ARTICULOS de ANIKA CINE.
LA GARDENIA AZUL. FRITZ LANG
Eduardo Nabal AragónLA GARDENIA AZUL
Norah y los hombres.
El propio Fritz Lang consideraba La gardenia azul como una obra muy menor dentro de su inmensa filmografía que abarca desde la Alemania silente del expresionismo hasta principios de la década de los sesenta en EEUU. Sin embargo, también reconocía que había trazado un retrato particularmente venenoso de la sociedad estadounidense como consecuencia de ser su primer filme rodado tras el la eclosión del furor macarthysta. Algunos críticos han señalado muy acertadamente que en esta pequeña pero, para mí fascinante película, se encontraba ya el germen del extraordinario díptico con el que cerrara su carrera de realizador de cine negro hollywoodiense: Mientras Nueva York Duerme y Más allá de la duda. Como en ellas, se hace una visión poco complaciente del periodismo criminal y del culto a las apariencias de la clase media de EEUU y, aunque La gardenia azul es una obra más modesta y cortada por los patrones más convencionales del cine del momento, consigue hacer un interesante retrato femenino, poco usual en la época, apoyado en uno de los trabajo más acabados (en la pantalla) de una Anne Baxter en su mejor momento.
La historia criminal que cuenta es poco novedosa y su estilo carece de la dureza y la brillantez de los grandes thrillers de Lang (Furia,La mujer del cuadro, Deseos humanos ) no obstante su economía expresiva y la presencia de algunos de los temas característicos de su obra: la culpa, del individuo frente a la maquinaria social, la fatalidad, el crimen están en ella, aunque queden un poco empequeñecidos por una producción de serie B, un reparto que no pasa de discreto y un guión inteligente aunque con una conclusión ejemplarizante e insatisfactoria. Con todo, y apoyado en una historia de Vera Caspary (incisiva autora de relatos de intriga en los que se basan filmes tan importantes como Laura y coguionista de filmes comoo Carta a tres esposas) logra el director hacer un alegato contra la hipocresía y el sensacionalismo focalizándolo además en un personaje femenino humilde, una joven telefonista que espera a su novio, un soldado destinado en Corea. En la secuencia del crimen, a pesar de la afectada interpretación de Raymond Burr como Prebble, vemos la cualidad de Lang para decir mucho con pocos detalles, dando gran relevancia a objetos que cobran un significado especial y exhibiendo su concisión y pulso narrativos. Es una lástima que en esta ocasión el maestro no saque todas las posibilidades de un relato que merecía un remake de mano de alguien de su talla -algo difícil de encontrar en el Hollywood actual- ni de la siempre inquietante y sensual fotografía del excepcional operador Nicholas Musuraca, retratista de los paisajes más negros de otros maestros de lo inquietante como Siodmack o Tourneur. El filme está punteada por un leit-motiv musical de la época The blue gardenia cantado por un joven Nat King Cole en un club nocturno arquetípico del género, y estropeado por la necesidad de contar demasiado rápido y de forma algo tópica lo que hubiera necesitado una mayor profundización dramática.
Si, con todo, el filme, y a pesar de sus variopintos tópicos atribuibles al cine estadounidense del momento, conserva una sorprendente frescura y modernidad es por el modo en que Lang y sus guionistas contemplan al personaje de Norah, encarnado por Baxter, una mujer apocada, fiel al recuerdo de un soldado que vive lejos y que al recibir la noticia de que éste se ha enamorado de otra mujer se entrega, en una noche de borrachera cuando el trata de aprovecharse de ella, a Prebble (Raymond Burr), un rufián mujeriego que aparece muerto a la mañana siguiente. La culpabilidad de Norah es, o, al menos, debería haber sido lo menos importante en una historia que muestra el despiadado mecanismo del periodismo sensacionalista aliado con las fuerzas policiales y donde la fatalidad que envuelve a una mujer se asocia a cómo saliéndose de las normas sociosexuales por un momento se ve abocada a una kafkiana odisea persecutoria en la que el que podría ser su salvador se convierte en su verdugo. El filme retrata a Norah con sus dos amigas, dos chicas corrientes que trabajan con ella y tienen sus novios, en una cotidianidad afable aunque algo vulgar y esa cotidianidad, rota por la irrupción del horror, la amnesia y la culpa sitúa a Nora en una interesante posición ya que ha sido definida, y también catalogada por sus propias amigas, como la chica más dócil, casera y tímida del grupo.
Como comentó ya hace décadas Silvia Harvey en su excelente artículo, inexplicablemente nunca traducido al español -Ausencia de la familia: El lugar de la mujer en el cine negro- la redefinición de los roles sexuales tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se produjo una vuelta a los hogares de los soldados estadounidense posterior a la masiva incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, primero en la industria bélica, pero depués en muchas otras áreas, el cine negro, y en concreto la figura de la mujer fatal, refleja esta tensión entre lo doméstico, esfera asignada a lo femenino, y las nuevas esferas sociales presentadas como un peligro para la mujer y ésta a su vez, con sus nuevas armas y su nueva capacidad de movilización, es vista como una amenaza para el orden masculino y heterosexual. Algo de esto hay en el personaje de Norah de La gardenia azul, que prepara románticas y solitarias cenas por su cumpleaños poniendo enfrente la foto de su novio, un soldado destinado a Corea. El desgarro de Norah al enterarse, por una carta de éste, de que se ha enamorado de otra mujer se resuelve suplantando por un momento la personalidad de una de las chicas de su piso y acudiendo a una cita con un conocido pintor mujeriego y vividor. Norah así parece rebelarse, de un modo harto inseguro y visto como imprudente, contra ese papel que ella misma se ha otorgado, del que no obtiene ninguna recompensa. La ironía de Lang consiste en forzar este modelo hasta el punto de convertir a su encantadora chica fiel y abnegada (mientras sus dos compañeras de piso salen con sus novios) ella lee la última carta de amor recibida desde el frente, en una sospechosa de asesinato, haciendo dudar al público y Casey Mayo (Richard Conte), el periodista sin escrúpulos que no obstante empieza a enamorarse de su dulzura- sobre su culpabilidad. Aunque el filme acabe con una rápida y acomodaticia resolución deja un regusto amargo. No podemos sentir simpatía por el héroe masculino y nuestra empatía hacia Norah parece depender, según los códigos morales vigentes en la época, de si que su acto de autodefensa ante el acoso sexual masculino, la llevarán o no al crimen.
Para Mª Dolores Romero Guillén el personaje de Norah es, en cierto sentido una prolongación del de Cecilia (Joan Bennett) en Secreto tras la puerta, el thriller psicológico de Lang de 1947, aunque como bien señala, en este último caso el personaje femenino es capaz de enfrentarse a la muerte y a su propia psicología, mientras que Norah, creyéndose culpable -lo que sin duda añade interés a su ambigua caracterización- busca ayuda en la voz masculina que, a través de la prensa, domina la esfera pública.
Eduardo Nabal Aragón
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