ARTICULOS de ANIKA CINE.
METADONA
Manuel MárquezSiempre pretende, o desea, el cinéfago contumaz –categoría a la que pertenece, o cree pertenecer, este humilde escribiente- la consumisición desaforada y sin tasa del objeto de su adicción, en cualquier formato, soporte o modalidad. Se entiende, pues, que cuando circunstancias y avatares de variada índole (en este caso, familiares y profesionales) le privan del acceso a la satisfacción de tal deseo, haya de recurrir –tal cual puede hacer el adicto a cualquier otra sustancia más o menos sicotrópica- a sustitutivos de otro carácter que sí le son accesibles: en mi caso, la lectura, igualmente desaforada y sin tasa, de libros y revistas (de cine, faltaría más...). Como dice la canción de marras, no es lo mismo, pero es lo que hay, y el que no se consuela es porque no quiere, y ya llegarán tiempos mejores, y...
En días claros, radiantes y luminosos, esas lecturas me proporcionan una enorme satisfacción, y dan cumplimiento a ésos que el tópico proclama como objetivos atribuibles al ideal genérico de cualquier vehículo comunicativo, sea cual fuere: informan, forman y entretienen. Gracias a tales lecturas –ya sea de artículos y críticas, en un plano más epidérmico o ligero, o de estudios y análisis, que se adentran en vericuetos de mucha mayor profundidad-, permanezco relativamente al día de lo que se cuece en la actualidad del mundillo cinematográfico; asimilo ideas y conceptos acerca de la creación fílmica en su más múltiples facetas; y, sobre todo, y lo que es más importante, disfruto cual marranillo retozón en un magnífico charco cuya única particularidad es la de que el barro y el fango se ven sustituidos por una auténtica riada de celuloide de 35 milímetros de banda.
Pero, ay, amigo lector, no todos los días son claros, radiantes y luminosos. También hay días turbios y sombríos, cuajados de negros nubarrones, y son ésos los días en que uno reflexiona, torvo y cejijunto, sobre qué sentido tiene tanta palabra, tanto y tanto escrito, tanto y tanto leído, sobre aquello que es imagen y sonido, y que lo que nos reclama, no otra cosa, es contemplación y escucha. Y qué contradictorio resulta arrojar sobre la imagen –hasta dejarla ahogada, sepultada- no las mil (cuyo valor –reza el tópico- supera), sino millones y millones de palabras; y por qué ese empeño machacón en explicar negro sobre blanco lo que se explica a sí mismo con su mera y simple plasmación en una pantalla; y por qué ese escarbar frenético en la búsqueda de sentidos ocultos y significaciones veladas acerca de lo que el autor quiere expresar, si ya está expresado en el celuloide filmado; y por qué esta tremenda incongruencia de cometer, en este mismo acto y momento (y en los de la misma calaña perpretados con anterioridad; y en los que hayan de venir, ojalá...) ese mismo pecado que se denuncia (padre, yo me acuso...).
En fin... hoy no es un día turbio y sombrío, y, por tanto, subiré al tren (un día más, y los que ya van, y los que quedan...), y me enfrascaré en la lectura de algún interesantísimo artículo sobre cine sin el menor arrobo, escrúpulo ni sentido de culpa (o algo que se le parezca a cualquiera de ellos tres); es más, lo disfrutaré intensamente y quizá, quién sabe, me olvidaré de todas las cuestiones que formulaba sólo unas líneas atrás (ustedes pueden, amigos lectores, si así lo desean, y no tienen ocupación mejor en que gastar su tiempo, buscar respuesta para las mismas, que yo ya cumplí con formularlas; y perdonen si doy la impresión de que escurrro el bulto: es cansancio vulgar, no más...). Pero no les miento ni me engaño: gustosamente hubiera invertido el tiempo dedicado a emborronar estas líneas (que, mucho me temo, son más un exorcismo que la expresión de una opinión) en la contemplación de una hermosa película, y habrán de coincidir conmigo en cuán más provechoso me hu biera resultado, ¿no creen?
Manuel Márquez
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