MAGAZINE ANIKA CINE
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PATENTES DE CORSO
Manuel Márquez

Desconozco si aún resuenan los ecos de la polémica generada por el hecho de que, en la pasada gala de los Oscar de Hollywood, Jorge Drexler, nominado al –y, a la postre, ganador del- premio a la mejor canción original como autor de Al otro lado del río, se viera impedido de interpretar el mismo sobre el escenario (al menos, en primera instancia: la concesión del premio le permitió subir al escenario y reparar, aunque sólo fuera parcialmente, tamaño dislate). Da igual, porque lo que sí está claro que aún resuena es el eco de los graznidos gorgoríticos proferidos por Antonio Banderas, corresponsable, junto a un no menos infame Carlos Santana (¿pasaba por allí y le encasquetaron la guitarra para que se marcara unos punteitos, o estaba prevista su intervención...?), de perpetrar una interpretación de esa hermosísima balada que consiguió que la misma pareciera un subproducto musical salido de las factorías triunfíticas (o, incluso, algo peor).

El fiasco de Banderas reviste especial gravedad, porque el actor malagueño, además, es reincidente: no es ésta la primera vez que se atreve a cantar en público, y cualquiera puede recordar sus alardes mariáchicos lanzando alaridos acerca de la morena aquella de mi corazón, en aquel corrido de la banda sonora de la película de Robert Rodríguez, Desperado, que Antonio Banderas también protagonizó, e, incluso, remontándonos bastante más allá en el tiempo, los más viejos del lugar lo recordarán cantando un aterciopelado bolero que constituía el tema central de la película que constituyó su debut hollywoodiense, Los reyes del mambo tocan canciones de amor. Sobre sus prestaciones en el musical que protagonizó recientemente en Broadway –Nine-, no tengo referencia alguna, pero, visto lo visto (o, para ser más propios, oído lo oído), no le arriendo las ganancias a aquellos que hayan tenido que aguantar el chaparrón en la sala de butacas.

En cualquier caso, también tenemos reciente otro caso más sangrante aún, si cabe, y es el de la ínclita Victoria Abril, a cuyo lado Banderas podría pasar, perfectamente, como el cuarto tenor, en cuanto a calidades canoras. Otra reincidente, por cierto, ya que la Abril también había hecho sus pinitos en la última película de Agustín Díaz Yanes, Sin noticias de Dios (o sea, que avisados estábamos). Después de verla masacrar impíamente el Oh, qué será en la pasada gala de los premios Goya, mis temores de que eso no constituyera un hecho aislado y sin continuidad posterior (lamentable, pero aislado) se vieron horriblemente confirmados cuando, pocos días después, tenía ocasión de leer que Victoria había grabado un disco de música brasileña a cuya promoción y difusión, vía conciertos, se pensaba dedicar en el curso de los próximos meses. Da lástima pensar cómo se han de revolver en sus tumbas, presa de espasmos y convulsiones de horror, los cadáveres de Antonio Carlos Jobim o Vinicius de Moraes: ¿qué han hecho ellos –y nosotros- para merecer esto...?

En fin, no son los primeros, y no hay que ser un gran pitoniso para barruntar que no serán los últimos. Y es que, al igual que sucede, en el trayecto inverso, con aquellos intérpretes musicales de éxito que se lanzan (o, más bien, son lanzados por los buitres de la mercadotecnia) al mundo del cine, para protagonizar películas hechas, por la general, a su mayor gloria y encumbramiento, y cuya finalidad es la de aprovechar el tirón comercial que presupone la presencia de una figura popular para hacer una sustanciosa caja (ésas que denominaba, en un artículo escrito hace ya algún tiempo, películas con bichito), tampoco es inhabitual el fenómeno de estrellas cinematográficas que, aprovechando la fama y prestigio ganados a través de su presencia en la pantalla, se lanzan a una carrera musical, o algo parecido a eso: excepcionalmente, surge algún caso de actor o actriz con cierto talento para los menesteres del pentagrama o, al menos, con una cierta armonía vocal que hace que lo suyo pueda ser oído sin sufrir un colapso nervioso, pero, insisto, no es lo habitual, ni muchísimo menos. Y, evidentemente, ni Antonio Banderas ni Victoria Abril entran en ese capítulo de las excepciones.

¿Lo hacen empujados, o animados, por gentes de su entorno que les adulan hasta el punto de hacerles pensar que lo hacen bien –en este caso, serían bastante soberbios, ingenuos o torpes-? ¿Lo hacen porque son ellos mismos los que tienen tal convicción –en este caso, bastante fatuos e ignorantes-? ¿O, simplemente, hacen uso de su patente de corso, ésa que, por el hecho de ser ricos y famosos, les da acceso a hacer lo que les viene en gana, incluyendo aquello que a tantos otros, con mucho más talento y valía para ello, les está vedado por mil y una circunstancias? Si, como me temo, se trata de este último supuesto, mal asunto, porque ya no estaríamos ante soberbia, ingenuidad, torpeza o ignorancia (atributos todos ellos, que, aun cuando no quepa valorar positivamente, tampoco comportan un juicio moral negativo), sino ante algo bastante más reprochable.

Fundamentalmente, una enorme falta de respeto. Falta de respeto, en primer lugar, y como ya apuntaba en el párrafo precedente, por todos aquellos músicos e intérpretes musicales que han de trabajar muy duramente y durante muchos años para poder alcanzar (los muy contados que lo consiguen) esto que a ellos "se les da por añadidura" y sin esgrimir el más mínimo mérito para hacerse acreedores a su consecución. Falta de respeto, también, por un público que, en la mayoría de los casos, confiado en que sus calidades musicales estarán a la altura de las interpretativas, les otorgará un respaldo y seguimiento totalmente inmerecidos (y, además, distorsionante de la apreciación y valoración real que de sus prestaciones musicales quepa hacer). Y, por último, falta de respeto por ellos mismos, y por su proyección pública, que terminará viéndose perjudicada, a la larga, como resultado de estos experimentos de tan dudoso gusto como indudable descaro –aunque, en este supuesto, si en el pecado va la penitencia, por bien empleada se tenga la misma: al fin y al cabo, serán ellos mismo quienes terminen viéndose perjudicados por su actitud-.

No tengo nada, ni personal ni de otra índole, contra Antonio Banderas o Victoria Abril; por otro lado, soy de los que piensan que los personajes públicos, a menos que uno se haya tomado un par de cervezas (o, quizá, si se quiere hacer justicia en la valoración, bastantes más) con ellos, y pueda opinar acerca de sus circunstancias (carácter, talante, forma de ser...) personales, sólo han de ser juzgados desde esa dimensión, la pública (en este caso, la de artistas de cine). Y, desde tal perspectiva, ambos me parecen intérpretes de un nivel de calidad bastante aceptable –incluso, en el caso de ella, con algunos puntos álgidos en su carrera de tremenda brillantez-. Pero creo que se hacen un muy flaco favor, a ellos mismos y a nosotros, su público, si piensan que las divinidades de la música les dotaron de las cualidades suficientes como para poder dedicarse a ella –fuera de la ducha, naturalmente-. Antonio, Victoria, por favor, un respeto...
 

Manuel Márquez

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