ARTICULOS
de ANIKA CINE.
CINE SIN OREJERAS: MITOS Y LEYENDAS
Manuel Márquez |
El estreno, hoy, de la última
entrega de la trilogía tolkieniana, El retorno del rey, en
un ambiente de expectación inusitada y con una atención mediática
y popular más allá de cualquier referente habitual, vuelve
a poner sobre el tapete de la actualidad la vigencia de los mitos y sagas
de carácter fantástico, que tan sabroso juego vienen dando
en los últimos tiempos, tanto desde el punto de vista meramente
artístico como (muy especialmente) desde el económico (y
sólo hay que echar una rápida ojeada a las cifras de recaudación,
en todos los soportes y líneas de producto, de la saga galáctica
de Lucas, o del cuasimetafísico invento de los Wachowsky &
Silver que atiende a la etiqueta Matrix, para comprobarlo).
Ya sea en un plano terrestre o extraterrestre;
ya sea con antecedentes literarios o como creación específica
para el medio cinematográfico; ya sea con elementos más o
menos cercanos a nuestra realidad física cotidiana; lo cierto y
evidente es que estas sagas generan una capacidad de fascinación,
y arrastran un volumen de público con un grado de entrega y (casi)
devoción (es decir, que no estamos sólo ante un fenómeno
de significación cuantitativa, sino también cualitativa),
de tal calibre, que no pueden por menos que sorprender a aquéllos
(entre los cuales me incluyo, sin pena ni orgullo, dicho sea de paso) a
quienes estos eventos dejan más bien fríos.
Y de la sorpresa, surgen las cuestiones
y los interrogantes: ¿dónde está el quid de ese deslumbramiento?
¿qué elementos pueden concitar tal grado entusiasta de seguimiento?
Porque resulta evidente que, más allá de los aspectos promocionales
y mercantiles del asunto (innegables, y con una influencia que me supongo
puede ser medible con un alto grado de precisión: doctores tiene
la iglesia que a ello se estarán aplicando con fruición...),
tiene que haber algo (aquello que decía el dicho sobre lo del agua
cuando la bendicen...).
Sin pretender entrar en análisis
sesudos, para los cuales carezco del tiempo, el espacio y los conocimientos
necesarios (y que, además, es un rubro que está perfectamente
atendido por toda una legión de especialistas a cuyo diagnóstico
es preferible acudir), a mí sólo se me ocurre avanzar, en
un plan muy esquemático (y más bien de andar por casa...)
dos posibles líneas de comprensión del fenómeno, entre
otras muchas posibes, y no sé si complementarias o contradictorias:
la terrenal y la ultraterrenal.
Me explico. La terrenal caminaría
por la vía de la identificación de los seres y situaciones
que pueblan y desarrollan el mito en cuestión con seres y situaciones
de nuestra vida cotidiana, de cuyos arquetipos constituirían el
trasunto fantástico, pasado por el tamiz de la imaginación
de su creador: en ese juego de asociación de los elementos del mito
con sus correspondientes roles de la vida real, en esa búsqueda
de los simbolismos (más o menos ocultos, más o menos explícitos)
que la creación fantástica genera y evoca, puede encontrarse
una motivación más que poderosa para que nuestras neuronas
se entreguen a un divertimento tan lúdico como estimulante, y que,
llevado a un grado extremo (en la medida en que se empiezan a encadenar
juegos de relaciones sin tasa ni medida, en la búsqueda de ese "grial"
de los significados más profundos), puede llegar hasta lo adictivo.
En cuanto a la explicación
ultraterrenal, incidiría en una línea antitética a
la anterior: no se trataría de buscar las concomitancias y relaciones
de la saga con el mundo real, sino, bien al contrario, de utilizarla como
campo de inmersión, territorio en el que se nos abre la posibilidad
de escaparnos de las ataduras que nos impone nuestra existencia (aburrida,
convencional, rutinaria: añádanle cuántos adjetivos
peyorativos en ese sentido quieran...) para introducirnos en un mundo tan
irreal como fascinante, y en el que nuestra imaginación puede soñar
con nuevos sentidos, nuevas relaciones causa-efecto, nuevas posibilidades;
en definitiva, otra cosa (y entiéndase la expresión otra
cosa en el sentido más amplio que dársele pueda), y una aspiración
humana tan antigua como la humanidad misma, ésa de huir de lo que
nos atenaza para poder volar, aunque sea con las alas atadas a tierra...
Sea una, sea otra; sea cualquiera
de las otras mil y una posibles... en cualquier caso, he de reconocer que
siento una cierta envidia (tan sana como cochina...) ante el tremendo entusiasmo
con que sus seguidores acogen cada nueva entrega, ya sea literaria, ya
sea cinematográfica, de sus mitos favoritos, y que, dejando a un
lado friquismos exagerados (con más pose que fundamento) o seguidismos
poco reflexivos (más atentos a la moda del momento que a una querencia
real), me parece digno de todo respeto y, si cabe, admiración. Me
consta que eso es lo que nos perdemos aquellos que tenemos un apego prioritario
a historias más a ras del suelo, más cercanas a nuestra existencia
de todos los días, con menos elfos y más tripa: ni mejores
ni peores, simplemente diferentes....
Y, por supuesto, mi más sincera
enhorabuena a todos cuantos disfrutarán (o, cuando estas líneas
se vean publicadas, habrán ya disfrutado) de esa El retorno del
rey que, desde todos los frentes, se viene calificando como extraordinaria
película: la ocasión es bien propicia y digna de ser aprovechada
sin el más mínimo reparo ni cortapisa, que no todos los años
habrá ocasión de catar tan exquisito manjar como banquete
navideño... Por cierto, amigos lectores, y aprovechando la coyuntura,
ya saben, feliz navidad y que pasen unas fiestas excelentes: o sea, vean
muchas películas, no se arrepentirán...
Manuel Márquez
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