ARTICULOS
de ANIKA CINE.
Siempre pretende, o desea, el cinéfago
contumaz –categoría a la que pertenece, o cree pertenecer, este
humilde escribiente- la consumisición desaforada y sin tasa del
objeto de su adicción, en cualquier formato, soporte o modalidad.
Se entiende, pues, que cuando circunstancias y avatares de variada índole
(en este caso, familiares y profesionales) le privan del acceso a la satisfacción
de tal deseo, haya de recurrir –tal cual puede hacer el adicto a cualquier
otra sustancia más o menos sicotrópica- a sustitutivos de
otro carácter que sí le son accesibles: en mi caso, la lectura,
igualmente desaforada y sin tasa, de libros y revistas (de cine, faltaría
más...). Como dice la canción de marras, no es lo mismo,
pero es lo que hay, y el que no se consuela es porque no quiere, y ya llegarán
tiempos mejores, y...
En días claros, radiantes
y luminosos, esas lecturas me proporcionan una enorme satisfacción,
y dan cumplimiento a ésos que el tópico proclama como objetivos
atribuibles al ideal genérico de cualquier vehículo comunicativo,
sea cual fuere: informan, forman y entretienen. Gracias a tales lecturas
–ya sea de artículos y críticas, en un plano más epidérmico
o ligero, o de estudios y análisis, que se adentran en vericuetos
de mucha mayor profundidad-, permanezco relativamente al día de
lo que se cuece en la actualidad del mundillo cinematográfico; asimilo
ideas y conceptos acerca de la creación fílmica en su más
múltiples facetas; y, sobre todo, y lo que es más importante,
disfruto cual marranillo retozón en un magnífico charco cuya
única particularidad es la de que el barro y el fango se ven sustituidos
por una auténtica riada de celuloide de 35 milímetros de
banda.
Pero, ay, amigo lector, no todos
los días son claros, radiantes y luminosos. También hay días
turbios y sombríos, cuajados de negros nubarrones, y son ésos
los días en que uno reflexiona, torvo y cejijunto, sobre qué
sentido tiene tanta palabra, tanto y tanto escrito, tanto y tanto leído,
sobre aquello que es imagen y sonido, y que lo que nos reclama, no otra
cosa, es contemplación y escucha. Y qué contradictorio resulta
arrojar sobre la imagen –hasta dejarla ahogada, sepultada- no las mil (cuyo
valor –reza el tópico- supera), sino millones y millones de palabras;
y por qué ese empeño machacón en explicar negro sobre
blanco lo que se explica a sí mismo con su mera y simple plasmación
en una pantalla; y por qué ese escarbar frenético en la búsqueda
de sentidos ocultos y significaciones veladas acerca de lo que el autor
quiere expresar, si ya está expresado en el celuloide filmado; y
por qué esta tremenda incongruencia de cometer, en este mismo acto
y momento (y en los de la misma calaña perpretados con anterioridad;
y en los que hayan de venir, ojalá...) ese mismo pecado que se denuncia
(padre, yo me acuso...).
En fin... hoy no es un día
turbio y sombrío, y, por tanto, subiré al tren (un día
más, y los que ya van, y los que quedan...), y me enfrascaré
en la lectura de algún interesantísimo artículo sobre
cine sin el menor arrobo, escrúpulo ni sentido de culpa (o algo
que se le parezca a cualquiera de ellos tres); es más, lo disfrutaré
intensamente y quizá, quién sabe, me olvidaré de todas
las cuestiones que formulaba sólo unas líneas atrás
(ustedes pueden, amigos lectores, si así lo desean, y no tienen
ocupación mejor en que gastar su tiempo, buscar respuesta para las
mismas, que yo ya cumplí con formularlas; y perdonen si doy la impresión
de que escurrro el bulto: es cansancio vulgar, no más...). Pero
no les miento ni me engaño: gustosamente hubiera invertido el tiempo
dedicado a emborronar estas líneas (que, mucho me temo, son más
un exorcismo que la expresión de una opinión) en la contemplación
de una hermosa película, y habrán de coincidir conmigo en
cuán más provechoso me hu biera resultado, ¿no creen?
Manuel Márquez
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