ARTICULOS de ANIKA CINE.
NEORREALISMO ITALIANO
Manuel MárquezComo el film noir, el cine indie o la cinematografía bollywoodiense, el neorrealismo no existe. A mí, al menos, nadie fue capaz de enseñármelo hasta la fecha. Y es que, como toda invención de la crítica, esta etiqueta que se le adjudicó a un buen puñado de películas (a veces más, a veces menos) enmarcables en un contexto histórico, genérico y temático muy difusamente determinados, afortunadamente, no es más que eso, una etiqueta. Lo que sí existe, para el goce y disfrute de aquellos que nos acercamos a ellas, son sus “víctimas”: las películas. Sobre ésas, sobre su existencia –y, generalmente, sobre su maestría-, sí que cabe bastante poca discusión.
De todos modos, si no entramos en disquisiciones excesivamente detallistas (que nos llevarían a discusiones bastante poco fructíferas), sí que podemos convenir en asociar bajo esa etiqueta del neorrealismo a un conjunto de películas realizadas en la Italia de la posguerra, durante los años inmediatamente posteriores a la finalización del conflicto mundial y la caída del fascismo, y que, en una suerte, precisamente, de reacción frontal contra los dictados éticos (¿) y estéticos del régimen mussoliniano, así como con una voluntad de erigirse en una especie de testimonios -cuanto más despojados y menos elaborados técnicamente, mejor-, de un entorno de destrucción y miseria generados por esos dos trágicos acontecimientos de tan reciente acontecimiento. Generalizando, y muy a grandes rasgos, supongo que podría valer.
También podría valer la enumeración de los numerosos tópicos que, con mayor o menor fundamento (no olvidemos cuánto de rotundamente cierto suele haber en los siempre tan denostados tópicos…), se suelen asociar a la etiqueta neorrealista: desaliño formal en la elaboración fílmica (muy relativo, y, en cualquier caso, más aparente que real en la mayoría de los casos); desarrollo de las tramas en escenarios físicos muy degradados (esto sí que se hace tremendamente frecuente: es la vertiente testimonial más descarnada de este cine); utilización de actores poco conocidos, e incluso no profesionales (tampoco se produce en todos los casos, pero sí en algunos muy significativos); presencia fuerte del elemento infantil como “activador” de sentimientos compasivos, y contrapunto de la visión de la maldad imperante en el mundo adulto (ciertamente, es raro encontrar alguna obra puntera del movimiento sin esa presencia, a veces incluso con rango protagónico). En fin, supongo también que queda alguna en el tintero, pero ésas se las dejo a ustedes, amigos lectores, para que completen la relación.
Y, puestos a hablar de neorrealismo, no nos podemos dejar atrás ni títulos (de films) ni nombres (de autores, sobre todo). Puestos a glosar algunos, aun cuando sea torpemente, no podríamos dejar atrás dos títulos particularmente grandes (Roma, ciudad abierta y Obsesión), que llevan la firma de dos autores no menos grandes, Roberto Rossellini y Luchino Visconti; tanto los títulos como los autores exceden, con mucho, los estrechos límites en que cabe constreñir el movimiento neorrealista, pero, en cualquier caso, son enormemente representativos del mismo. Aunque de las películas se podría escribir hasta la extenuación, tal es la riqueza de contenidos que ofrecen, no será ése el objeto de esta breve recensión; sí me detendré, en cambio, algo, aunque no demasiado, en los autores, sobre los que intentaré dar alguna pincelada breve (las montañas de bibliografía disponible sobre ambos haría de algo más amplio un ejercicio bastante tonto) en las líneas siguientes.
¿Qué hizo Rossellini, además de “robarnos” a Ingrid Bergman? Pues un conjunto de películas verdaderamente inolvidable, entre las cuales se hace difícil escoger sólo unas pocas, que, bajo una diversidad temática y genérica muy amplia, estaban sustentadas en una base común, integrada por una mirada limpia y un sentido profundamente humanista, de raíz cristiana nunca disimulada ni oculta, de la condición de nuestra especie, además de –puestos a entrar en consideraciones técnicas- una maestría en el manejo del lenguaje fílmico que se pone de manifiesto en lo enormemente sencillo y pulcro de su caligrafía, ésa que hace que casi no advirtamos la existencia de una cámara encuadrando entre la imagen filmada y nuestra visión de la misma. Privilegio de gran maestro, desde luego.
Visconti tampoco se cortó un pelo. Mucho menos prolífico que su compatriota Roberto, compensó su menor número de películas con unos niveles de excelencia y fastuosidad al alcance de muy pocos. El cine de Visconti te puede gustar, te puede no gustar, pero es difícil que, de alguna manera, no te deslumbre. Porque, a diferencia de Rossellini, siempre apegado a un cine más sencillo en lo formal y en lo escenográfico, Visconti no tardó en abandonar las desnudeces de su debú en las huestes neorrealistas, para convertirse en paradigma de ese cine barroco y exhuberante (y no por ello, menos pleno de sensibilidad) con que nos deleitó en sus grandes obras.
Dos miradas, dos formas de hacer cine. Diferentes, auténticas, geniales. No echen muchas cuentas de lo que acaban de leer, ni de lo que, sobre las películas y sus directores, hayan podido leer con anterioridad. En el primer momento en que tengan ocasión, siéntense, pónganse cómodos y disfruten, no más. Imagen y sonido en movimiento: magia….
Manuel Márquez
Blog de Manuel "Te cuento, me cuentas"
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