ARTICULOS
de ANIKA CINE.
KATHARINE HEPBURN. Recuerdos
póstumos para la ·Reina de Africa·
Por Jose Arroyo |
En esta mi primera colaboración
en esta prestigiosa web de cine, cosa que me honra, lamento que lo tenga
que hacer para escribir sobre una de las más grandes, brillantes
y excelsas actrices de cine de todos los tiempos y que falleció
el pasado día 28, donde había nacido, en un pueblecito del
estado de Connecticut, (EE.UU), hace 96 años.
Como ya habrá advertido
el avispado lector, me estoy refiriendo a la andrógina, feúcha
y desgarbada Katharine Hepburn, de la que no voy a hacer una
necrológica al uso, ya que no es mi estilo ni sirvo de “enterrador”,
sino que trataré, con mayor o menor fortuna, de poner énfasis
en algunas curiosidades, amores y desamores, anécdotas, etcétera,
de la actriz que ha conseguido ganar, y acaso llevar a su tumba cuatro
Oscar, hecho insólito, ya que solamente ha sido ella la única
en merecerlos en la historia del Séptimo Arte.
NACIDA PARA SER ACTRIZ
Katharine, nacida en 1909 (aunque
algunos biógrafos apuntan 1907), en Hartford, cuyo primer apellido
era Houghton, hija de un prestigioso dentista, de origen irlandés,
y de una enaltecida sufragista, ya debutaba a los tres años en los
espectáculos feministas que organizaba su madre. Con el paso del
tiempo, su padre no veía con buenos ojos que Katharine se dedicase
a esta “vida de disipación y lujuria” y la mandó a la Byrn
Mawr University, donde estudió Física, aunque, dado su carácter
rebelde, abandonó la carrera, para dedicarse a lo que su madre le
había imbuido de muy pequeña: el teatro. Secreta, voluntariosa,
brusca, decide ser actriz, cuando solamente contaba con 19 años.
Pero su carácter testarudo e impetuoso no le facilita
las cosas, yendo de fracaso en fracaso. No obstante, cuando llega a actuar
en Broadway la crítica y el público la alaban hasta el punto
de que los estudios R.K.O. la contratan para hacerla debutar como protagonista
en la película “Doble sacrificio” (1932),de George Lucas,
teniendo como “partenaire” a John Barrymore. Con el orgullo y coraje que
la iban a caracterizar toda su vida, mantuvo su papel dignamente e hizo
de esta su primera interpretación en la gran pantalla un triunfo
personal y una estruendosa revancha hacia los infortunios que pasó
en el teatro, aparte de hacerse amiga del director, con quien, más
tarde rodaría muchísimos más títulos.
Comenzaba a emerger su irrespetuosa
forma andrógina. Por los estudios, antes del rodaje, viste pantalones
y se calza unas simples sandalias, teniendo que hacer frente a una
sociedad que resaltaba la feminidad, las curvas, la “femme fatale”.
En sus siguientes interpretaciones, sin embargo, Katharine va a ser un
poco la jovencita simbólica, alternando las heroínas enérgicas
y modernas, con las delicadas interpretaciones al estilo de la novela rosa.
El tiempo, como casi a todos, le
va a dar la razón a nuestra heroína. Ahora nos vemos afectados
a la vez por el modernismo de su estilo y de su actuación, y por
la novedad total de su belleza de elfo farsante, todo asperezas y ángulos.
Para Cukor, ella era la inolvidable Jo de “Las cuatro hermanitas” (1933),
casi un muchacho pero más mujer que las coquetas de sus hermanas.
Para Lowell Sherman, representaba el atrayente retrato de una joven
advenediza en “Gloria de un día” (1933),que le proporciona su primer
Oscar, cuando contaba solamente 24 años.
No obstante, la carrera de Katharine,
en sus comienzos, estaría salpicada de éxitos y fracasos.
En el año 1935, el triunfo en “Sueños de juventud”, de G.Stevens,
donde encarna a una joven provinciana modesta atrapada en la cruel trampa
del juego social, consiguiendo hacer la interpretación más
reveladora de la década. El fracaso viene de “La gran aventura de
Silvia”, magnífico híbrido en el que la comedia americana
se entreteje con la Inglaterra de Charles Dickens. En la cima de su arte
y de su esplendor, Katharine, deliciosamente travestida de muchacho, con
el sombrero sobre el ojo y el pelo corto, hace un brillante papel, pero
la crítica y el público no la aceptan y las pérdidas
económicas son enormes, por lo que vuelve, tras rodar otros filmes,
como la alocada “La fiera de mi niña”, a reconquistar su gloria
en el teatro.
En 1940 regresa a Hollywood, con
su gran éxito teatral, “Historias de Filadelfia”, del que con justicia
se guardó los derechos de adaptación. Comenzaba su reinado
como superestrella de la MGM. Brillante, sofisticada, de una voz alta mantenida,
pero los ojos vulnerables y llenos de emoción, daba a su feminismo
elegante y alegre un estilo propio y mucho encanto. Fue entonces cuando
surgió la idea de ofrecerle como compañero de reparto a Spencer
Tracy, en “La mujer del año” (1942), de G. Stevens. Un encuentro
privilegiado tanto en la vida real como en la pantalla, que dio lugar a
la creación de una de las parejas más bellas del cine. Desde
esta primera participación conjunta, el equilibrio entre ellos se
hizo evidente y esplendoroso: los nervios, los ataques repentinos y los
excesos de Katharine venían a romperse como las olas contra la solidez,
la calma olímpica y la serenidad de Spencer.
En la vida real, los dos vivieron
juntos hasta la muerte de Spencer Tracy, ocurrida en 1967. No llegaron
nunca a casarse debido a que él lo estaba desde 1922 con Louise
Treadwell, y como era católico, no llegó a admitir el divorcio
con su esposa. Ella, por su parte, había contraído nupcias
con Ludlow Ogden Smith, en 1928, hasta 1934, aunque biógrafos acreditados
apuntan que Katharine se separó de su esposo a los 21 días
de la boda.
El seguir relatando la vida profesional
de nuestra protagonista sería reincidir en lo que aquí queda
reflejado. Míticos títulos, amén de otros no tan brillantes,
adornan una filmografía donde se agolpan cientos de títulos,
desde el primero, ya mencionado, “Doble sacrificio”, (1922) hasta el último
“Un asunto de amor” (1994), de Glenn Gordon Caron, aparte de sus geniales
dotes de actriz de teatro, televisión, así como de escritora,
faceta ésta de la que ya escribiré a continuación.
Nos ha dejado, pues, una estrella
rutilante, de prestigio, de personalidad innata. Con la muerte de Katharine,
aunque ya hacía tiempo que la habíamos perdido, se nos va
un símbolo, una mujer nacida para ser actriz, pero con el añadido
de excelente y sublime.
De todas formas, no la perderemos
para siempre. Un agudo y clarividente periodista francés escribió
lo siguiente: “Las personas ya nunca morirán, las podremos seguir
viendo siempre vivas”, después de ver la primera película
que oficialmente presentaron los hermanos Lumière el 28 de diciembre
de 1895, en los bajos de un café de París. Así, pues,
a nuestra heroína de hoy la podremos seguir viendo VIVA hasta que
a nosotros nos llegue la muerte.
ANECDOTARIO
Ya he dejado anotado que Katharine
cultivó varios géneros, aparte del que la hizo famosa en
todo el mundo. Tal es el de escritora, destacando en esta faceta
tras el rodaje de “La reina de Africa”, (1951), de John Huston, que la
motivó para publicar el libro titulado “Cómo fui a Africa
con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la razón”, de rico contenido
y bien explícito de lo ocurrido durante el rodaje de dicha película.
También hizo incursiones en
el mundo de la canción, en la década de los cuarenta, cuando
la Metro Goldwyn Mayer inició una campaña para lanzar discos
cantados por sus estrellas. La Hepburn también se unió a
las actrices cantantes interpretando canciones de Cole Porter.
Y sigue la lista de sus aficiones:
en su juventud ganó varios trofeos nacionales por su habilidad en
el patinaje artístico.
Fue objeto de la famosa “Caza de
Brujas” y las conservadoras a ultranza emplearon su peor veneno contra
ella, así como para otros genios como Bogart, Orson Welles,
Charlie Chaplin, Greta Garbo y otros.
Ya está comentado ampliamente
su carácter, pero para mejor definirlo, en el libro de Juan Pando,
“Hollywood al desnudo”, se apunta lo siguiente: “Katharine Hepburn espera
a terminar “De repente, el último verano” (1958) para expresarle
todo su odio al director Joseph Mankiewicz. El cineasta se había
pasado todo el tiempo humillando a Montgomery Clift, arruinado por el alcohol
y las drogas. Tras filmar la última escena, Hepburn le preguntó
a Mankiewicz de que si estaba seguro de que ya no iba a necesitar para
nada más a Clift y a ella. Cuando el director le confirmó
que no, con todo el equipo de rodaje delante, le escupió en la cara”,
MI PELÍCULA FAVORITA
No podría acabar mi primera
modesta colaboración en esta prestigiosa web de cine, sin citarles
que mi película de Katharine Hepburn, respetando todos los criterios,
es “La reina de Africa”,una de las mejores películas de Huston que
hizo muchas muy buenas. Con una peculiaridad: si el fracaso de los protagonistas
es una tradición en el cine de este director (tesoros, coronas,
botines, proyectos...) suelen esfumarse al final de la aventura, constituyendo
una particular épica del fracaso, ésta tiene un final feliz.
El rodaje de la película generó
su propia mitología y hay libros y película que lo cuentan.
Entre los primeros, ya queda dicho que hay uno firmado por la genial actriz.
Pero no importa no saber que Huston se ocupó menos de la cámara
que de intentar cazar un león, o que Bogart sólo bebió
whisky, incluso para lavarse los dientes, para disfrutar de un duelo interpretativo
de primera magnitud: el de Bogart, (Charlie Allnutt), un aventurero solitario
y borrachín, y Hepburn, (Rose Sayer), una solterona inglesa, estirada,
beata y hermana de un pastor metodista, dos seres opuestos que acabarán
encajando y transformándose.
Desde el primer momento se sabe que
se van a enamorar. Pero es un espectáculo impagable asistir al proceso
mientras esquivan balas enemigas y bajan los rápidos de un río
africano. En el camino, él pierde varios litros de ginebra y ella
descubre emociones de una intensidad casi sexual. Como siempre, el viaje
es también interior. A ella le aflora una personalidad propia, tras
haber estado eclipsada por la de su hermano, rígido misionero protestante,
cuya fugaz aparición no se olvida, sin embargo, fácilmente.
Y él debe reconocerse menos duro de lo que pensaba y vulnerable
hasta la cursilería, aunque también con unos recursos inesperados,
estimulado siempre por el terco empeño de ella en salir adelante.
De “La reina de Africa” se puede
decir lo que Borges afirmó de Stevenson, que es una forma de felicidad.
Se termina de verla con una eufórica sensación de alegría
y placidez, agarrada todavía la memoria a escenas como la de los
dos protagonistas arrojando minúsculas maderitas a una caldera desproporcionada,
o a frases como las de Bogart asegurando que lo que más odia en
el mundo son las sanguijuelas.
Título espléndido que
volveré a visionar en cuanto ponga punto final a este trabajo. YA.
Jose
Arroyo
[volver
a índice de artículos]