ARTICULOS de ANIKA CINE.
CINE SILENTE
Manuel MárquezUna lengua rica en vocabulario, como la nuestra, nos permite –casi siempre- recurrir a opciones y alternativas para designar la realidad que nos circunda. Y aunque no soy nada amante de los barbarismos (siempre he preferido una nueva versión a un remake, y un taquillazo a un blockbuster; y así, suma y sigue...), he de reconocer que, en este caso, me resulta mucho más sugestiva y sugerente una palabra muy cercana a su originaria inglesa (silent) -evocatoria de algo tan mágico como el silencio-, que la que tradicionalmente se utiliza (mudo) –que más parece aludir a un defecto, una carencia-, para calificar a ese cine privado de palabra, ese cine insonoro, que llena la historia de este invento hasta la irrupción del sonido, en las postrimerías de la decada de los veinte del siglo pasado.
Y es que al cine, como a los bebés tranquilotes, le costó trabajo arrancar a hablar, y, cuando lo hizo, no lo fue sin reticencias y dudas: aunque pudiera parecer que se trataba de una evolución expresiva (posibilitada por los avances técnicos, obviamente) lógica y natural, hubo, en su momento, quien no lo vio tan claro. Y no me refiero a todos aquellos que, con la irrupción del sonoro, perdieron su sitio estelar en el firmamento que por entonces refulgía: siempre es previsible, y natural, la queja del perjudicado (esa estrella de presencia física poderosa, pero voz atiplada; o ese director que no supo adaptarse a los nuevos requerimientos del sistema).
Me refiero a voces bien autorizadas (quizá, como exponente más señero y significativo, la del maestro más grande de su tiempo, Chaplin: tardó en incorporarse al carro del sonoro), tanto de creadores como de críticos (una crítica que, aun balbuceante, ya empezaba a abandonar un perfil gacetillero para ir ganando en profundidad analítica) que no tuvieron empacho alguno en proclamar que el sonido, lejos de sumar, restaba, desde el punto y hora en que "competía" con la imagen y hacía perder a ésta su pureza –como elemento sígnico único- a la hora de definir y perfilar el lenguaje cinematográfico.
Sin pretender negar la posible fundamentación teórica que tales posturas, quizá un tanto extremas, puedan tener, hoy día es innegable que, desde un punto de vista práctico, la misma no es sostenible, dado el nivel de desarrollo alcanzado por la técnica cinematográfica y la depuración que el lenguaje fílmico ha llegado a obtener. Y más obvio aún resulta que, lejos de episodios más experimentales y anécdoticos que de otro cariz (por ejemplo, hace un par de años, el cineasta finlandés Kaurismaki hacía una película muda que más suponía un homenaje inconfeso a los modos y maneras del viejo cine que un film sujeto a modos narrativos actuales), hoy día no hay cabida para un cine totalmente privado de sonido.
Aún así, y como decía aquel, que nos quiten lo bailao...: ahí tenemos ese ingente corpus de cine realizado desde los ancestros, allá por finales del siglo XIX, hasta esos años finales de los felices veinte, del cual, y gracias, sobre todo, a esa pequeña maravilla circular que responde al nombre de DVD, podemos disfrutar, afortunadamente -y pese al inmenso volumen de material que, por desgracia, ya se ha perdido sin posibilidad alguna de recuperación, y entre el cual, a buen seguro, habría más de una obra grandiosa-, y, dentro del mismo, se puede hacer mención, sin necesidad de ningún esfuerzo importante de apelación a la memoria, de toda una pléyade de verdaderas obras maestras, fruto de la creación de auténticos monstruos pioneros del arte de contar historias a través de la captura de imágenes por una cámara a veinticuatro fotogramas por segundo –y que supieron hacer, gracias a su inmenso talento, de la necesidad, virtud; y de la carencia, un acicate-: Griffith, Murnau, Chaplin, Lang, Eisenstein, Browning, Gance, Lloyd... ¿Algo que envidiar a cuántos genios les sucedieron en ese mismo arte, y que pudieron contar con el aditamento del sonido para sus imágenes? Supongo que no...
Ante tal constatación, sólo sería deseable que, vía DVD aparte, hubiera más posibilidades de acceder a esas obras maestras, cuya difusión pública se encuentra tremendamente restringida (no es el único tipo de cine aquejado del mismo mal, desde luego...): en sala oscura y pantalla grande, fuera del ámbito de filmotecas y cineclubes y de alguna que otra reposición de carácter celebratorio u onomástico en salas comerciales, se hace prácticamente imposible; pero la situación no es mucho más halagüeña en el ámbito televisivo, donde, salvo muy esporádicas emisiones en canales temáticos (de pago, por supuesto) o culturales (vaya desde aquí mi felicitación y reconocimiento a los responsables del canal francoalemán Arte: todo un ejemplo a seguir...), nos encontramos en las mismas. Toda una lástima, en la medida en que supone la imposibilidad de acceder a un material de primerísima calidad, y, además, imprescindible -en muchos casos- si lo que pretendemos es hacernos cabal idea de lo que ha sido la evolución del séptimo arte desde sus inicios. ¿Alguien concebiría un conocimiento de la evolución de la literatura española sin leer a Cervantes, Quevedo, Lope o Garcilaso? Complicado, ¿no? Pues aplíquese, mutatis mutandis, al ámbito del arte cinematográfico.
De todos modos, no vayan a concluir, de lo antedicho, que el cine silente sólo ofrece un material de interés para cinéfilos y estudiosos: cuando hablo de material de primerísima calidad, me refiero a películas que, dentro de los más variados géneros y estilos, nos pueden transmitir la misma emoción y diversión que la más actual y ultramoderna de las nuevas realizaciones, plagada de efectos sonoros espectaculares. Y les cuento una batallita: tuve la ocasión de asistir, hace tres años, y dentro del ciclo que el Festival de San Sebastián dedicaba al cineasta estadounidense Frank Borzage, a una proyección de su película The first year (El primer año), una encantadora e ingenua comedia de enredo, con acompañamiento de música de piano en vivo (algo que, tanto por lo delicioso como por lo inusual, te transporta a otra época de tremenda manera); les puedo asegurar que fue una experiencia, más allá del topicazo, ciertamente imborrable, y, cuando la recuerdo, aún se me dibuja una suave sonrisa en la comisura de los labios; exactamente la misma de esos besos furtivos, silentes, que la pantalla reflejaba... Si tienen ocasión, no la desaprovechen, les puedo asegurar que la experiencia merece la pena; ¿la de los besos? También, también...
Manuel Márquez
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