ARTICULOS
de ANIKA CINE.
LA MALA UVA
Manuel Márquez |
A los que somos de natural bonachón,
y, por tanto, andamos bastante faltos (por no decir que absolutamente carentes)
de mala uva, nos suele rondar por el magín la idea de que ha de
ser ésa una cualidad, o aditamento, bastante poco adecuado para
una sana vida social y una relación cordial y afable con nuestros
congéneres; pero no podemos dejar de reconocer, a la vista de ciertas
películas, que la mala uva, cuando va asociada con las dosis necesarias
de talento y buen hacer cinematográfico, suele generar unos resultados
artísticos extraordinarios. El
pisito y
El ángel exterminador,
dos películas tremendamente diferentes entre sí, y entre
las cuales apenas sí cabría apreciar otra concordancia que
la de que ambas destilan unas dosis brutal de la sustancia en cuestión,
son dos magníficas muestras de tal aserto.
Aquellos que califican El
pisito como una comedia, deberían
plantearse muy seriamente una revisión de los criterios que utilizan
para efectuar adscripciones genéricas: que una obra tan descorazonadora,
vitriólica y amarga pueda ser considerada, en base a lo esperpéntico
de la premisa argumental de su trama principal, un ejemplo de cine cómico,
no deja de ser un sarcasmo; aunque tampoco lo sarcástico sea algo
que parezca sentar mal a un tándem tan ácido y mordaz como
el formado por Marco Ferreri
y Rafael Azcona,
autores del guión que el primero de ellos se encargaría de
dirigir para alumbrar una de esas películas de auténtico
culto, un film capaz de hacer un retrato atroz de una España gris
y sórdida, sin que una censura bastante más pertinaz (como
la sequía tan denostada por su máximo instigador...) que
perspicaz (¿qué cabía esperar de mentes tan estrechas...?)
fuera capaz de "verla venir". El
pisito goza de una de las principales
características que cabe atribuir a una obra redonda, y que es la
de trascender, con mucho, el cariz trivial, casi anecdótico, de
su armazón temático, para erigir, sobre él, todo un
tratado acerca de la condición humana –y, muy especialmente, sus
miserias y frustraciones-, así como para traspasar, también,
su marco de espacio y tiempo (que, no obstante, tan magistralmente refleja),
y convertirse, sin ningún género de dudas, en un referente
universal y atemporal acerca de su sustancia narrativa. Si a eso le añadimos
que su estructura formal está desarrollada con arreglo a unos cánones
de sencillez y economía de medios encomiables, y que las interpretaciones
que desarrolla su pareja protagonista (José
Luis López Vázquez y Mary
Carrillo) casan con el dibujo de sus personajes
hasta ese punto mágico con el que, probablemente, sueña todo
director cinematográfico a la hora de abordar la puesta en imágenes
de su historia, tenemos todos los ingredientes para poder considerar El
pisito, sin miedo a la exageración,
como uno de los mejores títulos de la cinematografía española
de todos los tiempos.
Lo de El
ángel exterminador es otra historia,
completamente distinta, aunque también nos ofrezca un retrato demoledor:
en este caso, el de una clase social –la burguesía- sobre la cual
Buñuel
jamás cejó en su empeño de descargar cuánto
golpe tuvo en su puño (fílmico, obviamente, aunque no por
ello menos contundente y eficaz), aunque, probablemente, en pocas ocasiones
llegaría a alcanzar las cotas de brillantez y causticidad que alcanzó
con este film tan onírico y subyugante. El ángel exterminador
es una película que, bajo una línea continua de desasosiego
en su tono narrativo y su ambientación, está plagada de pequeños
apuntes desconcertantes, que redundan aún más, si cabe, en
el incremento de la desazón que genera su visionado: imágenes
impactantes, trucos visuales, duplicaciones de secuencias, actitudes equívocas
de sus intérpretes; todo un pequeño catálogo de rarezas
que, una y otra vez, nos descolocan a la hora de seguir la acción,
y con las que el director nos demuestra que las excentricidades, cuando
se manejan con talento visual (y el de este señor de Calanda era
inconmensurable), pueden enriquecer mucho el producto final. Ese tono,
tan cercano al surrealismo, unido al hondo sentido alegórico de
las situaciones que refleja (pocas películas tan cargadas de metáforas
y simbolismos en un metraje tan comprimido: la densidad, en ese aspecto,
se hace abrumadora) ya sitúa a El
ángel exterminador en las antípodas,
al menos formales, de El pisito
–una narración totalmente directa, sin tanta sofisticación
en la formulación de su mensaje (aunque no por ello éste
sea menos profundo)-. Pero lo que aleja aún más, si cabe,
a ambas películas, es el tratamiento afectivo de sus personajes:
mientras que en El pisito,
Ferrari
y Azcona
no dejan de lanzar una mirada tierna y compasiva sobre unos protagonistas
(el mismo nombre de los personajes, Petrita y Alfonsito,
con esos diminutivos, les dota de cierta dimensión entrañable)
que no siempre se hacen acreedores a la misma –desde el punto y hora en
que sus mezquindades y ruindades están ahí, bien a la vista,
sin que se nos escondan en absoluto-, la mirada de Buñuel
sobre sus burgueses alcanza una carga de desprecio brutal, difícilmente
soportable –y tampoco es que este cúmulo de resentidos/as, egoístas,
zafios/as y burdos/as ejemplares de la especie merezcan mejor trato, según
están trazadas sus líneas definitorias, pero es que no existe
la más mínima concesión, ni un solo atisbo de algo
parecido a la comprensión o la empatía-.
En cualquier caso, estamos ante dos
grandes, grandísimas películas, de ésas que deberían
ser de visionado preceptivo para todo buen amante del séptimo arte.
Y que deberían ser programadas con mucha mayor profusión
por las cadenas de televisión con cierta vocación de servicio
público en el ámbito cultural: si al hilo de su emisión,
algún que otro espectador habitual de esos programas en los que
se suele segregar tantísima mala leche como tan poquísimo
talento (y peor gusto) –en una clara demostración de que ambos productos
no siempre integran, necesariamente, un pack indisoluble-, pudiera comprobar
que, en el mundo audiovisual, también existen productos como éstos,
ya se habría ganado, a buen seguro, algún adicto más
para la causa. La esperanza, ya saben, es lo último que se pierde...
Manuel Márquez
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