MAGAZINE ANIKA CINE
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REQUIEM POR UN SUEÑO II. Continuación
David Pelegrín

Este artículo se centra en el análisis del otro hilo argumental de la película, es decir; la historia de Sara (Ellen Burstyn), madre de Harry.

Es una mujer normal, que; tras la marcha de su hijo, vive sola. Tiene una existencia bastante común y rutinaria, no hay nada que destaque demasiado. Se dedica a pasar el tiempo viendo televisión, en especial un concurso que le encanta, y hablando con sus amigas y vecinas. Pero algo va a cambiar su manera de ser de forma irrevocable, la mecha se enciende con una llamada telefónica, que suele de propaganda, pero que ella se toma muy en serio, que le ofrece la posibilidad de cumplir su sueño más preciado, que consiste precisamente en tener la oportunidad de participar en ese concurso que tan de cerca sigue. Sara pasa a ser inmediatamente, al igual que sucede con muchos famosillos de medio pelo, el foco de atención de todo el barrio. Ella está en una nube, por fin la gente va a apreciar cuan buena y cuan agradable es. Y es que estamos en una sociedad en la que la televisión es, en muchos casos, desgraciadamente; una droga, un veneno muy peligroso, donde los valores más apreciados son la popularidad, el protagonismo y la fama a cualquier precio, sea por el motivo que fuere, de hecho el motivo es lo de menos.

Sara quiere salir muy bella para la gran ocasión, uno de los más grandiosos momentos de su vida, para ello tiene un traje rojo, que le gusta mucho, pero que ya no le está bien, así que decide ponerse a dieta. Por otro lado, una amiga suya se le ofrece para arreglarle el pelo, y lo que consigue es destrozarle el peinado, cambiarle el que tenía por otro de color naranja, supuestamente a juego con el vestido. La dieta del pomelo es inaguantable, Sara no soporta pasar hambre, está de suerte, ya que le recomiendan un médico especialista en este tipo de casos, así que pide hora, y éste le proporciona tratamiento a base de un determinado tipo de pastillas para cada momento del día, lo mejor de todo es que puede comer lo que quiera y en la cantidad que desee. La diosa fortuna le sonríe, lo que no sabe, es que esos supuestos medicamentos, son en realidad anfetaminas y somníferos, un cóctel explosivo que le estallará cuando menos se lo espere. Y este es otro punto terrible, el culto al cuerpo, el tener que parecerse a unos cánones de belleza, dictados por los anuncios, que suponen un calvario en muchos casos.

Pasa el tiempo, y la televisión no parece recordarle. Se está impacientando. Ya cabe en el dichoso traje, pero el precio es alto, su aspecto es cada vez más deprimente, pero no sólo eso, sino que su estado mental está degenerando a la par que su cuerpo adelgaza, esto se demuestra con una escena tan patética en su contenido como formidable en su rodaje, en ella se muestra a Sara, contemplándose en el espejo, con el vestido puesto, y maquillada para la ocasión, se imagina en el programa, ella es la estrella, pero el espejo, cruel; le devuelve una imagen que no ve, una imagen en la que no es más que una sombra de lo que fue, el maquillaje, mal trazado gracias al poco pulso que conserva es grotesco, oculta un rostro que antaño fue apacible, y ahora es tan triste como lamentable.

Y es que las pastillas poco a poco dejaron de hacerle efecto, y tuvo que irse aumentando la dosis, aunque ya había adelgazado lo suficiente, ya estaba tan ligada a ellas, que no le fue posible dejarlas, entraron a formar parte de su vida, tan cambiada ahora.

Al no recibir llamada alguna, decide ir ella misma al plató, finalmente será famosa entre sus vecinas, pero no imagina de qué manera.
 

David Pelegrín

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