ARTICULOS de ANIKA CINE.
LA SONRISA DETRAS DEL 'WHISKY'
Milagros BarberisEstación de trenes de Retiro. Ciudad de Buenos Aires. Treinta grados a la sombra y apenas 40 minutos disponibles para llegar a tiempo a la función privada de "Whisky", en la sala Vigo, ubicada a... varias cuadras de allí. Como suele suceder, la guía (jeroglífico) de la capital argentina me deposita en un colectivo que me deja 15 cuadras más lejos de lo que espero y tengo que contrarrestar el descuido avanzando a razón de una cuadra por minuto para llegar a tiempo.
Por alguna extraña razón a las 17:01 bajo una escalera de alfombra roja que me conduce a la elitista función de prensa. Entro al reducto intimista con sigilo, para que mi módico retraso pase lo más desapercibido posible, y repaso con la mirada la veintena de butacas hasta que defino mi propio lugar entre el puñado de periodistas esparcidos por la sala.
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A mi derecha: el pasillo. A mi izquierda: una cara conocida. ¿Quién es? ¿Quién es? Dos segundos después ubico la cara de ese señor de sobretodo y pelo con gomina en innumerables programas de espectáculos. “Luis Pedro Toni, claro, es Luis Pedro Toni”, pienso, mientras recuerdo a este añejo y simpático personaje, crítico de cine, pero también afecto a la farándula que desfila por toda pantalla pasatista. Es aquel de la voz áspera y tono poco protocolar que no desentonaría en el bar pidiendo –con acento imperativo- un whisky.
“Berruuutttiiiii”, grita esa misma voz, en lugar de pedir un whisky. Es esa la forma elegida por Pedro Toni para saludar a Rómulo Berruti, crítico argentino cinematográfico de la primerísima hora que se está sentado en la primera fila. Berruti no contesta. Se apagan las luces. Silencio. Entra otra periodista. Empieza la película."Whisky" es la palabra que logra forzar una sonrisa en la inmutable cara de Jacobo Köller. Sin whisky no hay sonrisa. Köller no sonríe jamás. Su vida de soltero vitalicio se limita a su pequeña fábrica de medias –las medias Köller, claro- y el contacto cotidiano con Marta, su empleada de confianza, con quien sostiene una relación laboral tan inocua como rutinaria.
La vida de Jacobo transcurre en la ciudad de Montevideo, en Uruguay, y es narrada con un puñado de acciones repetidas: estacionar el auto viejo; abrir la persiana de la fábrica; intercambiar algún vocablo con sus empleadas; sentarse en su gris oficina; arreglar la persiana; beber lo que Marta le sirve; despedirse de Marta; arrancar el auto viejo y... la historia se repite cíclicamente.
La monotonía se rompe cuando Herman, el hermano menor de Köller, le anuncia que llegará a Montevideo –proveniente de Brasil- para asistir a la última ceremonia del entierro de la madre de ambos, fallecida días atrás.
Sin explicaciones de por medio, Jacobo le pide a Marta que se mude a su casa por el tiempo que dure la visita de su hermano. Sin preguntas de por medio, Marta traslada sus pocas pertenencias al oscuro departamento del fabricante de medias donde aún se perciben rastros de una madre tan enferma como demandante.
La pareja queda constituida de hecho. La foto del casamiento –con una obligada sonrisa de “Whisky” mediante- está instalada en medio del living como testigo fidedigno de algo que nunca fue. Las camas separadas se juntan en una pseudomatrimonial. Hay pocas palabras y un solo plan que empieza a enrarecerse con la llegada de Herman.
Con esta anécdota poco pretenciosa, los directores uruguayos, Pablo Stoll yJuan Pablo Rebella (responsables de la premiada "25 Watts"), cuentan la historia de tres personas solas que, detrás de actos mínimos y gestos mezquinos, guardan resentimientos y surcos profundos imposibles de cerrar.
Ganador del Premio Goya 2005 “A la mejor película extranjera”, el filme convence con la austeridad de recursos con que se cuenta: escenarios que delinean las características de los personajes (el departamento de Jacobo); situaciones que pivotean entre el absurdo y el humor (el patético show del hotel); tensiones poco claras entre los protagonistas (la culpa constante de Marta) y la incursión de dos caras conocidas a modo de extras (la participación de Ana Katz y de Daniel Hendler).
No es erróneo decir que en "Whisky" muchas veces “no pasa nada”. Ésta es la estrategia de los realizadores para mostrar lo que subyace bajo estos tres personajes - interpretados por Andrés Pazos (Jacobo Köller), Mirella Pascual (Marta) y Jorge Bolani (Herman)- que se mezclan en una relación triangular donde la empleada de la fábrica de medias se convierte en el trofeo simbólico de dos hombres enfrentados por una segunda mujer: la madre muerta. Edipo se ríe, el diván (sin éxito) los espera.
Pasan los títulos. Se encienden las luces. Desde mi izquierda, Luis Pedro Toni se sonríe con sarcasmo y me muestra sus dientes brillantes: “La terminó fácil el tipo”. Le devuelvo una sonrisa bastante más inocua. Salgo de la sala, todavía hace calor. Esta vez prometo subirme al micro indicado.
Milagros Barberis
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