MAGAZINE ANIKA CINE
 
ENTREVISTA para ANIKA CINE

Jaime Palacios, guionista de series como "Turno de oficio", "Pepa y Pepe", "Al salir de clase"... nos concede una extensa entrevista sobre el oficio del guionista y su experiencia.

Tiene un gran sentido del humor y ha dejado de soñar con ser bombero para ganarse definitivamente la vida escribiendo.

Cuando era niño lo tenía muy claro, iba a ser bombero. Se hizo mayor y se dio cuenta que se le había pasado el tiempo y aún no se había puesto el traje de bombero ni cogido la manguera. Olvidó su primera opción y cogió una pluma, su segunda opción. Un buen cambio. Desde entonces se gana la vida escribiendo guiones. Se confiesa una hormiguita muy trabajadora y tiene un gran sentido del humor.

Su carrera se ha desarrollado básicamente en televisión. En su curriculum hay guiones de episodios para series dramáticas como "Turno de oficio" o "Al salir de clase", y otras de comedia como "Pepa y Pepe", "¡Qué loca peluquería!" o la genial "Los ladrones van a la oficina".

ENTREVISTA

¿Cómo surge la idea que sirve de gérmen para un proyecto de una teleserie diaria?
Jaime: Gérmen. Qué palabra tan adecuada… No, en serio. La idea, y me refiero a “La Idea”,  es el bien más cotizado en este negocio. No tengo que explicarte lo difícil que es ser original, a estas alturas. Véase (prueba número 1 de la defensa), el sarampión que todavía estamos viviendo en España, con el tardío boom de las series de producción propia. Aún estamos “inventando” las series de policías, de hospitales, de abogados, de jovencitos bailarines… en fin, las series americanas de toda la vida. No vamos a entrar en un debate sobre la búsqueda de la propia identidad, pero sí te contaré, volviendo a tu pregunta, que existe un concepto radicalmente equivocado en este negocio: que una serie nueva debe girar en torno a “una idea”, un concepto “novedoso”. Si ya tenemos farmacia de guardia, pues ahora hay que hacer “La mercería de Manolita”. A los productores hay que convencerles con “la idea”: vamos a hacer una de una escuela de kárate que lucha contra la SGAE japonesa… Emilio Aragón demostró (a ver si así nos relajamos), que no hace falta hacer una serie sobre una familia de astrónomos, de gángsters, de exploradores. Bastaba con una familia sencilla, normal y corriente. "Médico de familia" era una serie “sin idea”, y me resulta fácil imaginar reuniones de despacho con ejecutivos trajeados preguntándole “sí, sí, pero… ¿De qué va la cosa?” No debió ser una venta fácil.

¿Qué elementos principales debe de tener para poder convencer al productor / futura audiencia?
Jaime: Con la iglesia hemos topado! "¡Audiencia!" Esa palabra se ha convertido en el coco que nos asusta antes de dormir (mejor dicho, que NO nos deja dormir) Lo que debería ser una lógica preocupación, algo con lo que contar (hagamos una serie que guste a la máxima gente posible), se ha convertido (por la vía del descabezamiento fulminante) en una grotesca fuente de mutaciones en los guiones que acaban convirtiendo el producto en algo fabricado en probetas y retortas por una serie de científicos desquiciados, tratando de adivinar qué porcentajes de qué elementos satisfarán a la temible audiencia. Se trata de meter de todo en esa fórmula, no dejar nada al azar. E, inevitablemente, el resultado suele ser difícilmente digerible…  Además, se parte de una premisa equivocada, porque la experiencia demuestra que, a priori es IMPOSIBLE anticipar o adivinar qué productos van a funcionar y cuáles no.  Series de éxito “seguro” han fracasado "inexplicablemente", mientras que otras nacidas con pretensiones más modestas se han convertido en éxitos sorpresa. De todos modos, si me perdonas lo pretencioso, te puedo dar dos pistas sobre el tema: la primera es que está más que demostrado que una de las creencias más arraigadas, casi un mito, de este negocio, era una soberana memez: no basta con una estrella para atraer, y mucho menos contentar, a la audiencia. Por muy querida y profesionalmente solvente que sea aquella. Las series de televisión no necesitan estrellas: las crean. Y lo único realmente necesario para que funcionen es un buen guión, y no estoy barriendo para casa. La gran, la única fórmula mágica que existe es: el espectador te lo consiente todo, excepto que le aburras.

¿Es necesario saber cómo va a concluir?
Jaime: ¡En absoluto! Es conveniente, si tienes un mínimo de rigor profesional, tener una idea clara de lo que quieres contar, con un principio y un posible final. Pero lo excitante de una serie diaria son los imprevisibles caminos por los que ella misma te va llevando. Ceñirse demasiado a un plan preconcebido, hasta convertirlo en un corsé que te limita en vez de enriquecerte, es un grave error.

Una vez que la serie está asentada en la programación ¿Se escriben los guiones pensando en el personaje o en el actor?
Jaime: De hecho, antes de que se asiente. No hay nada más incómodo para un guionista que escribir sin saber para quién. Aunque se trate de un reparto nuevo, nos ayuda mucho conocerles en alguna fase del proyecto.  Necesitamos ver sus caras, “oír sus voces” mientras escribimos, lo hace todo menos forzado, más orgánico. E inevitablemente, si la serie es larga y vas conociento al actor a la vez que personaje, hay una transferencia más o menos inconsciente. No tanto de la personalidad real del actor, como de su potencial interpretativo. Cuanto más le conoces, cuanto más te sorprende con nuevos matices en su trabajo, más te motiva a buscar más, a forzarle más, a llegar más lejos. Por no hablar de lo que el propio actor va descubriendo y aportando sobre su personaje. Si la química actor/guionista es la correcta, el trabajo de ambos se enriquece muchísimo. Por otra parte, y en los antípodas, está el caso de los actores que han vendido toda la vida un estereotipo que les funciona, en el que se sienten seguros y del que, y es comprensible, no quieren salirse. El guionista debe entonces adaptarse a eso. Siempre hay que trabajar a favor del actor, nunca en contra.

¿De qué manera las audiencias son las que mandan a la hora de que continúe o no un personaje, hacerle cambiar de actitudes, comportamientos o que desaparezca de la serie?

Jaime: El producto existe para la audiencia, e inevitablemente ésta tiene mucho que decir en ese campo. Es innegable que determinados personajes y/o actores (a veces depende más del carisma de estos, otros, de que realmente sea el personaje el que caiga en gracia. Y, a menudo, ocurre cuando se da esa soñada simbiosis entre ambos) calan más en la audiencia que otros. Personajes nacidos como secundarios, o incluso meros episódicos, gustan inesperadamente. Y seríamos idiotas si no aprovecháramos eso: el inefable Steve Urkel, eje sobre el que pivota la serie “Cosas de casa”, surgió así, como una gracia para un solo episodio. Y ya veis adónde llegó. La serie no despegó de verdad hasta ese hallazgo feliz. Guionistas y productores soberbios podrían haber ignorado ese favor de la audiencia hacia el pobre Urkel y haberse ceñido a sus planes originales de serie familiar al uso, pero sería una insensatez.  En “Al Salir de clase” hay muchos ejemplos de personajes episódicos (el Flipe) o incluso malos (Mateo) que nos han hecho modificar sobre la marcha los planes originales y apostar por darles protagonismo (en estos casos, todo el mérito es de los actores) Y me temo que sí, que también se da el caso contrario que desaconseja la continuidad de un personaje. Ejemplos, haberlos, también “haylos”, pero no sería elegante citarlos…
    Lo del cambio de actitud ya es otra historia. Si es, por decirlo de algún modo, “para bien” (el ejemplo Fernando Andina: el actor es muy bueno, consigue imponerse a la antipatía que el personaje ha de despertar y realmente es una pena “desperdiciarlo”, así que se le pasa al bando “de los buenos” y punto), no hay ningún problema en ser flexibles. Todo lo que enriquezca un personaje o una serie, bienvenido sea.  Por lo que ni los guionistas, ni, gracias a Dios, los productores (a pesar de su mala fama) estamos dispuestos a pasar es a cambios gratuitos que traicionen la esencia de un personaje por un capricho de un determinado sector de la audiencia. El ejemplo perfecto es el personaje de Santi en “Al Salir” (el gay, por si queda alguien en este país que no viese la serie aunque fuera a escondidas). Hubo una serie de descerebradas que se dedicó a escribir cartas a las revistas con sandeces del tipo “Santi es muy guapo y no puede ser gay”.
    Pues bien, en contra de la sarta de tonterías que se han escrito sobre el tema, jamás recibimos ningún tipo de presión serio por parte de la cadena para “heterosexualizar” a Santi. Hubo una tímida insinuación en ese sentido del ejecutivo de turno, que nos dijo que “quizá sería conveniente, para contentar a la audiencia…” Le respondimos, con idéntica educación, lo que opinábamos de su sugerencia, y no nos volvieron a molestar con el asunto.
    También está por ver lo que ocurriría si la presión de la audiencia fuera unánime sobre algún tema, y no solo cosa de diez o doce freakies. Pero esa es otra historia…

¿Cómo se sabe esto (es decir simpatías o antipatías de la audiencia respecto al personaje)?
Jaime: Te podría responder que los estudios de audiencia (en los que en el fondo pocos creemos, pero cuyo férreo dictado seguimos a pies juntillas) dan datos minuto a minuto sobre el seguimiento de una serie (lo que permite saber sin margen de error qué personajes gustan y cuáles no), pero hay muchas formas de que el aficionado se haga oír: desde las avalanchas de cartas con opiniones, fervores y odios que recibimos en los estudios, hasta revistas y páginas web.

Si los guiones los realizan varios guionistas ¿Cómo es el sistema de trabajo? ¿Se encarga un guionista de un personaje, de una trama?
Jaime: Hay distintos sistemas. En algunos equipos, hay unas pocas personas encargadas de diseñar y supervisar las tramas a largo plazo, y luego reparten cada guión a equipos pequeños. En estos casos sí, es posible que un guionista se encargue de la trama que implica a unos personajes, otro de otros y un tercero de las tramas de engarce. Esto se puede hacer en las series semanales de horario “prime time”, que tienen mucho más tiempo para su elaboración. En el caso de las diarias, es diferente. La continuidad es tan estricta como en aquellas, pero el volumen de trabajo muy superior y disponemos de mucho menos tiempo, por lo que aquella (la continuidad) puede convertirse en una pesadilla, necesitando un control muy estricto. En “Al Salir”, por ejemplo, una sola persona, el argumentista (yo) creaba todos los personajes y tramas (tras discutirlos y contrastarlos con la directora de la serie)  Después, cada semana entregaba el argumento de ese bloque concreto al equipo de desarrollo que lo convertía en las escaletas de lunes a viernes (la escaleta es el guión ya secuenciado, pero sin diálogos) Y esto es lo que se entrega a las personas que figuran en los créditos como guionista del episodio del día (cuyo trabajo, realmente, se limita a añadir los diálogos)  Una vez escritos los guiones, pasan por el coordinador de guiones y su equipo, que se encargan de homogeneizarlos y corregir los errores de continuidad. Todo este proceso es necesario para mantener el control de la misma en lo posible, ya que cada guionista trabaja en su casa, solo, sin acceso a lo que, simultáneamente, están escribiendo los demás. Y, pese a todo, aún se nos escapa algún error o contradicción. Es inevitable.

¿Cómo conseguís colar la publicidad indirecta en los argumentos de las series?
Jaime: ¡En los argumentos jamás, vive dios! En los guiones concretos, sí, claro. Pero esa esponsorización se decide a posteriori, es una fuente indirecta de financiación. Temas de producción con los que los guionistas no tenemos nada que ver.

Diferencias entre un guión de cine y de teleserie.
Jaime: Sin entrar en juegos de valoraciones (yo soy de los que creen que guiones, como actores, solo los hay de dos clases: buenos y malos), la diferencia principal entre ambos medios depende de criterios de producción. En la televisión, por regla general, no hay presupuesto, ni tiempo, para grandes alardes técnicos, por lo que debemos basarnos, por encima de todo, en la fuerza de los diálogos. Dicho de otro modo, los personajes hablan mucho para conseguir que olvidéis que hablan de cosas que NO podéis ver, porque no hay forma de rodarlas. Incluso tenemos que ceñirnos a los decorados de que disponemos, por lo que todo lo divino y lo humano debe suceder, por seguir con el ejemplo, en el CBC, el instituto o las casas de los protas. En el cine, podemos usar la maravillosa fuerza de la imagen, lo que nos permite ser sintéticos. Lo de que una imagen vale más que mil palabras es una verdad como un templo…

Has escrito comedia y dramas ¿qué te resulta más complicado?
Jaime: Me obligas a responderte con otro tópico: es infinitamente más difícil escribir comedia. E interpretarla. Por eso resulta paradójico que, como género, se infravalore la comedia. Aunque sea una exageración, te diría que casi cualquiera puede escribir un drama, basta con tocar unas teclas sencillas de efecto inmediato. Una buena comedia, inteligente, sutil, es una rara avis de delicada y compleja elaboración. Requiere mucho más esfuerzo y tiempo. Y, en el fondo, a los guionistas nos da más miedo. Por suerte, se nos reclama poco para eso. Lo que, tristemente, en este país se entiende por comedia, es algo mucho más burdo y fácil de hacer.

¿Cuál es el trabajo del que estás más orgulloso?
Jaime: Jejeje… aquí debería ponerme estupendo y responderte algo profundo y metafísico, en la línea plantar un árbol o tener un hijo… pero la verdad es que tiene nombre y apellidos: Turno de Oficio.  Estoy muy orgulloso de que me llamaran para colaborar en esa serie, no solo porque es una de las más dignas que se han hecho en este país, y porque estoy contento con la parte que me toca, sino también porque, demonios, es la serie que realmente veía con admiración y la boca bien abierta cuando era niño en aquél pueblecito de Arkansas, la única serie española que realmente me hacía desear o soñar con hacer algo así algún día… y, cuando lo hice, tuve esa plenitud que sólo los sueños pueden darte, y sólo cuando se hacen reales. Tuve esas gratificantes cosquillitas del “¡coño… lo conseguí!”
    Esto en cuanto a puro guión se refiere. Ahora bien, lo más gratificante de este trabajo es que, realmente, sientes que, en la medida en que lo que hacemos llega a mucha gente, podemos influír en esa gente, para bien o para mal. Es así, en ese sentido somos como Spiderman: tenemos un gran poder, que conlleva una gran responsabilidad. A veces, podemos hacer algo, ayudar, crear opinión sobre determinados temas. En ese sentido, el trabajo del que realmente me siento más orgulloso es la creación de Santi y su larga trama (dos años) en “Al Salir…” Nunca se había hecho algo así.  Nuestros espectadores mayoritariamente están en una edad delicada,  la adolescencia, en la que pequeñas cosas se magnifican hasta la categoría de problemas, y los que lo son de verdad se magnifican. Cada día, miles de adolescentes, chicos y chicas, se descubren homosexuales, y, llevados por una educación equivocada, pueden vivirlo como un drama o un infierno. Era necesario que alguien les dijera: “no pasa nada, no eres un monstruo, no eres ser diferente. Puedes ser gay y puedes ser feliz”.  Cuando se tocaba tangencialmente el tema en televisión (o incluso en el cine), era con personajes torturados, atormentados, generalmente con finales desgraciados. Nuestro Santi era un adolescente más, guapo, simpático, inteligente, aceptado sin problemas y muy querido por su familia y amigos. Era uno de los personajes más positivos de la serie, como ser humano. Y gracias a Alejo Sauras se convirtió, además, en uno de los personajes más carismáticos y queridos por el espectador. Y, para colmo, vivía de forma natural una historia de amor con otro chico similar, con los mismos enredos y desencuentros que cualquier otra trama (tuve mucho cuidado en no ser favoritista o dicscriminador. No quería que la historia de amor de Santi fuese especial, ni siquiera a favor, o sea, más edulcorada o feliz que las demás. Eso sí, siempre tuve muy claro que el final DEBÍA, en su caso, ser feliz. No todas las historias de Al Salir acaban bien, pero ésta TENÍA que hacerlo.

    El resultado es que por cada tarado que se quejaba públicamente de que fomentábamos el vicio y el pecado, recibíamos cientos, miles de cartas de adolescentes agradecidos porque se identificaban con Santi. Nos contaban cosas hermosas y terribles sobre lo desgraciados y perdidos que se sentían hasta que vieron a Santi y pudieron creer en él, en que podían ser como él. Santi ha hecho feliz a mucha gente, ha ayudado a mucha gente, y sí, puedo decirte que nunca me he sentido ni me sentiré más orgulloso de algo en toda mi vida.
 

¿No es terrible que casi nadie recuerde los maravillosos guiones de Billy Dios Wilder hasta que se ató los machos y empezó a dirigirlos él mismo?


¿Cuál es la gran historia que te hubiera gustado escribir?
Jaime: Uf… de momento, mi trabajo sólo se mueve en ese enorme e inexplorado terreno del “lo que te hubiera gustado escribir”. Quiero decir que, al menos en televisión (Y en el cine también, el cine ofrece al ceador una libertad ilusoria, desde el momento en que el 90 por ciento de las películas, de los guiones, son encargos de productor), el producto nunca es “tuyo”, ni siquiera en un pequeño margen. Hay tantas personas opinando, tantos criterios ajenos que se imponen al tuyo (la productora, la cadena… ) que prácticamente nunca escribimos lo que queremos, o lo que querríamos. A los guionistas nos queda tan solo luchar por un insignificante margen en el que el resultado final tenga algo que sea totalmente “nuestro”. Y no lo digo materialmente (no es que nos reescriban el trabajo, o algo así)  Me refiero a nuestro en espíritu. A veces conseguimos esa parcelita de “esto es lo que quería contar, y lo he defendido frente a todas las presiones habituales”. Ese día te acuestas con tu minuto de felicidad, te sientes orgulloso y, ya te tocaba, duermes estupendamente y de un tirón.

¿Por qué guionista y no escritor de novelas? ¿Has pensado alguna vez escribir un libro?
Jaime: Con la iglesia hemos topado… sí, doctor, lo confieso: es una ezpinita que llevo clavada. No creo que exista un solo niño en el planeta que responda a la pregunta “qué quieres ser de mayor” con un rotundo “guionista”. En parte, supongo, por aquello de que es una figura oscura de cuya existencia (y parte en el proceso creativo) se tarda en tener constancia. Cuando uno sueña en vivir de la pluma, se imagina como afamado novelista o similar. Lo peor de nuestro trabajo no es el anonimato, o la falta de reconocimiento. Es que existe una convicción, o regla no escrita, de que el guión es un instrumento de trabajo, con la misma entidad, y personalidad, que, digamos, un filtro de cámara o un rollo de cable. Se nos mentaliza de que debemos desprendernos de cualquier signo o recurso de estilo. Lo que se traduce en que, salvo raras excepciones (los de Gonzalo Suárez son piezas literarias), los guiones tienen el encanto de un ladrillo y la mitad de interés. Literariamente no existen, son farragosos, antipáticos de leer. Pura y duramente descriptivos, funcionales. Una tortura a la que pirados con ínfulas de artistas nunca acabamos de acostumbrarnos del todo. Y contra lo que no se puede luchar, porque, mal que nos pese, un guión ES, aunque esencial, un instrumento de trabajo, y los que van a hacer los desglosos no están para florituras y mariconadas…

    ¿Y, si es tan frustrante, por qué nos dedicamos a esto? ¿por los garbanzos? Probablemente gane más dinero un novelista de cierto éxito, y con mucho menos esfuerzo (nosotros son paramos de trabajar, y a medida que se expande el fenómeno televisivo, el precio del guión se devalúa!) Y, encima, gozan del reconocimiento, esa cosa que te infla el ego cuando tu foto aparece en las solapas de los libros y firmas autógrafos. Uf,  me estoy deprimiendo.

    Pero estamos en esto, supongo, porque nos encanta. Nos encanta el cine, la televisión, secuenciar, narrar en imágenes, crear personajes que van a vivir más allá de la imaginación del lector (y de la nuestra) Y a todos nos tienen que pellizcar para entender que, encima, nos pagan por hacer lo que nos gusta.

    Nunca me cansaré de ver, como espectador, el resultado final de cosas que yo mismo he escrito. Ver en qué se han convertido tras pasar por las manos del director y encarnarse en los actores es una inagotable fuente de sorpresas, conflictos, sangrantes úlceras de estómago y, casi siempre, placer. Con mayúsculas.

    No puedo despedirme sin comentarte algo IM-PRES-CIN-DI-BLE que no aparece en tu cuestionario, la madre del cordero de la polémica sobre los guionistas: me parece tristísimo el general despiste que atribuye el mérito de un producto audiovisual al director, la persona que lo ha convertido en imágenes, olvidando (por completo) al guionista, relegado al ostracismo, el olvido o la ignorancia. No hay nada más irritante que leer esas críticas que ensalzan o condenan A UN DIRECTOR porque tal personaje es estupendo y está bien desarrollado, o cual trama es nefasta, mal planteada y mal resuelta. Nos produce impotencia, indignación y un notable cabreo seguir leyendo esas majaderías por los siglos de los siglos. Este director es estupendo porque mira qué historia más chula… cuando, generalmente, el director es alguien contratado por el productor, exactamente igual que el guionista, para sacar adelante un proyecto. Y (generalmente, insisto) no tiene NADA que ver con esos personajes o esas tramas o esos profundos conflictos psicológicos. ¿No es terrible que casi nadie recuerde los maravillosos guiones de Billy Dios Wilder hasta que se ató los machos y empezó a dirigirlos él mismo? Los anteriores, a veces tan buenos como los clásicos que recordamos, han pasado a la historia como películas de fulanito o menganito, el director de turno que tocaba en cada caso.
 

Joseph B. Macgregor y Anika

Anika agradece personalmente la ayuda de Joseph B. Macgregor, que hizo casi toda la entrevista, de Víctor Clavijo, que fue el amigo que me puso en contacto con Jaime.... y a Jaime por ofrecerse a la entrevista.

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