ARTICULOS DE CINE Y SUS ESTRELLAS. ANIKA CINE. ADAPTACIONES LITERARIAS : Por Manuel Marquez
MAGAZINE ANIKA CINE
ARTICULOS de ANIKA CINE.
 
ADAPTACIONES LITERARIAS
Manuel Márquez

La presencia simultánea en las carteleras, desde las pasadas fiestas navideñas de dos películas, aún hoy presentes, como Harry Potter... y El señor de los anillos..., ha generado un volumen impresionante de comentarios y análisis acerca de ellas en los más variados ámbitos y soportes informativos, tocando mil y un aspectos relativos a las mismas. En tal tesitura, no podía quedar fuera del tapete la cuestión atinente a su condición de adaptaciones literarias y, al hilo de la misma, versa este artículo sobre una contemplación general de las relaciones entre cine y literatura.

Ya desde su nacimiento, y más especialmente a partir de su decantación predominante –en lo que atañe a su vertiente de fenómeno cultural de masas- hacia el terreno de la ficción, el cine tuvo una clara vocación de relacionarse estrechamente con la literatura, aun cuando fuera con una intención claramente parasitaria. Algo lógico: si de contar historias se trataba, la producción literaria, tanto narrativa como dramática, desarrollada a lo largo de siglos de cultura escrita, ofrecía un filón inagotable en cantidad y calidad. ¿Qué historia no había sido ya escrita? Bajo esos parámetros, se ha ido desarrollando ese maridaje hasta nuestros días, en que, aun conviviendo pacíficamente tanto historias expresamente escritas para su transposición a imágenes (guiones originales) como guiones adaptados, el fenómeno, lejos de mitigarse, mantiene una enorme pujanza.

En ese contexto, hay dos cuestiones o aspectos que destacan especialmente, y sobre los cuales quiero reparar con algún detenimiento.

La primera de ellas es la de fidelidad, o hasta qué punto la película se ajusta o recoge la esencia de la obra que pretende trasladar al celuloide. Cuestión nada baladí cuando, en muchas ocasiones, es la obra literaria que le da soporte el principal señuelo con el que atraer a un público que, por tal motivo, va a ser especialmente exigente al respecto. Cabe abordar este punto desde tres perspectivas diferentes:
 

* Desde una perspectiva técnica, u objetiva, hay que partir de la base de que estamos ante expresiones artísticas con códigos lingüísticos totalmente diferentes, lo cual ya impone serias limitaciones a cualquier intento comparativo. Y más allá de esa observación genérica, aún habría que distinguir entre obras que, por su enfoque y estructura, son más fácilmente "llevables" al cine (las dramáticas, en general, y las narraciones "fácticas") y otras que, por el contrario, se hacen prácticamente imposibles de transponer al lenguaje cinematográfico, aun cuando los grandes avances, tanto en la tecnología como en las herramientas narrativas, vayan limando, de forma cada vez más notable, tales dificultades (de hecho, cada vez nos encontramos con más novelas de las que cabría calificar como "reflexivas" o "sensitivas" convertidas en película).

* Desde la perspectiva subjetiva de los emisores (o autores, tanto el cinematográfico –director y/o guionista- como el literario –al menos, en la medida en que este último quiera y pueda influir en el proceso creativo de la película, lo cual dependerá de diversos factores: contractuales, relacionales, etc...), es fundamental la voluntad que tengan al respecto. . De hecho, nos podemos encontrar tanto con directores que desean ceñirse, de una manera estricta y hasta en el más mínímo detalle, a la obra literaria a partir de la cual se elabora el guión, como con aquellos otros para los cuales el texto literario no pasa de ser un mero punto de partida o referente, sobre el que construir una historia que muy poco (o incluso, casi nada) tiene que ver con aquella. Y, por supuesto, entre ambos extremos, todo un amplísimo grado de variantes.

* Por último, no podemos desdeñar la perspectiva subjetiva de los receptores, el público; o, al menos, de una buena parte de él, concretamente la integrada por aquellos que, antes de ver la película, ya conocen el texto literario de referencia. Éstos, de forma ineludible, ya han desarrollado, durante el proceso de lectura, una representación mental, su propia "película", a la cual se va a ver sometida, en contraste, la creada por el autor cinematográfico. Y ése va a ser, en último extremo, el tamiz a través del cual van a calibrar hasta qué punto la película es, o no, fiel al libro (o, para ser más exactos, a "su" libro, a esa tan personalísima y exclusiva visión del mismo).


Tras este recorrido por fidelidades y perspectivas, abordamos un segundo punto, especialmente significativo, por la habitualidad con que se plantea, que es el de la comparación de calidades: ¿es mejor la película, es mejor el libro?

En primer lugar, y partiendo de las diferencias de lenguaje a las que ya se aludía en el apartado correspondiente a las "fidelidades", podemos considerar que es ésta una comparación (asumiendo el tópico que indica que todas lo son) particularmente odiosa. Ahora bien, lo que quizá no plantea duda alguna, dado que así se nos muestra reiteradamente a lo largo de la historia del cine, es que podemos encontrar infinidad de casos de tremendas diferencias de calidad entre obra fílmica y obra literaria: en unos casos, a favor de la primera; en otros, de la segunda. Es decir, tanto hallamos magníficas películas cuyo punto de partida es una obra literaria de nivel poco más que mediocre, como, a la inversa, auténticos desastres cinematográficos cuya base literaria era una obra señera por su alto nivel.

¿Dónde radica, pues, el quid de la cuestión? Básicamente, en un factor tan elemental, y que atañe a la esencia de cualquier proceso creativo: el talento. Un director de cine bien dotado en ese aspecto será capaz de cuajar una buena película partiendo de un material literario sólo discreto, mientras que otro carente de él es capaz de malbaratar cualquier joya literaria que llegue a caer en sus manos. Y es que, aunque resulta evidente que hay otros factores de muy diversa índole (económicos, ambientales, personales, etc.) que pueden llegar a mostrar su influencia, ninguno puede llegar a hacerlo con tanto peso como éste.

En última instancia, lo realmente importante es que, más allá de fidelidades y comparaciones, sepamos y podamos disfrutar,situando a cada uno en su adecuado contexto, tanto de libros como de películas, películas como de libros (ya se sabe, lo de aquellos famosos y católicos reyes: tanto monta...). Y que extraígamos de cada uno de ellos los mil y un goces que, grandes y/o pequeños, palabras y fotogramas nos tienen reservados. Salud, pues, y a ello...

Manuel Márquez
 

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