ARTICULOS
de ANIKA CINE.
MI BOLITA DE CRISTAL
Manuel Márquez |
Pasadas las fiestas navideñas
-a cuyo aluvión lúdico-gastronómico cada quién
habrá sobrevivido como buenamente haya podido-, con su inevitable
reguero de resúmenes, relatos y compendios acerca de lo que el pasado
año 2004 nos ofreció en materia cinematográfica, es
llegado el momento de dedicar esa única neurona que no ha quedado
sepultada bajo paletadas de turrón (del blando, del duro o de frutas,
igual da) a ese también ya tradicional ejercicio prospectivo de
plantearnos cuáles serán las tendencias que marcarán
el presente año 2005 en los territorios del séptimo arte.
Echemos mano, pues, de la bolita de cristal.
Un vistazo rápido a las informaciones
provenientes tanto de la prensa especializada como de las fuentes propias
del sector nos permite vislumbrar que, en lo sustancial, y tanto
en el panorama nacional como en el internacional, no se avecinan grandes
novedades: nada nuevo bajo el sol, y no sólo los lunes. El cine
de Hollywood seguirá copando las pantallas españolas y europeas,
con productos de muy desigual factura y calidad; el cine español
continuará apostando a ciertas cartas (comerciales) de eficacia
ya muy contrastada; los cines periféricos, o exóticos (asiático,
latinoamericano, etc...) seguirán aportando, vía festivales,
infiltraciones más o menos innovadoras, más o menos rompedoras;
y asistiremos, un año más, al auge sin precedentes de dos
líneas o géneros que nunca habían vivido una edad
de oro como la que actualmente disfrutan: el documental y la animación.
Documental y animación han
venido a convertirse, por mor de un cúmulo de circunstancias, en
la chochona y el perrito piloto: los muñecos de moda de la feria...
Y, aprovechando tal condición, pueblan y se enseñorean de
las pantallas, ocupando cuotas y volúmenes con los que hace unos
años no hubieran podido soñar ni por lo más remoto,
lo cual conlleva, como no podía ser de otro modo, una serie de consecuencias
y repercusiones sobre las que no me resisto a llamar la atención,
siquiera sea someramente.
No dispongo de cifras exactas y concretas,
pero supongo que no habría de ser muy arriesgado el afirmar
–especialmente, en el caso de los documentales- que, durante el pasado
año 2004, se estrenaron en un solo mes (uno solo, cualquiera de
ellos), más documentales que en todo el quinquenio 1996-2000, por
citar un periodo durante el cual aún no se adivinaba en lontananza
el aluvión que habría de llegar. Posiblemente se trata de
una desmesura, y, en cualquier caso, no guarda proporcionalidad alguna
con una previsión basada en una lógica de cualquier tipo,
salvo la que impone que, cuando un producto se pone de moda, hay que aprovechar
la fuerza de la corriente, y sacar la máxima tajada posible del
fenómeno.
Dice un viejo y manido tópico
que de la cantidad sale la calidad: puede que sea algo cierto; tan cierto
como que también sale la “no-calidad”. Resulta evidente que la llegada
de un número desproporcionado de documentales a las pantallas comerciales
implica que se “cuelen” entre ellos algunos que no alcanzan el mímimo
de calidad que cabría exigir a un producto destinado a una difusión
pública masiva; y que, por supuesto, lleguen a las pantallas productos
que, en otras circunstancias, jamás hubieran podido hacerlo, porque
no hubieran tenido hueco disponible (y este aserto es válido no
sólo para el supuesto de documentales de baja calidad, sino también
para el de otros que, con una excelente factura y nivel, tampoco hubieran
tenido cabida en base a otras consideraciones).
También resulta curioso el
observar cómo la proliferación de documentales y largos de
animación en las pantallas de los cines conlleva la asimilación
u homogeneización crítica y valorativa de los mismos, al
menos desde un punto de vista formal o situacional: las críticas
y reseñas de estos filmes aparecen junto a las correspondientes
a sus “primos” de ficción en carne y hueso sin que se hagan
diferenciaciones de índole alguna que tomen en consideración
su especial naturaleza. Algo muy distinto a lo que sucedía años
ha, en que documentales y dibus eran tratados de forma perfectamente diferenciada,
en consonancia con sus matices y peculiaridades –además, constituían
tan “rara avis” en las pantallas, que su mera existencia ya constituía
motivo noticiable-. Obviamente, también son cine, y, desde esa perspectiva,
no se justifica demasiado una diferencia de trato en cuanto a su observación
y tratamiento, pero tampoco se pueden olvidar sus muy obvias particularidades:
a nadie se le ocurriría dar el mismo tratamiento a Wagner, los Rolling
Stones y la Niña Pastori bajo el argumento de que las producciones
de los tres se venden en la misma sección de El Corte Inglés.
Supongo...
En fin, amigos lectores, son sólo
algunas notas o apuntes –lo dicho: habrán de entender que una sola
neurona no dé para mucho más- alrededor de un fenómeno
que está ahí, a la vista de todos, y que, tengo la impresión,
va a seguir estándolo a lo largo del presente año. ¿Hasta
cuándo? Eso es ya más difícil de adivinar y también
habrán de entender que mi bolita, cubierta totalmente por el vaho
propio de estos fríos siberianos que nos andan atormentando, sea
de poca ayuda al respecto. Lo que sí me voy a permitir avanzar es
el pronóstico (meramente especulativo, y sin base científica
alguna) de que el fenómeno se extinguirá, como la venida
de la primavera, sin que nadie llegue a saber muy bien el cómo y
el por qué. Y las aguas volverán a su cauce; y se estrenará
sólo algún documental o algún largo de animación
de manera esporádica y episódica (o en épocas muy
determinadas: o sea, las navidades...); y los festivales de mayor relumbrón
podrán cerrar su programación (y, lo que es más importante,
su palmarés) sin la ineludible obligación de incluir en la
misma dibus y/o documentales. Y vendrán nuevas tendencias, nuevas
modas, y volveremos a hablar de ellas. ¿Alguien lo duda? Se admiten
apuestas.
Manuel Márquez
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