ARTICULOS
de ANIKA CINE.
BOXEO Y CINE
Manuel Márquez |
Si hay un deporte que, por su escenografía
y su liturgia, se presta particularmente a ser pasto de celuloide –y, de
hecho, así lo ha sido a lo largo de la historia, y lo sigue siendo,
sobre todo en el cine hollywoodiense de corte más comercial-, ése
es el boxeo. Y si, a tales elementos –escenografía y liturgia-,
añadimos algunos otros, como pueden ser la extracción social
de sus protagonistas (generalmente, de origen humilde, lo cual ofrece la
posibilidad de armar historias de superación personal tan caras
al gusto del público estadounidense, que ve reflejadas en ellas
la confirmación empírica de la existencia del “sueño
americano”); los componentes turbios y sórdidos de los ambientes
que lo rodean (esa fauna de gánsters, putas y otras gentes de mal
vivir que tan magníficos resultados da en pantalla); o el desarrollo
de su acción principal en un espacio físico (el ring) cuya
acotación integral en el plano permite un grado de detalle visual
bastante alto, ya tenemos buena parte de –por no decir todos- los ingredientes
necesarios para hacer de ése que algunos denominan el noble arte
de las doce cuerdas, un extraordinario espectáculo cinematográfico.
Innumerables son las películas
centradas en el mundo del boxeo y, entre ellas, como en botica, de todo
hay: desde productos extraordinarios, como es el caso de Toro salvaje
(Raging bull, 1980), de Scorsese – aunque me parece excesiva esa consideración
crítica que la sitúa entre las mejores de la historia, sí
que es innegable que se trata de una gran película-, hasta films
de la más baja calidad, cual sucede con las secuelas tercera y cuarta
de la saga Rocky –cuyos excelentes números de taquilla no
consiguen ocultar su condición de meros subproductos comerciales
a la mayor gloria y fortuna de su promotor, Stallone-, pasando por otras
muchas muestras de desigual calidad y enfoque genérico (así,
tanto hay cabida para dramas intensos como la sólida Más
dura será la caída –The harder they fall, 1956-, de Mark
Robson, con el ínclito Humphrey Bogart haciendo su última
y doliente interpretación, o la lacrimógena Campeón
–The champ, 1979-, de Zeffirelli, como para thrillers de suspense criminal
–cual es el caso de Ojos de serpiente – Snake eyes, 1998-, de Brian
de Palma, con su famoso plano-secuencia de apertura: 11 minutos de pirotecnia
de operador de cámara, ahí es nada...-).
Pero si hay algo común a todas
ellas –y, además, desagradablemente soprendente, dada la solvencia
técnica acreditada por la práctica totalidad de los directores
mencionados-, es la defectuosa resolución visual de las secuencias
correspondientes a los combates y, muy especialmente, de los desenlaces
de los mismos: solemos asistir en estos casos, de manera casi indefectible,
a un vapuleo impío por parte del (seguro) aspirante a la victoria
al (seguro) candidato a la derrota, que termina cayendo fulminado, víctima
de un knock-out tan rotundo como inevitable, dadas las circunstancias,
claro está: algo que muy raramente sucede en realidad sobre el ring,
dado que, en tal tesitura –y eso es algo bien conocido por cualquier espectador
habitual de este deporte-, lo más habitual es que el contendiente
en desventaja haga uso de algún mecanismo defensivo elemental –trabar
a su rival; zafarse de él con fintas, esquivas o desplazamientos
laterales; hincar la rodilla en la lona, para obtener una cuenta de protección;
o, en último extremo, y como fórmula aún más
ladina (sirve, además, para descansar un poquito y ganar algo de
tiempo), hacer que se suelte “fortuitamente” la cinta de sujeción
del guante-; y, si su situación física ni siquiera le permite
acudir a tales expedientes, es obligación del juez-árbitro
(así lo exige el reglamento, y así suele suceder) la de detener
el combate, decretando la derrota por inferioridad del afectado. En fin,
si las técnicas defensivas raramente aparecen en la pantalla, la
paralización de un combate por el árbitro es algo que no
se llega –mucho me temo- a estudiar en las escuelas de guionistas, tan
clamorosa llega a ser su absoluta ausencia en cualquier película
de temática boxística.
De esa forma, y a diferencia de lo
que sucede en otros escenarios de “combate” (las peleas a mamporro limpio
típicas del western, por ejemplo) que, por lo general, ofrecen resultados
mucho más afortunados, los combates de boxeo cinematográficos
–incluso los de las películas más afamadas y prestigiosas-
adolecen de una falta de verismo que se me antoja totalmente inexplicable,
carente de la más elemental de las lógicas. Y no es
que quiera esgrimir este humilde escribiente una vana pretensión
de que las películas sobre boxeo lleguen a alcanzar un perfil que
las acerque más al cine documental que al de ficción –ya
sé, ya sé que el cine es ese territorio en el que Supermán
vuela y Gabino Diego se liga a la guapa de la película: cosas veredes...-,
pero no creo que estuviera de más algo de rigor, un mínimo,
a la hora de abordar tales secuencias: creo que es el justo trato que los
buenos aficionados al boxeo –entre los que me cuento- merecen cuando, en
la sala oscura del cine, buscan el trasunto ficticio de las lides pugilísticas
a las que tanto gustan entregarse. Luz reconcentrada, vapores de humo turbio,
cámara.... ¡¡¡acción!!!
Manuel Márquez
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