REPORTAJES
de ANIKA CINE.
Festival Cine Europeo Contemporáneo
Sevilla 2004. CRITICAS
Fernando Hugo Rodrigo |
Entre los pasados días 6 y
13 de noviembre tuvo lugar en Sevilla el I Festival de Cine Europeo Contemporáneo.
Tras la experiencia de adjuntar el cine a las aspiraciones de la capital
hispalense de celebrar los Juegos Olímpicos, los dirigentes culturales
han tenido una buena idea. O dos, si adicionamos el valor de la rectificación.
Las dos pasadas ediciones del Festival de Cine y Deporte ahuyentaron al
público de la ciudad, a causa de lo obvio de aquellas intenciones.
Y ello, pese a que, sus organizadores, con José Luis Ruiz a la cabeza,
congregaron
cintas bastante interesantes, en sus secciones paralelas principalmente.
Esta experiencia reunida ha sido muy beneficiosa para el más que
correcto desarrollo de esta nueva edición, con diferentes objetivos,
y diferente director, en este caso Manuel Grosso.
La propuesta es, en realidad, muy
sencilla, y, sin embargo, no había pululado por las mentes pensantes
que determinan en qué invertir el dinero público: un festival
dedicado exclusivamente al cine europeo. Es una apuesta muy inteligente,
si se mira con detenimiento. Por un lado, desde la década de los
noventa los grandes festivales (pero también los medianos y hasta
los modestos) han asentado una continua mirada hacia oriente, hablemos
bien de los films asiáticos, bien de los árabes. De esta
forma, centrar la mirada en los autores actuales que se desenvuelven (si
no con dificultades comparables, con algunas igual de desastrosas en lo
que se refiere a distribución) en las fronteras geográficas
del continente europeo posee la frescura de la muda. Por otro lado, se
halla muy en consonancia con los reinantes aires políticos, acentuadores
de los vínculos culturales entre los distintos miembros de la Unión
Europea. Esto facilita que este festival goce de las simpatías de
las ayudas destinadas a fomentar el audiovisual europeo (el programa Media)
pero también otras, más específicas de cada nación,
para exportar sus films. Como señal que ilumina lo bienvenido del
proyecto, ahí está la decisión de que las nominaciones
de los Premios Europeos del cine se celebren en la capital hispalense.
De todos modos, esto es, por así
decirlo, los alrededores coyunturales de cualquier gestión cultural.
Esto nunca asegura la siempre prioritaria meta, la continuidad. Ésta
se ocasiona por un público que se deja estimular, y que, despierto
a lo que no tenía acceso, ya se desvele exigente y con expectativas.
Por suerte, a tenor de lo visto y oído en las abundantes colas que
rodeaban los cines, es muy probable que los asistentes a esta edición
transformen la novedad en sana costumbre. Que organicen sus anuales compromisos
de ocio con asomo a esa invitación a películas de cinematografías
hoy tan desconocidas (y en otros tiempos tan estimadas por la crítica)
como la polaca, la rusa, o la de los países del norte de Europa.
Casi se podría decir que la elección de Milos Forman como
homenajeado este año es, intencionada o no, metáfora apropiada
de esto que decimos. El director húngaro llevaba ya una carrera
seguida con atención desde Europa antes de trasladarse a Estados
Unidos.
Las conclusiones de todos los observadores
desprenden un cierto asombro (en unos, incluso irisado de envidia) por
la ambición en que se ha concretado este proyecto. La edición
ha reunido nada menos que cien largometrajes en las distintas secciones
de su programación, con representación de la práctica
totalidad de los países del entorno europeo. Un sesenta por ciento
eran estrenos absolutos en España y el noventa por ciento no había
tenido estreno comercial (sólo proyecciones en festivales). Una
estadística, ésta, que aporta una pista del por qué
de la masiva afluencia de público (a lo que también ha colaborado
una facilidad extra, en los precios, para los estudiantes); había
films para todos los paladares. Además de la sección a competición,
de ficción y documentales, el ciclo “Europa, Europa” contenía
una selección de films de todo el continente, muchos de ellos con
nominaciones para los premios europeos. “Europa en corto” era un proyecto
de la productora de Lars Von Trier, donde autores de los veinticinco países
aportaban una obra de formato corto. “Focus Europa” se dedicaba al cine
alemán más reciente. “Eurimages” presentaba aquellas cintas,
realizadas en co-producción, con ayuda del programa Media. “Europa
10” se acercaba a las desconocidas cinematografías de los diez nuevos
países miembros de la Unión Europea. Finalmente, y aparte
del mencionado ciclo a Milos Forman como homenajeado, “Cinemajoyce” ofreció
algunas adaptaciones cinematográficas sobre el autor irlandés.
El certamen establecía un
palmarés de premios, cuya cuantía económica se dispondría
a la distribución y el estreno comercial de las producciones en
España. El Giraldillo de Oro, dotado con 30.000 euros, fue para
Li chiavi di casa de Gianni Amelio, un excesivo reconocimiento a lo emocional.
El Giraldillo de Plata, y sus 30.000 euros, premió a The Edukators,
que quien esto suscribe no pudo ver, pero que lleva un reguero de
entusiasmos allá donde se proyecta. El premio del jurado, de 60.000
euros, fue entregado a Avanim, el retrato certero de una mujer en una sociedad
contemporánea menos abierta de lo que todos podríamos suponer.
En cuanto a los premios otorgados
a la sección “Eurodoc”, fue una cierta sorpresa que recayera en
una producción española (y andaluza), Presos del olvido,
de Mariano Agudo y . Eduardo Montero. Humilde en medios, y sin pretensiones
estéticas, basaba su fuerza en retratar una verdad (los campos de
concentración franquistas en la provincia de Sevilla) que apenas
se conoce. En la dinámica de reconocer las disposiciones críticas
de los extremos capitalistas, se premió Surplus, de
Eric Santini, un documental, a ratos convincente, a ratos deslavazado.
Instaura su originalidad, sólo parcial, en un ritmo musical que
puntea las imágenes y las frases - un tanto sentenciosas - de un
gurú de la anti-globalización, lo que se mezcla con algunos
retratos conflictivos, de situaciones (el sistema cubano) o personajes.
Otra mención la recibió el documental turco Garden
de Adi Barash y Ruthie Shatz. Finalmente, existía un premio para
recompensar “la imagen de Andalucía y el fomento del audiovisual
andaluz”, y que recibió Exils. La utilidad de tan
rimbombante título es bastante cuestionable, ya que su rodaje fue,
a su vez, apoyado desde las instituciones andaluzas. Es el derecho de pernada,
por mi intuición, exigido menos por la Junta de Andalucía
que por Canal Sur, obsesivamente buscadora de protagonismo, y, que, por
el contrario, apenas prestó reseña del acontecimiento en
sus canales. Al menos, tranquilizaba a cualquiera, con talante crítico,
que hubiera visto a Carlos Rosado, representante institucional, en la constitución
del jurado. Dicho personaje sólo estaba allí para entregar
el estrambótico premio.
Fernando Hugo Rodrigo
SECCIÓN OFICIAL
Nota: si el lector prefiere no
toparse con anticipos que destripen el posible gusto de poder disfrutar
de estos films, recomiendo no leer las zonas en cursiva.
EXILS
104 min. Francia, 2004.
Dirigida por Tony Gatlif.
Guión: Tony Gatlif
Intérpretes: Romain Duris,
Lubna Azabal, Leila Makhlouf.
Producida por: Tony Gatlif
Música: Tony Gatlif
Delphine Mantoulet
Fotografía: Céline
Bozon
Montaje: Monique Dartonne
Podría suponerse que estos
exilios del título apelan a los cotidianamente contados en la actualidad
informativa, ya sin subrayado, por lo corriente. Hombres, mujeres, niños,
ancianos, que abandonan sus hogares y raíces, por la senda equívoca
del seguro bienestar clamada en los anuncios desde el mundo occidental.
Sin embargo, he aquí que Exils invierte el foco de atención.
Zano (Romain Duris) y Naima (Lubna Azabal), pareja de origen árabe
residentes en Francia, deciden desplazarse a Argelia, lugar de nacimiento
de sus progenitores. Viajan en sentido inverso.
A priori, esto conllevaría
el esquema de la road-movie; el viaje como fuente de conocimiento,
de conflictos (a asumir o no) y el aprendizaje como opción o como
necesidad. Pero la temática posee visos algo novedosos. Los hijos
de los inmigrantes, aunque instalados, con mayores o menores comodidades,
en “el Primer Mundo”, empiezan a dolerse de las mismas cuestiones: un desarraigo
común en tiempos de estandarización de modos de vida. Para
hallar respuestas, ellos, al menos, pueden acudir a sus orígenes
primeros. Con esta coyuntura peculiar, no encajaban los mimbres que pueden
servir al producto manufacturado en Hollywood. Aquí el trayecto
había de contener claroscuros.
Este carácter, no menos original
que paradójico (se dirige a un espacio que es abandonado en masa
por sus pobladores) se concreta en un plano, posiblemente el mejor del
film. Zano y Naima avanzan por la frontera de Marruecos con Argelia,
mientras, a su alrededor, les circunda una marea de argelinos orientados
en dirección contraria. Aunque predecible, es una imagen efectiva,
más porque ningún otro aspecto (guión; diálogos)
han hecho hincapié en ello.
Y es que es urgente advertir que
no se hallará un guión desarrollado, ni unos diálogos
reveladores. Se huye de concepciones siquiera cercanas a las estructuras
clásicas en cuanto a retrato de personajes y dramaturgia. No sabemos
si la pareja se conoce desde hace mucho, no se profundiza en el motivo
de su súbita partida, no hay momentos de iluminación a raíz
de los cuales se hable o reflexione sobre qué aprenden en su camino.
¿Abstracción?
En realidad, Gatliff se aleja de
ella. El ejemplo más significativo está en la elipsis
convocada para la situación de infidelidad en el episodio transcurrido
en Sevilla. No comprendemos por qué Naima se ha comportado de ese
modo. A ello se contrapone el que sí nos sintamos muy cerca del
dolor que sufre ante la interpelación agresiva y despectiva de Zano,
al volverse a encontrar. Un reencuentro que goza de ese toque elíptico.
La cámara nos ha mostrado que él se halla en el tren que
deja atrás la villa andaluza, y le creemos solo. Con un leve cambio
de plano, sin transición, vemos que ella también comparte
vagón. La discusión posterior es igual de escueta. Eso sí,
una cámara bien pegada al rostro de Naima nos demuestra que las
acusaciones de su pareja calan hondo.
Esta cámara tan cercana (habitante
del cine europeo con mayor holgura desde el aldabonazo burlón del
Dogma) y la interpretación de la actriz protagonista son los ejes
que alimentan la película. Gatliff es un director preocupado por
recuperar la diferencia representada por los gitanos, y que el film trata
con especial interés no ya sólo los rostros, sino la piel.
No parece casual que el plano que inaugura la cinta sea el de un fragmento
epidérmico, indefinido, del protagonista. Piel y cercanía.
Del cuidado del personaje principal
femenino, Exils retrata una balanza inclinada para que éste
demande nuestra identificación. A Naima se le define por acciones,
simples, aunque esenciales. Admite llevar “ropas apropiadas” en los
paseos por la capital argelina, para luego rebelarse, harta; tal vez consciente
de que este regreso a su cultura no puede implicar un retroceso de la libertad
ganada en una generación de inmigrantes. Una vez en el país
de sus progenitores, es capaz de admitir en voz alta su incomodidad, física,
y existencial, por topar con la conciencia de sentirse extranjera también
aquí; extranjera en todas partes. Algo que se desarrolla incluso
en perjuicio de Zano, a la desvaída individualización dramática
que referíamos, no se le suministran los mismos contrapesos.
Así, que Zano participe
en el exorcismo final no mantiene una coherencia que sí se aplica
a Naima. Es ella la que había de deshacerse de una herencia que,
si bien sin definir, el talento del director (y de la intérprete)
nos ayudan a intuir que fue represiva. Ello acontece en una escena de nada
menos que diez minutos, en la que Exils da rienda suelta al aspecto documental
(de calado antropológico). Los dos protagonistas se “liberan” en
una ceremonia religiosa propia del lugar, desglosada ante el espectador
casi en tiempo real.
Este “exceso” no es el único.
A lo largo del film, conscientemente o no, Gatliff desperdicia metraje
en varias escenas que no aportan nada: un arranque pasional de los protagonistas
durante la recogida de la fruta (al menos, se despliega algo de carnalidad
bien planteada) o un supuesto chiste visual sobre la lucha de la protagonista
con un insistente mosquito (!?).
Por el contrario, cuando el realizador
sustituye esa falta de psicología descriptiva, por cierta naturalidad
en el devenir de sucesos y acciones, se gana autenticidad. Como esa marcha
que comienza sin motivo reseñado y que, con igual facilidad, transita
en trenes, barcos, autobuses, a pie, así se engarzan las situaciones.
Gracias al episodio de su temporal trabajo de recogedores de fruta, contemplamos
el modo de trabajo de los inmigrantes, el lugar donde habitan, la cotidianeidad.
Pero también cómo uno de los inmigrantes es detenido, o las
formas que han de ingeniar para huir de las autoridades o pasar las fronteras.
Todo, con la misma falta de énfasis. Más que cine social,
concluiríamos que Gatliff, como un viajero atento, deriva hacia
el documento de antropología, sin culturalismo.
Sólo alguien que, además,
confía en el público (o en el público afín
a su cine) decidiría innecesario explicar que esa visita a Andalucía
no es un mero tránsito hacia tierras africanas. El espectáculo
flamenco al que asisten fascina a los protagonistas por cuanto es una música
y una cultura con muchas conexiones con lo árabe. Es una relación,
incluida en ese orden “retrospectivo” del camino hacia la tradición,
que sólo se representa con la música. El director, colaborador
precisamente en la banda sonora, incluye flamenco, techno con letras árabes
o cánticos tradicionales, ... Es un protagonismo a ratos tan exacerbado,
que casi ahoga la peripecia de los protagonistas. Aunque tal vez este aprovechamiento
de los medios expresivos más audiovisuales que puramente dramáticos
fuera lo que le recompensara con la Palma de Oro al mejor director en el
pasado Festival de Cannes.
BRODEUSES
89 min. Francia, 2004.
Dirigida por: Éléonore
Faucher
Guión: Éléonore
Faucher, Gaëlle Macé (adaptación)
Intérpretes: Lola Naymark,
Ariane Ascaride, Jackie Berroyer, Thomas Laroppe, Marie Félix.
Producida por: Alain Benguigui,
Bertrand Van Effenterre
Música: Mike Galasso
Fotografía: Pierre Cottereau
Montaje: Joële Van Effenterre.
Claire (Lola Naymark) vive sola.
Ha abandonado el domicilio paterno y sale adelante con su trabajo de cajera
de supermercado. Pero el dinero no le da para su afición (su pasión),
el bordado sobre pieles. De hecho, sus padres sólo saben de ella,
admite la madre, porque perciben que les roba coliflores de sus tierras,
que intercambia en las casas de campo vecinas, por pieles de conejo donde
efectuar dichos bordados.
Claire vive una soledad escogida.
Sobre esa decisión incomprendida y algo ensimismada, gira el detonante
que genera la película. La protagonista está embarazada y
no quiere contárselo a nadie hasta decidir qué va a hacer
al respecto. Mucho del sentido que Éléonore Faucher imprime
al film se sitúa en un adecuado retrato de esta protagonista.
Dos escenas son retazos concisos
en este sentido. En una, la protagonista confiesa su embarazo al padre
del futuro bebé. Lejos de esperadas (o tópicas) vías
como el reproche, la exigencia o la falsa (y autoinducida) distancia, el
tono es anti-dramático: Claire le tranquiliza ya que ha decidido
que ésta es una vivencia exclusivamente suya. La segunda escena
escenifica cómo la barriga creciente ocasiona bromas entre sus compañeras
del supermercado. La protagonista no lo duda; opta por encubrir su embarazo
con la excusa de sufrir un cáncer. Para probarlo, en un arranque
de esa determinación que la define, se arranca unos pelos de su
cabellera, como prueba de su supuesta enfermedad. Un súbito cambio
de tono, uno de los mejores momentos... Y la más rápida
y apropiada introducción a una visión singular del mundo.
Tras una precipitada petición
de baja en el supermercado que afecta a sus ingresos, Claire busca ofrecer
sus conocimientos para ayudar con sus bordados a cierta vecina, Madame
Mélikian (Ariane Ascaride), que acaba de sufrir la muerte súbita,
en accidente, de su hijo. Son, pues, dos mujeres en etapas de crisis. La
excusa del tiempo pasado juntas en los bordados es la que les hará
evolucionar de una simple soledad compartida a una comunicación
que les haga evolucionar.
De lo narrado, tal vez ya se adelante
que Brodeuses, ganadora del Premio SACD al Mejor Guión,
es historia de personajes. Era claro que las interpretaciones habían
de gozar de una consecuente adecuación, y ello se cumple con creces.
Con todo, podemos detectar que el personaje de Madame Mélikian decae
en secundario a la postre, por un interés poco disimulado de la
directora en el dibujo de la personalidad de Claire. Una fotografía
que se detiene en la belleza de sus rasgos físicos también
lo delata.
Es muy posible que esto se deba a
que las intenciones de Brodeuses se hallen en acercarnos
a esta “pequeña historia” para una reflexión sobre la vivencia
de un embarazo por parte de la mujer. El material impedía didactismos,
porque Claire, lejos de la clase media, y de posibles tradiciones culturales
donde la libertad de elección del sexo femenino es una reivindicación,
no puede definirse en un discurso “intelectual”. La protagonista quiere
decidir sobre qué decidir: tener o no al bebé, aceptarlo
o rechazarlo, asumir las consecuencias de su cambio de estado o no. El
acierto mayor de Faucher es indagar sobre esas motivaciones y sentires,
y mantener alejados los fondos sociológicos o ideológicos,
que podrían volcar el film bien a lo maniqueo, bien a la maniobra
demagógica). Consecuente es, también, un metraje que se pliega
a esa condición de “micro-historia”. Una duración ajustada
no es valía menor, a tenor de lo visto en otros films del Festival,
que confirman más bien que el exceso de minutos es error común.
Claire está, en consecuencia,
lejos de ser elemento dramático de una sola pieza, otro punto a
favor desentrañado desde el guión. Continuamente sufre el
conflicto con su cuerpo cambiante, que observa, entre el fastidio y la
fascinación. En cuanto a su opción al silencio sobre su embarazo,
también detenta oscilaciones. Quiere desesperadamente volver a ver
a una amiga íntima, Lucile (Marie Félix), pero cuando ésta
regresa de París, no permite que le aconseje, siquiera saca el tema.
No quiere que su madre sepa de su estado, aunque, llegado el momento, descubre
su barriga (que simula habitualmente con ropas) a ésta, que no concluye
(¿intencionadamente?) que se deba a un embarazo. Algo que causa
un dolor (¿contradictorio?) a la protagonista, incapaz de refrendar
el gesto con la comunicación oral de qué le sucede. El aumento
de la atracción que siente hacia Guillaume (Thomas Laroppe) despeñará
esto hasta el punto de vivirse como mujer imposibilitada para la seducción
o lo sexual. Claire no acepta verse así. Es justo el punto de giro
esencial, ya que, no mucho más tarde (es una escena que, aunque
de contenido sexual, contiene mucha ternura) logrará transmitirle
a este hombre que ella es más que una mera embarazada.
Brodeuses es una película
en tono menor, que se concentra en la influencia de una situación
que, aunque “normalizada”, demanda un tratamiento más profundo,
que el corriente caracterizar la maternidad como “deber biológico”
o “satisfacción personal”, tan visto bastante en el cine norteamericano,
y tan unilateral. Si consideran algo precipitado lo que afirmo, les recomiendo
leer The Fifth Child, una novela de Doris Lessing, donde la maternidad
contiene un contrapunto terrible.
AVANIM
110 min. Francia / Israel, 2004.
Dirigida por Raphaël Nadjari.
Guión: Raphaël Nadjari
Intérpretes: Assi Levy, Uri
Gavriel, Danny Steg, Shaul Mizrahi.
Productor: Amir Feingold, Geoffroy
Grison, Noah Harlan, Jean Labib, Marek Rozenbaum, Itai Tamir.
Música: Nathaniel Mechaly
Fotografía: Laurent Brunet
Montaje: Godefroy Fouray
Avanim certifica que,
en ocasiones, la falta de premura en el desarrollo de personajes y situaciones,
tan caro al cine europeo (y que tanta burla ocasiona en ciertos críticos,
en muchos casos, meramente acomplejados) es, no sólo necesaria,
sino esencial para los objetivos que un autor se proponga.
Raphaël Nadjari nos introducirá,
poco a poco, en la vida de Michale (Assi Levy), treintañera, madre,
esposa, trabajadora. Pero, antes, el guión nos muestra antes su
encuentro sexual con un amante. La expectativa queda dibujada. ¿Qué
empuja a esta mujer a la infidelidad, además, con ese claro componente
de vía de escape?
La respuesta tarda, y aparece por
acumulación. No estética, ni dramática; acumulación
temporal. Seguimos a la protagonista y cómo afronta, con agobios,
pero sin queja, sus muchas obligaciones. Soporta, estoica, el cierto desprecio,
por ser mujer, que le endosan los ortodoxos judíos, clientes importantes
del despacho de abogados de su padre. Admite, silenciosa, los reproches
de la profesora de su hijo, por su pauta repetida de tardanza para recogerle.
A pesar de su extenuante cumplimiento de tantas obligaciones “externas”,
por ahora ella no se manifiesta agraviada. El guión parece inclinarnos
por un juicio contrario desde nuestra parte. Tras la escena con la profesora,
surge otra pregunta. Además de esposa infiel, ¿es una “mala
madre”?
La comprensión de la protagonista
va de menos a más. Para cuando Michale abre, a solas, a escondidas,
una puerta para dar un par de caladas a un cigarrillo, antes de la elaborada
cena (especialmente al gusto del padre, que viene a visitarles) ya nos
tiene ganados. Podríamos verlo como un (primer) punto de giro, en
lo relativo al proceso de identificación. Al verla cumplir, obediente,
con los preparativos culinarios para el Sabbath, y con el repentino capricho
del padre de salir a tomar unas últimas copas, ya inauguramos nuestra
interna cuenta atrás: ¿cuánto falta para que esta
mujer reaccione?
No es tiempo aún. Los días
tienen muchas horas y Michale todavía debe soportar ante nuestra
mirada ese peso de la cotidianeidad. Raphaël Nadjari ya había
mostrado las consecuencias de un entorno social concreto en una protagonista
en su anterior film, Appartment 5 #C (2002). Esta vez ha
abierto el marco a toda la sociedad patriarcal del Israel contemporáneo,
en un traslado, también geográfico, desde los entornos norteamericanos
de sus dos anteriores cintas. El efecto es más demoledor. En Appartment
5 #C, el círculo social analizado se limitaba a un edificio
de vecinos; en Avanim se pone sobre la piqueta las aparentes
oportunidades de independencia de una mujer en una coyuntura moderna.
La acumulación comienza a
hacer mella en Michale. Los colegas de un líder ortodoxo presionan
para lograr, ilegalmente, una subvención estatal con que trasladarse
a un nuevo centro religioso. Michale no coincide con esta treta que admite
el padre. El encuentro con el rabino del templo, en absoluto al corriente
de estas maniobras, detona su conciencia. También ayuda el religioso,
que ella sabe (como nosotros) que ha orquestado la estratagema, y que se
atreve a criticarle que no se cubra la cabeza para la reunión.
Aún así, ella aguanta.
Está habituada. Entendemos que es su vida, ha elegido la pasividad,
por su padre, por su marido, por su hijo. Además, tiene la escapatoria
de su amante. A él acude, compulsivamente, tras el encuentro
y el cierre de documentos en el templo. Aparece la tragedia: un atentado
de un radical islamista, en el lugar donde había de encontrarse
con él. Rodado, con muy buen criterio, en elipsis (no se ven siquiera
las cercanías del desastre sino el caos circulatorio producido)
todo el drama queda exclusivamente dibujado en Michale. Acude al hospital,
recibe las malas noticias, ha de reconocer que su falta de vínculo
familiar con el fallecido le deja al margen... Su mundo se resquebraja.
Uno de los planos más intensos es el rostro de Michale cuando, tras
llegar tarde una vez más a por su hijo, recibe la reprimenda de
la profesora y amiga. No sabe qué decir. No sabe qué gesto
mostrar. Esboza una sonrisa ingenuamente conciliadora. Y por fin habla.
No, no puede explicarle qué es lo que le sucede. Quizás porque
lo que “sucede” no se circunscribe a la muerte del amante. Lo que le “sucede”
viene sucediéndole desde no recuerda cuándo.
La actriz protagonista, la eficiencia
del guión y la mano del director, construyen esa cada vez menos
común capacidad del séptimo arte en cuanto a relación
directa con el espectador. Le dan ganas a uno de zarandear a la protagonista
y gritarle que diga “Basta”.
Cuando Michale atisba a dejar salir
su rebeldía, no hay revancha, u odio. Son los otros, distintivamente
los hombres que conforman sus alrededores vitales, los que se manifiestan
primero preocupados, aunque al minuto molestos, con sus resquicios de individualidad.
Todo es a raíz de una inocente escapada nocturna tras un momento
de soledad y paz. La lógica del padre es aliarse con el marido para
pedirle cuentas, agresivos los dos. Entonces caemos en la cuenta. Lo que
se nos narraba era la historia de una mujer actual, con estudios y trabajo,
de clase media, ... que puede igualmente sufrir violencia de género.
La protagonista hace lo que tiene
que hacer; puede que lo que debía haber hecho quién sabe
hace cuánto. Pero salir del “cerco masculino” no es sencillo. Como
no lo es la clara necesidad de coherencia respecto al asunto profesional,
que le contrapone, además, a los ortodoxos religiosos.
Por todo lo dicho, se concluirá
que si Michale es el centro del film, la actriz que la interpreta sostiene
mucho de su valor. Es así, y lo hace de manera muy destacada. No
había premios para la interpretación en el Festival, pero,
sin duda, de haberlos, Assi Levy merecía recibir el de la mejor
actriz. En todo caso, el premio Giraldillo de Oro que sí recibió
Avanim debe mucho a esta intérprete. Esperemos que tenga una carrera
exitosa en su distribución por nuestro país.
LE CHIAVI DE CASA
105 min. Italia / Francia / Alemania,
2004.
Director: Gianni Amelio
Guión: Gianni Amelio, Sandro
Petraglia, Stefano Rulli (basado en la novela Nato due volte de Guiseppe
Pontiggia)
Intérpretes: Kim Rossi Stuart,
Andrea Rossi, Charlotte Rampling.
Producida por: Elda Ferri, Enzo
Porcelli
Música: Franco Piersanti
Fotografía: Luca Bigazzi
Montaje: Simona Paggi
Le chiavi di casa es
un ejemplo de que el cine europeo también puede caer en la trampa
de la corrección, estilística e ideológica. El film
de Gianni Amelio se hizo con el Giraldillo de Oro en el Festival de Cine
Europeo Contemporáneo, y le auguro más éxitos, de
taquilla y de crítica. Aunque lo que de veras ofrece es una cuestión
no baladí: ¿la cinematografía “de autor” puede cruzarse
con las trilladas estructuras del cine comercial estadounidense?
Para esclarecer lo que apunto, una
comparación: Le chiavi di casa posee el mismo esquema
que Rain Man. Cuenta el mismo descubrimiento del familiar
con discapacidades psíquicas, (en este caso un niño, Paolo,
interpretado por Andrea Rossi) con sus derivaciones de “miedo a lo desconocido”,
al que siguen las etapas de progresivo conocimiento y amor, para llegar
a un final donde se desvela la imposibilidad de la convivencia. ¿Exagero?
Sólo en parte. Lo que vengo
a decir es que Amelio, es cierto, logra imprimir mayores matices a lo tópico,
aunque sin trascender el cocinado de un film sensible y cuidado, aunque
apenas arriesgado. Para encontrar sus méritos, hay que ahondar en
qué diferencias logra encajar respecto a lo que un director de Hollywood
armaría con el mismo material.
El mayor acierto es el centrarse
en la vivencia de Gianni (Kim Rossi Stuart), el progenitor,
y, en parte, en Nicole, (Charlotte Rampling), una madre de otro vástago
con problemas psíquicos y mentales, si bien desconocemos si es un
valor procedente de la novela en la que se basa. Amelio nos habla de las
dudas y el dolor de quienes aman a seres con una vida limitada, de horizonte
vital tan pesimista, a los que, al tiempo, han de otorgar una dedicación
exclusiva (aunque, como Nicole explica, son las madres las que mayormente
asumen ese papel). El director italiano sí posee la valentía
(¿o la libertad?) de no escatimar el sentir contradictorio en estos
progenitores. Gianni, el padre, es capaz de negar su paternidad ante las
preguntas de Nicole y, como ella misma le indica, se mueve alrededor del
chico, durante su tratamiento, con una mezcla de tristeza y vergüenza.
En cierta escena, esta vía
del film se concreta de manera muy especial. Sentados en una estación
de metro, Gianni y Nicole dialogan. Al no estar frente a frente, ella es
capaz de hablar con cruda sinceridad de los sentimientos que en ocasiones
le abordan durante ese cuidado, constante, a su hija discapacitada. Una
confesión sentida, donde la interpretación de la actriz apoya
cada palabra de un discurso donde se habla de un egoísmo tan difícil
de aceptar como imposible de soslayar. Tras esto, monta en el metro, sin
mediar palabras, sin atreverse a mirar ni un instante a Gianni. Aquí
es donde Amelio enseña sus mejores bazas. Es improbable que un film
comercial de Estados Unidos hubiera llegado tan lejos.
Sin embargo, el director italiano
ha prescindido de profundizar en esta derivación del tema, para
ceñirse, en la mayor parte del metraje, a la historia de este amor
padre-hijo. Algún comentarista norteamericano indicaba que el personaje
de Charlotte Rampling era un “sembrado” necesitado de un coherente cierre.
Sin concordar con esta exigencia (excesivamente literal con las normas
“clásicas” del guión), sí coincido en echar en falta
tiempo y espacio para un personaje que abría esa vía de reflexión
algo más original.
Se encuentran, también es
justo señalarlo, algunos apuntes interesantes. Por ejemplo, Li
chiavi di casa comienza con un retraso, intencionado, de la causa de tanto
desasosiego en Gianni por esa inesperada decisión de los tíos
del Paolo, de sugerir que sea él quien le acompañe al hospital
en tierras alemanas. No vemos a Paolo, en off, fuera de pantalla, en el
momento en que su padre sube al tren donde viajarán. Sólo
al día siguiente, comprendemos. Por fin vemos a Paolo, y percibimos
su discapacidad.
Otra escena meritoria es aquella
en la que Paolo ha de realizar unas pruebas psicomotrices en el hospital.
La doctora que las supervisa le hace caminar de un lado a otro, mientras
unos aparatos electrónicos toman las correspondientes mediciones.
A medida que seguimos este cada vez más presuroso vaivén
del enfermo, las órdenes de la doctora (en alemán; un idioma
tan duro a los oídos españoles como a los italianos de la
lengua original del film) se transforman en un soniquete insoportable.
Al final, el padre, observador en la distancia de todo el proceso, no lo
soporta tampoco. Cuando interrumpe el ejercicio, pese a las interpelaciones
de la doctora, y va a abrazar a Paolo, es cuando más cerca nos sentimos
de este personaje.
A raíz de esta misma escena,
añado una última cuestión, de índole ética,
diríamos. ¿Sabía el niño que interpreta a Paolo
que lo que vivía en cada escena era una ficción? Porque queda
la sombra de una cierta manipulación, por ejemplo, en la escena
final, donde el chico hubo de enfrentarse a una alta cota emocional (el
padre lo interpreta un actor que sabe que sufre “de mentira”, pero ¿y
él? ¿Era consciente?). Por no hablar de cierta crueldad si,
en la escena antes aludida, se le hizo de veras realizar ese calvario de
caminar una y otra vez sin ayuda de su bastón.
GARÇON STUPIDE
94 min. Francia / Suiza, 2004.
Director: Lionel Baier
Guión: Lionel Baier Laurent
Guido
Intérpetes: Pierre Chatagny,
Natacha Koutchoumov, Lionel Baier
Producida por: Robert Boner
Fotografía: Lionel Baier
Séverine Barde
Montaje: Christine Hoffet
Análisis de buscado tono sociológico,
sobre las iras y contradicciones de los jóvenes no faltaron en el
cine de los noventa, con títulos como La Haine (El
Odio, Mathieu Kassovitz, 1995), L´ Appât
(La carnaza, Bertrand Tavernier, 1995), o, en nuestro país,
Historias
del Kronen (Montxo Armendáriz, 1995). Para esta clase de
reflexiones, es siempre requerido la sinécdoque de unos protagonistas
concretos que representen esos vicios, esas miserias, esos sufrimientos.
Lionel Baier sigue esa dirección, aunque, como anticipación
de ciertas distinciones en su estrategia, formal y temática, recurre
más estrictamente a la individualidad de su protagonista, Loïc
(Pierre Chatagny).
Loïc no tiene objetivos ni miras
de ningún tipo. Posee un empleo en una fábrica de chocolate,
cuyo automatismo y sentido de pertenencia a una cadena tan abstracta como
poco cuestionada, está bien señalado por el director. Loïc
es homosexual y cada fin de semana practica el sexo por medio de citas
que concierta por Internet. En estas relaciones casuales no busca nada,
y lo acepta todo. Comparte piso con Marie (Natacha Koutchoumov) a quien
narra sus más o menos escabrosas aventuras sexuales; un contar que
es reverberación y forma de refuerzo de su propio ego. Es una acción
que, de paso, le escuda de preocuparse en lo más mínimo por
el estado de su amiga, y, por cierto, paciente benefactora que le deja
alojarse en su piso gratis. Loïc y su egoísmo, a ratos sano,
a ratos incomprensible, son afines a la construcción de un personaje
sin carga en la tintas de su función “ejemplar”. Puede ser que una
década después de los films mencionados, los jóvenes
sobre los que interrogarse ya han cambiado. O puede que Baier, hasta aquí,
sepa articular correctamente su propuesta.
Un buen día, el protagonista
conoce a Lionel. Este hombre no desea sexo: quiere conocer a Loïc.
Loïc se ve descolocado. Le causa desconfianza que no pretenda su cuerpo.
Al tiempo, le atrae la admiración que el desconocido le reconoce
en cada sucesivo encuentro, en los que trata de averiguar más sobre
el fondo de este joven. Le propone que profundice en su faceta como fotógrafo
amateur a través de su móvil.
Una baza bien jugada de Garçon
Stupide es extraer de su escaso presupuesto (430,000 euros) todas
las bondades. En especial, se percibe un notable trabajo de fotografía,
y una cámara móvil alrededor de los personajes en los momentos
claves. Esto se lleva peculiarmente a lo original en el modo de rodar los
encuentros con Lionel. Con una cámara muy cercana al rostro del
protagonista, Lionel permanece en off, como si su mirada fuera la del objetivo
de aquélla. Podríamos pensar que Baier apela a nuestra identificación
con Lionel, que desea que conectemos con su curiosidad (¿sociológica?
¿antropológica?) por las motivaciones de Loïc. Pero
no. La cámara no se posiciona desde los ojos de Lionel; nos es dado
a ver es cómo Loïc se dirige a él. Un acierto, consciente
o no, porque es difícil que Loïc aparezca tan atractivo, a
partir de esas vivencias y comportamientos, lejos de ser estimulantes,
entre encuentro y encuentro. Creo que Baier adelanta, aquí más
sutilmente (luego, no tanto) que la mirada de Lionel es la suya, no la
del espectador. Somos testigos de cómo el director mira y se fascina
por Loïc. ¿Un apunte hacia lo que el relato podría tener
de autobiográfico, quizás?
La cuestión es que estamos
ante la historia de un aprendizaje; de una “educación sentimental”,
como ha querido ver algún crítico, si bien bastante peculiar.
El camino hacia el propio descubrimiento de su visión del mundo
causa en Loïc no pocos conflictos. Ello es coherente y otorga aristas
al retrato personal. Sabemos de sus poses narcisistas y tarda en deshacerse
de ellas. Así, oye, pero no escucha, las recomendaciones de Lionel
sobre mejorar su modo de fotografiar, y reorienta su narcisismo también
con este objetivo intelectual: se asimila, nada menos, que a un “estilo
impresionista”.... que ni siquiera sabe bien qué significa. También
manifiesta arranques de violencia cuando demanda, agresivo, sexualidad
rabiosa en uno de sus encuentros con Lionel, al que sigue sin poder creer
como mero benefactor. Sin embargo, su mayor crueldad la comete con su compañera
de piso. A pesar de ser su única amiga, Loïc dificulta adrede
sus posibles relaciones. Marie decide que es hora de dejar de ser esa “madre”
(¿sustituta de la verdadera?) que sólo ha de vivir para escuchar
sus historias de intencionada frivolidad.
La respuesta de Loïc no es de
contricción precisamente y ocasionará el golpe dramático
del guión. Si Baier se hubiera detenido aquí, Garçon
Stupide sería un fresco retrato del egoísmo y la
superficialidad de cierta parcela de los jóvenes contemporáneos,
con el añadido, nada común y muy estimulante, de desatender
el recalcar su condición de análisis sociológico.
El viaje de Loïc no ha sido ingenuamente rápido, sino a trompicones;
ha fotografiado lo crudo de sus intercambios sexuales y apenas ha comprendido
que sacar al exterior “su visión” es algo más lento y complejo
de lo que colige de sus citas con Lionel. Tal vez, con ese desenlace algo
trágico, el protagonista hubiera comenzado a ver en qué había
de cambiar. Al fin y al cabo, esto ya era sólo una historia de individuos.
¿O no?
Loïc pasa, sin solución
de continuidad, a acudir a una manifestación anti-globalización
donde pone, al fin, su talento “impresionista” en la toma de fotos. Cercanos
al final de la cinta, cuenta a cámara (en un uso curioso de su voz
en over) que desconoce lo que será a partir de ahora, aunque sí
sabe lo que no será. Quiere entender los fenómenos sociales
de su alrededor. No desea ser más un Garcon Stupide, un chico estúpido.
Es un raudo salto cualitativo. Ya
habíamos apercibido precipitación en la concatenación
entre las acciones de Loïc y el resultado negativo para Marie. Pero
resulta irrisorio que el protagonista, de pronto, sepa de lo social, cuando
apenas hemos participado de su propia definición como individuo.
Para colmo, el final es un reencuentro entre Loïc y Lionel con fondo
de colores y música (¡¡en un parque de atracciones!!),
en tono festivo, sobrante reconocimiento de éste hacia los avances
de su “pupilo”. La primera inclusión del rostro de este personaje
nos revela que se trata del director. Lionel es, ha sido todo el tiempo,
el director, Lionel Baier. Un modo involuntario de asentar cuál
ha sido su error de base.
Titular el film Garçon
Stupide implica un punto de partida prejuiciado. Baier, como “profesor
emocional” del protagonista, produce una sensación de didactismo
poco beneficiosa, sobre todo al ser delatada la estrategia; tomar un joven
atractivo y “con posibilidades” y, por medio del guión, guiarlo
hacia esa especie de concienciación social. Aquí se cae en
el tan común fallo de las obras de tesis. Lionel Baier, en su anterior
film, un documental sobre el desfile celebrado para reivindicar el día
de los derechos de los homosexuales ya reflejaba la reseña de ciertas
circunstancias sociales desde una militancia. Puede que si su siguiente
proyecto hubiera adelantado sus cartas desde antes, la decepción
en el espectador no fuera tan grave.
TU (HERE)
90 min. Croacia, Bosnia-Herzegovina,
2003.
Dirigida por Zrinko Ogresta.
Guión: Josip Mlakic &
Zrinko Ogresta
Intérpetes: Jasmin Telalovic,
Marija Tadic, Zlatko Crnkovic, Ivo Gregurevic.
Producida por Ivan Maloca
Fotografía: Davorin Gecl
Montaje: Josip Podvorac
Tu (Here) consta de
seis cortos entrelazados, gracias a que personajes protagonistas de unos
penetran en otros, en breves apariciones o como secundarios. Al parecer,
y según propias declaraciones del director, la idea era construir
un retrato variopinto de los efectos de la guerra que sacudió la
antigua Yugoslavia, en los individuos concretos. Ello sería el segundo
armazón, más temático, que uniría el conjunto
de las seis historias.
Sin embargo, tras el visionado, uno
concluye que no todas las historias suceden posteriormente a la guerra,
causa de la consiguiente confusión. Pareciera que Ogresta se ha
esforzado en no explicitar las pistas que nos faciliten dilucidar qué
momentos/historias tienen lugar antes del conflicto y cuáles después.
Esto va también en contra de una propuesta de contraste entre las
vivencias anteriores y posteriores. De hecho, no pocas críticas
internacionales han obviado esta intencionalidad y han dado por sentado
que las seis historias tienen lugar después.
Es cierto que, por ejemplo, la
existencia ese anciano solitario pero bienhumorado, protagonista del tercer
segmento, aporta un cierto modo de predecir la inminencia de la catástrofe
bélica que vivieron ciertos ciudadanos.
- “¿Por qué vive
en un hotel? ¿Por qué no se marcha de aquí?
- Porque puedo marcharme.
Cuando quiera.”
Es un final a su episodio que da
pleno sentido a todo lo anterior, y enlaza con ese vilo en que vivían
(y viven) los estados de la antigua Yugoslavia. Claro que es un desenlace
a una historia no muy original, sólo interesante al retratar la
vida solitaria de la tercera edad (con similitudes curiosas con el corto
dirigido por Sean Penn, en el film 11.09.01)
El episodio anterior, dedicado a
una drogadicta y su periplo en pos de dinero para su próximo dosis,
es un simple (aunque a ratos agobiante) relato de personajes. Como lo es
también la noche de alcohol, tristeza y renuncias que vive un popular
actor de culebrones, en el quinto segmento. Contiene, es justo reseñarlo,
momentos intensos. Su enfrentamiento con la mujer que le ha abandonado
es una escena de violencia verbal, que prueba que el amor puede devenir
en odio irreconciliable. Y es una de las más duras que se han podido
ver en una pantalla desde hace tiempo. Pero alargar este corto, en su parte
final no añade, más bien resta, a la escena mencionada, quizás
más apropiado cierre (por cierto el excesivo final remite al caos
y locura característico del cine de otro bosnio, Emir Kusturica).
El metraje desajustado lo acusa también
el último corto, además, el más confuso de situar
en la cronología de eventos. A priori, parecería seguir
al anterior (el del actor como protagonista), y, consecuentemente, pertenecer
al “antes” del conflicto. Pero esa obsesión sufrida por un padre
que mira y mira por la ventana de su domicilio, sumido en pensamientos
impenetrables, sugeriría que viene afectado de su paso por el ejército
(es un personaje que aparecía en el primer episodio, sucedido en
la guerra). El padre no contesta a las crecientes preguntas de su hijo
al verle en ese estado, y, al cabo, sólo admite que la luz (que
le pide en más de una ocasión que no encienda) le hace recordar.
El qué, no lo sabemos, pero su rostro, sus escasas palabras, y el
modo de fumar, posibilitan imaginar al espectador. Ogresta parece acertar,
en dotarle de ese tono sin explicitaciones. Dura poco. El director exacerba
lo que de abstracto, pero natural, había en esa falta de comunicación
de un padre y su hijo recién llegado. Lo descubre como mecanismo,
y lo desvela falso, por alargarlo, por hacer repetir al hijo sus preguntas
hasta la saciedad.
Las historias en que la guerra sí
posee una verdadera relación con las consecuencias psicológicas
de sus personajes son la primera y la cuarta. El primer corto sucede en
el campo de batalla (más específicamente, en sus aledaños)
y cuenta con el protagonismo de un retrasado mental y su peripecia a partir
del hallazgo de un pequeño pájaro herido, al que trata de
alimentar. Sus peticiones de consejo al grupo encargado de un puesto
militar cercano apuntan la crueldad propia de hombres reclutados y fomentados
en su vileza. Le mienten y recomiendan dar de comer al pájaro colillas
y balas. Como final, la paradoja de la injusticia. El único que
le dice la verdad y ayuda con su nueva “mascota” es quien sufrirá
el rechazo irracional del retrasado, cuando aquél le salve la vida
de unos bombardeos cercanos, por hacerle perder la caja donde resguarda
al pájaro.
Este hombre es el protagonista, a
su vez, de la cuarta historia, también en directa relación
con las heridas causadas por el conflicto bélico. Sin apenas diálogos,
y con la justa duración, nos hace asistir al sentimiento de perdida
que vive el protagonista. Al regresar de la guerra, comprueba, a distancia,
cómo su esposa y su hijo continúan una vida de la que ahora
se ve expulsado. De nuevo, la falta de explicaciones no desmerece sino
que añade potencialidades; el espectador puede adivinar que su marcha
a la guerra ha hecho finalizar su relación. Al final, el protagonista
deja un respiro al buen humor antes de que le gane la desolación.
Es un guiño hacia la aceptación, al tiempo que a aquel retrasado
que conoció, en el campo de batalla, al que imita, cómico,
en su modo de cantar, para orquestar una melodía cuyo título
es igual que el nombre de la que fue su esposa. De paso, es una de
las pocas alusiones, leve pero clara, que colabora a que reconstruyamos
la cronología de este segmento respecto de la guerra. Pero también
es muestra de que el desequilibrio, entre intenciones y resultado, entre
los distintos cuentos que relata Tu nos aleja mucho del retrato
colectivo que se buscaba.
Como mucho, se revelaría efectivo
como retazo de la Bosnia contemporánea, donde, paradójicamente,
la guerra no resulta pieza esencial. Metáfora de esa incapacidad
-de llevar hasta el final la propia idea del director- es ese simbolismo
del túnel que, aparentemente, abre y cierra el film. Lo que debiera
ser un motivo más de cohesión es, de nuevo, y en verdad,
incompleto. El corto final es cierto que se cierra con la cámara
alejándose del túnel, pero no es el plano exacto que inaugura
la película.
FOLIE PRIVÉE
67 min. Bélgica 2004.
Dirigida por Joachim Lafosse
Guión: Kris Cuppens y Joachim
Lafosse
Intérpetes: Kris Cuppens,
Catherine Salee, Vincent Cahay, Mathias Wertz
Fotografía: Fréderico
d'Ambrosio
Montaje: Sophie Vercruysse.
Folie Privée
es tal vez el único film visto en competición, que toma conciencia
de la importancia del metraje. La elección de estos ajustados 67
minutos se presenta paralela a una unidad de tiempo y de lugar, que refuerza
la capacidad dramática de la historia. La temática es actual
- las separaciones matrimoniales y el aliento de amargura, y una incomprensión
que renace, a ratos, en aspavientos de violencia -, pero el director lo
ha derivado hacia aspectos poco tópicos, y bastante conflictivos.
Icíar Bollaín, en Te doy mis ojos, ya mostraba
la valentía, el afán por una mayor verdad, cuando no desdeñaba
el sufrimiento del marido violento. Joachim Lafosse avanza un paso más:
el marido es justo el centro de su ficción.
A pesar de que su esposa (Catherine
Salee) se ha trasladado al campo con su actual pareja (Vincent Cahay) y
de un acuerdo sobre la custodia de su hijo, el ex-marido (Kris Cuppens)
se presenta en el nuevo hogar. La mujer pacta que puede quedarse un tiempo.
El ex está lejos de ceñirse a límites. Pronto surgen
los problemas.
La manera que tiene Lafosse de acrecentar
la tensa vivencia de esas pocas horas es un diferenciador estilo de rodaje.
Éste se ha querido ver como cercano al de otros autores belgas,
los hermanos Dardanne (en films como Rosetta). Consiste,
por un lado, en una cámara en mano que se ciñe muy cercanamente
al desenvolvimiento de los actores. Un tono documental que parece recalcar
el carácter “real” de lo acontecido delante de la cámara.
Por otro lado, los actores se someten a escenas de una especial duración.
Se rehúye el modo de montaje habitual en un cine más comercial,
con la apariencia (imposible saber su grado de relación con lo desarrollado
en el rodaje) de que los cortes se realizan con escasos segundos de margen.
Para apoyarnos en un ejemplo de la vida cotidiana, sería como esas
cintas de vídeo que grabamos con una video-cámara casera,
sobre la que “montamos” directamente.
La efectividad de este modo de rodaje
puede hallarse en momentos como el desayuno entre los dos adultos y el
pequeño, después de cierta discusión. El ex–marido
sabe que ha de controlar su desánimo. Ha de contemplar cómo
su hijo bromea y demuestra complicidad con el que es actual pareja de su
esposa. La progresión dramática es paralela al proceso del
niño, que pasa de la risa contagiosa a la rebeldía de extender
sus bromas a pesar de las reprimendas maternas. Esto se expande a la vez
que el padre asume (todo el dolor en su rostro) que está fuera;
que ya no pertenece.
Además, Folie Privée
aparenta (todo el cine es construcción, no seamos ingenuos)
que sigue de veras el tiempo real. Entre escenas importantes, se suceden
otras donde sólo acontece lo que los personajes hacen; desde el
baño compulsivo que toma el ex-marido (quizás para empeñarse
en que ese domicilio es, de algún modo, suyo) a la breve excursión
por los alrededores que realizan la madre, su pareja y el niño.
Otro ejemplo, más claro, tiene lugar tras el segundo estallido de
rabia por parte del ex-marido. No finaliza cuando interviene el compañero
de la esposa para protegerla, y luego, se calman: se extiende, en forma
de anti-climax. Llegan unos amigos; se enteran de lo acontecido; tratan
de calmar a todos; el ex-marido se resiste a salir de la casa; sale, vuelve
a explotar; se calma; los amigos se marchan... En lugar del respeto por
las reglas de la dramaturgia, Laffose prefiere acercarse al ritmo a que
todos estamos acostumbrados en la realidad.
El único riesgo de este ensamblaje
dramático y narrativo era que el espectador, o bien pudiera notar
la reiteración a partir de cierto momento, o bien acabara por no
“resistir” esa sensación de drama que se desborda por no atenerse
a las reglas clásicas. Algo parecido a lo que se sufre en varios
momentos del cine de Lars Von Trier. Pero el metraje, corto para un largometraje,
impide que la sobrecarga de esas escenas tensas que no se resuelven según
las convenciones a que estamos acostumbrados, merme el film.
Aún así, el final desvela
que ese potencial problema ya estaba muy cerca de ser demasiado presente.
Desde casi el principio de la cinta, uno intuye que el desenlace sólo
puede ser trágico, así que desconfiamos de la aparente asunción
de la situación por parte del ex–marido. Lo que resulta quizás
forzado, quizás precipitado, es pasar de ello al que sería,
paradójicamente, lógico final. Laffose, por seguir esa misma
mecánica de respeto al “tiempo cronológico”, duda entre mostrarnos
o escamotearnos el gesto violento. Puede ser que ello sea la causa de que
se sienta una cierta torpeza en el rodaje de estos momentos, muy poco afinada
comparada con el resto.
Es curioso que estos desequilibrios,
tan sólo en los minutos finales, dejen tanta impresión negativa.
Puede que provenga de que siempre sea este tramo donde las películas
se la juegan. O puede que la dureza del espectáculo al que hemos
asistido ya nos haya contagiado un malestar tan profundo que ningún
“punto final” nos resulte convincente.
SUCH MICH NICHT
80 min. Alemania, 2004.
Dirigida por Tilman Zens
Guión: Alex Buresch
Intérpetes: Thomas Bestvater,
Stipe Erceg, Jürgen Lehmann, Lea Mornar
Fotografía: Daniel Möller
Montaje: Vanessa Rossi
Such Mich Nicht es
un film primerizo de un recién licenciado en una escuela de cine.
Es su proyecto de fin de estudios, y lo ha realizado con un presupuesto
ínfimo (menos de un millón de euros). No antepongo esta información
para desanimar al espectador: justo a pesar de ellos, resulta sorprendente
que esta cinta alemana aún no haya obtenido distribución
siquiera en su propio país.
El director ha logrado extraer ventajas
a las limitaciones económicas. Pocos personajes, pocos escenarios,
estructuran la posibilidad de una mayor concreción, y favorecen
las intenciones de recuperar el mito de la “femme fatale”. Por otra parte,
la desventaja técnica de un kinescopado (paso a 35 mm) directo desde
el formato de vídeo (Super VHS) aporta, curiosamente, un añadido
interesante, un “grano” fotográfico muy característico a
la imagen. Aunque no tan intencionado como algún crítico
avispado quiso asumir, esta coyuntura técnica beneficia la estética
general de la película. Lo que sí es buscado son los
tonos fríos de la fotografía. Apenas hay exteriores, y los
interiores ofrecen poco calor.
Anna (Lea Mornar) es una asesina
profesional. Tiene un superior, Lewin (Udo Schenk) que juega entre el papel
de padre y el de amante, y que le pasa “misiones”. El film tiene su sentido
al introducirnos a esta historia cuando ella empieza a sufrir los estragos
de una vida sin mayores objetivos que los “profesionales”; sin unos vínculos
que le devuelvan un retrato, o bien completo, o bien agradable, de su persona.
En mucha parte, este esquema es predecible.
El resultado no es, en absoluto, una vuelta de tuerca al género
ni depara sorpresas. La investigación propiciada por el director
se limita a lo psicológico: qué siente y vive una asesina
profesional. No se puede negar que la película contiene notables
parecidos con Nikita, de Luc Besson. ¿Entonces cómo
es que Tilman Zens logra cancelar lo predecible? En parte, el motivo puede
ser que la película fomenta nuestras posibles apuestas acerca de
hasta qué punto se respetarán dichos esquemas. Es decir,
nos logra mantener interesados.
Pero hay más elementos que
explicarían esto. Puede que haya un algo de circunstancias externas.
Al entrar al cine, uno sabe que asistirá a un film europeo. Esto
ya reorienta lo que podemos esperar. Ello se confirma, en algunos detalles.
Estimo improbable que una cinta estadounidense de este género, y
con este argumento, admitiera una protagonista que mata su aburrimiento
(o su soledad) con alcohol y algún escarceo sexual ocasional. O
que se pruebe tan implacable a la hora de ejecutar su trabajo. O el final
de la cinta, poco amable, aunque bastante consecuente.
Tampoco considero posible que un
film realizado en Hollywood conservara ese aire abstracto, y ello es virtud
del director y su equipo. No sabemos para quién trabaja Anna, ni
su jefe. Hay poca comunicación y escasas explicaciones. Los diálogos
no cartografían las motivaciones o circunstancias personales de
los tres protagonistas. Se juega con la baza de los silencios en un guión
poco poblado de palabras.
Tilman Zens, durante la presentación
del film, apeló a que el guión quedó así de
escueto, también en diálogos, por motivos de producción
y del desarrollo del rodaje. Aunque también mencionó algo
clave: “los personajes deben hablar de las cosas superficiales: nunca de
lo que hay debajo”.
El efecto de todo ello es que el
esquema acaba por desnudarse todavía más. Pero, como decía,
no se buscaba tanto reflexiones sobre el género negro en sí,
lo que el director alemán confirmó; su curiosidad por la
temática de la “femme fatale” era para con la perspectiva individual
y psicológica. ¿Limitadas pretensiones? Es posible, pero
Such
Mich Nicht es tan coherente con sus intenciones, poco ambiciosas,
que oferta de más de lo esperado.
Y es una prueba de que un joven director
es capaz de llevar a cabo una historia atractiva, incluso comercial, con
mucho talento.
WALK ON WATER
104 min. Israel, 2004.
Dirigida por Eytan Fox
Guión: Gal Uchovsky
Intérpretes: Lior Ashkenazi,
Axel Himmelman, Caroline Peters
Producida por: Amir Feingold, Sigi
Fischer, Eytan Fox
Música: Ivri Lider
Fotografía: Tobias Hochstein
Montaje: Yosef Grunfeld
Walk on water utiliza
las ventajas de la pertenencia al género (el thriller) para
incluir reflexiones temáticas de cierto alcance. Si a Tilman Zens,
con Such Mich Nicht, le servía como arco donde encuadrar
una indagación psicológica, Eytan Fox pretende usar los seres
de su ficción para representar alguno de los conflictos que vertebran
su país, Israel.
- “Vosotros, los israelíes,
estáis obsesionados con el pasado”.
Es lo que le dice un árabe
que ha sido vilipendiado por el protagonista. De ese pasado, de esa carga
trágica que significa conocer la masacre vivida por sus antecesores
en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, trata Walk on Water.
Como buen film de género,
hasta con cierto respeto por las normas clásicas del guión
norteamericano, se toma su tiempo para descubrir el tema que subyace. Arranca
de modo que “atrape” al espectador en la usual escena introductoria, demarcadora
del tipo de trabajo que desempeña el protagonista. Eyal (Lior Ashkenazi),
un agente del servicio secreto israelí (el Mossad), cumple misiones
de riesgo, principalmente en la eliminación de terroristas islámicos.
Es coincidencia muy significativa que Such Mich Nicht comenzara
también con este apunte de la clase de trabajo del protagonista
para definirlo. Ambos son asesinos. Es una función que ha de influir
en la personalidad. Pero la escena no anticipa, en realidad, lo que será
el tono o la temática, como marcan los cánones del guión
clásico norteamericano. Por tanto, es un uso “interesado” de dichas
pautas. ¿Manipulación? No del todo.
Eyal es eficiente, y por ello, bien
considerado entre sus compañeros. Mantiene, además, una especial
relación semifilial con su superior, que fue amigo cercano de su
madre, cuando lograron sobrevivir en cierto campo de concentración.
Eytan Fox no retrasa más concretar el verdadero centro de la historia.
Una pronta honestidad con el espectador que desmiente que el director manipula,
y que se une a un efectivo y súbito giro dramático en la
vida personal del protagonista. Bastan estos primeros diez minutos para
que comprendamos: Walk on Water no va a ser, en verdad, un
thriller
de espías.
A raíz del bache emocional
que embarga su vida, a Eyal se le encomienda una misión secundaria.
Se trata de seguir a un par de turistas alemanes, hermanos, cuyo abuelo
fue un oficial nazi. Supuestamente fallecido, hay indicios de que pudiera
continuar con vida. Eyal pronto confirma su sospecha de que esta “tarea
menor” posee, para más inri, elementos desestabilizadores. Sobre
todo en lo que respecta a Axel (Knut Berger), cuya actitud y personalidad
se revela, necesariamente, al hacerle de guía por el país
como tapadera para ejercer el espionaje.
El humor inunda el film, poco a poco,
y con cierta sorpresa para el espectador. Axel es alegre, desinhibido e
ingenuo; sus improvisados bailes, ya en un kibutz, con danzas tradicionales,
ya en un bar de karaoke, son momentos bastante definidores, y divertidos,
por el contraste creado ante el asesino encubierto. Las acciones y opiniones
de Axel chocan de lleno con la mentalidad cerrada del funcionario. Pero
la necesidad de mantener su identidad falsa y la cercanía para continuar
con su misión de espionaje fuerzan que reprima su rechazo. Una fuente
de más de una carcajada, y originada por el viejo, pero útil,
recurso de que el espectador sepa algo que un personaje desconozca.
Aparte, esto se entreteje bien con
el desarrollo del personaje protagonista. Vemos que Eyal tal vez sea un
agente tan comprometido con sus labores por cierto nudo de rencor excesivo.
Al fin y al cabo, por mucho que le altere, Axel es inofensivo. Cuando Eyal
observa, entre paternalista y fascinado, cómo Axel intenta simular
que “camina sobre las aguas” en la orilla del Mar Muerto, se intuye que
Eyal empieza a verse tentado de establecer unos vínculos emocionales
con los demás, y que es ello lo que tanto le enoja. ¿Será
capaz de superarlo? La misión está estancada, ya que no hay
pistas de que el antepasado nazi se mantenga con vida. Podría ser
el momento en que el protagonista se abra.
Pero no. Las reticencias conservadoras
(sobre todo, conservadoras de su super-protegido ego) del protagonista
se reafirman al topar con la homosexualidad de Axel (si bien el espectador
lo habrá notado con anterioridad; hay una divertida pista con el
tema de la circuncisión de por medio). A partir de aquí,
se desenvuelve el consecuente conflicto por seguir con una misión
(confirmado, finalmente, que pueden detener al nazi) que implica el mantenimiento
de una mentira, al tiempo que sus escrúpulos afloran; Axel empieza
a resultarle demasiado cercano.
Los mayores valores de Walk
on Water se desprenden de un guión ágil, entretenido,
que no descuida la mostración de los sentires de los personajes,
y que encuentra buen apoyo en las interpretaciones de los actores, en especial
en Knut Berger.
Al mismo tiempo, lo temático
que, en principio, parecía que iba a representar esta dramaturgia
finalmente queda algo desvaída. Como si Eytan Fox se hubiera enternecido
con sus criaturas en el proceso del guión, y optara por dedicarse
sólo a ellas. Esto explicaría, de paso, un “doble final”
innecesario, y, desgraciadamente, más en consonancia con el estilo
de Hollywood. Además, se remacha que el protagonista no siente emociones
“sospechosas” hacia Axel. El director no se atreve a ir hasta donde Tilman
Zens, en Such Mich Nicht, y le puede un injustificado corte
sentimentalista.
FESTIVAL DE CINE EUROPEO SEVILLA
2004
SECCIÓN EURODOC
10e CHAMBRE. INSTANTS D´AUDIENCES
105 min. Francia, 2004. Dirigida
por Raymond Depardon Producida por Claude Morice, Claudine
Nougaret, Adrien Roche Fotografía: Justine Bourgade
Raymond Depardon Fabienne Octobre Montaje:
Simon Jacquet Lucile Sautarel
10e chambre. Instants d´audiences
es una propuesta aparentemente simple que detona, a la larga, múltiples
interpretaciones, y alguna que otra reflexión, además, poco
complaciente.
Raymond Depardon filma en el juzgado
de delitos menores del distrito número diez de París, donde
dicta sentencias la juez Michèle Bernard-Requin. Asistimos a la
lectura de las acusaciones, los interrogatorios, y las defensas de los
acusados. Hay conductores detenidos con exceso de alcohol, un maltratador,
un traficante, un probable enfermo mental que disparó un arma sin
permiso, un inmigrante ilegal,... Delitos “menores”.
En principio, una materia sencilla.
Sólo cuando el film se proyecta en una sala, y uno analiza sus propias
reacciones, y las del público que le acompaña, empieza a
comprender: en su llegada al espectador, lo escueto se complica. Unos espectadores
controlan, culpablemente, las risas, mientras que otros disfrutan sin complejos
como si de un espectáculo se tratara. La sala de cine se ha mudado
en sala de estar, el celuloide ya es tubo catódico. Señores,
bienvenidos a otra edición de “Delincuentes mentirosos”. Nos comportamos
como asistentes a cualquier programa de “talk-show” o “reality-show”.
La que fue mi personal impresión
he podido contrastarla con las reseñas de otros críticos,
particularmente en Estados Unidos. Desde luego, esta visión del
documental era más propicia, puesto que allí llevan años
con retransmisiones televisivas de juicios reales (sin contar las series
y films dedicados al tema), además de una más antigua “tradición”
(sic) de programas de tele-realidad. No sería extremo afirmar que
el film tendría distintas interpretaciones según el contexto
cultural de la audiencia.
Claro que aquí no se ofrecen
esos recurridos subtítulos que sintetizan y dirigen la orientación
de estos testimonios, ni, por supuesto, un presentador que guíe
las preguntas o el juicio sobre estas personas reconvertidas en personajes.
A pesar de todo ello, la pregunta persiste: ¿nos situamos de manera
diferente ante la realidad documental que ante la tele-realidad? Por lo
extraído del análisis de los críticos aludidos, y
la propia experiencia en la sala de cine, parece que cierto público
no distingue. Lo que resalta, además, es que la risa no asoma necesariamente
en la zona más popular de la platea. Los espectadores más
cultivados caían en el mismo efecto perverso de los programas de
testimonios: el de consolarnos con esa pátina de jueces. Somos mejores
que a los seres a quienes vemos y escuchamos. Qué estúpidos,
míralos; qué listos somos por detectarlo.
¿Cuál es el punto de
vista de Depardon? Es difícil de dirimir. La posición de
la cámara es ecuánime en el caso de la jueza y los acusados:
no existe escorzo alguno que pudiera transmitir una predominancia moral
de aquélla sobre éstos. De hecho, el estilo del documental
opta por la aspereza del mero plano-contraplano; sin títulos, sin
música. Una sobriedad que apoyaría la pretensión de
equidad. En verdad, se expone la acusación y la defensa, y cada
caso ocupa, más o menos, el mismo tiempo de película.
Obviamente, existe un proceso de
selección detrás de estas imágenes. El director francés
grabó 163 juicios, y nos oferta sólo 12. Pero los casos son
demasiado disimilares, por lo que también ello despista sobre las
intenciones del director. Es imposible asimilar como igualmente graves
el caso de un hombre que portaba en el Metro un cuchillo (además,
como simple recuerdo familiar) con el de un ex –novio que acosa psicológicamente
a su pareja. Lo único que los une es justo la decisión de
Depardon de incluirlos en el metraje en perjuicio de otros que se quedaron
en la sala de montaje, y ese estilo rígido y uniforme.
Así pues, intentémoslo
en otra dirección. Detengamos en el orden de montaje de los casos;
también es ello una decisión autorial. Aquí ya se
atisban algunas pautas. Se comienza con el caso de la señora mayor
que bebió dos copas de más; después se nos clava como
punto de giro sombrío el maltratador; el enfermo mental que llega
a la sala bajo los obvios efectos de alguna droga pudiera suministrar el
“alivio cómico”; se nos antojarían dolorosos los momentos
del inmigrante ilegal que se queja de la injusticia (grita a la juez si,
con esas decisiones, para él, tan injustas, es capaz de dormir por
las noches), o el del traficante de droga venido a menos por consumir su
propia mercancía. Ahora bien, no sería yo capaz de distinguir
si esta estructura dramática (y, por tanto, más cercana a
la construcción) la previó el director, o es mi propia tendencia
a la “teatralización” la que produce estos análisis. Lo claro
es que, si el director francés buscaba organizar esta rueda de interrogatorios
en una disposición de “momentos álgidos” y “momentos de tránsito”,
estaríamos ante la búsqueda del entretenimiento. El precio
a pagar: volver la realidad espectáculo que disfrutar; a las personas,
personajes a juzgar.
Al mismo tiempo, la trayectoria cinematográfica
del director parecería ahuyentar estas intenciones. Depardon ha
destilado un interés antropológico, a tono con sus orígenes
en el periodismo fotográfico, bien en sus tratamientos del continente
africano - con films como Un Homme sans l´occident
(1992) o Afriques: comment ça va a avec le doleur?
(1996)-, bien en sus documentales sobre su propio país, como Plus
d'info sur Profils paysans: l'approche (2001). De todos modos,
10e chambre. Instants d´audiences podría ser
extensión del proyecto del director francés de permitirnos
el acceso a la justicia francesa, visto en Délits flagrants
(1994), en la que una sala de interrogatorios de la policía se establecía
como el escenario. Allí el estilo también se plegaba a un
plano-contraplano que expulsara fáciles indentificaciones. La película
sólo se basa en diálogos, acusaciones, defensas legales (o
improvisadas, cuando es el acusado quien argumenta), lo que tampoco ayuda
a definir el grado de responsabilidad del autor sobre las reacciones potenciales
mencionadas. ¿Es culpable de ellas al llevar un juicio a la representación
que implica cualquier film, al exhibirlo en una sala de cine?
Tal vez sea éste el asunto
formulado: nuestra necesidad de juzgar a todos menos a nosotros mismos.
En cualquier caso, la conclusión más rotunda que se me ocurre
es que realizar un documental es un trabajo muy serio y con altos grados
de responsabilidad ética.
CALLING HEDY LAMARR
71 min. 2004, Alemania-Austria-Gran
Bretaña. Dirección y guión: Georg Misch Producción:
Gunter Hanfgarn, Antony Loder, Georg Misch. Música: Jim Howard.
Fotografía: Jon Savers Montaje: Michael Palm
Hedy Lamarr fue una estrella de cine
nacida en Austria, cuyo film Extasis, donde aparecía
desnuda, le significó como objeto de deseo con los días contados
para arribar al Hollywood clásico. Acarreó consigo multitud
de rumores, diversidad de operaciones quirúrgicas, y seis maridos.
La investigación del mito (y casi cualquier personaje del cine de
antaño ya se ha vuelto mito; puede ser la melancolía, puede
ser), para hallar al ser humano es un punto de partida válido (normal
en este tipo de documentales biográficos). Georg Misch toma esta
vía, desde otro posicionamiento. La investigación la personifica
nada menos que Anthony Loder, uno de los hijos de Lamarr. La opción
no sólo demarca el estilo (menos impersonal que la mera exposición
de datos), sino el posible alcance del retrato biográfico.
El juego creativo principal que une
toda la película consiste en una serie de supuestas llamadas a través
de las cuales las distintas personas que conocieron a Lamarr aportan retazos
y visiones a modo de rompecabezas reconstructivo. Se puede discutir su
cualidad ingeniosa (para mí, clara), pero lo que es innegable es
que, en este caso, la forma se pliega al tema, incluso al fondo. La actriz
austríaca pasó su última época en un encierro
voluntario que sólo salvaba por medio de largas llamadas telefónicas
a amigos.
Si, aún con eso, se quiere
juzgar como ingenuo, el juego gana capacidad perversa cuando las llamadas
buscan la comunicación con el ser fallecido, no sólo en el
montaje con escenas de la actriz al teléfono en sus films (difícil
no entrever su componente macabro), sino en un giro más doloroso:
Loder se atreve a realizar un casting con mujeres, y la prueba consiste
en una llamada telefónica que nunca tuvo lugar, y donde madre e
hijo pueden reconciliarse.
Los documentales biográficos
tienden a centrar el valor en algún dato recientemente revelado
que suministre matices, o, con suerte, una perspectiva revisionista del
personaje tratado en cuestión. Calling Hedy Lamarr
no esquiva esta idea, y de hecho oferta un dato muy jugoso: la actriz inventó
en su momento el salto de frecuencia, la base de una tecnología
que aún se utiliza, en la telefonía móvil.
La curiosidad deviene en mayores
vericuetos cuando se nos expone que el ejército estadounidense hizo
buen uso de dicho sistema. Eran los alrededores de la Segunda Guerra Mundial,
y Loder (y Misch) sugieren un paso más; las posibles influencias
(como mujer atractiva y famosa de la época) de Lamarr en las agendas
de Mussolini y Hitler apuntan la posibilidad de su papel como espía.
Sin embargo, y si bien uno acepta
que es una postura distante (hasta, si se quiere, intelectual), lo que
de posible valor justamente documental (informativo) de documentación
como ésta, quedan en cuestión, por la forma y la expresión.
¿De veras Lamarr inventó el salto de frecuencia o es un guiño
del director hacia la burla de los documentales biográficos que
toman mito como realidad? El hecho de que el propio Loder posea un negocio
de telefonía refuerza la confusión; parece demasiado casual
(a pesar de lo cual, es un dato confirmado en mis investigaciones por la
Red: Lamarr y un artista de la época inventaron el mencionado sistema).
La atracción por la información
queda, la mayor parte del tiempo, socavada por los sentimientos que nos
produce Loder como personaje. Estamos más en una dramaturgia, en
este caso, de un proceso de catarsis. Eso sí, al modo de, por ejemplo,
Woody Allen, aquí no falta el humor para paliar el dolor por una
madre que apenas ejerció como tal. El efecto que nos causa es de
conmiseración, ya por la ingenuidad con que Loder afronta el proyecto
(irreal) de hacer un film sobre su madre (basta esa tonada que tararea,
a ratos divertido, a ratos patético, en más de una ocasión,
“I wanna be a film producer in the forties”, “Quisiera ser productor de
cine en los cuarenta”), ya por la tristeza de encontrar que la figura de
la mítica actriz ha sido desalojada del museo de cera de Los Ángeles
(sustituida nada menos que por Angelina Jolie, en su papel de Lara Croft).
Pero, en ningún caso, se alienta una caracterización más
conexa de la actriz; dramáticamente, estamos con Loder y sus sentires,
no con la esquiva figura de su madre.
Visto así, el viaje que nos
propone Calling Hedy Lamarr tampoco sería del todo
introspectivo. Y si, como veíamos, el aspecto informativo queda
en segundo plano, entonces queda la pregunta si el film no ha encallado
en tierra de nadie. Quizá las direcciones, de terapia y recuerdo
del hijo, y guía del film, y una propuesta más creativa de
lo tradicional sobre la investigación de una biografía resulten,
a la postre, contraproducentes.
Lo que funciona como esbozo terapéutico
para Loder excluye una profundización de los aspectos más
oscuros de Lamarr, hasta desde el punto de vista más práctico:
al tenerlo como asesor, el director hipotecó abrirse a cuestionamientos
menos cómodos. A la espera de un documental más distante
y analítico, sobre este personaje, uno se plantea si, con todo,
no es mejor un acercamiento incompleto, pero sentido.
Nota aparte: el género documental
sufre las mismas convulsiones que el cine de ficción.
CINÉVARDAPHOTO 1: YDESSA,
LES OURS ET ETC..., ULYSSE
96 min. Francia, 2004. Dirigida
y escrita por Agnés Varda Fotografía: Claire Duguet,
John Holosko, Rick Kearney, Markus Seitz (segmento Ydessa, les ours
et etc...) Pascal Rabaud, Jean-Yves Escoffier (segmento Ulysse),
Per Olaf Csongova, J. Marques (segmento Salut les Cubains)
Montaje: Jean-Baptiste Morin, Agnés Varda (segmento Ydessa...),
Marie-Josée Audiard, Hélène de Luze (segmento Ulysse),
Janine Verneu (segmento Salut) Música: Pierre Barbaud
(segmento Ulysse), Didier Lockwood y Isabelle Olivier (segmento
Ydessa...)
Cinevardaphoto es un
compendio de tres documentales, de relativamente corta duración,
con una voluntad de autor en la creación de imágenes. Su
rasgo común más obvio, anticipado en su título, es
la fotografía, y la postura personal de Agnès Varda, su directora,
hacia la misma.
Varda se suele encuadrar en el plantel
de directores franceses que comenzaron a realizar sus films en la década
de los sesenta, si bien su inclusión plena en la Nouvelle
Vague depende del crítico que se tome como guía.
Lo cierto es que la autora belga ya poseía un bagaje cinematográfico
anterior (L´Opéra Mouffe, 1958), además
de un currículum como fotógrafa.
El tríptico que ahora estrena
se aleja de la mera suma de trabajos cortos, y habita más en la
revisión personal, sobre su faceta como fotógrafa y como
documentalista que parte o se interelaciona con dicha labor. El orden dispuesto
para los tres segmentos es del más reciente al realizado en periodo
más apartado en el tiempo, lo que sugeriría una visión
distanciada, aunque es complejo distinguir su verdadero alcance.
El estilo se define a partir de una
imagen que se refuerza o contrasta desde una voz off (de la propia
autora en los dos primeros; interpretado por el actor Michel Picoli, en
el tercero), que arguye, piensa, expone. En este sentido es un tipo de
documental de cariz intelectual; se utiliza lo grabado o rodado para expresar
una visión, además, muy en contacto con la digresión
característica del ensayo literario o estético.
Esto se enfatiza de manera especial
en el primer corto (y única pieza nueva), Ydessa, les ours,
etc, en el que el elemento fotográfico se conecta directamente
con la órbita del arte. La directora francesa nos acerca a una instalación,
celebrada en Munich, donde la artista y curator Ydessa Hendeless
pergeña, con ambición claustrofóbica, la totalidad
de una sala con fotografías antiguas. Todas las instantáneas
muestran a personas con un oso de peluche. Varda sabe cómo interesarnos,
y no sólo por lo chocante (las propias fotos en blanco y negro,
de niños, ancianos, soldados, con osos de peluche, son tan magnéticas
como estremecedoras). Llegado el momento, se nos presenta a Ydessa, una
mujer de aspecto y poses tan estrafalarios como se puede esperar del cliché
del artista contemporáneo. Pero no. No hay apenas tiempo a chanzas
sobre su manía coleccionista de osos de peluche de todo tipo. La
exhibición no ha sido mostrada del todo aún, y Varda, entonces,
lo hace; en una sala contigua, una estatua de Hitler, a solas, reza, y
da la espalda a la habitación de los osos.
El sentido nos despeja, jarro de
agua fría. Ydessa puede o no resultarnos pretenciosa o estrambótica,
pero es, además, y sobre todo, una superviviente del Holocausto
nazi. La exposición es muestra de una forma, peculiar, pero válida,
de lidiar con el pasado. Si nos había tentado el tópico camino
de la descalificación de su condición de artista, por no
destilar un significado claro a su obra, ahora queremos, deseamos, nos
esforzamos en entender. La voz en off de Varda enuncia pero no cierra
interpretaciones; es consciente de la complejidad de lo tratado. Los osos
de peluche pueden significar una inocencia perdida, a la que Hitler, como
metonimia de toda la barbarie alemana de la Segunda Guerra Mundial, da
la espalda (y condena). O todo un tiempo, pasado, antiguo, lejano, donde
los seres no se avergonzaban de su lado infantil, algo que Ydessa se fuerza
a no abandonar (y de ahí su ingente colección de peluches).
Puede ser otra cosa. El espectador decide.
En el caso de Ulysses
(1982) el análisis es más personal. Varda parte de una foto
que tomó a finales de los sesenta para intentar descubrir qué
rodeó a aquella imagen, a partir de lo que queda de la misma. El
tiempo es lo que se instala como inevitable. El niño de la fotografía
no la recuerda; el modelo adulto ha envejecido; Varda desenmascara que
no le dice nada sobre su vida personal, ni sobre la Historia de aquellos
días. Al final, el documental habla sobre ese carácter tan
especial de la cámara fotográfica: todo lo que nos sugiere
queda, en verdad, fuera de cada uno de sus productos. Ulysses
prueba que la directora francesa ya era consciente de las paradojas de
este arte hace ya veinte años, y completaría el comentario,
más general, de Ydessa, esta vez redirigido al ámbito privado.
Varda contempla la foto y concluye que le retrotrae inevitablemente al
contexto, que ésa es su amplitud o su limitación. Todo ello,
en un estilo que, por pensante y dialéctico, no deja de ser entretenido
y, a ratos, divertido. Así espanta lo que de triste tiene un tiempo
que puede destruirlo todo. Sólo quedan imágenes que nada
dicen por sí solas; siempre requeriremos la constante revisión
y el arte nunca puede ser definitivo. Este recurso a la ironía y
al juego era algo que también atraviesa la historia de Ydessa,
en el anterior segmento, lo cual asemeja ambos cortos documentales.
Sin embargo, Salut les cubains,
deslavaza el que se constituía como trabajo compacto de Varda como
analista de la fotografía. O, cuando menos, lo menoscaba. El documental
se basa en un montaje de fotografías, que, con música y voz
en off, narra el entusiasmo de los días de la revolución
socialista en Cuba. Como posibilidad de visionar un modo verdaderamente
original (eran los años de la experimentación de la Nouvelle
Vague y no exclusivamente en el cine de ficción) de construir
un documento cinematográfico, se podría justificar su inclusión
en el tríptico de Cinevardaphoto. Pero su condición
algo ingenua (tal vez desprendida más del contenido que de la forma)
arroja algunas dudas. En un texto que acompaña a la presentación
de la trilogía, Varda enfatiza que habría que verlo bajo
el prisma del año en que se realizó. Quizá no sea
suficiente. Su colocación al final tiene, si se quiere, como efecto
secundario, un tono de conclusión, derivado de nuestro hábito
a las pautas narrativas: el desenlace cierra. Se presenta un tanto contraproducente
comenzar con el observar distanciado y culminar con la fascinación
con el objeto fotografiado. Puede que Varda espere que el espectador, tras
asistir a los anteriores segmentos, observe Salut les cubains
y lleve a sus bordes el mismo análisis. Como con la foto de Ulysses,
habría de juzgarse con una mirada crítica que, sin embargo,
se ha quedado fuera de la obra en sí. El conocimiento que poseemos
sobre los extremos de fracaso de la dictadura castrista aprestaría
el contraste necesario, y hasta, quién sabe, un poso de melancolía
por los sueños rotos.
Así, el ambiguo orden elegido
para exhibir los cortos también impele a interconexiones que agrandan
la amplitud de lo visto. Si Ydessa Hendeless crea un mundo ficticio donde
todos parecen felices y seguros, ¿no pudo caer Varda en esa búsqueda
(tal vez simple, pero honesta) de la pura belleza en la foto que tomó
a Ulysses? ¿Es que acaso el mundo contemporáneo requiera
una ética de la totalidad (imposible pero auténtica en su
mera persecución) donde no sólo haya belleza sino el caos,
el paso del tiempo y de la Historia? Salut les cubains, a
la postre, optimista, tal vez busque recordarnos, si los anteriores cortos
inciden en que se requiere un esfuerzo para la reinterpretación,
tampoco todo debiera ser crítica sesuda sobre el arte fotográfico.
Es la ventaja de Cinevardaphoto; su apertura a diferentes
perspectivas.
CESKÝ SEN (CZECH DREAM,
2004)
87 min. Rep. Checa, 2004. Dirigida
y escrita por Vít Klusák y Filip Remunda Producción:
Filip Cermák Música: Dan Bauer Fotografía:
Vít Klusák Filip Remunda Montaje: Zdenek Marek
A pesar de que la onda expansiva
no haya atravesado toda Europa, la historia de Czech Dream
fue un acontecimiento de un calado considerable, sobre todo en el país
checo. Dos estudiantes de la escuela de cine de Praga optan, para su proyecto
de fin de estudios, por realizar un documental. Prepararían toda
la publicidad necesaria para lanzar al público un producto que,
a posteriori, se desvelaría como inexistente. El documental registraría
todo el proceso de producción publicitaria, hasta el propio afrontamiento
con aquellos ciudadanos que hubieran mordido el anzuelo.
La idea, ingeniosa sobre el papel,
alcanza pretensiones muy críticas al saberse que el producto es,
nada menos, que todo un supermercado. La República Checa ha experimentado
una crecida muy notable en el número de este tipo de establecimientos.
Si es una pista sobre el giro del pueblo checo hacia el capitalismo feroz,
una simple clave de necesaria evolución de un país que sufrió
la órbita comunista (España tampoco se ha librado de ese
estallido consumista comprensible en un territorio sometido a las limitaciones,
políticas y económicas), o una llamada de atención
hacia la credulidad del ciudadano medio en cualquier país occidental,
los estudiantes (directores y guionistas) es probable que tuvieran (o no)
sus ideas preconcebidas antes de rodar el film. En cualquier caso, Czech
Dream hubo de evolucionar al contemplar el material que iban rodando.
La broma inteligente alcanzó repercusión política.
Los extremos a los que se llegan,
obviamente no se expresan desde un principio, y por eso Czech Dream
posee una estructura que procede de menos a más. Al principio, podemos
asistir hasta sonrientes hacia la composición y creación
del jingle que anunciará el supermercado, grabado por toda
una orquesta de niños. Luego, la penetración en la construcción
de un anuncio deviene en un estudio muy instructivo sobre los entresijos
de la publicidad. Vít Klusák y Filip Remunda contrataron
de veras una importante agencia de publicidad, y los modos para lograr
un impacto sobre la población tiene, en algún momento, un
porte terrorífico. Me refiero a las técnicas científicas
que se aplican a unos voluntarios para detectar, mediante sofisticados
mecanismos, hacia dónde dirigen la mirada y el interés al
leer los pasquines del supuesto supermercado.
Hay más. Los profesionales
del medio contratados saben, todo el tiempo, que no existe supermercado.
Esto origina algunas discusiones con los directores, en las sesiones de
preparación de la campaña. Aquí se percibe que Vít
Klusák y Filip Remunda tratan de ser honestos. No escurren el bulto,
y el documental también ha de contemplar las posibles críticas
y reticencias con el proyecto. Claro que no deja de impresionarnos que,
en una escena, uno de los creativos afirme que lo deja porque en el anuncio
se van a incluir detalles falsos; en realidad, tiene tanta razón
como que la falsedad se extiende a toda la campaña. También
una chica, encargada de los estudios científicos aludidos se enfrenta
a los directores, y a la cámara que filma el documental. No le parece
justo engañar así a la gente. Los directores admiten la crítica
(si no fuera así, esto no habría salido de la sala de montaje)
pero tampoco dejan escapar la ironía: ¿pero ellos no cobran
por ayudarles en ese proyecto que tan injusto consideran?
Esto sólo son los prolegómenos.
Los espectadores vemos crecer la mentira y salir al mundo. La vemos funcionar.
El día reseñado, se monta una gran carpa que hace de portada
en un descampado. Allí se recibe a los checos que han decidido comprobar
la publicidad sobre los extraordinarios precios del supermercado. La bienvenida
incluye música y unos pequeños regalos. Sobre un escenario,
son los propios Vít Klusák y Filip Remunda quienes personifican
la empresa. Llega el momento, y aquí hasta sufrimos el suspense.
Gozar de un conocimiento que no poseen los personajes (aquí personas
de carne y hueso) es el pespunte de la intriga cinematográfica.
Aguardamos impacientes ese instante en que se destape el engaño.
Y cómo se reaccionará.
Funciona como clímax de estructura.
A estas alturas, como espectadores, nos habremos situado en uno de los
dos polos que percibí en la audiencia que compartió conmigo
la proyección del documental: el posicionamiento con “el arte” más
o menos didáctico, o con la engañada clientela más
o menos iracunda, por traicionada. La visión del documental como
juego manipulador y perverso implica, desde luego, algo de sana sensibilidad
ante el daño ejercido en el orgullo de estos checos que se dirigieron
inocentemente hacia un sueño imposible. Incluso se percibía
una cierta identificación, y, a modo de gráfico ejemplo,
está lo que escuché, tras la proyección: había
quien afirmaba que los directores “tenían que tener mierda en el
cerebro”.
La otra postura, la superioridad
intelectual, se podía medir por las risitas nada culpables que surgían
en los asientos de la sala. Pero esta distancia paternalista no colabora
al entendimiento. Puede que hasta sólo oculte el secreto conocimiento
de que cualquier puede caer ante una oferta tentadora, y, de ahí,
a la hipocresía dista un simple paso. Como si la parte cultivada
de la clase media no cayera en las redes de servidores de telefonía,
inmobiliarias, o servicios similares.
En cuanto al enfado total hacia los
autores de Czech Dream, tampoco resulta justa, ya que esa
condescendencia no parece su posición. Es posible que su proyecto
implique algún matiz de crueldad, aunque podría aludirse
a que cualquier obra que pretenda un grado de “despertar” en la población
necesita serlo. También pudiera discutirse si no estamos ante una
concepción del arte que, al final, en su afán didáctico
no castiga a los de siempre, en vez de dirigir sus iras hacia los escalafones
superiores. Todo es posible.
En todo caso, los autores no son
insensibles. El valor de su propuesta vuelve a sintetizarse en la valentía
con que asumen su envite. Los ciudadanos, tras topar con un espacio vacío,
regresan a la carpa, y Klusák y Remunda están allí;
no se han ido, no se esconden. Desean explicar el sentido de esta peculiar
perfomance documentada sobre vídeo. Como cualquier artista
contemporáneo que se precie, han de escuchar al ciudadano furioso
que le interroga sobre cómo su obra puede ser considerada “arte”
o útil. Los directores no son diletantes sin compasión, y
se involucran (también físicamente) en lo tratado. No aparecía
en el documental, pero, indagando, he encontrado fotografías donde
los directores sufrían golpes por parte de la multitud. Casi les
honraría no haberlo incluido en el montaje.
La polémica fue grande en
la República Checa, aunque la metáfora no debiera ser tomada
(desde allí, o desde cualquier otra audiencia) como limitada localmente.
No se trata de que los checos sean muy ingenuos o muy consumistas. España
aún conserva esa mezcla poco recomendable entre credulidad ante
promesas de “bueno, bonito y barato”, por su no tan lejano pasado de pobreza,
y la suficiente voluntad de consumo, por su actual mejor economía.
Podemos pensar que el efecto en ciudadanos como los alemanes, o los estadounidenses
serían distintas, pero en verdad cabe reflexionar si la diferencia
no se circunscribiría a las reacciones. Aquí aparece la rabia,
el escándalo (al saber que es un proyecto de una escuela de cine
subvencionado las iras se dirigen a la política de apoyo a las artes).
Pero también hay quien intuye o vislumbra el sentido de la broma,
y lo asume con humor. Dudo que otros pueblos no acudieran, ya a la pura
violencia, ya a la denuncia legal.
Otro aspecto llamativo es cómo
algunos ciudadanos que asimilan la broma, lo dirigen a un cierto pesimismo
sobre el país. Me pareció que los españoles tenemos
bastante en común con los checos, en ese complejo de inferioridad
y pesimismo victimista. Hay más de uno que, curiosamente, acaba
asociando la gestión del engaño con el gobierno concreto,
y su reciente invitación (ganada) por que se adscribieran a la Unión
Europea. La reflexión queda expuesta, y todos pueden opinar. Sólo
por eso, vale la pena este documental.
DIE SOUVENIRS DES HERRN X
102 min. Austria/Alemania, 2004.
Dirigida por Arash T. Riahi Guión y Montaje: Arash T. Riahi
Producida por Nikolaus Geyrhalter, Peter Stockhaus Fotografía:
Marco Zimprich Música: Karuan, Mambo Court, Fred Paris
Arash T. Riahi ha optado por una
muy probable empatía por aquellos que aman el séptimo arte
desde la simple afición, y lo ha vertido en un documental curioso,
creativo, y con inesperadas cotas de emoción. Sin embargo, el producto
lo ha construido como búsqueda (personal, si se quiere) y detenta
los altibajos de quien quiere abarcar bastante más de lo proyectado.
El origen de la historia procede
de una casual compra del director. En un mercadillo, halló una colección
de películas caseras, rodadas por un aficionado. En su visionado,
una serie de viajes inmortalizados con una cámara, y unos escuetos
comentarios enjuiciadores de lo vivido en ellos. El autor no se concretaba;
es el señor X del título, y son sus souvernirs en 16 mm.
El director austríaco ya tenía
su objetivo. Ya sólo había de comprender el telón
de fondo. Para redondearlo, se busca un particular retrato, y Ariashi cree
acertado comenzar por un club de cineastas aficionados de la tercera edad.
La fascinación tarda poco en producirse. Por lo estrafalario, por
la siempre refrescante sensación de penetrar en un mundo desconocido.
Por la ingenuidad de los entrevistados.
El documental se pliega al tema tratado
y hace uso de la imagen en vídeo, la cámara en mano, la iluminación
improvisada. Introduce una serie de carteles animados de forma artesanal
y a ritmo de música naive (muy llamativa, las composiciones
del músico Mabo Court).
También inserta extractos
de las películas caseras del señor X. En un momento realmente
inspirado se organiza una sesión de visionado ante los miembros
del club para que expresen sus opiniones sobre la calidad de la obra.
Pero algo sucede. Pasa el tiempo,
y Ariashi se olvida de su meta. Un anciano accesible, ilusionado, que lleva
casi toda su vida filmando cortos sencillos, es el responsable. Se gana
a la cámara, y su historia va llenando minutos. Los premios anuales,
repartidos a este tipo de directores de andar por casa, le suponen un desafío,
y Ariashi estima necesario asistir a la oportunidad de que se celebren
pronto. El anciano finaliza su obra y la presenta. No gana. Un golpe a
sus ilusiones. El fracaso colabora a que nos identifiquemos. Un ataque
que le merma la salud le convierte en héroe cercano, que no se rinde,
que quiere seguir rodando, seguir contando.
Para cuando Ariashi recuerda al señor
X, la resolución del misterio no le interesa tanto. Todo se finiquita
con una llamada telefónica.
Sería injusto demandar que
un director que no viva su correspondiente proceso creativo; todos requerimos
comenzar por una idea y seguirla a ver hasta dónde nos conduce.
Lo que sucede es que su plasmación en pantalla puede desviarse a
lo excesivo, a lo finalmente aburrido. Sobre todo, si no es con pretensión
de análisis de esta creatividad, otro camino que, en cualquier caso,
le hubiera dirigido al cine de cariz más artístico.
No soy yo partidario de ejercer la
crítica desde aquella tentación del “yo es que lo hubiera
hecho de otra manera”. Ariashi ha puesto todo, sin mucha preocupación
por la síntesis, o la selección, es cierto, y hay que juzgarlo
desde ahí, desde lo que ha pretendido. Tiene el valor de acercarnos
a una asunción del cine desde el simple ciudadano liberado de conocimientos
estéticos. Y ocasiona ese tipo de emoción que no se define
monocolor; hay tanta sorpresa y risas ante la simpleza con que estos ancianos
se toman su hobby, como sincera empatía.
Sin embargo, suerte o desgracia,
como espectadores, las premisas se aplican también a los documentales.
El descuido del señor X causa mella, y desconcierto. La desmesurada
duración tampoco facilita extraer el sentido pretendido por el director.
SURPLUS
54 min. Suecia, 2003. Dirigida por
Eric Gandini Guión y Producción: Eric Gandini Música:
Gotan Project, Johan Söderberg, Tosca, David Österberg. Fotografía:
Lukas Einsenhauer, Carl Nilsson Montaje: Johan Söderberg
Surplus pretende disponerse
como documental más experimental de lo que realmente es, aunque
su mezcla, tan desequilibrada como dependiente de un punto de partida original,
plantea al menos suficientes interrogantes de interés.
El núcleo de estilo consiste
en un montaje de imágenes y sonido con referencias a los anuncios
publicitarios, en el cual se trata el tema del capitalismo y sus derivaciones
políticas y sociales. En otras palabras, el juego consiste en utilizar
los medios audiovisuales al modo más comercial, para contar otras
ideas, además, contrarias al discurso capitalista.
Sin embargo, el uso del sonido y
la música, rememora también el video-clip. Los mensajes de
Kalle Lasn, un referente intelectual de la antiglobalización, se
editan de forma repetitiva. Gracias a unos ritmos musicales, sin duda,
pegadizos, las frases claves se incluyen en un modo que recuerda a canciones
con consignas y llamamientos políticos, al modo, de ciertos artistas
musicales (se me ocurre AsianDubFundation o, en cierto modo, algunas
melodías del último Eminem). Gandini sería,
casi un video-compositor musical, si no fuera porque la música la
aportan otros, y porque la duración se extiende más allá
de lo usual en dichas canciones.
Lo que era una coherente idea originaria
(partir de la rapidez y reiteración de imágenes, del lenguaje
publicitario con el que la cultura capitalista es tan afín) sufre
el riesgo de esbozarse como entretenimiento propio del video-clip. Admitamos
que ello es un efecto colateral, pero ya es una pista de lo ambivalente
de su apuesta.
Además, a ratos, el documental
podría verse como el típico vídeo promocional de cualquier
producto: pero sólo a ratos. Gandini no es fiel siquiera a este
esquema general que facilitaría la cohesión. Por tanto, más
inconsistencias. No hay una idea clara de estructura. En esta coctelera
caben tanto un montaje de los labios de líderes mundiales que disgrega
sus mensajes al intercalarlos con los del gurú antiglobalización,
como entrevistas aisladas a personas concretas. Gandini las coloca, aquí
y allá, al modo de esos “info-publicidad” habituales de la madrugada
y el tele-tienda, donde los datos con aires seudo-científicos y
las entrevistas a los usuarios del milagroso producto se editan sin más
objetivo que lo hipnótico de una información redundante.
Aparte, en el caso de las entrevistas,
no todas arrojan el mismo grado de adecuación. El fabricante de
muñecas y muñecos sexuales, a tamaño natural, exhibe
un lado, tan divertido como extremo, del nivel de comercialización
al que han llegado nuestras necesidades básicas. Pero las pocas
palabras extraídas a un joven sueco, millonario de la nada en los
tiempos de los “punto com”, no oferta nada interesante. El mismo Lasn no
ahonda en los términos de su postura anti-capitalista.
Con todo, lo dispar de lo acumulado
añade también elementos positivos. En ese ir y venir, sin
tanto concierto, Gandini no se olvida del mito socialista que significa
Cuba. Lo hace, primero con una entrevista a una chica cubana, de visita
en Londres, donde afirma que, sí, es verdad que la sobreabundancia
de la oferta (alimenticia, para ser más concretos) del mundo capitalista
es clara... Pero que la escasez de variedad de servicios en su lugar natal
tampoco le seduce demasiado. La falsedad de los discursos castristas donde
se asegura que en Cuba no hay mercado de ningún tipo, se contrasta,
en montaje, con imágenes que aluden al claro paraíso sexual
en que la isla caribeña se ha convertido (permitido o no por Castro,
ésa es otra cuestión). Resulta llamativo que muchos críticos,
en la onda marxista más pura, hayan obviado (diría que hasta
sin intención, es decir, ingenuamente) el claro cuestionamiento
de la perfección sin claroscuros del régimen cubano. Quizá
lo desarticulado del discurso que ofrece Gandini facilite el olvido selectivo,
y el refuerzo buscado. En cualquier caso, uno siempre acaba por ver lo
que quiere ver.
Aquí queda señalado
otro problema grave de Surplus: predica a conversos. La mayoría
de los que vayan a ver este documental poseen, no ya conocimientos, sino
toda una ideología organizada (cerrada; en el peor de los casos,
sin opción a la matización) en torno a los temas que se tratan.
La izquierda más convencida (y la menos autocrítica) quedará
reforzada en sus convicciones, y se sentirá satisfecha por tropezar,
como extra, con algún dato desconocido. El hecho de que resultara
premiado en el Festival de Sevilla vendría a probar esta hipótesis.
Lo que nos devuelve a lo ya expuesto:
la idea, visual y sonora, apunta al cuestionamiento, pero la falta de contenido
coherente ahuyenta el pensamiento más profundo. Surplus, como mucho,
alcanzaría el status de documental de referencia respecto a un particular
modo de pensamiento, si bien su estructura disociada, posmoderna, tan válida
como cualquier otra, apela en todo caso más bien a sentires que
a reflexiones.
Ahora queda la pregunta de si el
director sueco buscaba poner esto de manifiesto, o si simplemente
ha desvelado sus propias armas sin darse cuenta. En mi opinión,
lo segundo me parece más improbable, aunque sólo sea porque
otorgue yo una capacidad de meditar las imágenes y el montaje escogidos.
Me resulta inconcebiblemente burdo que Gandini se haya decidido por la
repetición de las frases y las imágenes para que el espectador
capte mejor el mensaje. Tiene más lógica que lo reiterado
ocasione una final falta de sentido, al modo que sucede en la publicidad.
Claro que ello puede tratarse de una opción suicida, y cualquier
temática contenida en esta llamativa (pero a la vez limitadora)
forma del documental sea condenada al mismo juicio: sin verdadero significado.
Estimo difícil que el director sueco persiguiera tal punto de nihilismo,
donde son tan vacuas las palabras de los representantes del capitalismo
como los de que se oponen a él.
La forma elegida delata que, en verdad,
cualquier mensaje pretende venderse, no importa si hablamos sobre las supuestas
bondades del liberalismo o de las radicales propuestas de Lasn de “regresar
a la era de hierro”. La propaganda es propaganda, y no exclusivamente cuando
el mensaje es, más o menos, cercano a nuestras posiciones ideológicas.
Por eso es ejercicio sano una distancia analítica que ponga en su
sitio el alcance de documentales como el Farenheit 9/11 de
Michael Moore, o este Surplus.
(Enero-Abril-2005)
Fernando Hugo Rodrigo
[volver
a índice de artículos] [volver al
índice de Reportajes y Entrevistas]