ARTICULOS
de ANIKA CINE.
LAS UVAS DE LA IRA (THE
GRAPES OF WRATH, 1940) John Ford
Fernando Hugo Rodrigo Blanco |
Basada en el libro de John Steinbeck
del mismo título, Las uvas de la ira es uno de esos
títulos de Estados Unidos que aparecen sucesivamente en las listas
de mejores películas de todos los tiempos. Más allá
de lo sostenido por lo que opinan los críticos de las más
prestigiosas revistas, el film es una extraña alianza de proceso
hacia la toma de conciencia del proletariado y defensa a ultranza de la
familia. Esta curiosa contradicción de ideologías procede
de un texto de base con objetivos progresistas llevado al cine por un director
conservador
El primero de los elementos que destacan
del film es su ciertamente novedosa búsqueda del realismo. Ya posee
un mérito reseñable el hecho de que se reflejara en la pantalla
una situación social e histórica con tan poco margen de diferencia
cronológica. El mismo Steinbeck ya pretendía ese aspecto
de urgencia respecto a dar fe del drama vivido por centenares de familias
de los estados más castigados por los años de la depresión
del 29, que hubieron de dejar sus tierras y emigrar a California, en busca
de una aparente "tierra de las oportunidades". Pero la literatura no ha
sido nunca un arte popular, al contrario que el cine, y sigue siendo llamativo
aún hoy en día que la fábrica de sueños de
Hollywod se atreviera a narrar una historia con tantos ecos de crítica
social apenas diez años después. No parece casual que en
Estados Unidos se extendieran al aire los ecos de la Segunda Guerra Mundial,
de forma que la lucha contra todo aquello que aparentara estar cercano
al comunismo tenía un pase temporal, mientras el enemigo se llamara
Adolf Hitler.
También es inusual ese afán
de verismo, incluso fotográfico, en John Ford. En films anteriores,
como El Delator (The Informer, 1935), había
bordeado el estilo expresionista. Tras esta cierta excepción que
constituye Las uvas de la ira, se instalaría en el
clasicismo cinematográfico, el cual no se define precisamente por
dejar respirar el aliento más naturalista (sino por esa serie de
normas por las que
nada
en pantalla recuerda al espectador que asiste a una representación/ficción,
en aras de la verosimilitud). Aquí, el rodaje en exteriores gana
tanto protagonismo como efectividad. Ford sigue con su cámara
la ruta 66 que sigue la familia Joad desde Oklahoma hasta California. Escenas
como la llegada al primer campamento de inmigrantes poseen esa fuerza de
las imágenes de documental, y tampoco hay miramientos a la hora
de rodar los momentos de violencia (la muerte de Casy, por ejemplo, está
rodada sin énfasis, sin planos cortos, sin un cámara que
clarifique o amplifique este significativo momento).
A pesar de lo anterior, en el estilo
y estética del film, nos hallamos con la primera contradicción,
o, cuando menos, dislocación, que se repite en más aspectos
y que otorgan a Las uvas de la ira su peculiar condición.
Porque, si bien, como decimos, Ford opta por el realismo, el comienzo
de la película no podría más en contra de estas intenciones.
Tras una escena rodada en exteriores, pasamos al encuentro de Tom con Casy,
el ex – predicador, y la llegada al que durante muchos años fue
su hogar. Todo rodado en estudio. En concreto, esta última escena,
es de una fuerza extraordinaria, con el juego de luces de esa casa abandonada
y a oscuras, sólo iluminada por las velas de los recién llegados
(todo un desafío técnico para Gregg Tolland, el que
luego sería el aclamado director de fotografía de Ciudadano
Kane). Si alguien accediera a la película en este momento
(como sucedió al que esto escribe la primera vez), se tendría
la sensación de penetrar en un film de terror o de cine negro, en
ningún caso una historia realista. La narración continúa
con los flashbacks de Mulrey, un desahuciado que se refugia en la
casa, y que cuenta a Tom y a Casy (y al espectador) qué ha sucedido.
Ahora si se abre a los exteriores, pero ciertos efectos ópticos
(muy interesantes, por otra parte) para representar el terror del avance
de las excavadoras sobre la casa de Mulrey, siguen alejando el afán
naturalista.
¿Qué sucede? ¿Acaso
Ford no se decidía por otorgar el que luego sí será
el tono general? No, en realidad, Las uvas de la ira cede
a las convenciones de género, y aquí estamos ante un drama
familiar (con elementos de road-movie, por cuanto existe un viaje también
en el sentido metafórico), no ante un film plenamente social. El
rodaje en estudios también se repite en las escenas en el campamento
del gobierno y los contrastes luz/oscuridad también se dan en el
que será el asesinato de Casy. No se trata de que se pierda el realismo
más
directo, sino de que Ford no desprecia concordarlos con su conocimiento
del medio y del lenguaje más clásico. Es una opción
estética, llamativa por cuanto el director percibió con acierto
la necesidad de una apertura a imágenes más cercanas al documental.
Una opción que es, a la vez, coherente con su consideración
sobre cómo hacer cine, preocupado por los géneros y los personajes,
es decir, muy lejos de lo que serían las intenciones de corrientes
como el neorrealismo italiano, surgido años después. Otra
cosa es considerar si el que fuera consecuente como autor aporta coherencia
al conjunto de la película, por las especiales resonancias del tema.
Sin ir más lejos, habríamos
de pensar que, como sinécdoque de lo que vivieron todas estas familias,
los Joad debían de tener un tratamiento igual de verista. Sin embargo,
la pretensión nunca llega tan lejos, como, por ejemplo, utilizar
actores no profesionales (como se dio, en abundancia, en el neorrealismo).
Si bien ciertas escenas buscan una puesta en escena coral, donde los actores
se desenvuelvan con mayor naturalidad (me refiero, por ejemplo, al desayuno
de todo el clan antes de que llegue Tom), se ahonda más en el clasicismo
habitual. El actor se pliega a la cámara, y no al contrario, y de
este modo se comprende, como caso más claro, el famoso (y algo mitificado)
parlamento final de Tom Joad, donde lo hermoso del discurso se impone a
lo verosímil. Es esta opción cinematográfica la que
también explicaría que tanto Henry Fonda como Jane
Darwell fueran nominados al Óscar (aunque sólo ella lo
obtuviera).
No se quiere significar que las interpretaciones
no sean meritorias, ni posean efectividad. El guión, y el texto
literario del que procede, ofrecen algunos personajes jugosos, bien aprovechados
por la dirección de Ford y los intérpretes correspondientes.
El protagonista, Tom, es atípico. Distante, tranquilo y a veces
rudamente sincero, acaba de salir de la cárcel. Es tan capaz de
admitir su delito (un asesinato, en una pelea) y su falta de remordimiento
como de comentar ingenuo que nunca hubiera creído que habría
de esconderse en su propia tierra, o de pergeñar un arranque heroico
y salvar a un colega a punto de ser disparado por un policía. La
interpretación por parte de Henry Fonda sostiene perfectamente
tan complejo personaje. No deja de ser, por las características
señaladas, un algo ambiguo guía del espectador hacia el interior
de la historia. Su protagonismo no crece en exceso hasta la parte final:
su evolución hacia una toma de conciencia (casi sindical) es tan
tardía como súbita (y violenta). Otro personaje interesante
es el de Casy, interpretado con maestría por John Carradine,
en su supuesta actitud de confusión y pérdida, y, a la postre,
detonante de la implicación de Tom por unos ideales de defensa de
los más desfavorecidos.
No todas las actuaciones están
tan bien engrasadas. Cuando Ford busca en esa dirección de
realismo/naturalismo salirse del esquema clásico, a veces tiende
al exceso, particularmente con los actores que interpretan a los abuelos
de la familia. Este peligro de rozar el ridículo se ve en escenas
como la preparación de la salida en la camioneta (con el abuelo
enfurruñado porque, de pronto, no quiere marcharse), o ese momento
en que el personaje de John Carradine, narrando una anécdota
a Tom, la representa, exageradamente, saltando por encima de una verja.
Esta tensión no resuelta entre
pretensiones y resultados se halla también, y sobre todo, en el
propio elemento ideológico de la película. Se podría
argüir, incluso, que el viaje de Tom no es el mismo que el de su familia.
La evolución de aquél es hacia una puesta en marcha de la
defensa de su clase social, mientras que la de ésta, representada
particularmente en la madre, es hacia un descubrimiento de lo esencial
de los lazos familiares. Este doble mensaje se mantiene hasta el final,
expresándose en última instancia incongruente. Si Tom, en
el discurso donde explica a su madre a qué va a dedicar su vida,
nos habla de una justificación de la lucha obrera, en la escena
final la madre le dice a la familia, de nuevo puesta en marcha en la camioneta,
que la gente como ellos seguirá adelante, a pesar de todo. Es decir,
la película apela al cambio con Tom, y luego se mitiga con un cierto
inmovilismo: ¿para qué luchar, si las clases más humildes,
según se dice, resistirán pese a la opresión?
Esta problemática no resulta
tan llamativa, si comprendemos que John Ford era efectivamente un
republicano católico y conservador. Lo curioso es que su mirada
no es precisamente dócil con la corrupción de una policía
aliada con los empresarios de recogida de fruta que malcontrata a los recién
llegados, o con las "patrullas ciudadanas" en busca de crear problemas
para tener una excusa para detener a los elementos "alborotadores", es
decir, aquellos trabajadores que exigen sus derechos. Quizás podamos
desentrañar algunas claves de la posible verdadera intención
del director.
Por un lado, está en la repetida
alusión al dinero (el que les queda a los Joad, el que han de pagar
en los campamentos, el que pueden gastar en cada parada del camino). Ford
contrapone la humanidad de sus personajes al problemático intercambio
monetario. Esa preocupación por una recuperación de lo humano
no puede expulsar la crítica a la falta de solidaridad, y de ahí
la mostración de ciertos seres sin escrúpulos. Pero, en consonancia
con sus creencias cristianas, la moral general deriva más hacia
una defensa de una cierta fraternidad. Un ejemplo es la escena en la que
el padre Joad contabiliza con esmero cuánto gastarse en pan en una
cafetería. Cuando los niños quedan mirando unas barras de
caramelo, el padre, a pesar de requerir el ahorro, se las compra. La camarera,
que, hace un momento, ponía problemas a servirle sólo el
pan, les cobra de menos. El gesto tiene efecto dominó; unos clientes,
que se han dado cuenta del detalle, se marchan pagando de más. La
camarera, emocionada, no puede evitarlo: “¡Qué buena gente!”
Por otro lado, tenemos esos dos magníficos
flashback donde se narra la expulsión de unos agricultores,
la familia de Mulrey. En el primero, el patriarca, enfurecido, se rebela
ante el que han enviado para informarles del desahucio, junto a su hijo,
que amenaza con una escopeta. Merece la pena reproducir el diálogo:
Hijo: ¿De quién es
la culpa?
Agente: Ya sabes quién es
el dueño de la tierra. La Shawnee Land y Cattle Company.
Padre: ¿Y quién es
Shawnee Land y Cattle Company?
Agente: No es nadie. Es una empresa.
Hijo: ¿Tienen un presidente,
no? ¿Tienen alguien que sepa para qué es una escopeta?
Agente: Oh, chico, no es culpa suya,
porque el banco le dice qué hacer.
Hijo: Muy bien, dónde está
el banco?
Agente: En Tulsa. ¿Para qué
tomarla con él? Allí no hay nadie excepto el administrador.
Y ya está medio loco tratando de cumplir con las órdenes
que llegan del Este.
Hijo: Entonces, a quién disparamos?
Agente: Amigo, no lo sé. Si
lo supiera, te lo diría.
Entre medias de estos flashbacks,
el que los narra, Mulrey, el patriarca expulsado, también ha colaborado
a dibujar un drama sin aparentes culpables. Ante las preguntas de Tom,
afirma que el origen del desastre ha sido el viento “soplando año
tras año. Destruyendo la tierra. Llevándose las cosechas.
Y llevándosenos ahora a nosotros”.
Ford y su guionista se preocupan
y compadecen de las víctimas, sin denotar culpables mayores. Como
decíamos, no pueden sortear el retrato de la crudeza de quienes
se aprovechan de la situación, aunque no quieren ascender más
en la cadena de responsabilidades. Es innegable que esta abstracción,
ese tinte de desgracia a la que no se puede poner rostro, tiene potencial.
Reverbera los aspectos trágicos (una familia contra fuerzas mayores
y desconocidas) además de esa cualidad poética, tan bien
utilizada en las escenas rodadas de estudio y con tintes casi expresionistas,
en donde Mulrey, iluminado con expresión casi de locura, afirma
que la culpa es del viento. Incluso se podría pensar que esa distancia
de un análisis social/ideológico es lo que aleja al film
de haber resultado un mero panfleto, siendo, en cambio, una obra que mantiene
su vigencia y fuerza.
De todos modos, Las uvas de
la ira, pese a su indecisión de estilo e intenciones, o
justamente gracias a ella, posee un buen puñado de momentos que
la hacen única, y merecedora de una mirada atenta, si bien sin necesidad
de mitificación.
Fernando Hugo Rodrigo Blanco
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