ARTICULOS de ANIKA CINE.
Cine sin orejeras: Y COMO PASA EL TIEMPO
Manuel Márquez... que de pronto son años, tralarí, tralará... qué hermosa canción la de Silvio Rodríguez (como tantas y tantas de este genio cubano, paridor de trovas sin límite para el encantamiento). Pero hablábamos de cine, ¿no? Bien, vayamos a ello, pues. Hace unos días, y en un pase televisivo, veía por enésima vez (siendo n=4, para no pecar de imprecisos cuando se puede no serlo...), Jó, qué noche (After hours), una de las contadísimas (posiblemente, la única en estado puro) comedias de Martin Scorsese, de la cual guardaba un excelente recuerdo, en base a sus visionados anteriores.
La primera vez que tuve ocasión de verla, fue con motivo de su estreno comercial, allá por el ya algo lejano año 1985, en un cine de mi localidad, Córdoba (el Santa Rosa; hoy travestido, sin haber pasado siquiera por el trámite intermedio de su conversión en multisalas, en un supermercado: uno más, uno menos...), y me pareció una comedia fascinante: plena de frescura, imaginación y elementos transgresores, tanto en lo referente a su estética (muy de su época, en su vertiente más avanzada) como a lo rompedor de los elementos de su trama, plagada de personajes fronterizos que se movían en un mundo de silencio y oscuridad al mismo borde de la sordidez, y todo, todo, con un toque muy simpaticón. Además, salí de la sala (enorme, como las de antes) locamente enamorado de Rosanna Arquette (les prometo solemnemente que un día de éstos escribiré un artículo en el que les hablaré de alguna película de cuyo visionado salí sin estar enamorado de alguna de sus actrices: me va a costar trabajo, pero les aseguro que lo voy a intentar...), que me pareció el "sumum" del encanto a caballo entre lo apajolado (si me permiten la expresión) y lo naif, y también me encantó el registro cómico de Griffin Dunne, ese protagonista julandrón y en estado de aturdimiento permanente a lo largo de todo el metraje. Y qué decirles de Teri Garr, una de las integrantes de mi particular santuario mitómano (y con ese moño, y ese traje brillante, madre mía...).
Después, la volví a ver en dos ocasiones, en formato vídeo y en pantalla pequeña, bastantes años más tarde, y me volvió a parecer una comedia simpática, aunque ya había perdido, para mi apreciación particular, buena parte de su capacidad de fascinación, de ese tremendo encanto con que la ví revestida en su primer visionado. Y en este último, hace tan sólo escasos días, quizá fruto del agotamiento que provocan las repeticiones, quizá fruto de un cúmulo de mil y una circunstancias, me pareció ya solamente una buena comedia, sin más, sin mayores connotaciones. Descubría, no sin un cierto punto de dolor, que Griffin Dune tampoco ofrecía un registro tan rico de matices como pensaba (de hecho, su carrera posterior jamás llegó a alcanzar cotas tan altas como ésta); que Rosanna Arquette tampoco ofrecía un nivel interpretativo como para tirar cohetes (de hecho, así le fue posteriormente en su carrera profesional); que muchos de los elementos transgesores, especialmente de los formales, habían envejecido bastante mal (la estética de los 80, aquella del tecno-punk-new romantic, está teniendo una vejez bastante penosa, y bien que lo sufro, porque la disfruté con la intensidad imaginable en función de mis circunstancias de edad...). En fin, ¿qué quieren que les diga? Llegados a este punto, quizá deba plantearme seriamente, si no quiero que la cuestión alcance mayores cotas de deterioro, no volver a ver nunca más Jó, qué noche...
Y es que, como decía aquel spot publicitario (no son los años, son los kilos...), aquí también podríamos parafrasear en línea similar: no son los años, son las películas, son las lecturas, son las experiencias; en definitiva, que las perspectivas de apreciación de un film (su valoración, qué nos parece, qué nos hace sentir) van cambiando de forma irremisible –y con independencia de lo que en ello pueden influir circunstancias muy coyunturales, como son las que atañen a estado físico y anímico del momento-, a medida que uno acumula en su vivir todo aquello que constituye el relleno de esa inmensa cartulina en blanco que es nuestro tiempo vital; y perdonen que me ponga un pelín filosófico, adentrándome en profundidades en que otros ya han buceado antes con mucha más soltura que yo, pero es que a veces, y ésta es una de esas ocasiones, a uno le salta la vena tonta, o melancólica, o añorantona, o qué sé yo...
Tampoco es cuestión de asustarse por ello; y, por encima de todo, hay que tener muy claro que ese cambio en las apreciaciones no siempre tiene que ser, necesariamente, en un sentido peyorativo: no todas las películas pierden con el paso del tiempo; bien al contrario, hay muchas que ganan enormemente en la medida en que ese pasar del tiempo y sus avatares nos confieren un "fondo de armario" que nos permite captar con mucha más intensidad esos matices, esos detalles que, en visionados anteriores, no estábamos capacitados para captar (por falta de experiencia, falta de conocimiento; carencias, carencias...).
En fin, amigos lectores, no se dejen invadir por esta suerte de pesimismo que parece que podría desprenderse de mis párrafos antecedentes: disfruten, no más, de cuántas películas tengan ocasión de echarse al ojo, y sobre apreciaciones y valoraciones, déjenlas a su propio ser, modo y manera, que ellas solitas se administran y ubican allá donde les corresponde sin que ustedes tengan que preocuparse mayormente por ello. Palabra de cinéfago irredento, amén...
Manuel Márquez
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