ARTICULOS
de ANIKA CINE.
Cine sin orejeras: UNA DEL OESTE
Manuel Márquez |
Siempre fueron los principios de
año (o, al menos, así lo establece el tópico) tiempos
propicios para la formulación de los mejores deseos, o, para ser
más exactos, de los más esforzados propósitos de enmienda:
y me refiero al abandonar hábitos perniciosos, o adoptar hábitos
saludables, o emprender esos retos con los que nunca nos terminamos de
atrever. Este año no he pretendido ser excesivamente ambicioso (es
decir, no me ha planteado dejar de fumar, ni dejar de pasarme con la bollería,
ni hacer deporte con regularidad, ni empezar algún curso sobre la
cría del bonsai en Jamaica...), y la meta que me ha fijado es la
de superar una asignatura que tengo pendiente desde que me nació
la pasión por el cine, una vieja deuda que creo mantener con un
género tan genuinamente cinematográficamente como es el del
oeste (el western, para amantes de la expresión en su lengua original
–o para esa legión de críticos entre la que tanta fortuna
ha hecho esa fórmula del "western urbano", sobre cuya composición
ni me entero ni creo que lo consiga en la vida...-).
Y es que, amigos lectores, este humilde
escribiente ha visto, a lo largo de su vida, pocas, poquísimas películas
del oeste. Y no por ninguna cuestión vocacional, o voluntaria (al
menos, en su totalidad), sino por una singular mezcla de circunstancias
y querencias.
Las circunstancias, fundamentalmente
cronológicas: cuando el género se hallaba en su máximo
apogeo –años 40 y 50-, aún no había nacido. Ahora
bien, durante mi infancia y primera juventud, sí que era muy habitual
la exhibición televisiva de películas del oeste, así
como su reposición en cines de barrio y de verano; el problema es
que yo era un devorador canino de libros, y las imágenes en movimiento
(ya fueran en pantalla grande o pantalla pequeña) me traían
bastante al fresco. O sea, que otra oportunidad perdida. Cuando sí
empecé a aficionarme al cine, a partir de los primeros ochenta,
el género se hallaba pasando, en cuanto a creación, una de
sus crisis más agudas (si me apuran, se hallaba, igual que a día
de hoy, prácticamente extinguido, si obviamos ciertos episodios
puntuales, que más cabe considerar testimonios epitáficos
que inyecciones revitalizadoras...), y, en cuanto a exhibición,
las cosas tampoco andaban mucho mejor. Como ven, crudo, crudo, crudo...
Pero, claro está, más
allá de tales circunstancias, también juegan las querencias;
porque, evidentemente, hoy día, en estos tiempos que corren de DVD’s
rutilantes y vídeos omnipresentes, cualquier carencia cinéfila
se puede suplir acudiendo a la cornucopia del mercado, o rastreando con
un mínimo de diligencia en esa jungla de canales digitales, por
cable e hierbas similares. Y aquí ya nos topamos con que uno, quiera
que no quiera, prefiere otros géneros, otros estilos, otros tendencias
y, a la hora de escoger, siempre termina eligiendo otras películas.
Conclusión: que hay un montón
de maravillosas pelis del oeste (creo que a pocas les cuadra más
y mejor el apelativo de "pelis" que a las del oeste...) que no he visto
y que este año, casi con toda seguridad, y salvo fuerza mayor, me
"echaré al coleto" tan ricamente... De hecho, mis papilas cinéfilas
están ya cercanas al estado "perropavloviano" pensando en títulos
del calibre de La diligencia, Centauros del desierto, Solo
ante el peligro, Río bravo, El hombre que mató
a Liberty Balance... y un sinfín de ellas más: si quienes
entienden, porque conocen bien el paño, las califican como obras
maestras del cine (así, sin "apellidos" genéricos...), algo
de razón deben llevar (yo, al menos, les tengo bastante fé
al respecto).
Y es que, como bien decía
un compañero de una lista de cine en relación con las carencias,
o lagunas, cinéfilas –en una apreciación que comparto al
cien por cien, motivo por el cual me tomaré la libertad de tomarla
prestada para la ocasión-, no creo que las mismas deban ser motivo
para lamentaciones o fustigamientos (si así fuera, les puedo asegurar
que, en mi caso, las profundidades luciferinas del averno no serían
suficientes para la magnitud del castigo que merecería, tan oceánicas
son esas lagunas, y no sólo en el género del oeste, sino
en todos cuantos pueblan la producción cinematográfica universal...),
por aquello que no se ha disfrutado y no se conoce, sino más bien
ocasión para el gozo profundo y la felicidad exultante, ante la
maravillosa perspectiva de cuánto bueno y bonito quedan aún
por disfrutar y conocer. Ésa es, al menos, la perspectiva con que,
de corazón y con toda franqueza, asumo tal circunstancia ( y es
que dicen que el que no se consuela, ya saben...).
Las llanuras de Monument Valley (o
del desierto de Tabernas, que tanto da en alguna que otra ocasión...),
las cabalgadas inagotables de los vaqueros, los ataques salvajes de los
sioux, los nacimientos de un romance a la luz de una fogata mortecina,
las borracheras del saloon (¿era con dos "o", no?....); tocará
hacer balance al final del año, pero, visto así a priori,
¡¡¡qué bien, qué bien que me lo voy a pasar...!!!
Manuel Márquez
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