ARTICULOS
de ANIKA CINE.
ZONA LIBRE (AMOS GITAI)
Eduardo Nabal Aragón |
ZONA LIBRE:
PASAJERAS EN UN MUNDO DE FRONTERAS.
“Zona libre” es una interesante
reflexión sobre la huida y su imposibilidad. Nunca se puede escapar
del todo, y menos en medio de conflictos que no parecen tener solución
a corto plazo. Basta con acercarse a las noticias. El controvertido realizador
israelí Amos Gitai, desde siempre crítico con su país
del que tuvo que emigrar a Francia durante algún tiempo, vuelve
a demostrar su peculiar sensibilidad cinematográfica y no su siempre
accesible narrativa en su último trabajo de ficción, la historia
de tres mujeres muy diferentes unidas por la adversidad. Una neoyorkina
(Natalie Portman), una israelí (Hanna Laszlo)
y una palestina (Hiam Abbass). El filme arranca con un largo primer
plano secuencia de Rebeca (Portman) llorando desconsoladamente. Desconocemos
totalmente el motivo de su tristeza, aunque sepamos que el conflicto palestino-israelí
va a ser una de las claves del filme, algo así como el incómodo
escenario que va a acabar, de un modo u otro, condicionando las vidas de
las protagonistas. Rebeca llora en el interior del coche al que acaba de
subirse, se ha separado de su prometido y ha roto con su insoportable suegra
(un pequeñito papel de Carmen Maura). La lluvia que empaña
los cristales apenas nos deja entrever que está frente al Muro de
las Lamentaciones. Pronto entabla un diálogo difícil con
la conductora del vehículo donde se ha introducido (las dificultades
de comunicación verbal e idiomática desaparecen cuando vemos
la película doblada). Sabemos que ellas dos ya se conocían,
la conductora era la chófer de la familia de su novio. Rebeca quiere
huir, salir de Jerusalén, irse da igual donde, y Hannah, una mujer
israelí casada, con un marido herido grave en un atentado, tiene
que ir ese mismo día a la “free zone” (un lugar de comercio libre
de impuestos, cerca de Jordania) para recoger un dinero que le pertenece
a su marido. Pero para ello deben cruzar varios controles y fronteras que
pronto vemos que también existen en el interior de los personajes.
Las fronteras, marcadas por los hoscos, entrometidos y machistas soldados
israelíes o por los mismos puestos palestinos son siempre un peligro
ya que ella viaja ahora con una joven y despistada turista cargada de un
voluminoso equipaje. La sagacidad y la tozudez de ambas mujeres, particularmente
de la israelí, definida como valiente y algo áspera de carácter,
les permitirá atravesar esos controles pero no derribar las barreras
que separan a los seres humanos y que se pondrán particularmente
en evidencia cuando entre a formar parte del viaje Leila, una mujer palestina
de personalidad también firme pero de temperamento más dulce
y reservado, la esposa del hombre apodado “El americano” que debe dinero
a la israelí.
La alegoría parece clara pero
el director no nos da una solución, ni siquiera nos obsequia con
un posible final optimista, prefiere la ambigüedad. Gitai parece encontrar
en los personajes femeninos un halo de esperanza para un mundo lleno de
violencia y desesperación. Gitai, que ha realizado varias de sus
películas con protagonistas femeninas, discriminadas por cuestiones
de género que atraviesan fronteras geopolíticas, pone en
las mujeres un punto de esperanza para un principio de solución
o cambio, algo así como lo que hace su coetáneo Eytan Fox-
en un registro muy diferente- en los personajes gays, más abiertos,
tolerantes y receptivos que los heterosexuales en sus filmes. Gitai se
dió a conocer con varios filmes duros y lentos en los que mujeres
hebreas tienen conflictos debido a la intolerancia religiosa de su pueblo
y se ha servido de ellas para narrar la historia de la gestación
de su país (como en “Edén” uno de sus últimos
trabajos).
La búsqueda de una identidad
firme frente a las fracturas con las que se parte en un mundo dividido
por la barbarie y la desigualdad está en el eje del último
filme de Gitai en el que la misma Rebeca -que se erige en la mirada desconcertada
del espectador- no sabe definirse a sí misma. Un mundo dislocado
por barreras materiales y simbólicas en el que Hannah, que fue llevada
por su familia del campo de concentración de Auswitchz a Israel,
se aferra a un pasado de dolor para justificar un futuro incierto en el
que puede estar haciendo el papel de predadora o comparsa de los predadores.
Y en el que Leila, la palestina, se quiebra entre la fidelidad a su pueblo
-ofendido y masacrado-, su lucha por la propia supervivencia y su condición
de mujer marginada por sus propios conciudadanos masculinos (como el hijastro
que la roba y repudia), que no ven en ella un modelo adecuado de mujer.
Eduardo Nabal Aragón
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