ARTICULOS
de ANIKA CINE.
EL DESIERTO ROJO vs PERSONA
Pablo Ascariz |
A mediados
de los sesenta, mientras Hollywood se dedicaba a premiar películas
ligeras como Sonrisas y lágrimas, Mary Poppins o Tom
Jones, en Europa se seguía produciendo cine de autor, reflexivo
y cargado de significado, y así aparecían películas
como El desierto rojo
(Michelangelo Antonioni,
1964) o Persona
(Ingmar Bergman,
1966).
Las conexiones
entre ambas se perciben desde el inicio. Las dos nos reciben en su cartel
con una mirada penetrante, directamente hacia nosotros, que nos obliga
a volver la vista hacia nuestro interior, anticipando las sensaciones que
encontraremos al ver la película.
Según
Maslow, psicólogo humanista, las necesidades humanas se disponen
en distintos niveles y cada ser humano no se preocupa del siguiente nivel
hasta que no ha satisfecho las necesidades del nivel anterior. Giuliana
(Monica Vitti),
la protagonista de El desierto
rojo, ha llegado a uno de los últimos
escalones, a ese punto en el que las necesidades materiales han desaparecido
casi por completo y sus preocupaciones son únicamente espirituales
y más burguesas. Mientras tanto, Elisabeth (Liv
Ullmann), uno de los dos personajes principales
de Persona,
se da cuenta de la superficialidad de su acomodada vida como actriz e intenta
buscar respuestas a su angustia vital.
Ambas mujeres
viven una experiencia que supone el punto de ruptura en sus vidas a partir
del cual comienzan a hacerse preguntas. Un accidente de coche para una,
la pérdida súbita de la voz durante una actuación
para la otra. Ambas sufren distintos problemas mentales, ambas se sienten
desamparadas.
Tras el accidente,
las dudas comienzan a asaltar a Giuliana. No se reconoce a sí misma
ni a lo que le rodea pero, sobre todo, no reconoce la vida que lleva; no
ha encontrado su sitio ni sabe a donde pertenece, se siente cada vez más
ajena a su entorno, incluso sorprendida por ser quien es. Su desarraigo
crece de manera imparable y sin palabras transmite una extrema angustia
vital. Sus ansiedades y excentricidades la llevan a sentirse, y de hecho
ser, incomprendida. La soledad la invade y aunque por momentos lo que busca
es aislarle, lo que en realidad necesita es sentirse unida al mundo. Sin
embargo, no encuentra ese nexo que la relacione con su propia vida, presente
y futura, que relacione todo lo que ha hecho hasta ese momento y el punto
en el que se haya. Su vida, aparentemente apacible, ha perdido todo su
sentido.
Por otro lado,
en Persona
se desarrolla una profunda interpretación del más desasosegante
vacío vital. Al igual que en El
desierto rojo nos encontramos con una
mujer completamente alienada y alejada del mundo. La aplastante necesidad
de contacto humano que Elisabeth muestra para poder encontrarle significado
a su vida de nuevo se suma a la necesidad de su enfermera (Bibi
Andersson) de establecer lazos afectivos.
Sin embargo, esto no impide que entre ellas se maltraten psicológicamente
de una manera feroz y que además, en cierta manera, se lo consientan
mutuamente, convirtiéndolo en la práctica en cierta clase
de autoflagelación. Los enfrentamientos entre ambas se enfatizan
en las conversaciones que mantienen con la sustitución del habitual
plano-contraplano por distintos encuadres que permiten observar a las dos
al mismo tiempo, creando de esta manera escenas realmente perturbadoras.
Después
de ver cualquiera de las dos películas, el espectador permanece
en silencio, dándole vueltas a lo que acaba de ver, con muchas preguntas
por responder y, desde luego, con una más que pretendida distancia
con las protagonistas, intentando disipar cualquier parecido con tan grotescos
personajes. Sin embargo, esa distancia que artificialmente hemos establecido
para no vernos reflejados en Giuliana o Elisabeth muestra nuestro miedo
a convertirnos en ellas, sabiendo que esa especie de locura producida por
el desamparo y la soledad de espíritu puede despertarnos cualquier
mañana. Quizás en los años sesenta la situación
era diferente, pero hoy no sería tan extraño que eso ocurriese
de forma relativamente habitual. Y de hecho ocurre.
Pablo Ascariz
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