David Cronenberg
Podemos
comenzar por definir a Cronenberg como autor. Sin apresurarnos a
que implique una valoración de por sí, es una afirmación,
digamos, de raíz objetiva. El director canadiense ha tenido el control
sobre sus films, y ha decidido sobre argumentos y proyectos, desde Shivers
(Vinieron de dentro de..., 1975) hasta Spider
(idm., 2002). La única excepción sería algunos primeros
trabajos para televisión y Fast Company (1979), aunque
también se apropia de ésta, una historia de conductores y
coches. Aparecen compañías "malvadas", tecnología
experimental, y ese interés por la velocidad y la maquinaria, posteriormente
profundizada en Crash (ídm., 1996).
El origen de esta carrera cinematográfica
tan coherente hay que buscarlo en su biografía. Cronenberg
llegó “tarde” al cine. No era su primera opción profesional,
y estudió ciencia y literatura, antes de comenzar a interesarse
por la expresión a través de una cámara. Él
mismo ha señalado que esto implica que no se acercó al medio
desde la cinefilia del estudiante de cine que quiere, desde muy pronto,
dedicarse a dirigir y con el “peso” de la Historia del Cine sobre sus hombros.
Sus influencias han sido siempre más literarias, y de hecho apenas
señala, en las entrevistas, cineasta alguno que le haya interesado
particularmente. Sus primeros mediometrajes, Stereo y Crimes
of the future, los llevó a cabo dentro del cine “underground”
canadiense. La que había sido una anterior maduración como
persona permite arrojar luz sobre esa clara base intelectual de la que
partirá, cada vez de modo más claro, para realizar sus films.
El siguiente paso podría ser
determinar qué tipo de películas realiza. A priori
las preocupaciones retratadas y los escenarios donde se tienen lugar sus
ficciones poseen un mayor grado de fondo científico. La ciencia-ficción
utiliza el futuro y las tecnologías imaginadas como metáforas
para discursos y reflexiones sociológicas o incluso políticas.
Menos común es circunscribirlo tan cercanamente al individuo. ¿Y
qué hay más cercano e íntimo que el cuerpo? Cronenberg
utiliza en sus films la tecnología, de diversos tipos, como facilitadoras
de un camino desde la mente (el deseo) hasta el cuerpo (la realidad). La
reflexión común al género no se queda, en sus películas,
en lo conceptual: la mente produce deseo, un impulso de fuerte cariz sexual
que el director no rehuye. Contrario a la dicotomía mente-cuerpo,
el director pone el énfasis en una relación mucho más
directa. Una de los más claros exponentes de esa literal externalización
de lo sexual la encontramos en The Brood (Cromosoma
3, 1979), donde una madre histérica crea, como prolongación
de su furioso subconsciente, una progenie de niños asesinos.
En The Fly (La
Mosca, 1986) el arquetipo, propio de la ciencia-ficción,
del “científico loco” se matiza y puede que se cancele. Si bien
una víctima de su propio experimento, aquí no hay castigo
divino, sino una evolución, de hombre a hombre-mosca, unión-fusión
(con implicaciones sexuales, cómo no) metáfora de la decrepitud
que vive el cuerpo humano. El error científico tiene consecuencias
dramáticas, en los personajes. ¿Puede mantenerse el amor
en la vejez? ¿Es la vida, como ha afirmado el propio director, nada
más que una enfermedad transmitida por el sexo?
Por tanto, habría que especificar
que no estamos ante un director/autor que esté fascinado, como suele
ser habitual, por las posibles evoluciones de máquinas y tecnologías.
De hecho, Cronenberg es más bien muy poco afín a las
ideas “modernas” (de la Modernidad, nos referimos) que engarzaban con los
postulados de la Ilustración, donde razón y saber (científico)
acompansarían el devenir de la raza humana. En sus films, la sociedad
contemporánea la ciencia (máximo exponente de la razón/progreso)
no puede ser ya contemplada como panacea,. La tecnología no supone
un avance; ni en el sentido de progreso social, ni de lo que se suele entender
como influencias liberadoras. Lo único que consigue liberar son
unos impulsos, o bien destructivos, o bien que se enfocan a modos nuevos
de encerrarse en realidades alternativas.
Aquí encontramos una triple
clave para comprender la trayectoria y las intenciones del director canadiense.
Por un lado, una peculiar mirada al género, centrada en el individuo.
Las pulsiones que mueven a sus personajes a utilizar la tecnología
demuestran que aún no podemos dejar de ceder a los impulsos de la
carne. Tenemos una amplia gama de adicciones en el cine de Cronenberg.
Desde la más animal tratada en Shivers, pasando por
Rabid (Rabia, 1977), hasta la del protagonista
de The Naked Lunch (El almuerzo desnudo, 1991),
o Existenz (ídm., 1999) donde un videojuego se convierte
en necesidad casi fisiológica. Y esta profundización causa
una incomodidad en el espectador, menos propia de la ciencia-ficción
que de las intenciones y estrategias del cine de terror. ¿Es
The Fly ciencia-ficción o terror? ¿Y Shivers?
Y es aquí donde hallamos la
segunda parte de la clave: tal vez el marco genérico puede probarse
como demasiado estructo para acoger todo lo que este autor pretende. Además
de estos títulos donde la ciencia-ficción y el terror pueden
darse la mano, Cronenberg, a medida que avanzaba en su filmografía,
ahondaba, no ya en los resultados violentos de, por ejemplo, Rabid,
Shivers o incluso Scanners (idm, 1981), sino
en esa vía de ahondar en cómo tecnología no ayuda
a salir de su alienación, sino, más bien, a confirmarla,
además con esa relación directa, incluso orgánica.
El tema de la problemática del individuo “encerrado” en estas realidades
alternativas interesa tan particularmente al director, que ha sabido y
querido ampliarlo más allá del género de la ciencia-ficción;
hay ejemplos como El almuerzo desnudo, Spider
o M. Butterfly (ídm., 1993). El almuerdo desnudo
es nada menos que la adaptación de un libro de William Borroughs.
En el caso de Spider, el origen de la realidad autónoma
es una enfermedad mental, y la cinta deviene de un realismo tenaz y algo
afixiante, donde el protagonista revisa una memoria falseada, y origen
de traumas psicológicos. En el caso de M. Butterfly está
aún, aparentemente, más lejos de los escenarios de ciencia-ficción
o delirantes fantasías usuales en el director. Aquí tenemos
la historia de amor entre un diplomático inglés que se enamora
de un hombre disfrazado de “geisha”. Y es una concepción cultural
“convence” al protagonista de que un hombre disfrazado de mujer es una
mujer. Otro ejemplo de reflexión sobre el individuo (y de magnífica
interpretación actoral) lo tenemos en Dead Ringers
(Inseparables, 1987).
Con todo esto, se podría pensar
que la posición intelectual de Cronenberg produce films fríos.
No es así. Al fin y al cabo, le preocupa el individuo; la influencia
de lo social/ tecnológico sobre lo emocional. Y para una reflexión
sobre estos temas, Cronenberg lo sabe, se requiere la necesaria
identificación del espectador con los personajes. Por ello, sus
preocupaciones teóricas no han descuidado nunca una formulación
dramática. Y un sumo cuidado a la hora de elegir y dirigir actores.
Finalmente, hay una tercera clave,
que arroja luz sobre las obras de Cronenberg. Hablar de las influencias
en el individuo de la tecnología no puede dejar fuera la sociedad
actual que produce y reafirma dichos “adelantos” tecnológicos. Videodrome
(ídm, 1983) es, de su primera etapa, quizás donde sus objetivos
reflexivos toman mejor cuerpo (nunca mejor dicho) en la imaginería
visual; donde la metáfora apoya mejor su discurso. La “nueva carne”,
la fusión de lo orgánico, con lo inorgánico como posible
solución al dilema posee visos negativos. ¿Es Cronenberg
crítico, pesimista? En parte, sí. Las realidades autónomas
de sus personajes tienen consecuencias a menudo negativas, y el sexo posee
un elemento adictivo, como es evidente en Crash. Sin embargo,
sus films han abandonado (al menos hasta ahora) aquellos primeras advertencias
sobre los efectos violentos hacia “el otro”, para indicar más bien
una profundización en la violencia ejercida en la psique, en la
propia mente (para él, eso sí, muy unida al cuerpo); una
evolución que apunta a que su posición se ha matizado y enriquecido.
Puede que su intención más reciente sea menos la crítica
que la búsqueda de posibilidades de este individuo posmoderno, rodeado
de una tecnología que no sublima sus deseos e instintos, si bien
sin dejar de apuntar la serie de problemas que se plantean. Algo que ayudaría
a juzgar mejor films como Crash, donde puede que no se sancionen
los comportamientos mostrados, aunque tampoco se apoyan. Hablaríamos
más bien de una propuesta, y no de un discurso cerrado.¿Cómo
afrontar las necesidades sensoriales (y eróticas), ahora desatadas
en un momento histórico propicio para el final de los tabúes?
¿Están realmente desatadas, o aún no tomamos conciencia
de que somos cuerpos (finitos)? ¿Es la respuesta un sujeto autónomo
hasta el grado de lo autoerótico, del onanismo, de las patologías
(paranoia, esquizofrenia, etc) derivadas de crearse una realidad propias?
Preguntas incómodas; formulaciones
(e imaginería) incómoda.
eXistenZ
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Advertencia:
En este artículo
se desvelan datos esenciales de la trama del film
que pueden
afectar a un primer (y más puro) visionado.
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La comparación entre Existenz (ídm, 1999)
y The Matrix (Matrix, 1999), coincidentes en
año de estreno y temática- la realidad virtual- produce una
interesante reflexión sobre los márgenes de la ciencia-ficción
para intenciones de muy diferente alcance. Existenz es la obra de
un autor, David Cronenberg, con intereses y preocupaciones muy específicas,
particularmente la ciencia y la tecnología, y su influencia en el
individuo. La protagonista, Allegra Geller (Jennifer Jason Leigh)
tras sufrir un atentado y ser su consola de video-juego dañada,
ha de entrar en éste, video-juego de su creación, y seguir
la “misión” preparada en él. Pero esta huida de la persecución
(nada menos que por parte de un grupo que defiende, con armas, la realidad
frente a “la virtualidad”) también harán una extraña
aparición dentro del video-juego, y su compañero “de viaje”,
Ted Pikúl (Jude Law) a ratos aparenta ser más
de lo que en principio afirmaba.
Esta relación entre realidad virtual y paranoia nos remite al
fondo de varias historias de Phillip K. Dick, y amplifica un argumento
muy propio del género. Algo sólo tratado como (interesante,
eso sí) punto de partida del film de los hermanos Warsowski,
para orquestar un fastuoso film, más bien de acción, donde
apenas se ahonda (de hecho, se refuerza) ese sentimiento de sentirse perseguido
o creerse con “una misión”, claves de la patología paranoica.
A Cronenberg sí le preocupa enfatizar que esta realidad alternativa
tiene consecuencias en el mundo real.
Mucha parte de la crítica norteamericana del momento juzgó
su film como un mero entretenimiento, eso sí, de raigambre culta.
Tenemos nuestras dudas sobre una perspectiva que implica que Cronenberg
se empeñe en añadir sus “marcas de fábrica”. La inclusión
de sus obsesiones y preocupaciones intelectuales en el argumento y la factura
formal no acontece de forma aleatoria. Así, los enlaces “vivos”
para entrar en el juego (introducidos en los propios cuerpos de los participantes)
parece apuntar a esa dependencia y profundidad hasta la que se inserta
(hasta la propia penetración, nada menos) el juego y la necesidad
de los jugadores de esa realidad alternativa. Para un ateo como Cronenberg,
no existe dicotomía entre cuerpo y mente, y esa unión física
es metáfora de una dependencia tan mental como corporal.
Pudiera ser que el juicio crítico se dificulte (o se prejuicie)
porque esa otra realidad no sea del todo desvelada como tal, como sí
ocurría, para tranquilidad del espectador, en The Matrix.
La narración en el film no opta, una vez los protagonistas se insertan
en el video-juego, por una forma de sueño (o pesadilla, al modo
de, por ejemplo, David Lynch). No hay un “salto” formal claro entre
el mundo retratado antes de entrar en esa otra realidad y después.
A esto se sumaría que, incluso el crítico más sesudo,
como espectador, puede dejarse llevar a partir de cierto momento por la
trama habitual de “persecución/aventura”, no ya la del video-juego,
sino aquella en la cual se ve embarcada Allegra Geller y sus fanáticos
perseguidores. Y el que dicha trama se juzgue al final como parte de (¡otro!)
video-juego (y de la fantasía paranoica de Allegra Geller,
la protagonista, que genera el argumento de éste) produce gestos
fruncidos. Los finales “sorpresa” tienen en ocasiones estos efectos, aunque
en el caso de Existenz convoca una peculiar reflexión sobre los
peligros de unos video-juegos que se adaptan a las pasiones más
ocultas de sus participantes. Lo claro es que, de este modo, la fantasía
es difícil que coincida con el imaginario de un adolescente, cosa
que sí sucede con The Matrix donde en la realidad
alternativa se goza de superpoderes, y se refuerza la carga paranoica:
en el mundo virtual, todos pueden ser enemigos.
Puede que Existenz no posea elementos tan perturbadores como Crash
(ídm, 1996) o The Fly (La Mosca,1986)
la convencionalidad del argumento sería consecuente con los objetivos
del director; retratar ese video-juego. Además hay una carga crítica
y pesimista; en la propia creadora de éste, apreciada como una especie
de líder espiritual, pero origen de fantasías paranoicas
y violentas; en la (habitual en el director) empresa privada como corporación
maligna; en la regresión que implica la creación de una realidad
autónoma. Coincidimos en que, en este caso, fusión de lo
orgánico y lo inorgánico puede producir cierta sonrisa (el
humor es una respuesta ante un subconsciente descubierto). Menos “divertido”
es el hecho de que los protagonistas asesinen dentro de un video-juego
donde, como decíamos, todo se retrata con el mismo “estilo” que
la realidad. Y, con todo, Cronenberg lo dispone con la misma distancia
con la que observan dichos protagonistas las acciones que desempeñan,
ya que son “las esperadas” dentro de la codificada aventura. “Tengo
ganas de matar a alguien”, afirma Ted Pikúl; “Déjate
llevar; es parte de tu personaje”, le responde Allegra Geller.
Y es justo lo que hace.
Tanto ese cierto sentido del humor provocado por una trama de persecución
tan simple (y, a la vez, tan extraña), como la sensación,
primero de hilaridad y crecientemente de incomodidad hasta el momento en
que no sabemos si los personajes son o no quienes dicen ser o sus “roles”
en el video-juego, facilita y reverbera una distancia desde la que el director
reflexiona y quiere hacer reflexionar, como logra desde hace años,
sobre el individuo en la era posmoderna.
Para terminar, conmino a los espectadores y aficionados a Cronenberg
que, una vez visto el film, y leído este artículo rememoren
ese final grito de los (ahora “revelados”) terroristas, “Death to Trascendence”
(siendo Trascendence el nombre del “otro” videojuego). ¿Se defiende
Cronenberg así de algunos críticos que le hayan podido
exigir “realismo” en sus films? ¿Es una enfatización de su
postura intelectual, el arte es trascendencia y no mero retrato de la realidad?
Lo claro es que él no se sitúa del lado de unos u otros;
ni estos fanáticos de la realidad “real”, ni los defensores de lo
virtual... ¿Una propuesta sin cerrar, pues?
Scanners
El film se encuadra en la fantasía científica. Los “Scanners”
son una generación de jóvenes con poderes mentales, fruto
de un experimento sufrido por una serie de mujeres en los años cuarenta.
Ahora, Revok se ha emplazado como un Scanner dispuesto a utilizar
su potencial de modo violento. Como muchas historias de conspiraciones,
el gobierno crea “los monstruos” y luego se adjudica la labor de tener
que controlarlos. La trama, aparentemente convencional, incluye giros que
anticipan intereses del autor. En este afán del Estado se descubrirán
traiciones que desvelan una visión crítica de unos intereses
políticos e industriales que, el director advierte, funcionan paralelamente.
Por otra parte, los dos Scanners que se enfrentan, en principio polos opuestos
(Bien-Mal), resultan estar tan unidos como lo estarán los protagonistas
de Dead Ringers (Inseparables, 1988).
Mucho se esperaba de David Cronenberg, tras los revulsivos que
resultaron ser Shivers, Rabid, y, sobre todo,
The Brood (Cromosoma 3, 1979), compendio más
articulado de sus intereses y obsesiones, y profundización en lo
que sería una ciencia-ficción más interna y de conflictos
personales (en cierto modo, además, con base biográfica).
El director canadiense ya levantaba interés en festivales como Sitges,
Edinburgo o Montreal. Los aficionados al cine de terror o de ciencia-ficción
(no se podía estar seguro de exactamente qué género
predominaba) tenían muchas esperanzas puestas en él. Por
eso se entiende que su siguiente título, Scanners,
causara en cierto modo una decepción. No es que el film no contenga
su habitual dilema cuerpo-mente, aunque sí puede que, en mayor grado
que la mayoría de sus cintas, se enfatiza más lo exterior,
incluyendo explosiones de cabezas y persecuciones de coches.
Tuvo el presupuesto más holgado hasta la fecha, y, sin embargo,
todavía hoy en día, Cronenberg reconoce que el rodaje
estuvo lleno de problemas. Sólo se le concedieron tres semanas para
terminar la última versión del guión, y apenas dos
semanas más para la pre-producción. Cuando empezó
a rodar, no estaba muy seguro de la forma final de la historia, lo que
le forzó a realizar constantes rescrituras durante la producción.
Por otro lado, casi todos los críticos han coincidido en que la
elección de su protagonista, Steven Lack, fue un gran error.
Con un personaje principal que falla a la hora de concretar dramáticamente
los conflictos intelectuales (ya de por sí, como decíamos,
más minimizados en este caso) sobre los que este director suele
trabajar, el film se resiente.
Rabia
Rabid (Rabia, 1977) pertenece a la primera
época de Cronenberg, y contiene obvios rasgos que denotan
un periodo aún de aprendizaje del director. Esto, sumado a un bajo
presupuesto, y a unos peculiares intereses a la hora de abordar el género
de terror hicieron que se le asimilara por entonces como cercano a la vanguardia
y al cine independiente, algo ya visto en sus primeros cortos y films en
35.
El director canadiense asentaba con este film un cierto predicamento,
aunque originado en razones más bien externas, el fichaje como protagonista
de Marilyn Chambers, ex-estrella del porno, o la polémica
ya sembrada por su anterior film (el Parlamento Canadiense cuestionó
otorgar dinero a películas de tan “mal gusto”). Lo último
anticipaba de forma interesante cómo los “bienpensantes” malinterpretarían
su obra. Ya había recibido ataques por su mediometraje Crimes
of the future (1969), y esto iba a ser casi una constante, con
el ejemplo más reciente en Crash (ídm, 1996).
Rabia, como en parte también Shivers (Vinieron
de dentro de..., 1975) sembraba la cuestión de fondo en
que dicha “ceguera” crítica iba a cimentarse. Precisamente los momentos
más logrados de este todavía imperfecto film se dan cuando
la mostración de la violencia y de las expresiones orgiásticas-sexuales
posee una tensión existente entre una distancia (alguien diría
que científica) ante lo mostrado, y la cierta implicación
provocada en el espectador por unos personajes movidos por los instintos
más primarios. En realidad, es la clave de su cine.
Algunos de los problemas de Rabia para alcanzar una mayor
enjundia es probablemente que sea, de alguna manera, una extensión
o amplificación de Shivers. El mismo Cronenberg
ha admitido que escribió el guión, cuando andaba convencido
de que Shivers no se estrenaría jamás. En Rabia
enfoca la enfermedad (aquí también de tipo colectivo) como
liberadora de las represiones sociales a través de una enfermedad
con connotaciones sexuales. Liberadora de los cuerpos aunque también
liberadora de instintos primarios. En fin, una fusión, concepto
afín a muchos de sus temas favoritos, entre lo atractivo y lo repulsivo.
De este modo, se supera el dilema entre el Bien y el Mal, dicotomía
en la que Cronenberg no cree, y socava y revisa uno de los pilares
tradicionales del cine de terror. La protagonista de Rabia
es un monstruo... pero su violencia viene dada por una necesidad biológica:
la supervivencia. Esto repercute en la visión del vampiro expresada
en el film. Por un lado, Rose se alimenta de la sangre de otros
y a la vez contagia de su “enfermedad”. La interesante variación
es que no es “una condena” (con el elemento adjunto de creencia religiosa),
sino que esa liberación de los instintos que causa se carga de ciertos
elementos positivos. Por otro lado, la usual metáfora sexual implícita
en el mito vampírico aquí se explicita, y, a la vez, se llena
de otros matices: el órgano por el que Rose sorbe la sangre
es una extraña mezcla entre falo y órgano sexual femenino,
enfatizando el carácter depredador de la mujer. Por último,
no se juega con el miedo al Mal. El terror proviene de algo mucho más
cercano y bastante menos abstracto: el sexo.
Con este film, Cronenberg también construye y siembra
una visión muy distinta sobre otro género, el de ciencia-ficción.
Así, el elemento principal de “fantasía científica”
de Rabia (la forma de curar a la protagonista al principio)
es de una llamativa anticipación: una técnica para retirar
tejido celular morfológicamente neutro, y pegarla a cualquier otra
parte del cuerpo, de modo que lea el código genético de dicha
posición, y pueda crecer lo que hubiera en esa zona dañada.
Algo que se lleva estudiando en la medicina genética desde no hace
mucho. Finalmente, la perspectiva “extraña” sobre este género
es que Cronenberg habla de una ciencia-ficción “interna”.
A diferencia, de los “cambios” que en el género habitualmente se
circunscriben al exterior (ciudades modernas, tecnologías fantásticas,
etc) aquí se aplican al interior. Al ser humano; mente y cuerpo.
por Fernando Hugo Rodrigo para
Anika Cine Magazine