ARTICULOS
de ANIKA CINE.
PROMOCIONES PERVERSAS
Manuel Márquez |
O, quizá más bien,
pervertidas. La cuestión es que cada vez resulta más habitual
ver en televisión spots publicitarios sobre películas en
cartel que transmiten una idea, o un tono, de la película que tiene
bien poco que ver con el contenido, género y tendencia reales de
la misma. El caso más reciente es el de Sideways (Entre copas),
que se nos presenta, en su promoción catódica, como la típica
comedia hollywoodiense ligera y más bien descerebrada, lo cual tiene
bien poco que ver con su condición de comedia agridulce y de tintes
bastante reflexivos (al menos, en tales predicamentos viene a coincidir
la práctica totalidad de la crítica a la hora de describirla:
he de confesar que yo, personalmente, no he tenido ocasión aún
de verla) que, en realidad, ostenta. Pero no es el único caso, ni
siquiera el más sonado: aún resuenan los ecos de las discusiones
acerca de cómo se le ocurrió a su distribuidora promocionar
la última película de M. Night Shyamalan, El bosque, como
un film de terror, cuando, al parecer, dicha película apenas si
contiene alguna secuencia aislada que quepa incluir en tal rubro genérico.
Y así podríamos continuar, dando relación detallada
de un sinfín de casos, en cuya condición siempre vendrían
a concurrir idénticas circunstancias a las reseñadas, y que
se podrían venir a resumir en la escasa (por no decir nula) coincidencia
entre lo que se muestra y promete, y lo que realmente se ofrece y entrega.
El motivo o fundamento de tal fenómeno
no es difícil de adivinar, dado que no requiere grandes dotes analíticas
ni, menos aún, profundos conocimientos cinematográficos,
en la medida en que tiene más que ver con cuestiones de estrategia
comercial que de otra índole: ya saben, pese a la implantación
definitiva del euro, la pela es la pela... Así pues, supongo que
entienden las distribuidoras que, revistiendo (para ser más precisos,
habría que decir disfrazando) a su producto de un barniz más
comercial, más accesible para, y más del gusto de, un público
masivo, el mismo debe funcionar bastante mejor en taquilla (que es de lo
que se trata). Y, ya puestos a seguir suponiendo, supongo que el mecanismo
debe funcionar con notables dosis de eficacia, ya que, de otra manera,
no se podría entender reiteración tan contumaz en su puesta
en práctica. En cualquier caso, resulta bastante comprensible, y
no supone más que la aplicación al producto cinematográfico
de las reglas más elementales del marketing publicitario: si quieres
que tu artículo se venda, hazlo atractivo. Hay bien poco que objetar
desde ese punto de vista.
Las objeciones pueden venir desde
otras perspectivas, que son aquellas desde las que nos podemos (y debemos)
situar los receptores del producto y su correspondiente envoltorio. Y también
son bastante lógicas y elementales: señores distribuidores,
no nos gusta que nos tomen el pelo, y menos aún si se hace con premeditación,
alevosía e intencionalidad bastante manifiesta. Se pueden asumir
argumentos del más variado tipo y pelaje para justificar un margen
de discordancia entre lo que el spot, con sus limitadísimos veinte
segundos, nos promete y lo que el film anunciado en el mismo nos ofrecerá
posteriormente; admitamos, incluso, que aun cuando tal intencionalidad
no existiera, sería harto complicado resumir y transmitir, en tan
poco tiempo, el tono y línea generales de la película en
cuestión. Pero que a uno intenten pasarle gato por liebre, y además
impunemente, pues qué quieren que les diga, como que no, que no
cuela...
Otra cuestión ciertamente
llamativa, y respecto a la cual siempre habrá quien se haga la pregunta,
no por simple, menos capciosa, es la siguiente: si tan repetido es el fenónemo,
y con tanta reiteración se produce, ¿por qué no aplicamos
las cautelas y prevenciones que corresponderían al caso? Bastaría
con ser lo suficientemente escéptico acerca de lo que se nos muestra,
acudir a otras fuentes informativas más fiables –por su extensión,
por su objetividad- y asunto resuelto. Pero héte aquí que,
en lo que respecta a esta posibilidad, no hay peligro alguno para las responsables
de los dislates que aquí se denuncian, ya que éstas se limitan
a ratificar, una y otra vez, la certeza de ese viejo aserto que dice aquello
de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces (y dos
mil, diría yo) en la misma piedra. Vaya, que no tenemos arreglo,
y, una vez pasado el berrinche preceptivo, cuando comprobamos lo lejos
que estaba la película que acabamos de ver de lo que su promoción
televisiva parecía anunciar, ya estamos listos para, a la próxima
ocasión propicia, volver a picar en el mismo anzuelo con delectación
y estolidez. Panfilillos que somos, me temo, qué se le va a hacer...
En fin, amigos lectores, estas líneas
no pretenden ir más allá de la condición de comentario
jocoso acerca de un tema que, al fin y a la postre, tampoco reviste mayor
trascendencia –salvo que queramos observarlo bajo el prisma de su significación
paradigmática, ya que ésta no deja de ser una manifestación
más de la consideración, y su consecuente trato, con que
nos obsequian los poderes económicos (o sea, los poderes): nos tratan
como a tontitos...-. Para los ya precavidos, no supondrá más
que la formulación, relativamente ordenada y puesta en negro sobre
blanco, de ideas y reflexiones que a ellos mismos les habrán pasado
por la cabeza en cuánta ocasión se hayan encontrado con este
fenómeno; pero para aquellos –que, a buen seguro, alguno habrá
por ahí suelto- que nunca hayan reparado en ello, igual puede resultarles
de alguna utilidad, si a partir de ahora guardan alguna prevención,
aunque sea mínima, ante la publicidad televisiva de las películas.
Ya lo dijo el viejo profesor –que ése sí que era sabio-:
al loro, al loro...
Manuel Márquez
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