ARTICULOS
de ANIKA CINE.
MICHAEL MOORE
Manuel Márquez |
M. M.
Si hay un nombre propio al que, con
todo merecimiento, se puede atribuir una buena parte de responsabilidad
en el auge que el género documental viene experimentando en toda
la cinematografía mundial a lo largo de estos últimos años,
ése no es otro que el del inefable Michael
Moore, ese orondo e histriónico
director que, a base de diatribas y andanadas constantes contra la línea
de flotación de ese que se ha dado en llamar american way of
life –y no sólo con sus imágenes: libros y declaraciones
verbales, tan profusas como rotundas, forman también parte del arsel
con el que se bate en su personalísima cruzada-, aspira a demoler
los cimientos del sistema y, de paso –y por más doloroso que pueda
eso resultar a los mitómanos militantes-, postergar a Marilyn
Monroe como referente asociado a esas dos
coincidentes iniciales.
La radicalidad de sus posturas,
y la vehemencia con que las defiende y enarbola, lo han convertido en una
auténtica estrella mediática, y han logrado que su cine,
más allá de sus calidades estrictamente fílmicas –de
las que tampoco ha de andar falto, a la vista de reconocimientos tan palmarios
como el del Oscar al mejor documental recibido por Bowling
for columbine, o, más recientemente,
la Palma de Oro conseguida en Cannes merced a su último trabajo,
aún no estrenado en el momento de redactar estas líneas,
Farenheit 9/11-,
despierte polémicas y controversias de todo tipo y pelaje, retroalimentando
el fenómeno a la mayor gloria de su promotor (de quien, según
cabe apreciar en sus comparecencias públicas, se puede adivinar
sin dificultad que está encantado de conocerse...) y de su causa
(explícitamente reconocida, en un gesto que le honra –para desesperación
de sus detractores-: lo único que él pretende es echar a
Bush Jr de la Casa Blanca, y en ello tiene puestos alma, corazón
y vida, que decía el viejo bolero...).
En cualquier caso, y dejando a un
lado las consideraciones acerca de la legitimidad de su postura (que no
osaré yo cuestionar, partiendo del sacrosanto principio de la libertad
de expresión; más aún, coincido con ella en lo más
sustancial de su planteamiento, y es ése el motivo por el que el
personaje, más allá de sus excesos, me resulta simpático),
la actitud de M. M.
vuelve a poner sobre el tapete, una vez más, una cuestión
de mayor calado, que es la de la utilización instrumental de un
vehículo de expresión artística –en este caso, el
cine-, con una finalidad distinta a la que le es consustancial (la de transmitir
historias, reales o ficticias, a través de la imagen en movimiento),
y las connotaciones éticas de tal pretensión.
Sin ánimo de entrar en profundidades
abisales (los debates sobre "arte puro" y "arte contaminado" nacieron antes
que el propio cine, y ya ofrecen toneladas de argumentos para los defensores
de una u otra opción), mis inclinaciones personales apuntan en una
dirección
más
o menos ecléctica: o sea, que vale, de acuerdo, pero no nos pasemos
de rosca.
No hay por qué incurrir en
las extravagancias godardianas (me jugaría tranquilamente el cuello
a que el travelling como cuestión de moral es algo que se le escapa
al 99’9 % de los directores de cine que, a lo largo de la historia, han
sido, son y serán...), para asumir que todo cine, todo arte, es
fruto de su tiempo y su lugar, que de ellos se nutre y a ellos se vierte,
y que, consecuentemente, siempre hallaremos en él –incluso en los
casos que menos puedan parecer prestarse a ello (léase, el cine-espectáculo
más genuino: películas de acción o de aventuras, por
ejemplo)- un reflejo o un apunte –más o menos explícitos,
más o menos conscientes- de la realidad social en la que surge,
que lo hacen trascender de su mera condición de obra de arte.
Pero la subordinación del
espíritu creativo a otros fines, ya sean de la índole que
sean (y no necesariamente espúreos, dicho sea de paso) –en este
caso, políticos-, convierte a la obra –en este caso, cinematográfica-
en algo que tiene un nombre bien conocido: un panfleto. Hay quienes piensan
que no tiene por qué estar reñida la calidad artística
de una obra con su condición panfletaria; permítanme, sinceramente,
expresarles mis muy serias dudas sobre el particular, aunque no dejaría
de alegrarme que la obra del ínclito M.
M. constituyera uno de esos casos que,
por su excepcionalidad, no vendría más que a confirmar la
susodicha regla. Insisto –y no porque sus iniciales coincidan con las mías-,
me cae simpático...
Manuel Márquez
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