criticada por su lesbianismo por los sectores más conservadores del “mainstream” Country, declaró en 1987: “Creo que soy la reencarnación de Patsy Cline”. Por su parte, Willie Nelson, no sólo asumió la creencia en el karma sino que hasta compuso un disco temático sobre ello: “Tougher Than Leather”. En este sorprendente trabajo, el tejano relata la historia de un pistolero que mata a un joven pero es acosado por los remordimientos y el recuerdo de la novia de su víctima. Cuando vuelve al poblado donde cometió el crimen para encontrarla, decide suicidarse. Contra todo pronóstico, ella se lamenta de su muerte acudiendo al funeral. Años después, el asesino arrepentido y la muchacha se reencarnan en una misma vida llegando a mantener una relación. Sin embargo, él no puede escapar del Karma y es condenado a muerte por un delito que no había cometido... Toda una tópica balada Country ubicada en Texas pero con la originalidad de hablar sobre la reencarnación.
Hace poco conocí a Kimmie Rhodes, una excelente cantante country (y sensible “piscis”...) vecina de Willie Nelson. Me confesó que a ese archiconocido músico no le agrada demasiado recibir visitas, tal es su carácter sereno y algo taciturno. Y es que nació bajo el “terrenal” signo de Tauro. Otros “tauro” como él, han sido grandes exponentes del pensamiento filosófico-espiritual, como Sócrates, Rabindranath Tagore o Krishnamurti. La actriz Shirley Mac Laine, también venusiana, es una conocida defensora de la reencarnación. Claro que, habría que preguntarle al “espíritu” del “tauro” Karl Marx si igualmente daba credibilidad a semejante teoría... Siguiendo con la astrología, no sólo fue Waylon Jennings quien dedicó una canción a este asunto. Existen otros casos, como el del inclasificable David Allan Coe, que se salvó “milagrosamente” de ser ejecutado y forma la lista de artistas country “carne de presidio”. Este carismático “virgo”, compuso una significativa canción donde definía la imprevisible personalidad de las mujeres Géminis... Desde luego, para un “signo de tierra” como él, debía ser difícil entender esa desconcertante mente de una nativa “de aire”.
El contacto de determinados artistas country con lo paranormal y misterios en general es más frecuente de lo que pueda parecer. Sean devotos cristianos (baptistas, metodistas, adventistas...) o no, algunos no han podido reprimir sus sentimientos al respecto ni ocultar lo que les ha ocurrido. Espectros y fantasmas han acompañado los casos vinculados a estrellas como Freddy Fender, Tom T. Hall, Burl Ives o la Stoneman Family, toda una institución en el género desde antes de que pudiese escuchar música en un gramófono. El tema de las premoniciones estuvo presente en la vida de Ernest Tubb, Brenda Lee o el mismo Elvis Presley. La astrología también afectó a músicos como Billy Swan o Harlan Howard. La reencarnación tampoco pasó desapercibida en las mentes de Steve Young o Marty Robbins. Casos de ovnis y alienígenas figuraron en las vidas de Eddy Raven o Kenny Starr. Y por si fuera poco, Sammy Kershaw aseguró que un ángel le salvó de una muerte inminente...
En cualquier caso, si no cerramos la puerta a la posibilidad de que la astrología esté en lo cierto, cada artista estaría expuesto no sólo a su signo sino a otras causas como su propia carta astral y su karma. Todo esto forma parte del lado “mágico” de la música y algunas de tales curiosidades las expongo más ampliamente en el ensayo que estoy escribiendo sobre las raíces más antiguas del Country. Tras concluir este proyecto, barajo en mi mente la idea de otro libro centrado exclusivamente en esa parte “mágica” y sobrenatural que yace en lo más oculto del género. Paralelamente, me gustaría acompañar el tomo con un cd (o más...) donde apareciesen canciones relativas a los misterios y lo sobrenatural. Tengo grabados algunos cds caseros con asombrosas composiciones que se salen de los convencionales parámetros temáticos... He aquí un breve adelanto: el tema que Bobby Bare dedicó a Marie Laveau, Reina del vudú en Nueva Orleans; uno sobre la famosa autoestopista fantasma, otro referente a Halloween (Buck Owens cita a algunos monstruos...), baladas sobre espectros del Far West o ciudades fantasma... Hasta el espíritu del General Lee, máximo dirigente del ejército sudista, tiene espacio en la Country Music. Hay material suficiente (tanto instrumental como cantado; tanto melancólico y triste como de lo más bailable) como para sorprender al oyente y hay documentados casos increíbles (reencarnación, espiritismo, premoniciones, encuentros con ángeles...) experimentados por artistas Country así como cualquier enigma que suscite el interés del aficionado a este género. Dentro de mis limitaciones y en mi posición de mero investigador escéptico y contrario a cualquier dogma pero apasionado por tales misterios, espero darlos a conocer algún día. Con permiso de los “Lectorium Rosicrucianum”, claro está....
Jordi Guasch
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Texto y Fotos: Jordi Guasch
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