ARTICULOS
de ANIKA CINE.
CINE SOCIAL
Manuel Márquez |
Vivimos tiempos de etiquetas: como
a una suerte de conjuro frente a una realidad que, de puritito compleja,
tan difícil se nos hace de captar, acudimos al cómodo y socorrido
expdiente de la etiqueta, ese adhesivo con el que calificamos y encasillamos
aquello a lo que hacemos frente (o que nos hace frente a nosotros, tanto
da), ahorrándonos, de paso, el más arduo trabajo de “deshuesarlo”
y analizarlo para conocerlo mejor. Ya la dijo alguno con anterioridad:
con las prisas, malos tiempos para la lírica...
La de cine social no deja de ser
una más, la enésima (y van... y las que quedan...). Y, como
todas, o casi todas, no deja de tener su punto de inconsecuencia (o bobería);
porque, si hay un arte que por condicionantes de toda índole (históricos,
industriales, tecnológicos, etc.) merece, con carácter genérico,
el calificativo de “social”, ése es el cine, que, hasta en sus corrientes
y géneros más presumiblemente lejanos del sustrato en el
que se desenvuelve, se crea y se transmite –pongamos, por caso, el de ciencia-ficción,
o el de aventuras-, no deja de reflejarlo y reflejarnos.
De todos modos, más allá
de supuestas evidencias tautológicas con un puntito de truculencia
–aunque sin ánimo de hacer demagogia-, todos sabemos que ése
que se ha venido en llamar, últimamente, cine social, se califica
como tal en un sentido mucho más específico y estricto. Y
hablamos de cine social para referirnos a aquel en el que se enmarcan aquellas
películas en las cuales prima, como eje central de su elaboración,
la pretensión de reflejar la realidad existencial de personas y/o
colectivos desfavorecidos en algún sentido y, en consecuencia, víctimas
de unas estructuras de reparto y funcionamento relativamente injustas.
Más o menos, es eso, ¿no?
En cualquier caso, más allá
de definiciones que más pueden contribuir a embrollar y enturbiar
la cuestión que a clarificarla, supongo que todo buen aficionado
al cine tiene una idea intuitiva bastante exacta, y no necesitada de tanto
alambique conceptual, de lo que es el cine social. Y también es
consciente el cinéfilo más o menos avezado de que, si bien
la etiqueta, como tal, es de fabricación bastante reciente, el producto
bajo el que se cobija es antiguo, casi tanto como el propio invento del
cinematógrafo: poco habría de tardar aquel ingenio de barraca
de feria, una vez superados sus balbuceos iniciales, en proyectar su mirada
sobre las realidades más sangrantes de un mundo en el que, si hay
algo que brilla por su ausencia, es la materialización de la justicia.
Y, con esa mirada, la plasmación en celuloide de tales realidades,
como un alegato de protesta y rebeldía contra las mismas; una manifestación
más, una muestra más, de la denuncia a través de la
exhibición, mecanismo para el cual las potencialidades del cine
siempre han sido (y son, y, sin duda alguna, serán) enormes.
No es tarea fácil, en consonancia
con la amplitud temporal antes apuntada, la de hacer una selección
–necesariamente, muy limitada- de títulos catalogables como de cine
social. Pero, puestos a la tarea, y con ánimo de abarcar un espectro
lo más extenso posible, tanto desde un punto de vista cronológico
como geográfico, me atrevería a apuntar una serie de títulos
que, sin ánimo de ser exhaustivos, bien podrían constituir
una muestra representativa del rubro al que nos referimos: Las uvas
de la ira (John Ford; U.S.A., 1940); Ladrón de bicicletas
(Vittorio de Sica; Italia, 1948); Surcos (José Antonio Nieves
Conde; España, 1951); Ladybird, ladybird (Ken Loach; Gran
Bretaña, 1995); Barrio (Fernando León de Aranoa; España,
1998); Hoy empieza todo (Bertrand Tavernier; Francia, 2000); Lugares
comunes (Adolfo Aristarain; Argentina, 2002).
Ocasión habría, con
motivo de una hipotética reseña específica de cada
una de ellas, de extenderse en consideraciones de cierto calado acerca
de las mismas, y, muy especialmente, en lo que atañe a los motivos
de su elección como piezas particularmente significadas de esta
corriente, género, o tendencia cinematográfica. Pero no creo
que se escape a nadie que las conozca, el hecho indudable de que todas
y cada una de ellas reúnen méritos más que suficientes
(más allá de su calidad intrínseca: obviamente, no
todas son obras maestras del séptimo arte) para hacerse dignas acreedoras
a ostentar su lugar correspondiente en esta ilustre (por lo limitada) nómina.
En cuanto al no conocedor, puede caberle la completa certeza de que, si
decide acudir a su visionado, tendrá la oportunidad de contemplar
un puñado de excelentes películas que, además de entretenerle,
en riguroso cumplimiento del primer mandamiento de la religión cinematográfica,
le harán sentir y reflexionar: todo un lujo, ¿hay quien dé
más...?
Manuel Márquez
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