MAGAZINE ANIKA CINE
ARTICULOS de ANIKA CINE.
 
EL DELATOR [THE INFORMER (JOHN FORD) 1935]
Fernando Hugo Rodrigo

A la hora de contemplar un film antiguo, la tendencia natural del espectador aficionado al cine es la del respeto bien intencionado. Si uno es capaz de no informarse de antemano sobre la película en cuestión, y, por tanto, de no facilitar el prejuicio (ni positivo, ni negativo), es muy probable que no se requiera esa buena fe, e incluso que se lleve una sorpresa. El delator (The Informer) es una obra del año 1935 y, sin embargo, el lenguaje cinematográfico está ya casi plenamente logrado. En los primeros cinco minutos ya tenemos expuesto, sin apenas palabras, el tema y la situación. El delator trata de la situación conflictiva de Dublín en los años veinte, y lo hace a través de la sencilla, y a la vez compleja historia de Gypo, un ex-colaborador del IRA cuya delicada situación le lleva a traicionar a un amigo por dinero.

La sencillez viene derivada del primitivo arco de sentimientos de ese protagonista, rudo, emocional; la complejidad, procede de que ninguna de estas características le privan del remordimiento por lo cometido, ni del amor cierto que ha movido sus acciones. Un personaje atormentado pero perdido, enmarcado y enfrentado a unas circunstancias donde parecen imposible los tonos grises (o se está del lado de los "patriotas" del IRA, o del de los ingleses) ya facilitarían el inevitable drama. Pero en el momento en que se convierte al traidor en protagonista, aquí subyace una intención de análisis, y esto, más allá de las posibles intenciones del director, John Ford, de expresar las simpatías por sus raíces irlandesas. Tanto es así, que el resultado, poco amable tanto para el fondo como para el protagonista, hicieron que la RKO tuviera comprensibles dudas acerca de la producción del film.

Hay quien afirmaría que hay ribetes expresionistas en esta película. No iría yo tan lejos, pero es obvio que, por medio del rodaje en estudios, la fotografía y la ambientación, la noche dublinesa en la cual se desarrolla toda la historia, apoya los claroscuros de ese marco social y político: pobreza, calles oscuras, bares donde apenas pueden servir copas que nadie puede pegar, mujeres que han de prostituirse, juicios sumarísimos llevados a cabo por la organización terrorista... No nos situamos en el realismo habitual, sino en un tipo de cine que utiliza todos sus medios para reconstruir un ambiente, una atmósfera. De hecho, mucho de la primera parte del film tiene poco que ver con el estilo habitual de Ford, que posteriormente se definiría por ese tipo de director que no se hace notar. Los efectos ópticos utilizados para enfatizar ese cartel donde se expone la recompensa por la entrega del militante del IRA, y sus efectos como tentación (y luego como culpabilidad) en el protagonista podrían juzgarse hoy como ingenuos. Pero nos habla de un modo de comunicar sentimientos por el lenguaje de la pura imagen, sin intervención de diálogos.

Tanto énfasis en la cantidad de la recompensa, veinte libras, viene bien justificado, ya que facilita precisamente un tipo de suspense peculiar, uno de los elementos que mejor funcionan en esta película. A partir de que a Gypo se le encarga, por parte de los gerifaltes de la organización terrorista, el descubrimiento de quién ha sido el delator, el espectador sabe que sospechan de él. Van a vigilar cada uno de sus movimientos. Y, sin embargo, Gypo se deja llevar por su simpleza. En lugar de acudir a hablar con Katie, su novia, y darle las veinte libras que ha obtenido de recompensa para ese soñado viaje a América lejos de la pobreza, inicia una ronda de alcohol, invitaciones colectivas, y demostración pública de la fortuna recién conseguida. La continua alusión a la cantidad de dinero que va gastando en sus copas (cálculo que también realizan los agentes del IRA que le vigilan) crea una sensación de irremediable pérdida de oportunidades (ni siquiera le va a quedar para que Katie pueda marcharse a América) en el espectador. Es la clase de suspense en que sufrimos tanto por la decisión errónea del protagonista que deseamos sacudirle y hacerle ver su error. Intuimos por adelantado cómo va a acabar su periplo por la noche de Dublín, pero sólo podemos soportarlo...

Por supuesto, esto implica el riesgo de que acabemos juzgando al protagonista como demasiado estúpido. En cierto modo, una serie de casualidades impiden el ansiado encuentro con Katie, pero no podríamos afirmar que es sólo el azar el que le mueve en ese movimiento irreparable hacia su propia perdición. No estamos, pues, ante una tragedia: el destino de Gypo procede, como mucho, de sus propias limitaciones psicológicas. No hablamos, claro está, de un error de configuración del personaje por parte del guionista o de la puesta en escena del director: es claro que ambos intencionadamente nos ofrecen un protagonista así de contradictorio. Lo que podemos preguntarnos es si es excesivamente arriesgado, a pesar de que el guión no nos oculte y justifique los orígenes de su comportamiento. Así, si bien la traición tiene motivaciones honradas,  como su amor sincero por Katie o su situación financiera delicada (justo por haber sido repudiado por el IRA al no querer asesinar a un prisionero inglés), lo que será su caída en el alcohol nos enfrenta con más problemas. Es en donde más chocamos con lo irresponsable y poco consecuente de sus actos. Gypo bebe y se divierte para olvidar su condición de Judas... y para ser aceptado. Quiere congraciarse con todos, y a todos abraza, y a todos invita. Es una reacción lógica, tras verse "apestado" por el IRA, por aquel crimen que no pudo acometer. Con todo, la lógica de una actitud ilógica tiene sus riesgos, y aquí ya entraría la percepción personal de cada espectador. La comprensión de Gypo es bien subjetiva, si bien hay momentos en que la balanza se inclina claramente hacia uno de sus extremos. Por eso es posible sentir ya asco, cuando delata falsamente a un inocente sastre como el autor de la traición, ya cierta conmiseración en la escena en que un viejo aprovechado y tarambana, le desprecia cuando cree que ya no le queda dinero que "quemar", y luego regresa dócil, y simpático, al percibir que el ya bien borracho Gypo aún tiene unas libras que gastar.

Esto nos lleva a la interpretación de este personaje por parte de Víctor McLanglen, actor que luego sería partícipe de otros films de Ford, y que logró el oscar con este papel. No hay duda de que su actuación es extrema. Gypo golpea, grita, canta, se vitorea a sí mismo en arranques etílicos, llora.  A ratos es tan excesivo, como la comprensión que se nos exige hacia sus actuaciones. ¿Es, pues, una apuesta demasiado arriesgada por parte del director?

No del todo, si nos analizamos más detenidamente el guión.

A medida que avanza la historia, el guionista Dudley Nichols, ganador también del oscar, por esta adaptación de una novela de Liam O´Flaherty, (y que sería probablemente uno de los únicos cuyos méritos en la historia del cine son innegables) nos da acceso a más personajes y tramas. A priori esto sólo parecería resultar en un contraste obvio entre el paralelo "viaje etílico" de Gypo, y el drama que viven la madre y la hermana del delatado (y asesinado por los ingleses), y remataría la difícil identificación con el protagonista. Pero si la John Fordpelícula, en su primera parte, destacaba por su sencillez de planteamiento, ahora crecen las aristas de poner en escena la dudosa filosofía patriótica del IRA. Por ello, lo que el film pierde de lenguaje visual, lo gana un retrato coherentemente complejo de una situación social y política: si el IRA no asesina al delator Gypo, la lucha por la patria puede verse afectada. Ya vamos intuyendo la esforzada exclusión de matices que significa esta perspectiva, aunque es con el tremebundo "juicio" particular del sastre acusado por Gypo cuando ya nos topamos con su confirmación. El miedo de este hombre corriente, sacado de la cama, y expuesto ante unos "jueces" de la organización terrorista es tan impactante, como el saber que todo es una mera treta para acabar señalando a Gypo como culpable. Entonces, aunque borracho, aunque mentiroso, no es posible no sentir algo de empatía por nuestro protagonista, sobre todo indefenso ante unas fuerzas mayores que no comprende... pero que el propio espectador puede ver mejor no comprender. Porque la cantinela del líder del IRA, del sacrificio de Gypo por la causa es algo que se la repite a la hermana del traicionado, pero es justo esta derivación del guión hacia esta historia de amor la que permite una visión distinta: ella pregunta, con tanta emoción como sentido, de qué sirven tantas muertes... Y, al tiempo, sabe que si Gypo queda indemne, puede que el precio sea que el líder del IRA, o sea, su amado, muera o sea detenido.

Llegado a este punto del film, cabe hablar del tono religioso católico que Ford enfatiza. Hay quien afirma que es éste su film más claro en un aspecto de su ideología que nunca ocultó. Lo cierto es que el tema del perdón gana protagonismo. Es a lo que apela Katie, una vez averigua lo que Gypo ha hecho por ella; es a lo que apela el propio Gypo, al final, ante la madre del amigo traicionado y muerto. Este final es dramático pero también coherente, y considero que el escenario (una iglesia) está utilizado de forma coherente, pero sin un posible énfasis que lleve a extremos de religiosidad insultantes o meramente sentimentaloides.
 

Fernando Hugo Rodrigo

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