CRITICAS DE CINE
LA GRAN AVENTURA DE MORTADELO
Y FILEMON
Por Migue Muñoz |
Ya sabemos que la sensación
rotunda de divertimento lúcido, surrealista, de castiza y bizarra
casposidad retratada en un envoltorio de eterno clásico nostálgico,
mordaz y universal de la obra de Francisco Ibañez, lo podemos
hallar siempre que lo busquemos en sus fabulosos trabajos o a partir de
ahora, en el magistral ejercicio cinematográfico que aúna
sinceridad y sentimiento autoral con multirreferencias artísticas,
como el que acaba de estrenar en toda España (y no será muy
difícil que sea exportado con éxito) Javier Fesser.
Esta sensación de estímulo
único se percibirá en tales localizaciones de dos y tres
dimensiones respectivamente, fundándose con ello unas relaciones
de contigüidad aplastantes entre las dos ideas (era tan complicado
la recreación en una pantalla de las aventuras de tales personajes
de tebeo) que parten de una sinfonía similar –Fesser ya dejo claro
en sus anteriores trabajos para la atenta mirada de los más avispados
que su mundo era el idóneo para reformular el del mejor tebeo nacional-
aconteciendo seguramente al inicio de una saga (queremos más aventuras
tan grandes como ésta de Mortadelo y Filemón que estén
realizadas por Fesser y su equipo) y a la consagración de un director
tan personal y creativo como el autor de “El milagro de P.Tinto”.
El disfrute de esta artesanía
pura del arte del humor se tronza en una estructura tan convencional, pero
en este caso más que funcional, como la clásica presentación,
nudo y desenlace, que no pierde ápice de un clímax envolvente
a lo largo de todo el metraje. La partición trifásica consigue
un inicio que ya por sí solo sacia todas las expectativas creadas;
un
desarrollo que obviamente tiene que bajar un poco el ritmo frenético,
pero en el que ni se asoma, ni mucho menos, el tedio o la bajada preocupante;
y unos minutos finales que son la apoteosis surrealista de toda la historia
y el festín orgiástico que forma la totalidad de la película.
La cual nos regala un Mortadelo insuperable en carnes de esa sorpresa reveladora
que es Benito Pocino (extasiándonos con los disfraces y los
cambios en los registros de voz); un Filemón que tampoco desentona
y además encandila igual que en el tebeo; una interpretación
memorable de la gran María Isbert como madre de este último
con un sarcástico humor “hijoputa”; un Dominique Pinon en
el importante papel de Fredy Mazas que destila un buen hacer y un desparpajo
increíble, dada la dificultad de no hablar perfectamente castellano,
que resulta de lo mejor de “La gran aventura...”; y en general toda una
tropa de actores que se adaptan perfectamente a las coloridas y festivas
viñetas de la chabacanería, la ingenuidad, y la astracanada
de la obra de Francisco Ibañez.
Los magos del humor reunidos nos
hacen mirarnos en nuestro propio ombligo para darnos cuenta de nuestro
propio patetismo tanto pasado, presente y futuro. Encendiéndose
una nueva luz en la comedia del cine español, que aúna los
elementos propios de nuestra cultura (incluso aquella tan amada como odiada
de la época del destape, o la “del Ozorismo y el Lazaganismo”) y
que con una impronta autoral y muy bien facturada da un paso hacia delante,
el cual los Torrentes actuales no habían dado.
Por Migue Muñoz
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