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de ANIKA CINE.
CINE INDEPENDIENTE A LA ARGENTINA
Milagros Barberis |
Año 1997. Costa del Río
de La Plata, Buenos Aires, Argentina. Un gran plano general se aleja paulatinamente
de la orilla bonaerense al ritmo del buque que acaba de zarpar. La figura
de un joven acurrucado en posición fetal se hace cada vez más
pequeña. De fondo, la ronca bocina de la embarcación se mezcla
con la radio del patrullero que, interferencia mediante, reporta que se
ha producido el deceso del masculino. El buque, la cámara, se sigue
alejando. Es el final de Pizza, Birra y Faso, la película
dirigida por Adrián Caetano y Bruno Stagnaro considerada
punto de inflexión en el cine argentino. ¿Se trata del nacimiento
del “cine independiente” en Argentina?
Para responder a esta pregunta es
preciso entender a qué se denomina cine independiente (¿independiente
de qué o de quién?); cuáles son sus orígenes
y características distintivas y quiénes son sus principales
referentes en los Estados Unidos, meca de la industria cinematográfica.
Un modesto raconto
La historia de los “independientes”
pioneros se remonta a la primer década del Siglo XX cuando un grupo
de productores y exhibidores, cansados de los controles del monopolio encabezado
por Edison, abandonaron Nueva York y se instalaron en un suburbio de los
Ángeles para realizar sus propias películas.
Las flamantes organizaciones se denominaron
Independent Motion Picture Distributing and Sales y la Greater New York
Film Company. Entre los integrantes de estos grupos de encontraba Adolph
Zukor (quién fundará la Paramount); Carl Laemmle
(creador de la Universal), Wilhelm Fuchs (fundador de la
Fox); los hermanos Warner (Warner Bros.) y Marcus
Loew quien, junto con Samuel Goldfish, darán nacimiento
a la Metro-Goldwyn-Mayer.
La premisa de los independientes
(en su mayoría inmigrantes judíos de Europa central) era
mejorar la calidad de los filmes, para lo cual absorbieron actores, directores
y técnicos del trust Edison ofertándoles mejores salarios
y reconocimientos inmediatos.
Después de la Primera Guerra
Mundial, y como si se tratara de una ironía del destino, quienes
surgieron al margen de los estudios dieron lugar a un monopolio mucho más
rígido que el conformado por los newyorkinos. Se trata del imperio
conformado por Hollywood que, hasta el día de hoy, constituye el
icono utilizado para designar a la contra cara de aquellos realizadores
considerados independientes.
Más historias con menos
plata
Sin lugar a dudas el desarrollo del
cine independiente tiene dos principales aristas: por un lado las fuentes
de financiamiento y, por el otro, las temáticas que aborda. Estos
dos aspectos tienen estrecha relación entre sí porque, al
no contar con las presiones de la industria, los realizadores tienen mayor
libertad para emplear recursos estilísticos y para contar todo tipo
de historias.
El origen de este tipo de filmes
debe rastrearse a comienzos de la década del ’30 cuando la Gran
Depresión disminuyó la concurrencia a las salas. Frente a
esta realidad los estudios decidieron desarrollar el cine clase B, de bajo
presupuesto, con rodaje breve y actores desconocidos.
A su vez algunos realizadores como
Jacques Tourner, Joseph H. Lewis, Edgard Ulmer y Samuel
Fuller tomaron esta imposibilidad económica como una excelente
oportunidad para crear un cine experimental que abordara los temas considerados
“tabú” por Hollywood.
Actualmente, y si bien hay posturas
encontradas sobre cuál es el verdadero cine independiente, existe
un tácito consenso acerca de que los hermanos Coen, Richard
Linklater, Jim Jarmush, David Lynch, Todd Haynes,
John Waters, Abel Ferrara y John Sayles, entre otros,
son los referentes de este heterogéneo movimiento.
La cuestión de la independencia
está sumamente clara en los Estados Unidos donde existe una industria
cinematográfica desarrollada: a mayor relación con los estudios,
menor independencia. Sin embargo dicho término, que ha sido empleado
hasta el hartazgo, se expandió por el mundo agrupando determinadas
películas provenientes de países que no cuentan con este
tipo industrias. Éste parece ser el caso argentino.
Independencia a la argentina
A partir de Pizza, Birra y Faso
se empezó a hablar de un “nuevo cine argentino”, término
que agrupa títulos como Picado Fino, Mundo Grúa, Silvia
Prieto, 76-89-03, La ciénaga y Bolivia. Esta definición
engloba a un cine sin condicionamientos industriales, al margen de clisés
estilísticos, actorales y narrativos. Un cine que, en algún
punto, heredó la impronta innovadora que dejaron directores como
Gerardo Vallejo, Fernando Birri, Ricardo Becher, Leonardo
Favio y Manuel Antín.
La cineasta y productora Lita
Stantic afirmó, en diálogo con la agencia Télam,
que “el país está en crisis y producir en este momento tiene
sus dificultades. El cine no es una isla, sin embargo existe una gran compulsión
por filmar y la gente se larga a rodar películas como puede, en
video, en cooperativas y de otras maneras alternativas”.
Stantic aludió en este sentido
a obras como Caja negra, de Luis Ortega, Todos juntos,
de Federico León, Nadar solo, de Ezequiel Acuña
y La fe del volcán, de Ana Poliak que, a pesar de
haber sido realizadas en condiciones de precariedad, cuentan con una gran
calidad estética y poética.
Son largometrajes que hablan de los
que nos pasa y que abordan las temáticas sociales y económicas
de aquel otro país que, durante muchos años, fue evitado
por las cámaras. Son filmes que, en la mayoría de los casos,
apelan a un realismo extremo que no distingue la ficción de la realidad.
Es como si se plantara una cámara y se esperara que pase la vida.
Si bien resulta difícil hablar
de películas independientes en un país como la Argentina
que no cuenta con una verdadera industria cinematográfica, es posible
diferenciar el cine industrial -que actualmente se produce por alianzas
con canales televisivos como Telefé y Canal 13- del cine independiente
que se realiza sin esas asociaciones.
En cierta medida los canales actúan
como trampolines dándole un impulso muy fuerte al lanzamiento y
al mantenimiento de los filmes, como sucedió con Apasionados,
de Juan José Jusid, que fue producida por Telefé y
reunió más de un millón de expectadores y El hijo
de la novia, de Juan José Campanella, que superó
el millón y medio de venta de entradas vendidas gracias al apoyo
de Canal 13.
Pero no todo es blanco o negro entre
independientes e industriales. En el transcurso del último año
los argentinos fuimos testigos de diversos grises en la relación
entre la televisión y los nuevos realizadores: cuando estuvo terminada,
la última película de Pablo Trapero, El Bonaerense
contó con la colaboración de Pol-ka, la productora de Adrián
Suar. En el mismo sentido la serie Tumberos, realizada por Adrián
Caetano es producida por Ideas del Sur, bastión de Marcelo
Tinelli.
Frente a las escasas posibilidades
con que cuentan los directores independientes, no es ilógico pensar
que esta pseudo-industria cinematográfica procurará acaparar
con sus tentáculos las nuevas propuestas creativas para intentar
transformarlas en algo más del montón, logrando que lo que
surgió como renovación se convierta en un estereotipo. Que
así no sea.
Milagros Barberis
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